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Methodological Note on Computing Population Census (Prepared by Morten Jerven)

ga, Timoteo, Ifícrates y Menesteo, hijo de Ifícrates. Al volver Cares a Atenas acusó a sus rivales de traición y corrupción. Ti­ moteo fue condenado a pagar una multa de cien talentos, por haber recibido dinero de Quíos y Rodas.

mirando la justicia, no hay form a de que no os parezca a todos que es terrible y sorprendente lo que se hizo a Timoteo. Pero si reflexionáis en la insensatez que todos los hombres tenemos y en las envidias que surgen entre nosotros, y también en los desórdenes y alboroto en el que vivimos, descubriréis que no ha ocurrido nada ilógico y ajeno a la naturaleza humana, sino que Tim o­ teo ha contribuido en parte a que no se le juzgara de manera adecuada. Aquél no odiaba la dem ocracia ni 131

a la humanidad ni era orgulloso ni tenía ninguno de estos defectos, pero, a causa de la arrogancia que se produce en el mando de un ejército, lo que no arm o­ niza con las exigencias de lo que sucede a diario, dio a todos la impresión de que era culpable de lo antedi­ cho. Pues estaba tan poco dotado para ser solícito con los hombres como hábil era para el cuidado de los asuntos. Y por cierto que muchas veces me oyó pala- 132

bras parecidas, en el sentido de que los gobernantes que desean agradar deben proponerse las acciones más útiles y m ejores y los discursos más sinceros y justos, pero que deben atender no menos y examinar cómo se presentarán airte todos de manera atractiva y amable tanto en sus palabras como en sus acciones. Que quie­ nes hacen poco caso de estas cosas parecen a sus con­ ciudadanos los más odiosos e insoportables53. «Ves 133

que la manera de ser de la m ayoría tiende hacia los placeres y que por eso aprecian más a quienes buscan su agrado que a los que obran bien y más a quienes les engañan con alegría y am abilidad que a quienes les ayudan con orgullo y altivez. Nada de esto te ha preo­ cupado, sino que por haberte dedicado con discreción

53 Todo este discurso que se intercala como exhortación a Timoteo le recuerda a Jaeger, Paideia..., pág. 932, el discurso exhortativo a Aquiles que Homero pone en boca de Fénix en JUada IX . El problema era parecido: hay que frenar la gran­

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a los asuntos de fuera, crees que estarán a bien contigo 134 los que aquí gobiernan. Pero esto no es así, sino que

suele ocurrir lo contrario. Porque, si agradas a éstos, no juzgarán realm ente todo lo que hagas sino que su­ pondrán lo que te convenga, despreciarán tus errores y lo que aciertes lo pondrán por los cielos. La benevo- 135 lencia pone a todos en esta situación. Si tú buscas p or

todos los medios adquirir para la ciudad esa benevo­ lencia de otros por pensar que es el m ayor de los bie­ nes, pero tú crees que no debes preparártela para ti mismo de parte de la ciudad, aunque hayas sido el causante de los m ayores bienes te verás peor que quie- 136 nes no han realizado nada digno de m en ción 54. Y es

natural. Ellos sirven a los oradores y a quienes en las reuniones privadas pueden hablar y simular que saben todo, pero tú no sólo te despreocupas sino que discutes con los que, de entre ellos, tienen m ayor poder. ¿Cuántos crees que han caído en la desgracia o han quedado deshonrados por estos em bustes? ¿Cuántos antepasados quedaron en el anonimato cuando habían sido mucho más virtuosos y dignos que quienes fueron 137 cantados en poesías o tragedias? Unos, según creo, en­

contraron poetas e historiadores, y los otros no tuvie­ ron gente que los celebrara. Si me hicieras caso y fueras sensato, no despreciarías a estos hombres de quienes suele fiarse la m ayoría, no sólo en lo referente a cada ciudadano individual, sino a todos los asuntos. Por el contrario, pondrías algún cuidado y solicitud en ellos para alcanzar buena fam a por ambas cosas, 138 por tus propias hazañas y por sus discursos». Cuando

me oía, decía que eran ciertas mis palabras, pero que no era capaz de cam biar su m anera de ser. Que él era

5+ Para He il b r u n n, «Isocrates...», pág. 159, esta defensa de Ti­ moteo es una denuncia contra el demos y los oradores demo­ cráticos.

un hombre honrado y digno de la ciudad y de Grecia, pero que no arm onizaba con esta clase de hombres que odian a quienes les superan en cualidades natu­ rales. Por eso los oradores se tomaron la tarea de inventar muchas y falsas acusaciones contra él y la m ultitud aceptó lo que dijeron. Con gusto lo defende- 139

ría de estas acusaciones si tuviera oportunidad. Pues creo que vosotros después de oírme, odiaríais a quie­ nes movieron la ciudad a aborrecerle y a los que se atrevieron a decir cosas desagradables sobre él. Pero ahora dejaré a un lado este tem a y hablaré sobre mí y sobre el asunto que nos ocupa.

No sé cóm o disponer lo que queda y qué m encionar i40 en prim er lugar y qué en segundo. Pues el hablar de form a sistem ática se m e escapa. Quizá será necesario hablar de cada cosa según venga a cuento. Lo que ahora se me ha venido a la cabeza y sobre lo que creo que debo dar una explicación, no os lo ocultaré aunque alguno me aconsejaba callarme. Cuando Lisímaco pre- i4i sentó la acusación, yo discurría sobre esto como lo ha­ bría hecho cada uno de vosotros, y pasé revista a mi vida y acciones y dediqué m ucho tiempo a aquellas que, según pensaba, me traerían un justo aplauso. Pero un amigo que me o y ó 55 se atrevió a decirme el argumento más insolente de todos, que mis palabras m erecerían crédito, pero que él tem ía que disgustasen m uchísimo a la m ayoría de los oyentes. Y decía: «Hay 142

algunos tan exasperados y descontentos por la envidia y la pobreza, que combaten no ya las desgracias sino incluso los éxitos y odian a los hombres más discretos y a las m ejores costum bres. Además de estos males, se agrupan con los delincuentes y tienen compasión

55 Cf. con Areopagítico 56 y sigs. y Panatenaico 200; los tres