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EXHIBIT 3-1: Present Value Tables

Chapter 4 QUALITATIVE ISSUES

Otros estudios tales como el de Coluzzi (2009) señalan al nacionalismo como una de las causas de desaparición de lenguas. Fishman (1989) define el nacionalismo como aquellas creencias, actitudes y conductas elevadas y elaboradas organizacionalmente que actúan en nombre de su propio interés etnocultural reconocido. Es claro que para que tal actividad y objetivo socialmente organizados ocurran, es necesario que primero la población se convenza de que poseen ciertas características etnoculturales únicas en común, y que estas similitudes, por encima de obvias variaciones locales, son importantes para ellos.

Bjeljac-Babic (2000) afirma que el surgimiento del Estado-nación cuya unidad territorial estaba muy ligada con su homogeneidad lingüística, también ha sido decisivo en la selección y consolidación de las lenguas nacionales y el relegamiento de otras. Los grandes esfuerzos por establecer una lengua oficial para la educación, los medios de comunicación y el gobierno han llevado a los gobiernos nacionales a tratar de eliminar deliberadamente a las lenguas minoritarias.

Este proceso de estandarización lingüística, sostiene Bjeljac-Babic (2000), ha sido alentado por la industrialización y el progreso científico de tal modo que la

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diversidad ha llegado a ser vista como un obstáculo para el comercio y la difusión del conocimiento. El monolingüismo se convirtió en un ideal que llevó a la noción de una lengua universal. En el presente, la internacionalización de los mercados financieros, la difusión de la información a través de los medios electrónicos, así como otros aspectos de la globalización, han redundado en la amenaza a las lenguas minoritarias. Si una lengua no está en la Internet, simplemente no existe en el mundo moderno, no está en la jugada porque no está en los negocios.

Fishman (1989) presenta al nacionalismo como una ideología diseñada para unificar un grupo y para promover sus intereses a través de la organización de dicho grupo en torno a una identidad etnocultural más inclusiva, y de elaborar creencias, valores y conductas únicas. El énfasis del nacionalismo en creencias, actitudes y conductas orientadas hacia la autenticidad, afirma Fishman (1989), puede resultar crucial en las sociedades modernas a fin de alcanzar, influir y activar un gran número de individuos, quienes de hecho viven vidas bastante separadas y diferentes, y quienes solamente interactúan con pequeña parte del total de la comunidad en toda su vida. Es por ello que el lenguaje, muy comúnmente, llega a ser uno de los ingredientes más importantes de los programas y objetivos nacionalistas. La planeación del lenguaje ha sido un objetivo de muchas localidades guiadas por el nacionalismo en muchos periodos de la historia.

Coluzzi (2009) coincide con Fishman en que uno de los puntos centrales del nacionalismo fue y ha sido la adopción de una lengua nacional común como la clave elemental que crea solidaridad entre las personas mediante la creación de un sentimiento de ser parte de la misma comunidad, a pesar de un pasado diferente y de vivir separados unos de otros. Coluzzi (2009) añade que, además de esto, la modernización de los países en el pasado requería de una comunicación y movilidad ágil de sus ciudadanos, lo cual solo podía alcanzarse con una lengua común. En el caso de Italia, por ejemplo, el imperativo era una nación, una cultura y una lengua, afirma Coluzzi, y agrega que las lenguas locales eran consideradas como inútiles, en el mejor de los casos, y peligrosas en el peor,

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y su estigmatización ocurrió de forma paralela a la promoción de la lengua nacional.

Desafortunadamente, en el pasado milenio, miles de lenguas se han extinguido. Con respecto a las causas de este fenómeno, Diamond (2001) señala que esto se debe a que sus hablantes fueron exterminados por grupos dominantes, o bien se asimilaron a sus culturas. Los estados poderosos han abrumado a los estados débiles de tal suerte que de las seis mil lenguas que se hablan en la actualidad, la mayoría están moribundas en tanto que solo las usan los ancianos y muy pocos niños las aprenden. Estas lenguas moribundas no están siendo eliminadas mediante el asesinato de sus hablantes, como se hacía, en buena medida, en el pasado, sino mediante un proceso diferente: el uso de unas cuantas lenguas nacionales dominantes en el gobierno, la escuela, los negocios, el cine, y la Internet. A este paso, señala Diamond (2001), para fines del presente siglo, habremos perdido el 97% de las lenguas que aún sobreviven, y quedarán solo unas 200. Esto sería una pérdida intelectual gigantesca para todos.

