COMO REVELACIÓN DEFINITIVA
A partir del envío del Espíritu Santo, la economía cristiana es defi- nitiva: se han completado la revelación y la salvación, las cuales, desde ahora, se anuncian y realizan en la historia con la actualidad que le da el mismo Espíritu Santo que preside el «hoy» de la gracia y de la com- prensión. En cuanto revelación de Dios plena y definitiva, no transito- ria ni imperfecta, la economía cristiana encierra toda la verdad y la san-
tidad que harán llegar a los hombres y al cosmos a la Parusía. Por eso,
no se debe esperar ninguna revelación pública que complete o perfec- cione a la recibida de Cristo en el Espíritu Santo. Como dice bellamente San Juan de la Cruz: Dios al darnos a su Hijo, su Palabra —«que no tiene otra»— «ha quedado como mudo, y no tiene más que hablar»60.
La acción del Espíritu Santo como actualización del don de la pala- bra y de la obra de Cristo se relaciona directamente con la Iglesia. La profundización del misterio cristiano, la inspiración de la Escritura, su comprensión viva en la tradición, la autoridad de la enseñanza apostó- lica, la santidad de los discípulos, son resultado de la acción del Espí- ritu enviado por Cristo. Es en el Espíritu Santo como se articula el tiempo de la revelación y el tiempo de la Iglesia. El mismo Espíritu que
LA REVELACIÓN Y LA FE
actuaba en Jesús es el que anima a la Iglesia que, de este modo, se sabe siempre en fidelidad a su Maestro.
Todo recomienzo en el devenir histórico, toda revelación posible, toda novedad futura, recibe su inspiración y su luz de la revelación de Cristo actualizada en la Iglesia por su Espíritu. No han faltado intentos de establecer una separación entre el Espíritu Santo y Cristo, lo cual lleva a apelar a un futuro ideal, a una nueva economía reveladora. La revela- ción en Cristo debería, según esta interpretación, terminar para ceder el paso a una nueva y distinta manifestación de Dios, a una edad del Espí- ritu. Este planteamiento, formulado originalmente por Joaquín de Fiore, ha inspirado el pensamiento utópico que se presenta como una opción renovadora en diversos momentos a lo largo de la historia61. Ahora bien,
ese modo de ver las cosas responde a planteamientos defectuosos desde el punto de vista de la teología trinitaria y de la eclesiología, ya que opone la misión del Hijo a la del Espíritu Santo y rompe el misterio de la Iglesia a la que priva de su dimensión escatológica. De igual modo, establece un dualismo que destruye la unidad de la historia, lo cual trae inevitablemente el riesgo de avasallamiento de la libertad. Si el presente es una etapa a superar para acceder a una edad futura perfecta, no deja- ría de haber razones para introducir, si fuera necesario a la fuerza, al con- junto de la realidad en el futuro. En todo caso, el dinamismo histórico pierde su sentido, y la Iglesia sería una realidad provisional.
La Iglesia condenó la tesis de Joaquín de Fiore, el cual, a partir de una errónea interpretación trinitaria, apelaba a una hipotética revelación futura del Espíritu Santo al distinguir entre una edad del Hijo y otra del Espíritu Santo (D. 803/431).
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61. Cfr. D. C. WBST- S. ZIMDARS-SWARTZ, Joaquín de Fiore, una visión espiritual de la historia,
FCE, México 1986; así como la obra clásica de H. DE LUBAC, La posteritá spirituelle de Joachim de Fiore, 2 vols., Lethielleux, Paris 1979; J. I. SARANYANA, Joaquín de Fiore y Tomás de Aquino. Histo- ria doctrinal de una polémica, EUNSA, Pamplona 1979.
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CAPÍTULO 4
L A T R A N S M I S I Ó N D E L A R E V E L A C I Ó N
La revelación salvadora, cuyo centro y plenitud es Jesucristo, es transmitida en la Iglesia, y a la Iglesia compete conservar y anunciar el misterio de Dios revelado por Cristo. Puede distinguirse, en conse- cuencia, entre la constitución y la transmisión de la revelación. La reve- lación se constituye a lo largo de la historia como preparación (Antiguo Testamento) de la plena realización (Nuevo Testamento). Una vez constituida, se transmite en la Iglesia. Así queda reflejado en la Consti- tución Dei Verbum, mediante la distinción entre el capítulo I (De ipsa
revelatione), y el capítulo II (De divinae revelationis transmissione).
