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La eugenesia surge a finales del siglo XIX como un discurso científico cuyo objeto es la intervención en la reproducción de la especie. Es definida en 1883, por el inglés Francis Galton como “(…) la ciencia que se ocupa del cultivo de la raza, aplicable al hombre, las bestias y las plantas (…)” (Cfr. Miranda, 2011, 13). De este modo, tuvieron lugar distintos mecanismos de control social de base biológica que codificaron

45 “Enfermedades venéreas” es un sintagma utilizado en la época para designar a aquellas enfermedades transmitidas mediante el contacto sexual. El adjetivo “venérea” alude etimológicamente a la diosa romana Venus cuyos atributos refieren al amor, la belleza femenina y el deleite sexual.

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las prácticas sexuales, fundados en el trazado de un horizonte teleológico de prosperidad de la nación y la especie.

La formación discursiva de la medicina argentina encontró en uno de los modelos de eugenesia una doctrina legitimante que le permitía adherir a los postulados científicos dominantes sin establecer una relación de confrontación directa con el discurso católico preponderante en el país. Se trata de la vertiente latina neolamarckiana caracterizada por el impulso de las medidas positivas y el rechazo de las medidas negativas. En este sentido, se incentivaron medidas de profilaxis, higiene y saneamiento ecológico al tiempo que se frenaron los alcances de las esterilizaciones y los abortos eugénicos (Nari, 1996). Dada la correlación de fuerzas entre la formaciones discursivas de la medicina, la religión y la política en nuestro país en estas coordenadas históricas, la educación sexual emergía como “el más eficaz punto de articulación de las respuestas eugénicas” que hacia posible trascender “(…) el plano estrictamente sanitario para ubicarse además en una constelación de ámbitos subsidiarios del área educativa” (Vallejo y Miranda, 2011: 60). Uno de los exponentes de esta vertiente, el médico obstetra José Beruti –miembro de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social- proponía una estrategia “pedagógica” que tenía como objetivo perfeccionar la especie mediante la educación sanitaria de las mujeres. Este médico sostenía que preponderaba una ignorancia de la vida biológica de las mujeres que obstaculizaba el control voluntario de los nacimientos (Cfr. Ledesma Prietto, 2014: 99). Por esta razón, desde un claro posicionamiento pronatalista, entendía que la enseñanza sexual debía ampliar los conocimientos que las jóvenes tenían del “rol de madre o futura madre” (Berutti, 1934: 5). Se pone a circular en este espacio discursivo un topos que articula la medicina con la educación estableciendo que la enseñanza relativa a la vida biológica de las mujeres optimizaría sus prácticas reproductivas.46

En la misma línea pero con mayor especificidad, la médica Mercedes Rodríguez de Ginocchio formuló un proyecto de “educación sexual eugénica maternológica” destinado al control los instintos sexuales para evitar la degeneración de la raza. La educación sexual propuesta tenía como objetivos “civilizar la libido”, “ennoblecer el amor” y “dignificar al individuo” (siempre entendido como madre o padre en potencia). Consideraba que los individuos lograrían controlar conscientemente su “actividad sexual e higiene mental por autoafirmación del espíritu de responsabilidad genésica.” (Cfr. Rodríguez de Ginocchio, 1941: 68-69; Ledesma Prietto, 2014: 175-176). En cuanto a la edad de inicio, se postulaba que la educación sexual debía comenzar a los 6 años, ya que en ese momento la “libido” aún no había “eclosionado” lo cual hacía posible dirigir los deseos e instintos antes de que se desarrollasen (Rodríguez de Ginocchio,

46 En términos de encadenamientos tópico-argumentativos, este posicionamiento se apoya en el topos + educación sexual + optimización de la actividad reproductiva de las mujeres.

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1941: 69). Consideraba que la falta de educación sexual tenía como consecuencias “las aberraciones sexuales”, “el adulterio”, “la prostitución”, “las enfermedades venéreas”, “el infanticidio” y “un síndrome de degeneración mental” llamado “onanismo” (Cfr. Rodríguez de Ginocchio, 1941: 73). Resulta interesante que los elementos léxicos que aparecen en estos enunciados remiten no sólo a al discurso médico sino también al discurso moral y al de la justicia. De esta manera, el ideologema civilización permite articular rasgos de la salud y la moral bajo el ámbito de incidencia de la educación relativa a la sexualidad.

