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Methodological Note on Computing Costs for other Environmental SDG Indicators

quen en asuntos privados y los que acusan judicial­ mente con injusticia. En ellas veréis que figuran escri- 238

tos mi acusador y sus amigos, mientras que y o y los que se dedican a mi m ism a ocupación no aparecemos en ninguna, pues nos hemos organizado de tal manera que no hemos precisado de los procesos que existen entre vosotros. Y quienes no se dedican a esas activi- 239

dades, ni viven en el libertinaje, ni han cometido nin­ guna otra acción vergonzosa, ¿cómo no habrá que ala­ barlos m ejor que juzgarlos? Porque es evidente que enseñamos a nuestros discípulos las mismas costum ­ bres que practicam os.

Por lo que os voy a decir comprenderéis aún m ejor 240

qué lejos estamos de corrom per a los jóvenes. Si hi­ ciéramos algo así, no sería Lisímaco el que se enfadara ni ninguno de sus semejantes, sino que veríais a los padres de nuestros discípulos y a sus fam iliares indig­ narse, acusarnos y buscar tom ar venganza de nosotros. Pero ahora aquéllos nos traen a sus hijos y nos pagan 241

dinero, y se alegran cuando ven que pasan los días con nosotros. Los sicofantas, en cambio, nos censuran y nos crean dificultades. ¿Quiénes verían con más gusto que muchos ciudadanos fueran corrom pidos y se hi­ ciesen malvados? Pues saben que ellos mismos tienen poder sobre los que son así, mientras que los hombres honrados e inteligentes los aniquilan cuando los alcan­ zan. Por eso éstos piensan bien cuando buscan destruir 242

todas estas actividades en las que creen que los ciuda­ danos se harán m ejor, más duros con sus maldades y falsas acusaciones. A vosotros os conviene obrar de manera contraria y pensar que es la más herm osa de las ocupaciones aquella que veáis que éstos combaten

con más ardor.

Me ocurre algo extraño. Y os lo diré aunque algu- 243

nos digan que soy m uy inconstante. Hace un poco decía que muchos hom bres honrados, engañados con la filo-

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sofxa, eran m uy duros con ella. Pero ahora he creído que los argumentos pronunciados son tan claros y evi­ dentes a todos que, según me parece, nadie desconoce el poder de la filosofía ni nos acusa de corrom per a los discípulos, ni tiene el sentim iento de nada de lo

244 que hace un momento yo censuraba. Pero si hay que decir la verdad y lo que ahora tengo en el pensamiento, creo que todos cuantos me envidian, desean una buena inteligencia y oratoria, pero se despreocupan de ello, unos por pereza, otros porque desprecian su propia naturaleza, otros por m otivos diferentes, que son mul-

245 titud. Y ante quienes ponen m ucha dedicación y quie­ ren alcanzar lo que ellos mismos desean, se enfadan, los envidian, agitan sus espíritus y les ocurre lo mismo que a los enamorados. Porque ¿qué otra inculpación 246 convendría más echarles en cara que ésta? Ellos cele­ bran y envidian a quienes pueden u sar bien la palabra, pero censuran a los jóvenes que quieren alcanzar este honor. No hay nadie que no suplique m ucho a los dio­ ses el dominio de la palabra para sí mismo; y si no, 247 para sus hijos y parientes. Pero a quienes intentan

conseguir con el trabajo y la filosofía lo que ellos quie­ ren pedir a los dioses, les acusan de no hacer nada conveniente, algunas veces pretenden reírse de ellos como de gente burlada y engañada, pero, cuando llega la ocasión, cam bian su actitud al decir que son capa- 248 ces de pronunciar discursos para aprovecharse. Cuan­ do algún peligro sobrevino a la ciudad utilizan como consejeros a quienes hablan m ejor sobre los asuntos y hacen lo que ellos les advierten. Pero piensan que hay que calum niar a los que se tom an com o tarea pre­ p arar a ésos para que sean útiles a la ciudad en estas circunstancias. Echan en cara a los tebanos y a otros enemigos su ignorancia, pero se pasan la vida inju­ riando a quienes buscan escapar de esa enferm edad

