2.4 Methodology, Identification and Data
2.4.1 Methodology and Identification
Luego de la Segunda Guerra Mundial, diferentes autores comenzaron a destacar los errores de los grandes conjuntos diseñados desde la lógica del C.I.A.M. Dentro de estos autores, donde se puede incluir tanto a algunos miembros del Team X como a Jane Jacobs o Henry Lefebvre, los textos de Turner
permiten asociar esos errores con el proceso de toma de decisiones en arquitectura. Turner mencionaba estos errores con el nombre de “desajustes”137. Con este término, se refería a las diferencias que existían
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La frase completa puede verse en el minuto 10:15 del siguiente video: https://www.youtube.com/watch?v=QuG4lIteNhc.
El Proyecto se conoce con el nombre de: Vivienda rural en Paraje el Molle, Campo Gallo, Santiago del Estero y fue desarrollado por alumnos de Arquitectura de la Universidad de Morón: Sergio Acevedo, Federico Birckenstaedt, Erika Chait, Stefania Pagliaro y Federico Smokvina.
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En realidad Turner, con la astucia que lo caracterizaba a la hora de elaborar slogans y lemas, utilizaba la palabra “misfits”. Que puede traducirse como “desajustes”, pero también como “inadaptados”. En una época en que los conflictos sociales proliferaban en los bloques modernos recientemente construidos, Turner decía que la imposición autoritaria de los criterios modernos generaba tanto “desajustes” como “inadaptados”. Desajustes porque los residentes necesitaban algo diferente a lo que habían diseñado los arquitectos. Pero además quería decir que se producían inadaptados en el siguiente sentido: la gente, al no formar parte de las decisiones que
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entre las características de los conjuntos y los verdaderos requerimientos de sus pobladores. Mientras la vivienda autoconstruida reflejaba las posibilidades y requerimientos de la gente, los grandes conjuntos mostraban una serie de desventajas en cuanto a localización, precio, dimensiones, e incluso calidad constructiva de las unidades138.
Para Turner detrás de estos desfasajes se escondía la mirada autoritaria y elitista de la arquitectura, que buscaba imponer respuestas tipificadas a necesidades que realmente no conocía, o que ni siquiera le importaban. Con esto, Turner se enfrentaba a “la imposición de la vivienda normalizada en base a unas ‘necesidades’ falsas oficialmente supuestas” (Turner, 1976/1977, pág. 111). Aclarando que, en muchos casos esos diseños se basaban en buenas intenciones, pero difícilmente escapaban a una mirada elitista. Surgían de un punto de vista sesgado por la misma pertenencia de clase de los técnicos y arquitectos. En la solución de los problemas habitacionales de la población con menores ingresos, existía una
“inconsciente transferencia de valores de la clase media hacia el diseño y la planificación para las clases más bajas” (Turner, 1967, pág. 178). Para Turner, el “instant development” de los grandes conjuntos habitacionales mostraba todo su autoritarismo cuando imponía una solución estandarizada de vivienda que no se ajustaba a los verdaderos requerimientos de la gente. Esa solución prototípica no surgía del trabajo junto a la gente, sino que respondía a todos los prejuicios que tenía la elite de los técnicos con respecto a la población de menores ingresos.
El origen de esta imposición autoritaria reflejaba una concepción tecnocrática del ambiente. Los gobernantes y los equipos técnicos “pretenden conocer las necesidades de la gente mejor que los mismo usuarios [por lo tanto] preconizarán naturalmente los sistemas cerrados autoritarios” (Turner,
1972/1976, pág. 175). Con el adjetivo “autoritario” denuncia que es una imposición, mientras que con el adjetivo “cerrado” evidencia que excluye el punto de vista de los residentes. El autoritarismo y la
exclusión son dos características que reflejan una discusión política de fondo. Turner simplificaba este trasfondo político planteando la siguiente polarización: La cuestión política que define el problema de la vivienda se debate entre:
“[a] La idea elitista y autoritaria de que técnicos y administradores saben lo que le conviene a la gente y [b] la humilde aceptación de un sistema pluralista y genuinamente democrático” (Turner, 1972/1976, pág. 175).
