Successful and Sustainable Implementation of Open Innovation: An Empirical Analysis
Hypothesis 1: Companies transitioning from no use of open innovation (stage 0) to intensive use
III. 3.1.3.3 External Websites
III.4. Data and Method 1 Statistical Method
III.4.3. Measurement Parameters
Pareció entonces que al menos en el sur de Italia se abría un horizonte luminoso. Tras un asedio de varios años, en 871 Luis II lograba por fin con ayuda de los bizantinos apoderarse de Bari, el centro sarraceno en la península itálica y sede de un emir árabe. Cierto que aquel mismo año el emperador pudo ser hecho prisionero en un golpe de mano por el duque Adelchis de Benevento, con lo que perdió su posición dominante, aunque no tanto por el incidente cuanto por las desgraciadas circunstancias dinásticas. Su mujer Angilberga, descendiente del clan franco de los Suponidos, había participado en su gobierno con un dinamismo extraordinario, interviniendo incluso en acciones militares (especialmente desde la enfermedad y el accidente de caza de Luis en 864), y sólo le había dado dos hijas. Tras la apertura del caso de la herencia, su intento de que Italia pasase con la corona imperial a los carolingios francoorientales fracasó por la resistencia de la nobleza del norte de Italia, que en su mayoría se decidió por Carlos el Calvo. Y entonces el papa, en un repentino cambio político, hasta ofreció la corona imperial a Carlos.36
El emperador Luis II (855-875), hijo mayor de Lotario I, había pasado casi toda su vida en Italia. En el sur del país rivalizaban los intereses políticos de bizantinos y longobardos, a lo que se sumaron numerosas contiendas locales, que no hacían más que llevar el agua a los molinos de los sarracenos. Contra ellos hizo Luis en 866 un llamamiento a todos los hombres libres de Italia. A menudo alabado y siempre alentado por los papas, guerreó con frecuencia, sometió a los duques de Salerno, Benevento y Capua, combatió durante largo tiempo en Apulia y pudo así naturalmente hacer valer su carácter de emperador únicamente en la Italia imperial, mas no al norte de los Alpes, donde en el «imperio central» gobernaban sus hermanos Lotario II y Carlos de Pro-
venza, de modo que el arzobispo Hinkmar de Reims le llamaba desdeñoso
«imperator Italiae». Y finalmente hubo incluso de abandonar el sur a sí
mismo a causa sobre todo de la hostilidad de sus príncipes cristianos y muy especialmente del emperador romano oriental.
Luis II, que «con absoluta generosidad se había agotado por la causa de Cristo» (Richeé), se extinguió en el extranjero, y cuando el 12 de agosto de 875 murió en Brescia, todas sus posesiones personales en Italia las heredó la Iglesia. Nada tiene de sorprendente que el obispo Antón de Brescia y el arzobispo de Milán, Ansberto, anduvieran inmediatamente a la greña por sus restos. El obispo Antón los había ya inhumado en la iglesia de Santa María de su ciudad, cuando el metropolitano milanés, acompañado de los prelados de Bérgamo y de Cremona y de todo el clero, los condujo entre himnos y cánticos a Milán.
Como el emperador no dejó ningún descendiente varón, los benefi- ciados tenían que ser los carolingios francoorientales y uno de los primos alemanes del difunto tenía que ser rey de Italia. Parece que el soberano había designado como su sucesor a Carlomán, hijo mayor del monarca alemán; también su viuda Angilberta y sus partidarios actuaron en ese sentido. Pero Luis el Germánico era ya anciano, su reino se enfrentaba al reparto entre tres hijos, los grandes italianos estaban desunidos y el papa Juan VIII había regalado la corona imperial a Carlos el Calvo, a quien al final se la había prometido secretamente Adriano II, predecesor de Juan. En su última actuación ministerial que se nos ha transmitido, Adriano coronó por segunda vez emperador a Luis II en San Pedro a mediados de mayo de 872. Pero este mismo año, que fue el de su muerte, el papa escribió a Carlos: «Nos os aseguramos de forma sincera y leal —aunque este discurso sea secreto y sea una carta que sólo ha de comunicarse a los más íntimos— que... en el caso de que Vuestra Alteza sobreviva al emperador en vida nuestra, y por muchas fanegadas de oro que alguien pudiera ofrecernos, Nos no desearemos ni reclamaremos ni aceptaremos libremente para rey romano y emperador que a ti... En caso de que sobrevivas a nuestro emperador, ... todos nosotros no sólo te queremos como nuestro caudillo y rey, patricius y emperador, sino también como protector de la Iglesia presente...».
Sólo en el provecho de la Iglesia romana pensaba también Juan VIII, que fue elegido papa en 872 y que ahora ofrecía el trono imperial al rey de los francos occidentales, cosa que más tarde explicaría así: «Carlos se caracteriza por su virtud, sus luchas por la fe y el derecho, sus esfuerzos por honrar e instruir a los clérigos. Por ello le ha elegido Dios para honra y exaltación de la Iglesia romana».
Esto no era en provecho de Italia, ni podía serlo. Allí más bien se sucedieron a toda velocidad unos gobiernos inestables y cambiantes: Carlos el Calvo, Carlomán, Carlos III, Berengario I, Guido. Siglo tras
siglo nadie como los papas impidió en el Regnum Italiae con tanta tena- cidad y egoísmo el desarrollo de un verdadero Estado.37
Bajo Adriano II Roma había tenido que soportar todo tipo de com- promisos y pérdidas penosas. Aunque la pérdida mayor la sufrió a propósito de la querella misionera, que de un conflicto de competencias derivó hacia una lucha entre el este y el oeste en la península balcánica y más allá.