La distinción entre constitución y transmisión de la revelación, sin embargo, no se debe exagerar, para no comprometer la comprensión misma de la revelación. La revelación es histórica, lo cual significa entre otras cosas que tiene lugar en el seno de un pueblo, de una comunidad de discípulos, de forma que el pueblo (Israel) y la comunidad de discí- pulos (Apóstoles) forman parte del mismo acontecimiento de la revela- ción, y el modo (de acceder a la revelación divina pasa por la incorpora- ción a la comunidad o al pueblo que han sido los destinatarios origina- les de la autocomunicación de Dios. Esto hace que la transmisión de la revelación no pueda ser entendida de un modo completamente separado de su constitución, como si se tratase simplemente de un fenómeno his- tórico de entrega de lo que una generación posee a la siguiente, para que ese contenido permanezca en la continuidad histórica. En el caso de la revelación cristiana, su transmisión y el modo como tiene lugar respon- den a un plan inscrito en el mismo designio revelador.
La íntima relación entre constitución y transmisión de la revelación se debe entender a la luz de la- acción del Espíritu Santo y de la misión
de los Doce, de los Apóstoles. El Espíritu que Cristo envía es al mismo
LA REVELACIÓN Y LA FE
la unión a lo largo del tiempo entre Cristo y la Iglesia que dejó en el tiempo. Al nivel de lo histórico, la constitución y transmisión de la revelación se articula en torno a la figura de los Doce, que forman parte del acontecimiento de Cristo y son después los iniciadores de la Iglesia. En el presente tema estudiamos el modo como tiene lugar la trans- misión de la revelación, a la luz de Dei Verbum, nn. 7-10De la ense- ñanza conciliar consideramos especialmente la función de los Apóstoles (n. 7) que tiene, en la perspectiva teológico-fundamental, una importan- cia de primer orden. El papel de la Tradición, la Escritura y el Magiste- rio es estudiado genéticamente, como lo hace la propia constitución con- ciliar. No se pretende, en cambio, ofrecer una visión completa de esas cuestiones, ya que el lugar de su estudio sistemático está en la. Introduc-
ción a la Teología2.
I. Los APÓSTOLES EN LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN
El papel fundamental de los Apóstoles en la constitución y trans- misión de la revelación lo describe el Concilio Vaticano II con estas palabras: «Dios quiso benignamente que lo que había revelado para sal- vación de todos los pueblos se conservara para siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo Señor, en quien se con- suma la revelación total del Dios sumo (cfr. 2 Cor 1, 1-30; 3, 16-4, 6), mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio» (DV 7). Los Apóstoles son el eslabón esencial entre Cristo y la Iglesia de todos los tiempos, y su predicación constituye la norma de la fe para los creyentes.
1. Los «Doce», los Apóstoles
Los términos específicos con los que en el Nuevo Testamento son designados los Apóstoles son dos: «Los Doce» y «Apóstoles». En el uso neotestamentario, «apóstol» tiene un significado más amplio que «los Doce» (excepto en San Lucas, para quien son sinónimos). Así San
1. Sobre el capítulo II de DV, véase, además de la Sinopsis de E GIL-HELLÍN citada anterior-
mente: U. BETTI, La dotírina de! Concilio Vaticano II sulla irasmissione della Rivelazione. II capitolo II della Costituzione dommatica Dei Verbum («Spicilegium Pontificii Athenaei Antoniani» 26), Roma
! 985; G. SÁNCHEZ-MIELOO, «Transmisión de la revelación: Escritura, Tradición, Magisterio», en Cien- cia Tomista 119 (1992) 251-289; una nueva investigación sobre la elaboración del texto conciliar es la
de: A. M. NAVARRO, «Evangelii Traditio». Tradición como Evangelización a la luz de Dei Verbum /-//,
2 vols., Eset, Vitoria 1997.
2. Vid. por ejemplo J. MORALES, Introducción a la Teología, caps. VII, VIII y XI, EUNSA, Pam-
plona 1998.
LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN
Pablo era apóstol pero no de los doce3. Al comienzo de su vida pública,
Jesús «subió a un monte y llamando a los que quiso vinieron a Él, y designó a doce...» (Me 3, 13). Y San Lucas narra: «Cuando llegó el día llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos a quienes dio el nombre de Apóstoles» (Le 6, 13)4. La comprensión de estos dos nom-
bres de «Doce» y «Apóstoles» se completa teniendo en cuenta el marco del Antiguo Testamento.
Los Doce. Al elegir doce discípulos Cristo establece una ruptura y
una continuidad, a la vez, con el pueblo de Israel. Doce habían sido los patriarcas y doce las tribus descendientes de ellos, que formaban el pue- blo. Por eso, el número «doce» era signo de plenitud. Del tiempo mesiánico se esperaba la restauración de las doce tribus de Israel. Al elegir a doce discípulos, Cristo está diciendo implícitamente que ha lle- gado el tiempo del nuevo Israel, el Israel del espíritu profetizado por Isaías y Jeremías. «Los Doce», por tanto, simbolizan y a la vez son el comienzo y fundamento del nuevo Pueblo de Dios que descansa sobre ellos como sobre sus cimientos. El nuevo pueblo nace del antiguo y crece sobre él y lo transciende, y así resulta que en el reino de Dios los
Doce, nuevos patriarcas, se sentarán en tronos para juzgar a las doce tri-
bus de Israel (Mt 19, 28).