La relación entre las preocupaciones por los males venéreos y la educación sexual aparece enunciada en una ley por primera vez en 193647. Ese año, se sanciona la Ley de Profilaxis de las Enfermedades Veneras

(ley 12.331) que cristaliza algunos tópicos del discurso eugenésico. Su objetivo es organizar la profilaxis de las enfermedades venéreas y su tratamiento sanitario (Cfr. ley 12.331, art. 1) y crea, para ello, el Instituto de Profilaxis que, entre otras funciones, le competía el “(…) desarrollo de la educación sexual en todo el país (…)” (ley 12.331, art. 4). La Ley fue rápidamente reglamentada en 1937 por el decreto 102.466 que dispuso la creación del Museo de Venereología considerado institución básica en materia de educación sexual (Cfr. Miranda, 2011: 110). Estas acciones jurídicas inscriptas en una matriz discursiva eugenésica producen un cruce novedoso entre los espacios estatales de salud y educación que será recurrente en las propuestas de educación sexual.

En los años subsiguientes y con mayor insistencia en la década del 40, surgieron varias propuestas que le otorgaban a la educación sexual una misión moralizadora de las costumbres necesaria para la prosperidad de la Nación. Como ejemplo de esta tendencia, el médico y diputado nacional Leopoldo Bard expuso en el Congreso de la Población de 1940 un proyecto de institución de la educación sexual obligatoria en las escuelas secundarias “(…) como una cuestión eugénica que involucraba la moral y la medicina preventiva (…)” (apud Vallejo y Miranda, 2011). Leopoldo Bard consideraba que la educación sexual debía iniciarse a partir de los 17 años, ya que antes no era efectiva. No obstante, sosteniendo el ideologema naturalista de la sexualidad, consideraba que entre los 13 y los 15 años era recomendable la sujeción a ejercicios esforzados para defenderlos de los placeres solitarios (Cfr. Miranda, 2012).

Otro de los grandes exponentes de la educación sexual en clave eugénica fue el abogado Carlos Bernaldo de Quirós. Este abogado, que se instituirá como una figura emblemática de la eugenesia desde la década del 40 (Miranda, 2013: 4), impulsó la educación sexual como una acción fundamental para lograr un

47Un antecedente significativo de esta ley es el proyecto de Ley de Profilaxis Antivenérea elaborado en 1935 por

Tiburcio Padilla y Ángel Giménez que también proponía la “educación sexual y moral” destinada a prevenir las enfermedades venéreas en todo el sistema educativo y en los acantonamientos navales y militares.

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mejoramiento racial que hiciera posible la “reconstrucción nacional del país” (apud Vallejo y Miranda, 2011). Sostenía que debía educarse el “instinto sexual” desde que los niños entrasen en razón, tal como se educan las funciones digestivas, respiratorias o mentales. Lo ideal, aseguraba, era que está educación se impartiera en el hogar, de sentido maternal para las niñas y paternal para los niños. Sin embargo, dado que esa situación no podía garantizarse para toda la población, era el Estado quien debía hacerlo (Cfr. Vallejo y Miranda, 2011: 68). En este sentido, consideraba que “todo el porvenir de nuestra raza dependía de la educación” y, por lo tanto, su implementación debía ser “deber constitucional del Estado” (apud Vallejo y Miranda, 2011: 69). Su propuesta de educación sexual estaba divida en tres ciclos por edad que a su vez debían estar genéricamente diferenciados: el primero se extendía de los 6 a los 9 años y comprendía contenidos sobre la reproducción de la vida vegetal, animal y humana respetando la curiosidad infantil y “desechando todo lo innoble, material e impuro en las referencias sobre reproducción”; el segundo ciclo que afectaba a niños y niñas de 9 a 12 años abarcaba “el estudio de las enfermedades venéreas, neuropatías, alcoholismo, onanismo como síndrome de degeneración mental”; el tercer ciclo destinado a púberes y adolescentes de 13 a 18 años impartía conocimientos acerca de “higiene, puericultura y maternología”, exaltando “el valor biológico humano, el matrimonio eugenésico, el sentimiento varonil de respeto a la mujer”, enfocándose el acto sexual “como fenómeno fisiológico natural” (apud Vallejo y Miranda, 2011: ).

