Ansatz des Open Innovation / Broadcast of Search
II.4. Research Approach and Data
II.5.3. Service Process Changes
Nicolás I (853-867) era hijo de un clérigo y casi puede decirse que se crió en Letrán. Bajo los reinados de tres papas —Sergio II, León IV y Benedicto III— logró una influencia cada vez mayor. Y cuando murió Benedicto y el cardenal presbítero Adriano se negó a ser candidato papal, Nicolás ocupó el puesto del papa difunto, aunque según los Annales
Bertiniani —la continuación más importante de los Anales imperiales
interrumpidos en 829—. «más a consecuencia de la presencia y del favor del rey Luis y de los grandes que por elección de la clerecía».16
En efecto, el emperador Luis II, que había partido de Roma poco antes de la muerte de Benedicto, regresó inmediatamente después y había ayudado al diácono Nicolás a satisfacer su ambición de honores. Y Nicolás se tomó de inmediato el desquite a su manera con una visita de despedida a Luis, que de nuevo partía de Roma. Rodeado del clero y de la nobleza, hizo que a la llegada el emperador llevase su caballo de las riendas durante un tramo, se hizo después agasajar en la tienda imperial con magníficos presentes y en la despedida mandó repetir el homenaje humillante.
Con tamaño orgullo se abría aquel pontificado.
Según parece ya en enero de 754 Pipino III había celebrado el deni- grante ritual en su palacio de Ponthion como homenaje a Esteban II después de su travesía invernal de los Alpes. Pero la fuente franca (los Annales
Mettenses Priores) ignora el hecho. Más bien muestra al papa y su comitiva
cubiertos de saco y ceniza postrados en tierra y suplicantes ante Pipino... Cosa que confirman otras informaciones.
Entretanto habían cambiado las relaciones de poder. Principados y reinos se habían hundido y, no sin su intervención, los prelados romanos habían alcanzado cotas cada vez más altas. Montones de violencias, con- tiendas y guerras habían contribuido al esclavizamiento y al engaño. Se consiguieron los denominados derechos con privilegios e inmunidades, se fueron esquilmando las magníficas regiones del Estado pontificio desde Rávena a Terracina. se reclutaron fuerzas de choque terrestres y marítimas, se montaron las falsificaciones más grandes de la historia, como la tristemente famosa Donación constantiniana y las apenas menos famosas Seudoisidorianas, de las que precisamente ya se sirvió el papa Nicolás y que incluían expresamente aquellas pretendidas donaciones gigantescas de tierras.17
Nicolás I (858-867), a quien especialmente los católicos gustan de dar el apelativo de «el Grande» —lo que siempre promete algo—, no es casual que para Leopold von Ranke figure entre aquellos personajes a los que cabe considerar «como sistemas vivientes». Y esto casi promete aún más.
Nicolás enlaza con otros «Grandes», con las ambiciones papales de León I, Gelasio I y Gregorio I.
Con León I, quien con su obligada y sin igual modestia pone al papa junto a Dios y a Cristo, el «sumo sacerdote eterno», «semejante a él e igual al Padre» (!). Con el papa Gelasio I, quien, pese a ser «el menor de todos los hombres», una y otra vez reclama abiertamente que se le rinda homenaje como «al apóstol Pedro», como «al vicario de Cristo»; quien pone la autoridad del papa por encima de la potestas del emperador y exige que también el emperador cumpla las órdenes de la sede pontificia, de «la sede angelical» e incline «piadoso la cerviz» ante él (!). Y con Gregorio I, quien a su vez demuestra con toda humildad cómo la Sagrada Escritura llama «a los sacerdotes en ocasiones dioses y en ocasiones ángeles»; pero a quien hasta su sucesor el papa Sabiniano le reprocha «la pasión de la propia fama».
Ahora bien, las pretensiones y arrogancias de sus «grandes» prede- cesores no pasaron de ser puras ilusiones, que la historia en modo alguno confirmó —como queda probado especialmente en el volumen II—. Nicolás, sin embargo, no sólo aprovechó ocasionalmente la tan anhelada plenitud de poder imperial —para lo que se sirvió ya de las Seudoisi- dorianas sin mencionarlas—, sino que recogió abundantemente lo que había sido sembrado, potenciándolo aún más con un lenguaje retórico, aunque no por su propio ingenio sino por el de su brillante e íntimo compañero de lucha, Anastasio (el Bibliotecario), quien desde 861-862 había recuperado su influencia y que evidentemente redactó muchos de los augustos escritos.