La situación de las lenguas minoritarias es desastrosa. Diamond (2001) nos da algunos ejemplos: de las 250 lenguas aborígenes australianas, menos de 100 todavía se hablan, o son recordadas por algunas personas. De éstas, solo media docena pueden presumir de tener más de 1000 hablantes. En Norteamérica, de un número desconocido de lenguas nativas que se hablaban a la llegada de los europeos, solo unas 200 sobreviven, la mayoría de las cuales están al borde de la extinción, y muchas solo son habladas por uno o dos ancianos. Ninguna tiene el futuro asegurado, ni siquiera el navajo, la lengua indígena más hablada de Norte América, la cual cuenta con cerca de cien mil hablantes y es una de las dos lenguas indígenas que se pueden oír en la radio. Estas lenguas también están en riesgo ya que muchos, si no es que la mayoría de los niños, solo hablan inglés.

En cuanto a cómo dichas lenguas has sido reducidas a tal condición, Diamond (2001) sostiene que durante la mayor parte de los tres siglos posteriores a la llegada de los colonos europeos, su principal preocupación fue matar, conquistar, expulsar o aculturar a los indígenas. Una vez que la población indígena había sido subyugada, no se encontró mejor manera de “civilizarlos” que

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enseñarles la lengua nacional, inglés en el caso de Norte América y español en nuestros países latinoamericanos.

En la mayoría de los casos, y nuestro país puede incluirse entre ellos, el uso de las lenguas minoritarias nunca fue oficialmente prohibido; sin embargo, la promoción y el prestigio otorgado a la lengua nacional, entiéndase el español, ha sido suficiente para causar un cambio en el uso de la lengua materna a este idioma.

Aun cuando todas las lenguas son adecuadas en cuanto a que permiten a sus hablantes comunicarse entre ellos y representar procesos lógicos de pensamiento, es la percepción general de la sociedad y de las élites en el poder lo que las hace inferiores socialmente hablando.

Hablantes de lenguas minoritarias en otros países no han tenido tanta suerte. En un artículo sobre el estado del samoano en Nueva Zelanda, Hunkin (2012) señala que, durante los primeros días de las políticas asimilacionistas del gobierno de Nueva Zelanda, las escuelas sugerían a los padres que hablaran solo inglés con sus hijos para ayudarlos a aprenderlo mejor. Estas políticas asimilacionistas de los años setentas, en dicho país, fueron más que evidentes en la prohibición del uso del samoano en ambientes laborales. Actualmente, esta lengua experimenta un descenso preocupante entre sus hablantes nacidos en Nueva Zelanda. El censo del 2006 registró una caída del 4 por ciento debido a que muchos de sus hablantes se habían integrado a la sociedad dominante.

Aquí se presenta un fenómeno contradictorio, señala Hunkin (2012), ya que mientras la población samoana aumenta, la pérdida de su lengua también aumenta. Esto muy posiblemente se deba, al menos en parte, a que en Nueva Zelanda no se ha implementado una política lingüística de conjunto, con el resultado de que las decisiones que tienen que ver con la lengua no están planeadas ni coordinadas con aquellas cuestiones que afectan a dichas lenguas.

Un ejemplo de lo anterior es el cambio que se dio en 1990 dentro del marco de las políticas educativas de clasificación. El samoano pasó, de la noche a la mañana, de ser una lengua comunitaria, a una lengua extranjera, con lo cual la responsabilidad del mantenimiento del samoano quedó en manos de los

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individuos interesados en aprenderlo. Es decir, el gobierno se lavó las manos, y evadió su responsabilidad en este asunto (Hunkin, 2012).

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