El programa de Bernaldo de Quirós pretendía ampliar las normas existentes (ley n° 12.331) declarando la educación sexual obligatoria en todos los niveles y modalidades del sistema educativo del país. Así, se plantea un dispositivo masivo a cargo del Estado destinado a la educación del instinto sexual de niños, niñas y adolescentes cuyos contenidos se encuentran estratificados por edad y por género ya que funciona como presupuesto que los rasgos del instinto son diferentes en varones y mujeres. Los contenidos se inscriben en dos espacios de saber –la medicina y la moral- que aparece anudados gracias a la salud que opera como un ideologema transversalizador de ambos espacios ya que no se la entiende sólo como la ausencia de las enfermedades anatomofisiológicas sino también de componentes morales negativos.48

Los discursos dominantes en torno a la educación sexual que circulan durante la primera mitad del siglo XX argentino en espacios de interlocución estatal se inscriben en una matriz discursiva eugenésica que delimita enunciadores legítimos y establece objetivos precisos. Si bien el campo médico domina la escena, tienen lugar también otros enunciadores de zonas del campo jurídico aunque cabalmente atravesadas por el discurso biomédico. Resulta comprensible la presencia transversal de elementos

48 Una sexualidad sana en ese sentido no es solo una sexualidad libre de enfermedades sino también moralmente sana.

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léxicos del discurso biomédico dado que forman parte de la lengua legítima en ese estado del discurso social donde, como hemos visto, los términos médicos salud/enfermedad son utilizados para dar cuenta de las condiciones de la sociedad en sus diferentes dimensiones.

La mejora de la raza enlazada con la prosperidad nacional conforman el horizonte regulativo donde se inscriben los dispositivos de intervención propuestos. Aquí, la educación sexual cumple una función calve porque abre un espacio de operación sobre las conductas sexuales exitosamente legible en la lógica de la eugenesia positiva. La articulación inédita entre los espacios estatales de salud y educación que produce la formulación de la educación sexual legitima las regulaciones de la sexualidad al circunscribirlas a la intervención educativa. La circulación del ideologema “instintos sexuales” permite reconstruir algunos elementos del discurso social de ese momento histórico. Educación e instintos constituyen dos fuerzas opositivas que se inscriben en la oposición paradigmática entre naturaleza y cultura. En esta ecuación, del triunfo de la educación sexual sobre los instintos sexuales depende la prosperidad de la nación y la raza.

De esta manera, las políticas públicas identifican como los blancos de esta intervención a los niños, las niñas y las mujeres. Así, la educación de los instintos pretende optimizar la reproducción de acuerdo a los parámetros eugénicos, evitar la transmisión de enfermedades venéreas y excluir prácticas sexuales consideradas degenerativas. Si bien además se incluye la enseñanza de un repertorio de conductas tendientes garantizar la diferencia entre la masculinidad y la feminidad, el mayor énfasis se encuentra colocado en enseñanzas inherentes a la maternidad. Las mujeres son un objetivo privilegiado de estos dispositivos ya que aparecen como las únicas destinatarias de instrucción acerca de la reproducción y crianza (“maternología”), elemento considerado estratégico para la mejora de la raza y la nación. Alejada del lenguaje de derechos que veremos emerger más adelante, la educación sexual eugénica construye a la nación como beneficiaria de los efectos educativos sobre las conductas sexuales. En este discurso, el control de las prácticas sexuales y la mejora de las actividades vinculadas a la reproducción no son abordadas en la esfera individual sino que componen engranajes del funcionamiento de la nación. A fin de cuentas, en este espacio discursivo, aparece legitimada la intervención del Estado mediante la educación sexual en la regulación de las conductas sexuales y las prácticas relativas a la reproducción y la crianza. Esta legitimidad se vincula con una articulación argumentativa entre dos presupuestos: la función civilizatoria atribuida a la educación que surca la memoria discursiva de la formación discursiva de la educación y la concepción naturalista de la sexualidad, entendida como un impulso presocial que debe ser moldeado y conducido ya que de lo contrario tendrá efectos destructivos de la sociedad, arraigada como hemos visto en la formación discursiva de la medicina. A manera de síntesis, uno de los

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topos más relevante que atraviesa los encadenamientos del discurso eugenésico formula que la educación sexual es el vector de la civilización de la sexualidad (+educación sexual + civilización de la sexualidad).