En este apartado de nuestro análisis del sujeto sartreano continuaremos nuestro estudio de la conciencia y su poder de re invención. Aquí veremos cómo Sartre evoluciona y radicaliza su teoría del sujeto. Profundizaremos más en los conceptos en los que se apoya Sartre para justificar una conciencia totalmente libre. Trataremos específicamente el En-sí y el Para-sí, Sartre también propone el Para-otro, pero dicho concepto se estudiará en la sección 6.1.3 Mirar-nos. El En-sí y el Para-sí son la base ontológica del ser en Sartre; por ende indispensables para comprender el razonamiento de nuestro teórico existencialista. Realizaremos el estudio del En-sí y Para-sí usando a nuestro protagonista Michael; nuestra voz; la conciencia narradora de El lector. Abarcaremos desde el capítulo seis hasta el capítulo doce de la primera parte de la narración- foco. Utilizaremos los pensamientos y el imaginario de Michael para reflexionar junto a Sartre sobre las posibilidades y límite de nuestra conciencia.
En el capítulo 6 de la primera parte de nuestra historia, Michael nos describe uno de los momentos más importantes de toda la novela, cuando tiene su primer encuentro sexual con Hanna. Un encuentro que no sigue las reglas ni los protocolos establecidos; un encuentro donde la vergüenza no tuvo lugar. Un encuentro prohibido y amoral frente a los ojos de cualquiera en el contexto del relato. De hecho, para muchos de nuestros contemporáneos les puede resultar algo perturbador. Una pasión que se desborda sin poder se contenida por las palabras.
Todo un juego de coquetería ―accidental‖; fuera de norma. Este encuentro, en principio, no parece salir de la maquinación de ninguno de los dos personajes; Hanna llegaba de trabajar y Michael quería disculparse, gesto que nace del consejo de su madre. Sin embargo, se nos dan ciertos detalles para entender que ninguna de nuestras acciones está por fuera de nuestra
decisión. Recordemos todo el proceso mental del capítulo 5 donde Michael tomaba una decisión. Como ejemplo inmediato tenemos a Hanna que siente la excitaciñn de Michael y le dice: ―C‘est bien pour ça que tu es venu¡‖ (p.34). Michael no podía ni afirmar ni negar dicha sentencia.
Estaba siguiendo un protocolo que en realidad había elegido; sólo estaba siendo Michael. Centrémonos en lo que piensa Michael para continuar con la investigación del sujeto Sartreano:
J‘avais peur de la toucher, peur de l‘embrasser, peur de ne pas lui plaire et de ne pas être à la hauteur. Mais quand nous nous fûmes tenus un moment ainsi, quand j‘eus respiré son odeur et senti sa chaleur et sa force, tout alla de soi. L‘exploration de son corps, avec mes mains et ma bouche, la rencontre de nous bouches, et enfin elle sur moi, yeux dans les yeux, jusqu‘à ce que je sente que j‘allais jouir ; je fermai les yeux et tentai d‘abord de me retenir, puis je poussai un tel cri qu‘elle l‘étouffa de sa main sur ma bouche. (pp.34-35).
Otra demostración más del poder de las palabras y la imaginación. Vemos todo el despliegue de la conciencia de Michael liberándose de sus ataduras y nadando en un océano de sensaciones. Michael tenía miedo de sentir y vivir, pero una vez que se encuentra con la belleza de Hanna no puede resistir más a sus ganas de Ser. Hemos visto que cuando la conciencia puede fluir con toda su potencia y no ser retenida por algo como un Ego, es que se dan estas
explosiones de colores. El personaje de Michael tendrá muchos encuentros sexuales y amantes a lo largo de su vida, pero nunca nos brindara una descripción de dichos encuentros como la presente. Nada más emocionante para la conciencia que escaparse al Ego. Esa es la línea de nuestro teórico existencialista. Nada más emocionante que escaparse a uno mismo; a esas pobres funciones nominales que llamamos ―Yo‖. No somos una simple categoría. Para Sartre la
conciencia no es un En-sí; el En-sí es solo un polo de nuestra conciencia, una parte. Pero entonces ¿Qué es un ser En-si? Sartre responde (1943/2010): ―En fait, l‘être est opaque à lui- même précisément parce qu‘il est rempli de lui-même. C‘est ce que nous exprimerons mieux en disant que l’être est ce qu’il est». (p.32). En el artículo El silencio de la conciencia, Samuel Cabanchik (2006), traduce esta idea del Ser:
(1) el fenómeno de ser es presencia de la conciencia al ser; (2) la conciencia es
necesariamente conciencia (de) sí misma a la vez que conciencia de ser (del esto) al que se presenta; (3) la conciencia (de) sí sólo se establece a través del algo que cada vez intenciona: no hay conciencia de nada; (4) ese objeto intencional de la conciencia no puede reducirse al fenómeno sin que la conciencia misma se aniquile, por lo que la descripción analítica del fenómeno nos remite a un ser del que ese fenómeno es siempre una presentación parcial: el ser en sí. (p.214).
