En la bibliografía que trata sobre el lenguaje en uso podemos apreciar que se manejan diversos términos no siempre coincidentes con lo que debemos entender por “registro coloquial”. Es más, son muchos los estudiosos que repasan los vocablos empleados por la bibliografía, como recientemente López Serena (2007), o Narbona (1989: 152-156; 2008: 549-550), Cortés (1992: 51-60; 2002a) y Briz (1996: 25-29; 1998: 34-40), quienes opinan que no deben emplearse indistintamente términos como los de “popular”, “familiar”, “vulgar”, “hablado” o “conversacional” para referirse a la modalidad lingüística del habla cotidiana.
Con respecto al término “popular”, se trata de un nivel de lengua y no de un nivel de habla. El propio Seco (1973: 365) era consciente de la confusión entre la denominación de “popular” y “coloquial” y proporciona la clave para su distinción:
la diferencia entre ambos conceptos se puede condensar diciendo que «popular» es un nivel de
lengua, mientras que «coloquial» es un nivel de habla. Dicho de otra manera: si en una lengua,
patrimonio de una gran comunidad humana, es siempre posible señalar grosso modo –al margen de la diferenciación geográfica- dos estratos principales de base social, el «medio» (o «standard») y el «popular», dentro de cada uno de ellos existen modos de uso o «registros» que están en cada momento determinados por la situación en que se produce el acto de hablar. Los registros de habla son, naturalmente, muy numerosos, pero de una manera esquemática pueden agruparse en dos, que llamaremos «formal» e «informal», caracterizados en líneas generales por una actitud convencional y por una actitud espontánea, respectivamente.
Sobre el término “familiar”, el preferido para Casares (1969) y también usado por Polo (1971-1976), puede resultar confuso al pensarse que este tipo de uso
92
lingüístico se produce por relaciones de parentesco. Como apunta Cortés (1992: 51-52), haciéndose eco de la confusión terminológica que rodea al registro coloquial:
La principal causa de este desbarajuste está en las distintas concepciones que del término
registro tienen los tratadistas, y cuyo error más extendido es la identificación del vocablo,
configuración de varios rasgos contextuales, con uno de estos rasgos: el condicionado básicamente por la relación personal entre los interlocutores; así, se asocia a lo formal, informal,
familiar, solemne, etc.
Dicho error, además, es el motivo principal de una situación terminológica caótica cuyo prototipo es el término coloquial. Por ejemplo, en la mayoría de los trabajos en que aparece como categoría subestándar, en alternancia con familiar, no hemos visto diferencia alguna en el modelo de corpus investigado, por lo que el empleo de uno u otro término se reducía a un mero problema de preferencia terminológica.
Aunque prefiere el término “coloquial”, Cortés (1992: 53) explica más adelante que:
al utilizar ‘familiar’ no se piensa que ese estilo de diálogo deba darse necesariamente en el seno familiar, sino que es el estilo que se emplea con nuestros allegados, los más cercanos de los cuales son los familiares.
Sobre el término “vulgar”, representa un uso incorrecto producto de un nivel de lengua bajo. Comprobamos, de nuevo, que se confunden los niveles de habla con los de lengua. Como aclara Briz (1996: 26): “Con el término vulgar nos referimos a ciertos usos incorrectos, anómalos o al margen de la norma estándar y de las normas
regionales, resultantes de un nivel de lengua bajo.”.
Asimismo, lo coloquial no puede confundirse con lo “hablado”, “puesto que esto implica otras formas orales de expresión” (Cortés, 1992: 55).
Finalmente, sobre el uso del vocablo “conversacional” y su confusión con lo coloquial, ya estaba implícita en la definición de Beinhauer, quien define el “lenguaje coloquial” de la manera que sigue:
el habla tal y como brota, natural y espontáneamente en la conversación diaria, a diferencia de las manifestaciones lingüísticas conscientemente formuladas, y por tanto más cerebrales, de oradores, predicadores, abogados, conferenciantes, etc., o las artísticamente moldeadas y engalanadas de escritores, periodistas y poetas.
93
También están presentes rasgos que caracterizan a la conversación en la definición de Lorenzo (1977: 172), aunque él opte, igualmente, por la denominación de “español coloquial”:
El español coloquial es el conjunto de usos lingüísticos registrables entre dos o más hispanohablantes, conscientes de la competencia de su interlocutor o interlocutores, en una situación normal de la vida cotidiana, con utilización de los recursos paralingüísticos o extralingüísticos aceptados y entendidos, pero no necesariamente compartidos, por la comunidad en la que se producen.
Aunque, como el propio Lorenzo advierte más adelante, hay monólogos interiores en textos literarios que son reflejo del español coloquial, ya que “prescinden del interlocutor, quien, sin embargo, se hace presente, por arte y técnica del narrador, en sesgos y quiebros del aparente monólogo, en la carga evocativa de éste” (1977: 172).
Así pues, Lorenzo (1977: 173) señala dos condiciones, constantes en el acto coloquial que singularizan a lengua coloquial y la diferencian de otras variedades de la lengua hablada, sobre las que se proyectan una serie de variables:
a) presencia física de una o más personas con cuya atención, iniciativa o reacción oral o no oral cuenta el hablante; y
b) un marco espacial y temporal que sirve de referencia a toda la comunicación.
En conclusión, por todo lo dicho, preferimos emplear el término “coloquial” a la hora de hablar sobre este registro que a continuación pasamos a definir.