Process ‘A’ ( non toxic )
Chapter 3 MEASURES OF PROFITABILITY
Hopenhayn y Bello (2013) señalan que los pueblos indígenas -además de los afrolatinos y afrocaribeños- presentan los peores indicadores económicos y sociales en nuestro país y en otros de Latinoamérica. De igual manera, sus culturas tienen escaso reconocimiento y no tienen acceso a instancias donde se toman las decisiones que los afectan.
Como se infiere en Viqueira (2010), las personas, en términos generales, tienden a manejar categorías y estereotipos en los que encasillan a otras personas y que sirven para fundamentar actitudes discriminaciones. Hopenhayn y Bello (2013: 7) coinciden con Viqueira (2010) en que:
La importancia de categorías y conceptos como raza y etnicidad reside en que a través de la historia y hasta nuestros días, rasgos físicos y biológicos como el color de piel, el grupo de sangre o, de otro lado, la cultura a la cual se pertenece, son causa de desigualdad, discriminación y dominación de un grupo que se autodefine como superior o con mejores y más legítimos derechos que aquellos a los que se desvaloriza y excluye.
Estos mismos autores sostienen que el género, la clase, la raza y la etnicidad producen sistemas y mecanismos culturales, sociales e institucionales de dominación que impiden el acceso equitativo a grupos humanos importantes a los beneficios del desarrollo económico. Hopenhayn y Bello (2013: 7) afirman que:
Mientras la raza se asocia a distinciones biológicas atribuidas a genotipos y fenotipos, especialmente con relación al color de la piel, la etnicidad se vincula a factores de orden cultural, si bien con frecuencia ambas categorías son difícilmente separables.
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Hopenhayn y Bello (2013) aseveran que en la conformación de naciones y nacionalismos se adoptó un discurso sobre la raza para fines de exclusión de las poblaciones nacionales con el propósito de llevar a cabo la tarea de formación de los estados modernos. Es por ello que la mayor parte de las manifestaciones de racismo que han afectado a los pueblos indígenas y a las minorías étnicas y nacionales, tanto en nuestro país como en el resto de América Latina y el Caribe, se han dado dentro del territorio nacional a fin de poder justificar los procesos de dominación internos.
Para Hopenhayn y Bello (2013: 8) la discriminación por motivos de raza o etnia opera de forma simultánea a través de mecanismos de separación y jerarquización:
El otro racial o étnico es juzgado como diferente, y a la vez como inferior en jerarquía, cualidades, posibilidades y derechos. Esta negación del otro se expresa de distintas maneras entre sujetos y grupos sociales, sea mediante mecanismos simbólicos y acciones cotidianas, sea como políticas sistemáticas y oficiales de estados o gobiernos, como en el caso de los regímenes que han aplicado métodos de apartheid.
En el caso de los indígenas, el ser etiquetado como indio conlleva “una condición de subordinación y negación de parte de un conjunto de personas frente a otro que se autoconstruye y erige como superior” (Hopenhayn y Bello, 2013: 9). Tal fue el caso de los europeos al encontrarse con los grupos aborígenes nacionales. Esta actitud de superioridad y de desprecio tuvo por efecto que las poblaciones indígenas fueran sometidas a una intervención, desestructuración y destrucción sistemática de sus formas de vida, lengua y cultura, y que fueran desplazados, dispersados o expulsados de sus territorios, lo cual ocasionó la pérdida de los vínculos sociales y culturales que los unían.
Como se plantea en el capítulo IV, la construcción de la identidad nacional, salvo muy escasas excepciones, nunca contempló lo indígena como uno de sus elementos esenciales. A los indígenas se les consideraba, apáticos, perezosos, incivilizados, e incluso inmorales.
Hopenhayn y Bello (2013) sostienen que esta imagen negativa y excluyente del indígena se construyó en buena medida mediante los currículos educativos,
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que recrearon y transmitieron contenidos y formas de conocimiento sobre indígenas y otras poblaciones marginadas que los desvalorizaban y presentaban a las distintas generaciones como figuras del pasado que no existían más. En el mejor de los casos, los pueblos indígenas que “sí existían” eran comunidades atrasadas que vivían al margen de la sociedad y que rechazaban la modernización y el cambio.
Debido a siglos de exclusión, rechazo y discriminación, los pueblos indígenas son los que en nuestro país presentan los peores indicadores económicos y sociales. Muchos han tenido que vivir en condiciones de extrema pobreza y han padecido la pérdida progresiva de sus tierras. Esto ha ocasionado procesos de migración del campo a la ciudad.
Hopenhayn y Bello (2013) acusan que la inequidad y los desequilibrios sociales causados por la exclusión y la marginación de los pueblos indígenas se deben, en buena medida, al deterioro de los recursos naturales y a la disminución y pérdida de sus territorios ancestrales. Este desequilibrio a menudo es el resultado de grandes proyectos de desarrollo agrícola, forestal, minero y energético, que son fuente de empleo, progreso y bienestar, para un segmento de la población, pero que con frecuencia tienen consecuencias negativas para las poblaciones indígenas.
Aquellos indígenas que logran integrarse a este tipo de proyectos a menudo ocupan las posiciones más modestas en el escalafón laboral, trabajando en condiciones de precariedad e informalidad, como simples peones, debido a una escolaridad inferior relativa del conjunto de la población. Esta escasa o nula preparación para enfrentar con ventaja las demandas de la estructura productiva dificulta su integración exitosa al mercado laboral. Hopenhayn y Bello (2013: 19) señalan que:
La exclusión de los pueblos indígenas de los sistemas educativos se manifiesta claramente en los altos índices de analfabetismo, que se aprecian más entre los grupos de mayor edad, y el bajo número promedio de años de estudio alcanzado, sobre todo en los niveles de educación media y superior.