Apóstoles. El término apóstol («apóstelos») existía en el ámbito
griego y hebreo, pero su uso era bastante raro. El sentido que «apóstol» tiene en el Nuevo Testamento es completamente original, hasta llegar a convertirse en un término técnico.
El término «apóstol» en el ámbito extrabíblico tiene una significa- ción política y militar plurivalente. Puede significar el hecho del envío de una flota o la flota misma; más tarde significó un grupo de coloni- zadores y la misma colonización. Pero lo que no se incluye en el uso profano del término es la autorización de ese envío. Por eso, nunca es empleado como denominación de un enviado en sentido estricto. El enviado no es «apóstolos», sino «ággellos» o «kérux».
El uso que los cristianos hicieron de la palabra «apóstol» (que apa- rece setenta y nueve veces en el Nuevo Testamento, siendo particular- mente usada por San Lucas y San Pablo) incluye la idea de autoriza-
ción, siendo además ésta decisiva y no accidental. Esto, que era insólito
3. Cfr. infra capítulo 19. Aquí atribuimos a ambos términos un significado común, aunque incluyendo a Pablo entre los Apóstoles por e! especial significado que reviste, y porque él reivindica el haber sido llamado y elegido por Dios.'
4. Cfr. G. LEONARDI, «Apostolo/discepolo», en P. ROSSANO - G. RAVASI - A. GIRLANDA (cur.), Nuovo Dizionario di Teología Bíblica, Paoline, Cinisello Balsamo 1988, pp. 106-123: id., «"I Dodici"
e "gli Apostoli" nei Vangeli Sinottici e Atti. Problemi e prospettive», en Studia Patavina 42 (1995) 163-195, con abundante bibliografía.
LA REVELACIÓN Y LA FE
para la mentalidad griega, arguye la originalidad cristiana de la realidad a que se refiere.
Se ha relacionado a veces al apóstol con la institución judía del
schaliach, pero este paralelismo tiene un alcance limitado. Los sche- luhim eran personas que habían recibido un encargo de la autoridad
competente, en cuyo nombre y con cuya autoridad actuaban, para una misión jurídica bien determinada (una propuesta matrimonial, un divor- cio, una compra) en otra comunidad judía. Pero en ningún caso tenían una función misionera de cara a la difusión de la fe hebrea 5.
Jesús pudo usar la institución judía de los scheluhim, pero entonces la transformó llenándola de contenido religioso. La representación con- cedida a los Apóstoles está puesta en estrecha relación con la represen- tación de Dios concedida a Cristo. A los Apóstoles les es dada una
autorización extraordinaria que viene del cielo y se orienta hacia el
cielo. Por eso, rechazar a un Apóstol es rechazar a Dios mismo, pues el enviado es como el mismo mandante: «El que a vosotros recibe, a Mí me recibe, y el que me recibe a Mí recibe a quien me envió» (Mt 10, 40; cfr. Me 9, 41; Le 10, 16).
2. Los Apóstoles, testigos de la revelación de Cristo
Ciisto es el centro y plenitud de la revelación, y esta revelación es el resultado de una intervención de Dios en la historia, intervención que culmina en la muerte y resurrección del mismo Cristo. Si la revelación hubiera consistido en una doctrina filosófica como, por ejemplo, la sabi- duría estoica en la edad helenística, lo único que se necesitaría para pro- pagarla serían algunos maestros y predicadores. Pero para anunciar a los hombres el mensaje de que han sido salvados, no por una doctrina intemporal, sino por el mismo Dios que ha intervenido en la historia, a través de hechos que tuvieron lugar una sola vez, en un momento y lugar determinados, se requieren testigos: hombres que hubieran presenciado esos hechos. La revelación cristiana implica, por tanto, la obra redentora de Cristo y a la vez el testimonio que dan de Cristo unos hombres que han sido sus testigos. En este sentido se puede afirmar que la Iglesia está fundada sobre la obra de Cristo y sobre el testimonio de los Apóstoles.
Ahora bien, aunque los testigos de la vida, de la enseñanza y de las obras de Jesús fueron muchos —y en este sentido el término testigos se aplica en ocasiones a todos los discípulos-—•, en sentido estricto son «testigos» solamente «los Doce». Su testimonio no es el de los testigos comunes, sino un testimonio específico y autorizado. Ellos son los «tes-
5. Ibíd.,p. 183.
LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN
tigos elegidos de antemano» (Hch 10,41), que han visto la majestad del Señor Jesucristo con sus propios ojos (2 Pe 1, 16). La elección de Matías (Hch 1,15-26) supone, por un lado completar el número de «los Doce» tras la traición de Judas; y por otro conferir, a quien ya era tes- tigo, la misión del testimonio.
