La educación sexual gana terreno en los medios de comunicación y es promovida por un conjunto de instituciones vinculadas al campo de la medicina, la psicología y el psicoanálisis (Gogna, Jones & Ibarlucia, 2011). En los productos de la industria cultural, se expanden las perspectivas psicológicas que le atribuyen una importancia radical a la crianza durante los primeros años de vida infantil para el desarrollo de la personalidad (Plotkin, 2003). La revista Nuestros hijos desde 1954 incorporó un suplemento destinado exclusivamente a la educación sexual producido por un staff interdisciplinario de médicos, psiquiatras, pedagogos, psicólogos y psicoanalistas (Cosse, 2010: 122). En las décadas siguientes, las revistas Padres y Vivir, también dedicadas a la crianza, abordaron con especificidad la educación sexual (Felitti, 2010). Además, en las revistas destinadas al público femenino de tirada más masiva Para ti y Claudia se incluyeron periódicamente suplementos de educación sexual (Felitti, 2010). Resulta interesante que las revistas especializadas en esta temática estaban vinculadas con un conjunto
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de figuras y organizaciones que participaban activamente en la promoción de la educación sexual. Con respecto a las figuras, en el campo de la psicología, el psicoanálisis y la sexología nucleado en la ciudad de Buenos Aires, Telma Reca, Arminda Aberastury, Eva Giberti, Florencio Escardó y Mauricio Knobel combinaron inserciones institucionales que incluían el consultorio privado, la cátedra universitaria y los medios de comunicación (Cosse, 2010: 124). En cuanto a las instituciones, se encontraba la Liga Argentina de Educación Sexual, la Asociación Argentina de Protección Familiar, los consultorios de educación sexual en algunos hospitales y los Centros Municipales de Adolescencia y de Sexología y Educación Sexual (Cosse, 2010: 124; Gogna, Jones & Ibarlucia, 2011: 15-20).
Uno de los ejemplos más representativos de este entramado entre los medios de comunicación y las instituciones que impulsaban la educación sexual lo constituye la figura de Eva Giberti. Esta psicóloga y psicoanalista fundó Escuela para padres en 1957, una institución que funcionó con una presencia correlativa en los medios de comunicación y se estableció como una de las principales sedes de divulgación del conocimiento psicológico acerca de la crianza. En 1961 fue publicado el libro homónimo fruto de la compilación de intervenciones mediáticas que constituyó uno de los grandes éxitos editoriales en la temática. Posteriormente, con el mismo formato publicó Adolescencia y Educación Sexual. Estas publicaciones despliegan una pedagogía familiar de corte psicológico que tiene como objetivo formar a madres y padres en el cuidado de la salud mental y el equilibrio psicológico de sus hijos (Cosse, 2009: 13). En ambos libros, sostiene que la educación sexual debe comenzar en la niñez y no restringirse a la genitalidad sino que debe incluir procesos más amplios como la construcción genérica de los roles (Cosse, 2009: 10). En este punto, se presentan apreciaciones generales acerca de la importancia de “decir la verdad” pero escasean los ejemplos concretos acerca de cómo abordar temáticas sexuales. Así, se proporciona un modelo para explicar “de dónde vienen los bebés”, pero no se ofrecen pautas para explicar cómo llega el bebé al vientre de la madre (Plotkin, 2003: 173). Con respecto a la sexualidad infantil, su existencia permanece sugerida pero nunca abordada explícitamente. Los juegos sexuales entre niños son interpretados como conductas imitativas del mundo adulto o fases del proceso madurativo, diluyendo de este modo la propuesta freudiana de situar en la niñez impulsos sexuales específicos (Plotkin, 2003: 173-174). Para finalizar, con respecto a la familia, la autora les propone a sus lectores una revisión de las dinámicas familiares y de sus historias personales, pero no cuestiona la división de roles regida por el género enfatizando la maternidad como la función femenina privilegiada (Cosse, 2009: 21; Plotkin, 2003: 174).
Otro de los grandes éxitos editoriales en esta materia, fue Sexología de la familia de Florencio Escardó publicado en 1961. El autor se había instalado en los medios de comunicación como una voz autorizada en asuntos referidos a la crianza. Pediatra, legitimado por sus inserciones institucionales en espacios de
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la salud y la academia universitaria, se caracterizó por la apertura a la psicología y las ciencias sociales (Cosse, 2010: 121). El libro detallaba información fisiológica acerca del sexo y entendía a la familia como una "institución sexual". Al igual que las obras sexológicas reseñadas en el período anterior, entendía el placer sexual como la clave de la “felicidad familiar” y responsabilizaba al marido del “placer femenino” (Cosse, 2010: 121). Con respecto a la sexualidad infantil, aparece el discurso psicoanalítico como una marca diacrítica de la época (Cfr. Plotkin, 2003) ubicando las estimulaciones autoeróticas y la curiosidad sexual en el plano de la “normalidad”. Finalmente, el libro le otorga un lugar muy importante a la educación sexual en aras de lograr una "correcta" formación de la identidad sexual de niños y niñas. La identidad sexual es entendida como masculina o femenina de manera excluyente y con una correspondencia biológica, considera determinante mantener una diferenciación clara entre las “cosas masculinas y las femeninas” evitando una “indiferenciación simbólica” que podría conducir a la homosexualidad (Felitti, 2010). Para este proceso de educación sexual, considera que el rol de la familia es irremplazable aunque echa de menos la ausencia de programas en las escuelas que complementen esta tarea.
Siguiendo la literatura que aborda las propuestas de educación sexual en este período, se puede identificar un entramado de sentidos acerca de la sexualidad con marcas significativas provenientes de los discursos de la psicología, la sexología y el psicoanálisis que circulaban en la época. De este modo, se sostenía que la sexualidad estaba presente desde el nacimiento y ejercía un rol determinante en la definición de la personalidad y la identidad de niños y niñas. Las manifestaciones de la sexualidad eran consideradas “normales”, “naturales” y “saludables”, en consecuencia se imponía una regla práctica que impelía a no reprimir o bloquear la curiosidad sexual, el deseo y las experimentaciones sexuales en niños y niñas. En el plano de la transmisión de conocimientos, se criticaban los mitos acerca de la procreación y gestación humanas y cualquier tipo de engaño o cancelación de la curiosidad sexual que, se consideraba, contribuían al futuro deterioro del equilibrio psicológico. Por último, la “identidad sexual” era concebida como un elemento educable y su corrección se entendía en los marcos de la heteronorma con rasgos de esencialismo biologicista.
En estos enunciados, la educación sexual es ubicada centralmente en el ámbito familiar, tiene como destinatarixs finales a niños, niñas y adolescentes y se desarrolla en el marco de dispositivos mediáticos de profesionalización de la crianza fuertemente atravesados por el discurso de la psicología. Así, la educación sexual aparece como una práctica novedosa para las “familias modernas” legitimada científicamente que se opone a la censura de las expresiones relativas a la sexualidad por parte de niños, niñas y adolescentes. La figura de profesionalización supone que padres y madres ignoran tales conocimientos necesarios para desarrollar correctamente su rol y por lo tanto deben adquirirlos.
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Finalmente, el topos que articula estos enunciados sostiene que la educación sexual promueve el desarrollo psicológico saludable de estos sujetos.