Así, los grandes conjuntos modernos y el “instant development” simbolizaban el autoritarismo y la tecnocracia, mientras que el desarrollo progresivo -donde la gente intervenía activamente en las decisiones sobre su vivienda- simbolizaba el pluralismo y la democracia.
Como si no fuera suficiente esta polarización política para re-orientar las políticas de vivienda hacia la arquitectura participativa, Turner afirmaba que esta “presunción autoritaria de que los expertos configuraban el ambiente, no se involucraban con el mantenimiento de los espacios. Los conjuntos caían en el abandono y los espacios públicos quedaban librados a las bandas y los revoltosos. Con lo cual, el autoritarismo, traía como consecuencia los inadaptados. Por supuesto, a las observaciones de Turner, y a los errores de diseño destacados por otros arquitectos, habría que agregar un dato del contexto. Tanto la proliferación de las bandas juveniles, como el deterioro ambiental de los grandes conjuntos se daba en un periodo de recesión económica y gradual retroceso del Estado posterior a la Crisis del Petróleo.
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Para mencionar algunas de estas desventajas, decía: “*con respecto a la localización+ los empleos temporarios para las mujeres y los niños eran inaccesibles. Tienen que pagar el doble o más por una vivienda, que es menos satisfactoria que la casilla que reemplaza: muchas veces menor y frecuentemente de mala calidad comparada con el precio”(Turner, 1974, pág. 5).
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entienden los problemas y prioridades de la vivienda mejor que sus mismos moradores” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 250) derivaba en problemas concretos para los residentes. Estos desajustes conducían a la insatisfacción y la frustración del usuario. A su vez, con la falta de apego e identificación entre los residentes y su entorno, se aceleraba el proceso de degradación de los edificios. Nadie cuidaba o invertía en mejorar el ambiente, y ante la falta de mantenimiento, todas las construcciones
comenzaban a mostrar falencias. Por último, la degradación acelerada de los edificios terminaba demandando soluciones que implicaban grandes gastos administrativos y reparaciones en base a maquinaria pesadas y materiales que consumían grandes cantidades de recursos energéticos. Con lo cual, Turner lograba cerrar un modelo de degradación que encuadraba perfectamente con las
preocupaciones posteriores a la Crisis del Petróleo de 1973: el consumo energético y el gasto público. La centralización de las decisiones, imponía soluciones estandarizadas, a partir de ello se generaban desajustes, la gente no cuidaba los espacios por lo cual se deterioraban rápido, y en su remediación se desperdiciaba dinero y energía. Si la etiqueta de “autoritarias y excluyentes” no alcanzaba para abandonar las políticas basadas en la imposición de una vivienda estandarizada, Turner reforzaba su cuestionamiento diciendo que, en última instancia, derrochaban dinero y energía.
"Con el incremento de los desajustes aumenta la insatisfacción de los usuarios. Como resultado de la insatisfacción de los usuarios disminuye su voluntad de invertir recursos personales y locales. Se hace, pues, necesario el empleo de recursos sustitutivos [que] son generalmente el equipamiento pesado y las tecnologías complejas *…caracterizados por+ requerir estos sustitutivos cantidades elevadas de otros recursos escasos [...] como son combustible fósil y burocracia altamente pagada, la inflación resulta inevitable”(Turner, 1976/1977, pág. 69).
Para evitar ese derroche en gastos administrativos y recursos energéticos, Turner proponía una solución democrática: “Los usuarios han de estar facultados para la toma de decisión importante sobre su vivienda, pues ellos son los únicos conocedores de sus necesidades personales y de la opción más conveniente ante una situación dada" (Turner, 1976/1977, pág. 113). En realidad, la propuesta de Turner consideraba que la democratización, capaz de corregir los “desajustes” de las políticas habitacionales se daría a partir de la descentralización del proceso de toma de decisiones. En lugar de centralizar las decisiones en una jerarquía de mando vertical, en forma piramidal o heterónoma, proponía dejar en manos de los usuarios tantas decisiones como sea posible.