El papa Nicolás I desarrolló el primado de jurisdicción papal, que 180
aparece por vez primera en los planteamientos de León IV. Aspiraba a un poder universal. Si el señor papa «se lo ha confiado todo, no falta nada que le haya entregado». (Wenn, «si», no es sólo la más alemana de todas las palabras, como piensa Hebbel.) Y en tanto que otorgados por Dios, nadie puede recortar los privilegios de la «sede apostólica». Pues bien, Nicolás atribuía a los papas el «principado del poder divino» y con renovada humildad les llamaba «los príncipes de toda la tierra», identificando simplemente toda la tierra con «la Iglesia». Más aún, por primera vez se autotituló «representante de Dios». El papa no puede ser juzgado por nadie, ni siquiera por el emperador, en tanto que él puede juzgar a todos, incluidos por supuesto los concilios, los Estados y los soberanos. Pues aunque a éstos les compete una cierta autonomía, tanto en la política exterior como en la interna han de regirse por los principios eclesiásticos, deben mantener alejada de la Iglesia cualquier desdicha y han de cumplir sus órdenes y sanciones bajo la amenaza de castigos terrenales y eternos, de la excomunión eclesiástica y del infierno.
No basta con eso. Si no se obedece a la autoridad civil de la Iglesia, los fieles tienen el deber de desobedecer a la autoridad civil. Y es que nunca se tiene en cuenta —¡hasta hoy mismo!— el mandamiento paulino de ¡Estad sujetos a la autoridad! No, lo que ahora cuenta para ellos es su vieja artimaña de: Tenéis que obedecer a Dios antes que a los hombres. ¡Y en la práctica, conviene recordarlo siempre, Dios son ellos! Todos tienen que bailar al compás que ellos marcan. Con la autoridad civil sólo se puede estar mientras ella está con la Iglesia, o al menos no va contra ella. De lo contrario se cometería una grave injusticia, injusticia que nunca puede darse del lado papal ¡porque Dios está siempre de su parte! Piensan que jurar por el derecho en el fondo es lo mismo que jurar por Dios. Así escribe el papa Nicolás al reino franco: «Advertid si gobiernan según derecho; de no ser así. hay que verlos más como tiranos que como reyes, a los que debemos resistir y oponernos en vez de estarles sujetos».
¿Fue Nicolás I, a quien muchos llaman el primer papa —tras un cen- tenar aproximado de predecesores—, un teócrata, un precursor de la hegemonía universal de los pontífices? El tema lo discuten los intérpretes. Pero sí que constituye una especie de puente hacia Gregorio VII y hacia Inocencio III, aunque muchas de las citas pertinentes en modo alguno sean originales y las cartas estén las más de las veces marcadas por Anastasio, no tan sólo en lo relativo al lenguaje, también por lo que hace a la ideología, con lo que no dejan de ser controvertidas.18
Es un hecho el proceder altivo de este papa, su estilo marcadamente monárquico y autoritario. «Se impuso a los reyes y a los tiranos y los dominó con su prestigio, cual si fuese el soberano del orbe terráqueo»
(dominas orbis terrarum). El ambicioso pontífice se aprovechó en la
práctica de la continuada erosión del poder imperial, de la debilidad de los carolingios, que le permitió más que cualquier otro acontecimiento reforzar y fortalecer siempre más y más el papado; que le permitió, como se exalta desde el lado católico, «elevarse a la altura excelsa de una posición mundial, que dejó muy por detrás todos los otros poderes», mientras que para los Centuriatores de Magdeburgo con él se inicia el dominio del Anticristo sobre la Iglesia.
Nicolás, ensalzado y temido, reivindicó en virtud de la autoridad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo la potestad suprema y la inviolabilidad de sus dictámenes. Nada estaba por encima de su dignidad, nada por encima de sus derechos, a los que ni siquiera alcanzaba. En todas partes quiso imponer la supremacía de su ministerio. Para ello recopiló en una repetición frecuente cuanto de alguna manera, aunque sólo fuese aproximada, habían dicho o hecho sus ambiciosos predecesores, aunando en un coro las que antes sólo habían sido voces sueltas. El procedimiento era poco original, pero resultaba imponente. Incluso el Handbuch der
Kirchengeschichte, aparecido con Imprimatur, se ve obligado a admitir que
«un gobierno central de la Iglesia como el que persiguió Nicolás era algo que el derecho canónico tradicional ignoraba; el primero en desarrollarlo como un sistema fue el Seudo-Isidoro». Es decir, que una falsificación fantástica prefabrica el futuro.
Entretanto Nicolás afirma y no sólo propala sino que también actúa de forma coherente y apremia a la puesta en práctica. Y sus principios, exigencias, negativas y protestas contra cualquier tipo de intervención de emperadores y reyes en la Iglesia, su rechazo de cualquier especie de Iglesia nacional o estatal representaron, según el historiador católico Seppelt, «una lucha incansable y enconada».19
Nicolás empezó por imponer su autoridad a los metropolitanos, pues afirmaba: «El papa tiene el derecho de regular los asuntos de todas las iglesias, todos los sínodos han de convocarse únicamente por orden suya, los metropolitanos están sujetos a su autoridad; donde el derecho canónico calla, puede él crear derecho nuevo».
