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habla en la tumba de tu amor, de tu lealtad en el lugar de perdición?

conocen en las tinieblas tus maravillas, o tu justicia en la tierra del olvido?

Mas yo grito hacia ¿por qué, Yahvé, mi alma

lejos de mí tu rostro ocultas? (Sal 88,7-15).

para los muertos haces Pues bien, sí. El Señor ha oído su grito.

queda para siempre como el modelo y arquetipo de cuantos han llamado al Señor desde el fondo del abismo y han sido

«Entonces, Jonás oró a Yahvé, su Dios, des- de el vientre del pez. Dijo: Desde mi angustia clamé a desde el seno del sheol grité y tú oíste mi Echó la tierra sus cerrojos tras de mí para siempre, mas de la fosa tú sacaste mi vida, Yahvé, Dios mío» (Jon

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Esta Luz de Dios en medio de las tinieblas de la muerte lleva consigo un esclarecimiento nuevo. Su venida opera un discernimiento definitivo; es un juicio que separa para siempre a buenos y ma- los. Los profetas escenifican ese gran juicio de

Dios sobre todos los pueblos: y

suban las naciones al valle de

Que allí me sentaré yo para juzgar a todas las Porque está cerca el Día de Yahvé en el valle de la Decisión.» Y así, también, las grandes imágenes apocalípticas del profeta Daniel, en quien el juicio se reserva al Hijo del Hombre (Dn

2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 33

Dentro de una línea paralela de búsqueda y de fe, se establece en el interior del sheol una especie de corte entre justos e injustos. He aquí la última morada en las tinieblas de los grandes héroes pa- ganos que temblar la

«Hijo de hombre, haz una lamentación so- bre la multitud de Egipto, hazlos bajar, a él y a las hijas de las naciones, majestuosas, a las mo- radas subterráneas, con aquellos que bajan a la

Bajaron al sheol con sus armas de se les ha puesto la espada bajo su cabeza y los escudos sobre sus huesos...» (Ez 32,17-28).

Tal será para siempre la suerte de los impíos, olvidados de los hombres, rechazados por Dios. Para ellos, los infiernos se convierten en el infier- no. El juicio de Dios ha hecho de su muerte una

Pero para los justos ocurre algo completamen- te distinto: el sheol se ilumina con un rayo de esperanza. El juicio de Dios será su salvación. Su reclusión se convierte en espera del Salvador. En Job el misterio del justo sufriente hace que estalle esta

tomó la palabra y dijo: Bien sé yo que mi Defensor está vivo y que El, el último, se levantará sobre la tierra. Y una vez destruida esta que es mía, con mi carne veré a Dios...» (Job

De forma, poco a poco, sobre la mansión de los muertos se levanta la esperanza de una re-

34 La salvación llega a los infiernos

ejecución del juicio de Dios: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno.» (Dn Así, desde el Antiguo Testamento está ya presente en el hori- zonte de la historia, el último juicio que preside el Hijo del Hombre en la magnificencia de su gloria. Desde entonces los infiernos vienen a ser para siempre el «lugar» de la condenación donde los impíos se ven privados de la vida eterna, mientras que los justos, con los patriarcas, los mártires, los santos, entran en la gloria de Dios para siempre e inauguran el

Cristo habla del infierno

A primera vista parece claro que Cristo recoge los temas y los términos mismos del Antiguo Tes- tamento. Todas, o casi todas las imágenes que em- plea, habían sido ya empleadas en la Biblia y formaban parte mundo cultural de su tiem- po: el fuego y los gusanos, el llanto y el rechinar de dientes, y especialmente el gran tema del Juicio que recorre todo el Evangelio. En la parábola del rico malo, vuelve el Evangelio el sheol. La morada de los justos, a la que es conducido Lázaro en el seno de está separada por «un gran abismo» del lugar de perdición de los conde- nados donde se sumerge el mal rico: uno y otro están «en la morada de los muertos»

Hace aparición un nuevo término para desig- nar el lugar de perdición: «la gehenna». Este lu- gar maldito donde antaño se habían sacrificado

2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 35

niños a Moloch (2 Cor y donde, al parecer, se quemaban incesantemente los deshechos, se ha- bía convertido, en la literatura apocalíptica, en símbolo de maldición, incluso de maldición eter- na. En Mateo se emplea diez veces para significar

el lugar de la condenación el infierno. Pero no está ahí la originalidad del Evangelio. En primer lugar, hay que reconocer abierta- mente lo siguiente: Cristo habla frecuente e insis- tentemente de un juicio que conduce a la salva- ción de unos y a la condenación de otros. Para decirlo en nuestro lenguaje actual, Cristo habla del cielo y del infierno.

Antes de nada, se impone una advertencia: Cristo tomó sus distancias con respecto a cierto número de temas del Antiguo Testamento, más exactamente en relación a toda una concepción del mesianismo. Rechaza claramente un mesianismo temporal. ser rey en el sentido político. Rechaza usar de su poder mesiánico para aplastar a sus enemigos o para colmar a sus amigos de alimentos terrestres o de honores mundanos. Mientras sus discípulos le incitan a usar su poder contra quienes no les habían recibido: «Manda que fuego del cielo sobre ellos». El se vuelve y les responde: « N o sabéis de qué espíritu sois.» 9,55; cfr. Trad. Ecuménica de la Biblia, nota p). No, El no había venido para aplastar a los hom- bres, sino para salvarlos, curarlos, perdonarles, darles la vida. Ese es su el del Siervo sufriente de Isaías.

Y, sin embargo, este mismo Jesús que lleva el nombre de Salvador, que elige un mesianismo de