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Methods for Finding Impossible Differential Paths with Maximum

2.4 Differential Cryptanalysis

3.1.2 Methods for Finding Impossible Differential Paths with Maximum

Nisargadatta

No hace mucho tiempo, mi esposo, con quien llevo treinta años

de casada, admitió que tuvo dudas antes de casarse conmigo. La tarde anterior a nuestra boda se detuvo en el salón donde se llevaría a cabo la recepción para dejar algo; mis padres estaban ahí. Mamá, conocida por sus talentos culinarios, se comprometió a preparar un simple pero delicioso menú para no menos de 150 invitados. Cuando mi futuro esposo entró, encontró a mi padre plácidamente sentado junto a la puerta de la cocina y a mi madre despotricando y bramando contra el pobre hombre. Papá estaba nada más sentado ahí, mientras mamá lo culpaba por todas sus mortificaciones. De todo, desde que un tarro de pepinillos era muy pequeño, hasta que las rebanadas de jamón eran demasiado delgadas, de todo tenía la culpa él.

Quienes conocían a mis padres probablemente atestiguarían que su matrimonio era un tanto extraño. Con toda honestidad, la mayoría calificaría a mamá de arpía, y a papá de marido tiranizado.

Como hija única, y etiquetada por mis padres como una "bebé que nos cambió la vida", crecí siendo testigo de su relación muy peculiar. Para cuando nací, ya llevaban más de veinte años casados. Recuerdo haberme preguntado si

los demás padres llevarían así también su matrimonio. Con el paso de los años crecí y comencé a estudiar la interacción entre otras parejas. Cuanto más estudiaba otras relaciones, más me preguntaba por qué diablos mis padres se habían casado, ya no digamos permanecido juntos, cuando el divorcio es tan. común como cambiarle el aceite al auto.

Cuando cumplí dieciséis años, mamá, diabética, enfermó de gravedad y pasó unos diez días en el hospital. Una de esas tardes, al regresar de mi trabajo de medio tiempo, encontré a papá sentado a la mesa de la cocina, jugando partida tras partida de solitario. De cuando en cuando miraba el reloj. Todavía no cenaba, tal vez porque prepararse un café era a todo lo que llegaba su habilidad en la cocina. Le preparé una comida caliente y retomó su solitario. Sonó el teléfono y contesté en la sala de estar.

—Hola, cariño.

—Hola, mamá, espero te sientas mejor que esta mañana cuando te pasé a visitar.

—Mucho mejor. ¿Está tu papá todavía en casa o ya se fue? — No, todavía está aquí.

—¿Se habrá detenido por ahí a comer algo? Lo envié a casa, necesita descansar, se le ve agotado. Le dije que en el camino se comprara una hamburguesa o algo así. La comida en este hospital es espantosa. Tu papá no tiene por qué comer esta mugre, con que yo la coma es suficiente. Le dije que no regresara sino hasta después de las seis.

—No, no creo que se haya comprado nada, pero le acabo de preparar su cena.

—Gracias, cariño, tengo que irme porque me quieren sacar sangre, te veré por la mañana.

Regresé a la cocina para terminar de limpiar. —Era mamá, le dije que ya habías cenado. Miró de nuevo el reloj, eran las seis en punto.

—Gracias por la cena, cariño. Estuvo tan sabrosa como si la hubiera preparado tu mamá. Tengo que regresar al hospital.

Recogió su juego de naipes, lo guardó en su caja y se fue. Recuerdo los sucesos de aquel día hace mucho tiempo, no porque yo hubiera notado algo especial en aquel momento, sino por la enfermedad de mamá y el maravilloso cumplido a mi habilidad culinaria por parte de papá.

Al mirar atrás comprendo que las acciones de mis padres durante esos días de prueba, esto es, la preocupación de mi madre por mi padre aunque ella estaba en verdad muy enferma, y él contando los minutos hasta que pudiera regresar a su lado, muestran de manera contundente cómo es su relación. Ambos actos dicen todo. Estas dos personas compartían mucho más de lo que el mundo podría percibir.

La perspicacia que adquirí no tiene precio. Es decir, que no hay dos relaciones iguales. Sería como comparar dos hojas de un mismo árbol. En la superficie ambas se ven iguales, pero son las diferencias minúsculas, indefinibles, las que hacen que las dos sean únicas.

Lo que para mí o usted puede parecer una unión singular, es perfectamente normal para la pareja involucrada. Las relaciones dependen de lo que uno da y toma, y las únicas personas que pueden juzgar el valor de lo que reciben son quienes están dentro del compromiso. Yo creo que el amor es una cosa muy íntima, y que la persona a la que uno se lo da es quien mejor lo puede valorar.

Mi esposo me comentó que en aquel lejano día, el anterior a nuestra boda, cuando se preguntó en qué diablos se estaba metiendo y casi se echa para atrás, una cosa lo detuvo. Cuando se paró detrás de la barra, miró a mi pobre, acosado, amilanado padre, escuchó la arenga de mi madre resonando por todo el salón, y entonces mi padre le guiñó el ojo y sonrió.

Después de casi cincuenta años de matrimonio, papá falleció de pronto hace diez años. Mamá sufrió un ataque severo que la, dejó en silla de ruedas sólo dos meses después de que papá se nos fuera. Mamá siguió adelante otros seis años y dio la bienvenida a sus dos nietos antes de que nos abandonara para estar con papá.

No me cabe la menor duda de que tan pronto mamá pasó por las puertas aperladas y vio a papá, lo regañó porque necesitaba un corte de pelo o porque sus pantalones necesitaban planchado. Y estoy segura de que papá miró a San Pedro, le guiñó el ojo y sonrió.

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