“Los desajustes entre el suministro de alojamiento y la demanda de los mismos serán
directamente proporcionales al grado de heteronomía del sistema; o dicho de otra manera, cuanto mayor sea la dependencia del alojamiento de sistemas jerárquicos, mayores serán los desajustes” (Turner, 1976/1977, pág. 57).
Con esta intención de involucrar a la gente en las decisiones sobre su ambiente, cualquiera podría pensar que Turner pretendía incorporar técnicas participativas al proceso de diseño. Este vínculo con la arquitectura participativa se hace aún más evidente cuando Turner propone acortar la distancia entre los
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técnicos y los residentes139. Para Turner, era necesario generar un intercambio (Christopher Alexander diría un diálogo) entre quienes trabajan para satisfacer una necesidad y los beneficiarios140.
No obstante, Turner planteaba ir más allá. Su idea no era ofrecer una estrategia para planificar este acercamiento entre los técnicos y los residentes. No pretendía guiar a los “usuarios” a través de una serie de pasos, sino maximizar su libertad. Los técnicos más que controlar la producción, debían garantizar la existencia de elementos necesarios para que la producción quede a cargo de los mismos residentes. De ese modo, funcionarían como proveedores de servicios y no de productos.
El vínculo entre la arquitectura participativa y las ideas de Turner, al menos en cuanto al tema de los desajustes, puede notarse con claridad en base a dos aspectos mencionados anteriormente: el
cuestionamiento a la tecnocracia y la intención de acortar la distancia entre técnicos y residentes. Estos dos temas, pueden apreciarse en una multiplicidad de proyectos que se enfrentan al componente autoritario de la arquitectura. En algunas ocasiones, el intercambio que proponía Turner permite superar tanto los prejuicios de clase instalados en el inconsciente de los técnicos como los estereotipos que los residentes consumen a través de los medios masivos de comunicación. En líneas generales, se ponen en tela de juicio las soluciones espaciales tipificadas para lograr arribar a propuestas imaginativas,
novedosas y perfectamente ajustadas a las necesidades y posibilidades de los residentes.
En una entrevista realizada en el Encuentro Nacional de Arquitectura Comunitaria (ENAC) 2015 Edgard Antonio Piñeiro, comentaba sobre un proyecto de ferias de productores autónomos y viviendas rurales realizadas en la zona de San Pedro, Misiones. Este arquitecto de formación ambientalista, que retoma tanto conceptos de Víctor Pelli como de Johan Van Lengen, comentaba que el verdadero desafío de la arquitectura participativa es saber establecer un punto de equilibrio. Ponía un ejemplo muy elocuente. Cuando comenzaron a diseñar cocinas rurales, notaron que la gente cocinaba “a fogón”, es decir, sin ningún artefacto cocina o elemento que los proteja de la radiación y de los gases emanados de la combustión. Esta es una característica cultural, y la gente se resiste a abandonarla sin darse cuenta que el fuego daña su salud. Por eso Piñeiro se preguntaba: “¿En qué momento filtrar elementos? Porque hay conocimientos que tiene la gente que sin duda pueden aportar, pero uno como técnico conoce parte de la problemática que no están percibiendo” (Piñeiro, 2015).
A lo largo de seis años de diálogo con la gente, que incluyeron capacitaciones sobre medicina, a partir del intercambio entre los diseñadores y los pobladores llegaron a una solución intermedia: una cocina semi-cerrada que permitía ver el fuego -algo que los residentes se negaban a abandonar- pero que permitía canalizar los gases de la combustión. Piñeiro reconocía que no optimizaba el consumo de leña y que todavía implicaba cierto riesgo para la vista, solo que el nuevo diseño permitía evitar, al menos, los problemas respiratorios. Además confiaba en la posibilidad de llegar a soluciones mejores en
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En las políticas de vivienda, esa distancia se expresaba del siguiente modo: "Quienes toman las decisiones se encuentran a una enorme distancia cultural de los destinatarios de los bienes y servicios derivados de éstas"(Turner, 1976/1977, pág. 145). Mientras en otro texto dice: “Cuanto mayores y más centralizados son los productores y menos tienen que ver con los usuarios *…+ tanto mayor es la probabilidad de contradicciones descomunales entre la oferta y la demanda” (Turner, 1994, pág. 373).
