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Sheila entró molesta al cuarto de personal con el uniforme

salpicado con la cena de alguien.

—No sé cómo logras hacerlo —se dirigió irritada a Helen, la enfermera que supervisaba el turno nocturno. Sheila se tiró en una silla y vio de mal talante la bolsa estrujada de su cena—. La señora Svoboda me acaba de arrojar otra vez su bandeja, y está tan agitada que no sé cómo voy a poder limpiarla antes de la hora de dormir. ¿Por qué tú no tienes tantos problemas con ella?

Helen sonrió con simpatía.

—Yo también he tenido mis noches difíciles con ella, aunque claro, yo he estado más tiempo aquí, y conocí a su esposo.

—Sí, Troy. Me ha hablado de él. Es casi la única palabra que le entiendo cuando empieza con su animosidad.

Helen miró tranquila a la joven estudiante de enfermería. ¿Cómo explicarle lo que vio bajo la ancianidad externa de los residentes del asilo a quienes atendía? Sheila estaría aquí sólo durante el verano. ¿Era eso tiempo suficiente para aprender a amar lo casi imposible de amar?

—Sheila —comenzó vacilante—. Sé que es difícil trabajar con gente como la señora Svoboda, que es ruda, que no coopera y que está un poco resentida —Sheila sonrió con tristeza—. Pero tiene muchas cosas más que su demencia senil de todos los días —Helen se levantó para servirse otra taza de café—. Me gustaría platicarte de cuando conocí a los Svoboda.

"Cuando llegó la señora Svoboda, no estaba tan mal como lo está ahora, pero ya era un poco difícil. Solía quejarse de las cosas más insignificantes, que si su té no estaba lo bastante caliente, que si su cama no estaba bien hecha. En sus días malos nos acusaba a todas de robarle sus cosas. Yo no solía tenerle paciencia, hasta que un día, a la hora del baño, su esposo estaba ahí. Yo me estaba preparando para la acostumbrada lucha con ella, cuando él me preguntó si podía ayudar. 'Claro', contesté agradecida. Todo iba bien hasta que empecé a bajar el elevador de la tina. Por suerte estaban puestos los sujetadores, porque empezó a patalear y a gritar.

"Comencé a bañarla deprisa, ansiosa por terminar con todo eso, cuando de pronto Troy me tocó en el brazo. 'Déle un momento para que se acostumbre al agua', me pidió. Entonces le comenzó a hablar en ruso con dulzura. Después de un rato se calmó y pareció escucharlo. Con delicadeza me quitó la toallita y el jabón y le lavó las manos. Luego, despacio y con cuidado, le lavó los brazos y los hombros, recorrió toda esa piel arrugada y cetrina. Cada toque era una caricia, cada movimiento una promesa y de pronto tomé conciencia de mi intrusa presencia en un raro momento de intimidad. Después de un rato ella cerró los ojos y se relajó dentro del agua caliente. 'Mi hermosa Nadja', murmuró el anciano, 'eres tan hermosa'. Para mi sorpresa, la señora Svoboda abrió los ojos y murmuró: 'Mi hermoso Troy'. Pero lo que me sorprendió todavía más, fueron las lágrimas en sus ojos.

"El señor Svoboda reclinó el elevador y le introdujo el cabello en el agua. La anciana suspiró de placer mientras él se lo enjabonaba y enjuagaba. Luego la besó en la sien. 'Listo, preciosa, vamos afuera'.

"Tuve que quedarme con ellos aunque no me necesitaban, lo que me permitió tener una imagen de la mujer amada que se escondía en lo profundo de las ruinas de la ancianidad. Nunca antes pensé en ella de esa manera, ni siquiera conocía su nombre de pila".

Sheila guardó silencio mientras revolvía su yogur sin levantar la vista. Helen respiró profundo y continuó su historia.

—La señora Svoboda se mantuvo tranquila toda esa tarde. Su esposo me ayudó a vestirla y a darle su almuerzo. Se quejó de la comida y en un momento dado tiró la sopa. El señor Svoboda limpió todo con paciencia y esperó hasta que terminara el berrinche. Luego, sin prisa, le dio el resto de la comida y le habló hasta que estuvo lista para irse a la cama.

"Me quedé preocupada por el anciano. Se le veía totalmente exhausto. Le pregunté por qué insistía en hacer tanto cuando a nosotras se nos pagaba por ello. Me dio la cara y sólo respondió: 'Porque la amo'.

"'Pero usted se está agotando', insistí.

'"Usted no comprende', continuó. 'Hemos estado casados casi cuarenta y nueve años. Al inicio, la vida en la granja fue más dura de lo que cualquiera pueda imaginar. La sequía acabó con nuestras cosechas y no hubo suficiente pastura para el ganado. Nuestros hijos eran pequeños, y yo no sabía cómo iríamos a sobrevivir el invierno. Me sentía incompetente, y eso me hacía enojar. Ese año, vivir conmigo debe haber sido muy difícil.

Nadja aguantaba mi mal humor y me dejaba solo, pero una noche estallé en la mesa a la hora de la cena. Ella había prepara- do nuestro postre favorito, arroz con leche, y en todo lo que yo pensaba era en la cantidad de azúcar y leche que había usado'.

'"De pronto, no lo pude soportar más, tomé mi tazón, lo arrojé contra la pared y me fui furioso al establo. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero al caer el sol, Nadja fue a buscarme. "Troy", manifestó, "tú no estás solo con tus problemas. Yo prometí estar contigo en todo lo que la vida nos deparara. Pero si no me lo vas a permitir, entonces tendrás que irte". Habló con lágrimas en los ojos, pero con firmeza en la voz. "Por el momento no eres tú, pero cuando estés dispuesto a estar de nuevo con nosotros, aquí estaremos". Entonces me besó en la mejilla y regresó a la casa'.

'"Esa noche me quedé en el entablo, y al siguiente día me dirigí a la ciudad en busca de trabajo. No había nada, claro, pero seguí buscando. Después de casi una semana, ya no podía más, me sentía un fracasado total como granjero y como hombre. Me dirigí a casa sin saber si sería bienvenido, pero no tenía a dónde ir. Cuando me vio llegar por el camino, Nadja se me acercó corriendo, con los listones del delantal volando. Estiró los brazos para abrazarme y comencé a llorar. Me prendí de ella como un recién nacido. Ella sólo acarició mi cabeza y me abrazó. Luego entramos en la casa como si nada hubiese sucedido'.

"'Si ella pudo mantener su compromiso conmigo durante mis peores épocas, durante los momentos más difíciles de nuestra vida, lo menos que puedo yo hacer ahora es reconfortarla y hacerle recordar las buenas épocas que tuvimos. Siempre que comíamos arroz con leche nos reíamos el uno con el otro, y es una de las pocas cosas que todavía recuerda'".

Helen ya no dijo más. De pronto, Sheila empujó su silla hacia atrás.

—Mi descanso terminó —exclamó, enjugándose las lágrimas que rodaban por sus mejilla—. Y conozco a una anciana que necesita otra cena —le sonrió a Helen—. Si se los pido de buen modo, te aseguro que en la cocina también le pueden preparar un plato de arroz con leche.

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