Lo anterior, explica Cabanchick (2006), es la estructura irreductible del ser sartreano que, siendo unitario, se genera en la lucha interna de dos polos; el de la conciencia y el del objeto. Una cara del ser es la traslucidez de la conciencia, la otra la opacidad del objeto intencionado por ella. Dicha confrontación entre ambos polos no rompe la unidad sino, todo lo contrario, la
constituye, posibilitando así el acceso al ser.
En Sartre, el ser en-sí podríamos interpretarlo como un hoyo negro cósmico. Tiene todo su ser en su interior y no podemos elucidarlo por mucho que lo observemos. ―L‘être-en-soi n‘a point de dedans qui s‘opposerait à un dehors et qui serait analogue à un jugement, a une loi, a une conscience de soi‖ (1943/2010, p.32). Básicamente, todos los objetos externos a la
consciencia responden a esta definición; por mucho que se mire el cosmos solo nos encontramos con más preguntas y dudas; solo se revela más profundidad e infinito. Aparentemente, los objetos que se nos presentan no ponen en duda su existencia, no se interrogan a sí mismos, y tampoco dependen de nosotros para existir; Solo son. ―L‘en-soi n‘a pas de secret: il est massif.‖ (p.32). Por mucho que busquemos la esencia de las cosas esta está por fuera de nuestra capacidad de captación. El hombre está atrapado en el hombre y la cosa esta atrapada en la cosa. ― Il en résulte évidemment que l‘être est isolé dans son être et qu‘il n‘entretien aucun rapport avec ce qui n‘est pas lui.‖ (p.32).
Michael y Hanna vivieron en su acto de amor la misma lucha del ser, experimentaron la misma paradoja que el Ser sartreano, aunque podríamos llamarla baile. Nuestros dos
protagonistas mostraron un hambre de negar el mundo como el descrito por nuestro autor. Todas las concesiones ―humanas‖ les retenían, les imposibilitaba escapar. Aun así, se lanzaron a la mirada del Otro: ―yeux dans les yeux.‖ (p.35). La única forma de poder negarnos es con otra conciencia, esta intuición ya se evidencia desde que se categorizó en el En-sí y Sartre la desarrollará a lo largo de su exposición filosófica. Todo el capítulo 6 resulta ser un excelente ejemplo de cómo funciona el sujeto Sartreano; un sujeto que busca llenar su falta de sentido quitándole el sentido al otro. Y el otro está en la misma dinámica. Somos una síntesis de polos; No tenemos identidad. La conciencia en Sartre, explica Lévy (2001), no existe en estado puro y para producirse necesita proyectarse, representarse a algo que le resulte radicalmente ajeno, una especie de aventura por los caminos azarosos del mundo. (p.214). Es por esto que Michael
experimenta su encuentro con Hanna como un descubrimiento de algo arrollador: ―… je fus bouleversé par la présence de son corps nu. « comme tu es belle ¡» ‖ (p.34).
El ser En-si no tiene espejo, no tiene mirada ni conciencia. No hay bases, puntos de referencia que estén disponibles en los objetos para el ser Para-sí. Para el hombre es imposible de entender a otros seres que no sean los hombres. Básicamente, el ser En-si no tiene ni responde a las variables humanas; está muy lejos del entendimiento y control del ser Para-sí. Al respecto del ser En-sí aclara Sartre (1943/2010): ―Il est ce qu‘il est, cela signifie que, par lui-même, il ne saurait même pas ne pas être ce qu‘il n‘est pas‖. (p.33). Sartre dirá que el Ser En-sí no conoce de alteridad, es pura positividad: ―Il ne peut soutenir aucun rapport avec l‘autre. Il est lui-même indéfiniment et il s‘épuise à l‘être.» (p.33).
Sartre en su construcción-búsqueda de un sujeto totalmente libre lo desprendió del mundo material al que nunca podrá tener acceso directo. Dicho de otra manera, los objetos no tienen por qué responder a la nominalización y categorías humanas; siempre podrían ser observados y catalogados según diferentes puntos de vista, niveles y definiciones; infinitas de hecho. El autor existencialista resguarda al hombre de la inmensidad del universo en un manto llamado el Para- sí; un mundo que no escape al hombre. Como dijimos anteriormente, el ser En-sí es como un hoyo negro; un universo entero; cada objeto es infinitas posibilidades de ser. Expresa Sartre: ―L‘être-en-soi n‘est jamais ni possible ni impossible, il est.» (p.33).
