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Process ‘A’ ( non toxic )

METHOD #2: RETURN ON INVESTMENT

Terborg (2005) apunta hacia otra causa más del desplazamiento de las lenguas indígenas en nuestro país: la demanda en la enseñanza de lenguas extranjeras, la cual va en aumento desde hace varias décadas. Hablar de una lengua extranjera en México equivale, por lo general, a hablar de inglés. Dado que el inglés tiene un alto valor comercial, su aprendizaje es considerado una actividad positiva. Sin embargo, la enseñanza de lenguas extranjeras también puede tener efectos negativos. De acuerdo con un estudio llevado a cabo por Terborg (2005)

en dos comunidades mayas -Dzitás y Xocen- del estado de Yucatán, muchos de sus habitantes iban a trabajar temporalmente en las regiones turísticas del Caribe, y solo regresaban los fines de semana con sus familias. Entre la gente de estas comunidades existía un fuerte deseo de que sus hijos hablaran bien no solo el español sino el inglés también, idioma por el cual se demostraba admiración. En las entrevistas se recogieron relatos de jóvenes que cambiaban del maya al español cuando se acercaba algún turista estadounidense. Terborg (2005) concluye que sentían vergüenza de que dichos turistas los escucharan hablar en maya. En estas poblaciones había un gran interés por aprender inglés y la persona que había adquirido algunos conocimientos de esta lengua ganaba prestigio en su comunidad. Además, si esta persona trabajaba en alguna zona turística, las posibilidades del empleo aumentaban si tenía conocimientos de

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inglés, mientras que quienes solo hablaban maya conseguían los empleos menos atractivos.

En otro estudio en la región otomí del estado de México, en San Cristóbal Huixochitlán, cerca de Toluca, también reportado por Terborg (2005), la perspectiva de empleo la ofrece la capital del estado y la zona industrial de Toluca. Aunque los entrevistados manifestaron cariño por la lengua otomí, la cual es parte de sus raíces, daban gracias a dios porque la gente ya se estaba civilizando, ya que casi todos hablaban español. Esto les ahorraba un sinnúmero de maltratos y burlas así como menos trabas a la hora de tratar de conseguir trabajo. De igual manera, se pudo observar una admiración por el inglés similar a la encontrada en Yucatán. Esto nada tenía que ver con el turismo sino con el hecho de que uno de los candidatos a la presidencia en las elecciones del 2000 ofrecía clases de inglés para todos los niños de las primarias del país.

Terborg (2005) argumenta que la enseñanza de lenguas extranjeras ayuda en la construcción de nuevas ideologías, las cuales resultan en nuevos intereses, por ejemplo, conseguir, al menos en parte, el bienestar que parecen gozar los hablantes de inglés, aunque, dicho sea de paso, también hay millones de hablantes de inglés que viven en la miseria. Independientemente de esto, la enseñanza del inglés en nuestro país está creando nuevas actitudes que alteran las ecologías lingüísticas locales -el balance que guardan las distintas lenguas con respecto unas de otras- y debilitan a las lenguas indígenas, fenómeno que se puede observar en muchas regiones del mundo.

En este sentido, Skutnabb-Kangas (2002) argumenta que cuando lenguas poderosas tales como el inglés (o el español, para fines de esta investigación) afectan a las lenguas minoritarias, tienen un efecto sustractivo, es decir, las lenguas minoritarias son sustituidas conforme sus hablantes aprenden inglés, español, árabe o cualquier otra lengua dominante. Skutnabb-Kangas (2002) describe el inglés como una “lengua asesina”. Su argumento es que una lengua no se suicida, o simplemente desaparece, aun cuando parezca que sus hablantes la abandonan voluntariamente en busca de una lengua comercial como el inglés.

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Lo que sucede, en realidad, es que una lengua asesina no da alternativa alguna. En otras palabras, el peligro de tales lenguas reside en sus supuestos monoculturales. Skutnabb-Kangas (2002) señala que los verdaderos culpables de la pérdida de las lenguas minoritarias no son los individuos sino la situación económica global así como los sistemas militares y políticos que privilegian a unas lenguas sobre otras. Es decir que dentro de una sociedad, pueden existir fuerzas estructurales que contribuyen directamente a la pérdida de lenguas minoritarias. Estas influencias hegemónicas son parte de una postura colonial que les lava el cerebro a los padres haciéndoles creer que el mejor futuro para sus hijos pasa por el inglés, o por cualquier otra lengua poderosa, o por una visión dominante del mundo.

Phillipson (1997) argumenta que el imperialismo lingüístico de las lenguas coloniales refleja mentalidades coloniales dentro de los cuerpos de gobierno. Imperialismo lingüístico es el término que él utiliza para describir las circunstancias estructurales que contribuyen a la perdida de las lenguas minoritarias. Este imperialismo lingüístico equivale al imperialismo colonial, pero organizado a través de una condición de lenguaje que puede ser abierta o cubierta, consciente o inconsciente y que refleja actitudes dominantes, valores y creencias hegemónicas sobre los fines a los cuales las lenguas deben servir o sobre el valor de ciertas prácticas pedagógicas.

La lengua es un instrumento político, coincide Masaquiza (2001) en un artículo sobre la política de preservar el quechua. El español se utiliza para fomentar la dominación sobre los pueblos indígenas. Un ejemplo de esto es que prácticamente todas las leyes, actos y decisiones en el sistema judicial son conducidas en español, muchas veces sin considerar si los afectados lo entienden o no. El sistema judicial está diseñado para servir a los intereses de los mestizos, no al de los de los indígenas. Es un sistema pensado para servir a una sola etnia.

En este sentido, Masaquiza (2001) denuncia que incluso los trabajos de investigación sirven de poca cosa a los pueblos indígenas y a sus lenguas, en tanto que los investigadores no tienen que afrontar los problemas de represión de los cuales son víctimas los indígenas. Muchas de las investigaciones se abocan a

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la descripción de los idiomas y la producción de gramáticas -los fines son meramente académicos- para buscar el éxito profesional, pero no hay un interés real en los indígenas.

Masaquiza (2001) señala que el punto de vista de algunos indígenas es que el aprendizaje del español y de otros elementos de la cultura mestiza, lejos de ser problema, son un medio para alcanzar el progreso económico y social, ya que el saber español les permite hacer uso de las instituciones mestizas, llegar a arreglos con respecto a problemas de tierras, utilizar los servicios bancarios y poder tener capacitación profesional, en tanto que la mayoría de los textos y materiales de lectura están escritos en español. Sin embargo, la autora también sostiene que el español no es la solución a todos los problemas que afrontan los pueblos indígenas, sino que, por el contrario, la represión de idiomas e identidades propias de las culturas indígenas aumenta la confusión social y contribuye a problemas tales como el alcoholismo y al fracaso en la educación formal.

Con respecto a esta preferencia de algunos indígenas por el español, se puede tomar como explicación del fenómeno lo que MacKey (1994) sugiere cuando explica que las lenguas se pueden comparar con diferentes monedas que de acuerdo con su uso adquieren mayor o menor utilidad. Cuando una moneda puede usarse en cualquier país, adquiere mayor utilidad ya que cualquier persona la acepta con gusto porque facilita cualquier transacción. Esto mismo se puede aplicar a una lengua: entre mayor sea el número de lugares donde dicha lengua sea “aceptada”, más utilidad y valor adquiere para sus usuarios por los beneficios que su aprendizaje y su utilización conllevan. No se cuestiona la utilidad de hablar inglés o cualquier otra lengua extranjera con alto valor comercial, simplemente se señalan algunos de los efectos negativos.

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