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“Todos somos dependientes de muchos modos. […] Mas la dependencia se vuelve perjudicial cuando quienes tienen las necesidades no gozan de una relación de reciprocidad con quienes los proveen […]. El entendimiento entre ambas partes es la base del intercambio” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 241).
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las próximas viviendas a diseñar. En cierto modo, la lógica del intercambio propuesta por Turner, marca el camino hacia un proceso de retroalimentación constante.
Es extraño, porque este proceso de hibridación se perdería o sería mucho más lento en caso de seguir punto por punto y al pie de la letra todas las ideas de Turner. Después de todo, el intercambio entre técnicos y pobladores era para él, sólo un paso más para llegar a la libertad plena para construir. El objetivo verdadero era alcanzar la autonomía de los pobladores. Uno podría decir que, disponiendo de todos los elementos necesarios, la población rural de Misiones hubiera mantenido su voluntad de cocinar “a fogón”. Aunque también es cierto que el acceso a información sobre temas de salud, debería considerarse como un insumo más a la hora de construir y tomar decisiones sobre el ambiente.
Finalmente, deben realizarse dos observaciones puntuales con respecto al tema de los “desajustes” de los grandes conjuntos de vivienda construidos según la lógica heterónoma.
En primer lugar, así como la arquitectura participativa retoma un aspecto positivo de la teoría de Turner, retoma además un aspecto cuestionable: la gente tolera mejor los errores del diseño cuando ha formado parte de las decisiones que les dieron origen.
Turner decía que “la tolerancia propia para las consecuencias indeseables es más o menos proporcional a las responsabilidades personales en las decisiones que condujeron a ellas” (Turner, 1976/1977, pág. 141). Cuando más responsabilidad tenga la gente, más tolerante se vuelve a las deficiencias del resultado: "El sector informal [tal como puede verse en las barriadas autoconstruidas] maximiza la responsabilidad personal y, por lo tanto, también la tolerancia ante el producto" (Turner, 1976/1977, pág. 145). Extrapolando este concepto a la arquitectura en general, podemos decir que la participación nos ayuda a evitar conflictos con la gente, que tolerará mejor los errores en las obras construidas. Con lo cual, la participación se convierte en una especie de escudo, que permite protegernos de futuros conflictos. Entendiendo y aprovechando esta lógica, se pueden utilizar metodologías participativas para legitimar proyectos que, a grandes rasgos, ya estaban decididos
previamente. La voluntad de la gente se respeta en algunas decisiones intrascendentes, mientras se gana la tolerancia con respecto a errores sobre el proyecto en general.
Para los diseñadores, la posibilidad de contar con usuarios que toleren los “desfasajes” es algo sumamente valioso. Ante lo cual, existe el riesgo de que algún arquitecto -para aumentar la tolerancia de los residentes- incorpore, más que metodologías participativas, técnicas de manipulación grupal.
En segundo lugar, hay que destacar que los “desfasajes” no se producían solamente por la proyección de un prejuicio de clase, desde la clase media alta de los técnicos hacia las clases bajas. El problema no era que los técnicos no sabían cómo vivía la población de menos recursos. El verdadero trasfondo es que no interesaba cómo vivían porque en realidad las políticas no respondían a esos intereses sino que se adecuaban a los requerimientos de los grupos económicos que dominaban el sector de la construcción. Esto es algo que notaron Emilio Pradilla y Rod Burgess, pero también lo sabía Turner. De hecho, aclaraba que las políticas de vivienda respondían a “la ambición de los especuladores urbanos, la corrupción y megalomanía de los políticos y sus profesionales lacayos” (Turner, 1974, pág. 6). De hecho, para Turner, ese esquema de intereses estaba representado en el concepto de heteronomía. Por lo tanto, cuestionar la heteronomía significaba abandonar esa estructura de poder141.