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Rolstad (2001) coincide con Hopenhayn y Bello (2013) en que los pueblos indígenas de Latinoamérica a menudo son discriminados racialmente. Sin embargo, resulta interesante que los grupos más segregados de México, los pueblos indígenas que aún mantienen sus lenguas y culturas, no son necesariamente físicamente distintos de las masas de gente asimilada que hablan español y que viven como miembros de la cultura dominante, refiriéndose a sí mismos como mestizos, lo cual significa que consideran que en sus venas corre sangre europea e indígena.
Es por esto, explica Rolstad (2001), que la raza5 no es tanto un factor de exclusión como el lenguaje y otros rasgos culturales. Aun cuando muchos indígenas son bilingües en español y en su lengua materna, muchos de ellos sufren discriminación debido a su falta de eficiencia en español. Popularmente, el español es considerado superior aunque en términos lingüísticos no hay razón alguna para suponer que una lengua tenga mayor valor que otra. Rolstand (2001) afirma que muchos hablantes de náhuatl sienten vergüenza de hablar su lengua fuera de su comunidad, lo cual es también cierto en el caso de otras lenguas indígenas. Esta actitud sugiere que dichas lenguas no son valoradas por sus hablantes, lo cual contribuye a su gradual desplazamiento, favoreciendo el uso del español. Esto por lo regular ocurre cuando a una lengua se le otorga mayor prestigio social que a otra. Esto concuerda con lo reportado por Cerón (2007) en el sentido de que el español es considerado prestigioso entre los mestizos, lo cual ocasiona actitudes discriminatorias hacia los hablantes de las lenguas minoritarias. Este tipo de creencias negativas hacia sí mismos y hacia sus lenguas repercute, indudablemente, en el comportamiento lingüístico manifestado en los testimonios recogidos por Cerón (2007), en los cuales los participantes afirman sentir vergüenza de hablar su propia lengua.
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Cabe aclarar que el concepto de raza humana ha caído en desuso en círculos académicos y científicos por ser un sinsentido. Viqueira (2010) señala que es un término políticamente incorrecto ya que no existen las razas humanas. En el texto señalado, Viqueira (2010) hace una crítica de la utilización de conceptos tales como raza, indígena y mestizo, en textos y por autores que buscan combatir la discriminación utilizando los mismos conceptos han servido para legitimarla a través de la historia. Asimismo, sostiene que lo grave de la utilización de dichos términos es que no nos permiten comprender cabalmente la diversidad que realmente existe en nuestro país, misma que se ha forjado a través de siglos de historia.
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En relación con lo anterior, Aguirre (1982) narra un incidente sucedido en 1952, cuando un grupo de expertos de la UNESCO se encuentra en México con el fin de conocer algunos de los proyectos de desarrollo, implementados por las autoridades educativas en comunidades indígenas. En un paraje de Zinacantan trabaja un promotor, quien en su niñez fue educado en español y quien ahora como adulto usa la lengua indígena como instrumento de enseñanza. Los expertos internacionales le preguntan a este maestro cuál de los dos sistemas es el mejor método de enseñanza y aprendizaje: el antiguo, que implica el uso del español para educar a los alumnos, o el moderno, que utiliza la lengua nativa para educar. Sin dudarlo un momento, el maestro responde: “-El castilla, señor”.
Aguirre Beltrán, quien cree en las bondades y ventajas de la enseñanza en la lengua vernácula, narra su sorpresa de que un maestro indígena proclame la superioridad de la enseñanza directa del español. Aguirre Beltrán (1982) explica que, antes de cambiar el juicio del indígena, es necesario cambiar los puntos de vista de los ladinos (mestizos e hispanohablantes). Las actitudes intolerantes, que actualmente no se manifiestan con la ostentación de tiempos pasados, permanecen soterradas y se expresan mediante argumentos y testimonios que, además de parecer plausibles, son muy efectivos en alcanzar los fines que persiguen: llevar al fracaso los esfuerzos educativos en lenguas nativas cada vez que éstos alcanzan el éxito en los programas pilotos a fin de evitar su expansión. Las razones son casi siempre las mismas: que las lenguas indígenas amenazan la unidad nacional, que el español es uno de los símbolos de la unidad de los mexicanos. A esto debe añadirse la firme creencia de los funcionarios que ocupan puestos claves en el sistema de educación pública, creen sinceramente que el uso del español para la educación de los pueblos indígenas es el mejor y más rápido camino para dar a todos los mexicanos un idioma. Esto resulta evidentemente una falacia ya que los mexicanos, todos sin excepción, ya tenemos un idioma. El problema reside en la terquedad de que ese idioma sea el mismo para todos.
Rolstad (2001) sostiene que, dado el status marginal de las lenguas minoritarias, resulta difícil mantener una situación diglósica entre el español y una
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lengua indígena en México. Es improbable que alguna lengua indígena sea usada en contextos fuera de la comunidad inmediata. Cerón (2007) confirma lo anterior en su trabajo de investigación sobre el multilingüismo en Tlalchichilco, en el cual, reiteradamente, indígenas de las comunidades estudiadas manifiestan preferencia por el uso del español cuando van a la ciudad. Así, es mucho más probable que el español siga invadiendo las funciones de la lengua indígena y sea usado en los contextos que tradicionalmente le pertenecen. Hablantes de lenguas indígenas reportan que tratan de no usar su lengua si hay hablantes monolingües de español cerca a fin de evitar ser identificados como “indios” y ser tratados mal.