Los Apóstoles son, por tanto, los testigos privilegiados, elegidos y «separados» (Rm 1,1) para ser «ministros de la palabra» (Le 1, 2) y «fundamento» de la Iglesia (Ef 2, 20-21). Cristo los llamó, los con- vocó, para que estuvieran con él, para que fueran sus compañeros de viaje, los oyentes de su palabra, los testigos de sus acciones. Y los Após- toles le siguieron (Mt 19, 29); permanecieron con él en las tentaciones (Le 22, 28), cuando otros le abandonaban (Jn 6. 66). Cristo, Hijo del Padre, les enseñó todo lo que había aprendido en el seno del Padre (Jn 15, 15). Les manifestó el nombre del Padre, les comunicó las palabras y la doctrina del Padre (Jn 17, 6.8.14). Les envió a predicar, a expulsar demonios (Me 3, 13-15) y a curar toda enfermedad (Mt 10, 1), de la misma manera que él, enviado por el Padre, predicó, expulsó demonios, curó enfermos. El mismo, antes de entregarse a la muerte, se entregó a los suyos en su verdad y realidad, en la palabra y en el sacramento6. De
allí que quien recibe a los Apóstoles, recibe a Cristo y al Padre que lo envió (Mt 10, 40-41; Le 10, 16).
La misión apostólica es una participación en la misión que Cristo recibió del Padre. «Mediante ellos (los Apóstoles) —ha escrito Con- gar— y juntamente con ellos, comunicamos en la conciencia que Jesu- cristo mismo tuvo en su alma humana de todo el plan del Padre, en una palabra, de todo el "misterio"»7. Precisamente en esa entrega que Jesús
hizo de su conciencia humana a los Apóstoles está el origen y la autori- dad única de la tradición apostólica.
En resumen, la especificidad del testimonio apostólico depende de tres rasgos característicos que afectan no sólo a su testimonio, sino a la entera persona de los Doce. Ellos son fundamento de la Iglesia y testi- gos de Jesucristo en un sentido único porque: 1) han sido elegidos por Dios; 2) han convivido con Cristo siendo testigos de su vida pública y después de la resurrección; y 3) han recibido la misión.
El testimonio y la predicación apostólicos acaban siendo la norma
de la fe cristiana. En este punto, resulta inevitable preguntarse por la
relación entre ese conocimiento apostólico y el conocimiento actual de la Iglesia. Se puede afirmar que la Iglesia, veinte siglos después de los Apóstoles, tiene un conocimiento explícito, o doctrinal que ellos no
6. J. RATZINOER, «Ensayo sobre el concepto de tradición», en K. RAHNER - J. RATZINGER, Reve- lación y Tradición, Herder, Barcelona 1970, pp. 49-50.
LA REVELACIÓN Y LA FE
tuvieron. Y sin embargo, el conocimiento y la experiencia apostólica son insuperables; su conocimiento de Cristo y de la Revelación es supe- rior a cualquier otro conocimiento actual o posible, por su intensidad, profundidad, riqueza de intuición y por su carácter de totalidad
8. Ese
conocimiento es «supremo, excepcional, que contenía —en una intui- ción superior— el sentido explícito inmediatamente comprensible del depósito por ellos entregado a la Iglesia» y que «superaba lo que la Iglesia, asistida por el Espíritu podrá descubrir en el transcurso de los siglos, explicitando o desarrollando el primer depósito»9. Toda la dog-
mática de la Iglesia, escribió Rousselot, incluidos los juicios y concep- tos más abstractos, no es sino la explicitación del conocimiento con- creto y personal que los Apóstoles tuvieron del hombre Jesús, y que han transmitido como han podido a sus discípulos,10.
En último término, ese testimonio permanece como el punto de referencia último de lo que esencialmente ha de ser transmitido en la Iglesia, y como criterio de autenticidad, de todo desarrollo ulterior bajo la forma de «tradición apostólica». La tradición apostólica, o «gran Tra- dición», como la llama el Catecismo de la Iglesia Católica ", contiene la predicación de los Apóstoles y las realidades, sobre todo de orden sacra- mental, en las que es entregado Jesucristo y su salvación. Por lo que se refiere a la enseñanza de los Apóstoles, ésta resulta no solamente del conocimiento directo e inmediato de unos testigos que vivieron durante largo tiempo en gran intimidad con Jesús. Ese conocimiento ya es muy importante. Pero los Apóstoles, afirma Santo Tomás, son «doctores de la fe» porque poseían los dones de una fe superior a toda otra y del cono-