bación mental, sino tam bién de desprecio hacia los dioses. Pues creen que la Persuasión es una diosa y ven que la ciudad le hace un sacrificio cada año, pero sos­ tienen que quienes quieren participar del poder que tiene la diosa, al desear una cosa m alvada se corrom ­ pen. Y lo peor de todo es que, a pesar de reconocer 250

que el alma es m ás preciosa que el cuerpo, aun sabién­ dolo, aceptan m ejor a los que hacen gimnasia que a los que filosofan. Entonces ¿cómo no va a ser absurdo aplaudir más a quienes se ocupan de lo más simple que a los que se dedican a lo más importante, y eso cuando todos saben que la ciudad nunca consiguió hazañas fam osas por el vigor del cuerpo, y fue, en cambio, la más próspera y grande de las ciudades grie­ gas gracias a la inteligencia de un hombre?

Podría recoger m uchas más contradicciones uno 251

que fuera más joven que yo y que no tuviera que preo­ cuparse p or la circunstancia presente; porque sobre este mismo tem a se podría añadir lo siguiente: si algu­ nos después de recibir m ucho dinero de sus antepasa­ dos no fueran útiles a la ciudad, sino que injuriasen a los ciudadanos y deshonrasen a los niños y m ujeres ¿habría alguien que se atreviese a reprochar a los causantes de su riqueza, en vez de indignarse con los propios delincuentes? Si algunos, tras haber aprendido 252

a com batir con armas, no utilizasen sus conocimientos contra los enemigos, y, en cambio, se sublevasen y m atasen a muchos ciudadanos, o, si quienes fueron educados de la m ejor m anera posible en el pugilato y en el pancracio descuidasen los certám enes gimnás­ ticos y golpeasen a quien se les pusiera por delante, ¿quién dejaría de aplaudir a sus m aestros y de m atar a los que usan m al lo que aprendieron? Por eso hay 253

que tener con las palabras la m ism a manera de pen­ sar que se tiene sobre otras cosas y no opinar lo con­ trario sobre asuntos idénticos ni m ostrarse hostil con

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una cualidad que es de todas las que existen en la natu­ raleza humana la causa de m uchos b ien es87. Con las demás cualidades que tenemos, como ya dije antes, en nada aventajamos a los anímales, sino que incluso somos inferiores a la m ayoría de ellos en rapidez,

254 fuerza y otros recursos. Pero como existe en nosotros la posibilidad de convencem os mutuam ente y de acla­ rarnos aquello sobre lo que tomamos decisiones, no sólo nos libram os de la vida salvaje, sino que nos reunimos, habitamos ciudades, establecim os leyes, des­ cubrimos las técnicas y de todo cuanto hemos inven-

255 tado la palabra es la que ayudó a establecerlo. E lla determinó con leyes lo que es ju sto e injusto, lo bello y lo vergonzoso, y, de no haber sido separadas estas cua­ lidades, no habríam os sido capaces de vivir en comu­ nidad. Con la palabra censuramos a los m alvados y encomiamos a los buenos, gracias a ella educamos a los ignorantes y examinamos a los inteligentes. Porque el hablar con propiedad es para nosotros la m ayor prueba de una buena inteligencia, y una palabra sin­ cera, legítim a y ju sta es im agen de un alm a buena y 256 fiel. Con la palabra discutim os nuestros pleitos y exa­

minamos lo que no conocemos. Las pruebas con las que convencemos a los demás al hablar son las mis­ mas que utilizam os en nuestras reflexiones, y llam a­ mos retóricos a quienes son capaces de hablar en público, y tenemos por buenos consejeros a los que razonaron consigo m ism o los asuntos de la m ejor ma- 257 ñera. Si hay que h ablar en general de su poder, descu­ brirem os que en nada de lo que se hace con inteli­ gencia deja de aparecer la palabra, sino que ella es guía de todas las acciones y pensamientos y que la

87 A partir de aquí comienza un encendido elogio de la pala­