Cierto que los metropolitanos poco quisieron saber de todo esto. Y menos aún el arzobispo Juan de Rávena (850-861). una ciudad que como residencia de los emperadores, de los reyes godos y de los exarcas, había sido desde siglos atrás una rival de Roma y después de ésta la sede metropolitana más poderosa de Italia. En el año 666 sus príncipes ecle- siásticos habían obtenido del emperador Constante II un privilegio de autogobierno («autocefalía»), aunque habían vuelto a perderlo. Más tarde, con ayuda de los carolingios, habían esperado en vano un Estado eclesiástico propio; en una palabra, ya no cesó la lucha por la influencia, las posesiones territoriales y la independencia de Roma. Más bien se agudizó cuando el belicoso arzobispo Juan ocupó la sede ravenatense
y con él colaboró vigorosamente su hermano el dux Jorge, el caudillo civil en aquel territorio. El prelado Juan aspiraba a la autonomía y al dominio del país, ambicionaba los bienes pontificios, se hizo con ellos, extorsionó con impuestos, depuso a los clérigos de tendencias prorro-manas, intentó impedir la comunicación de los obispos de su archidióce-sis con el papa así como los negocios de sus empleados, a los que afrentó. Al final se le imputaron todo tipo de agravios y desmanes y naturalmente también la «herejía», de modo que Nicolás, que despreciaba la resistencia del obispo «como una telaraña», emplazó tres veces al protegido del emperador y acabó lanzando contra él la suspensión de los cargos eclesiásticos y la excomunión. Mas sólo cuando el emperador evitó al ahora ya excomulgado pudo Nicolás imponerse y obligar a Juan a la sumisión y a numerosos tributos y sobre todo a la devolución de «las posesiones arrebatadas a san Pedro». Se logró una paz aparente, que no iba a durar mucho.20
Y naturalmente también en otros lugares se levantaron los hermanos en el episcopado contra san Nicolás. Con especial virulencia lo hizo Hinkmar de Reims (845-882), el metropolitano más poderoso no sólo en ei reino franco. Inútilmente había soñado con convertirse en vicario del papa y, con la ayuda del rey, separar de Roma la Iglesia franco-occidental, bajo el primado de Reims por supuesto.
El arzobispo Hinkmar vivió en abierto conflicto con su respondón sufragáneo, el obispo Rothad de Soissons. Apoyándose en las falsifica- ciones seudoisidorianas, quiso éste conservar algunos derechos, ciertos o supuestos, que Hinkmar le negaba. Derecho antiguo y nuevo, o mejor injusticias viejas y nuevas se enfrentaban. Pero como Rothad —también en esto de plena conformidad con las Seudoisidorianas— rechazaba asimismo todas las intrusiones del poder civil en el ámbito eclesiástico, en los bienes y beneficios clericales, se granjeó también la enemistad del rey, y así en el otoño del 862 pudo Hinkmar deponer «de acuerdo con las leyes canónicas» al insubordinado obispo y encerrarlo en un monasterio. Ocurrió «junto a la tumba martirial de los santos Crispín y Crispiniano en Soissons», según cuenta el analista de Saint-Bertin. que para esas fechas lo era el mismísimo arzobispo Hinkmar. Y así no nos sorprende para nada que su hermano en Cristo, el obispo Rothad, figure «como un nuevo faraón y como un hombre transformado en animal». Pero el papa Nicolás, tras un intercambio de escritos eruditos entre Roma y Reims, consiguió el sometimiento de Hinkmar y la reposición de Rothad en 865. Lo más interesante es que «el procedimiento discurrió de acuerdo por completo con las reglas de las falsas decretales...», para decirlo una vez más con palabras del Handbuch der Kirchenges-chichte ya citado.
En sus discusiones con Hinkmar el propio papa no sólo se refiere a 183
las mismas sino que las califica de válidas desde mucho tiempo atrás fun- damentando en ellas tanto el procedimiento como su sentencia. Se supone incluso que el obispo Rothad habría sido el portador de la falsificación a Roma y quizá uno de los falsificadores, aunque queda abierta la cuestión de si el papa había conocido el carácter espúreo de las decretales.
Como quiera que sea, al papa Nicolás le agradaba, como a todos los pregoneros de la humildad cristiana, el que alguien se le sometiera por entero; como cuando un prelado, consciente de su culpa, suplicaba an- helante la gracia de Su Santidad con estas devotas palabras: «Al Dios omnipotente, a san Pedro y a la incomparable clemencia de Vuestra Alteza encomiendo mi pequeñez, a Vos que lleváis la representación de Dios y que os sentáis en la venerable silla del príncipe supremo como verdadero apóstol... En todo quiero obedecer vuestras órdenes como a Dios, en cuyo lugar y en cuyo nombre lo ejecutáis todo».21
Repugnante.
Pero si ya el hecho de someterse de esa forma a Roma no era del gusto de todos los prelados, fueron muchos los príncipes que se rebelaron contra los pontífices prepotentes. Esto lo ilustra muy bien la disputa, que corresponde en gran parte al pontificado de Nicolás I; disputa en que tras las aparentes implicaciones de teología moral lo que realmente se descubre no es más que una descarada política de poder.