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Era un esquema sencillo, donde “por supuesto se generan grandes ganancias, los gobiernos se hacen cargo de las deudas y los representantes y ejecutivos del gobierno cosechan el rédito político -aunque sea en el corto plazo- mientras el proyecto sea fotogénico” (Turner, 1974, pág. 5).
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Desde un agudo sentido crítico, Burgess acotaba dos observaciones: a) ¿Por qué querrían abandonar sus intereses los especuladores urbanos, los políticos y los profesionales lacayos? Sería muy inocente pensar que puedan llegar a cambiarlos en base a una serie de observaciones técnicas. Cuando
evidentemente, no remiten a un problema técnico sino a una estructura de poder consolidada a lo largo de la historia. b) ¿Qué pasaría si esos grupos de poder encuentran la forma de abandonar la
heteronomía de la producción sin retroceder en sus intereses y sus beneficios? Si tenemos en cuenta que Burgess realizó esta crítica en 1978, antes de que la producción disgregada y las políticas
neoliberales se consoliden a lo largo del planeta, su cuestionamiento cobra carácter de profecía.
El fin de los estándares mínimos: de lo prescriptivo a lo proscriptivo
Turner sabía que su propuesta teórica requería de un cambio en la legislación. Las agencias estatales justificaban el derribo generalizado diciendo que las viviendas construidas por los pobladores de las barriadas no cumplían con los estándares mínimos. Turner no consideraba las viviendas de las barriadas como el ideal a seguir, pero decía que la mayoría de ellas podían mejorarse. Es más, cuando tenían garantizada la tenencia del terreno, solían progresar rápidamente pasando de ser casillas de materiales reciclados a viviendas sólidas de varios pisos. En definitiva, la normativa vigente no tenía en cuenta la posibilidad de mejorar paulatinamente, negando una condición característica del hábitat humano. La gente comenzaba habitando construcciones rudimentarias en terrenos desprovistos de infraestructura para iniciar luego un proceso de mejoramiento gradual de la vivienda a medida que el barrio se
consolidaba e incorporaba servicios de manera progresiva.
Al negar el desarrollo progresivo, la normativa avanzaba en contra de dos aspectos centrales de la propuesta teórica de Turner. En primer término, negaba la arquitectura como proceso, porque decía cómo debían ser los edificios en cuanto a objetos terminados. En segundo lugar, impedía aprovechar el dweller control y la capacidad de autoconstruir como herramientas para terminar de construir los edificios, exigía que los edificios estén íntegramente terminados a la hora de ser habitados.
Según la óptica de Turner, el problema se generaba cuando la gente era obligada a construir según estándares mínimos, que a fines de la Segunda Guerra, se regían según los criterios de la vivienda moderna. Sin discutir las ventajas o defectos de estos criterios, Turner destacaba que estas premisas terminaban aumentando el precio de los edificios. Una vivienda terminada según los criterios modernos era algo que sólo podía alcanzar una minoría de la población en las ciudades de los países
latinoamericanos.
Las opciones que brindaban el Estado y el mercado siguiendo esos estándares mínimos, resultaban muy costosas en comparación a los míseros sueldos de la mayor parte de la población. Como
consecuencia de esto, una importante proporción de la población se veía obligada a buscar alojamiento a partir de opciones informales, por fuera de la legalidad. En síntesis, según Turner, los estándares mínimos terminaban expulsando población hacia el sector informal. Mientras, a su vez, limitaban las posibilidades de incorporar la participación del usuario en el completamiento gradual de la arquitectura.
En este apartado del texto no se pretende hacer un análisis exhaustivo de la normativa desde el punto de vista legal o desde la compleja mirada del derecho. Tampoco lo hizo Turner. En este caso, se propone destacar que el abandono de los criterios normativos modernos contribuye a un abordaje participativo de la arquitectura. También se ponderan algunos cuestionamientos que puede suscitar este enfoque, para finalizar mostrando cómo esta perspectiva se ha implementado en algunos ejemplos construidos.
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Para comenzar a entender cuál era la propuesta de Turner con respecto a los aspectos normativos