El arte se vive; eso hicieron Michael y Hanna. Al hacerse el amor, mutuamente, se sacan el uno al otro y a ellos mismos de la oscuridad del ser; como dijimos anteriormente, un baile. En la química cuando dos sustancias tienen reacción entre si entonces se da una trasformación; lo mismo podríamos decir del sujeto Sartreano, solos nunca podríamos salir del abismo que
significa existir. Quien está sumergido en sí mismo, como el ser en-sí, no tiene posibilidad de ver otra cosa que a sí mismo; como todos nosotros sumergidos en nuestros egos. El ser En-sí es un ente solitario y sin posibilidades de comunicarse al/con el otro; es una cosa. El hombre encerrado en sí mismo es una analogía justa del ser en-sí. En las religiones y mitos existe la tendencia de hacer referencias a la unión entre dos seres como un acto de trascendencia. Permitámonos pensar que el amor (Para-sí) fue lo que le concedió tanto a Hanna como a Michael transformarse; salir de ellos mismos y trascender de su estado inerte. El hombre no es una cosa y se percata de esta verdad cuando mira en otra dirección diferente de su falso yo. Nuestros personajes tuvieron un
baile que nunca les permitiría continuar con esa indiferencia frente al mundo; descubrieron la belleza; un espejo donde poder ver su verdadero reflejo; en los ojos del Otro. Ambos,
descubrieron o, mejor dicho, sintieron que el hombre no puede ser reducido a una cosa; en Sartre el hombre es acción. Como nos confirma Lévy (2001):
Si el propio ser del sujeto consiste en un existir y un pensar que sólo tienen sentido en la medida en que están abiertos a la cosa y al mundo, entonces ya se acabó la imagen convencional del sujeto esperando en el limbo a tener la ocasión de existir. Ser sujeto no es un estado. Es un acto (…) El sujeto no nace, se hace. Hay un devenir incesante del sujeto que no tiene final ni origen, y es lo propio de ser sujeto. (p.216).
En el capítulo 7, la primera frase es: ―C‘est la nuit suivante que je tombai amoureux d‘elle‖. (p.36) ¿Elegimos enamorarnos o es un accidente? Si seguimos la línea de nuestro
razonamiento existencial, ya debemos de intuir que nada es accidental en el hombre; todo es una acción; una decisión; un producto de nuestra imaginación. Observemos qué nos revela el propio Michael frente al acto del amor:
Suis-je tombé amoureux d‘elle pour la payer d‘avoir couché avec moi? Aujourd‘hui encore, après une nuit avec une femme, j‘ai le sentiment d‘avoir été gâté et d‘être en dette –envers elle, que j‘essaie au moins d‘aimer, et aussi envers le monde, que j‘affronte. (p.36).
El impacto de Hanna sobre Michael es tan grande que ella se convierte en su marco referencial a la hora de enfrentar a las mujeres y el amor. Es más, se menciona una especie de deuda; como si Michael sintiera que debe devolver algo muy bello que sólo le han prestado. El momento en que otra conciencia te reconoce como conciencia es un regalo gigantesco; dicho obsequio vino de la parte de Hanna. Como una madre, Hanna le dio a Michael el regalo del amor; pero ella no era su madre, sino una persona que eligió dar amor. No estaba siguiendo un rol o un mandato; fue un acto espontáneo. El impacto del espejo en Michael no demora en revelarse: ―C‘est aussi parce que cette femme, dont j‘ignorais le prénom, m‘avait tellement gâté cet après-midi-là que je retournai au lycée le lendemain.» (p.37).
Michael se ha trasformado. Al enterarse que no estaba solo en el universo, deja su actitud de pasividad y toma su existencia entre sus manos. Ha experimentado su propio poder y desea
ejercerlo; elegir. En este capítulo se nos dibuja esta revolución cuando Michael rompe el cordón umbilical que tiene para con su familia. Uno de los más difíciles para cualquier ser humano; la piedra angular de los psicologismos contemporáneos: ―J‘avais l‘impression que c‘était la dernière fois que nous étions assis ensemble autour de la table ronde.‖ (p.40). Dentro de nuestra estructura social el referente para definirnos como Hombre han sido los padres. El poder
desprenderse de ese gran templo, que significa el hogar, es un gran paso en el descubrimiento de quiénes somos. Sería mucho más sencillo dejar que nuestra madre y padre nos den todas las verdades; de hecho eso es lo que pretenden. Michael comprendió que no es una pasividad; él no es una esencia; no es un ser En-sí: ―…il avait remarqué que je m‘étais adressé à lui et non à ma mère, et que je n‘avais pas dit non plus que je me demandais s‘il fallait retourner au lycée. » (p.41). Michael comprendió que él no era un hijo; él es Michael, un sujeto pensante. En Sartre el sujeto toma riesgos para ser auténtico, lo explica Lévy (2001):
Aparece el humilde esplendor de una subjetividad que se desprende del universo pensum, se extrae de la opinión, de las palabras de los demás y de la cultura manida para que se vean, por fin, verdaderos fogonazos de pensamiento, chispazos, destellos, una luz más fuerte que la noche, una palabra errante y vagabunda, pero auténtica, arriesgada. (p.227).
En últimas, nos dice Maximiliano Blasidio Cladakis (2015), en su artículo Ontología acción y verdad, que debemos comprender que para Sartre el mundo del ser En-sí es estática pura:
El ser en-si, por lo tanto, se corresponde con la dimensión objetual del Ser. Se trata de aquello que es revelado por la conciencia. En su ser más propio, el ser en-si se presenta como pura positividad, como algo absolutamente macizo, opaco, sin grietas ni fisuras. La naturaleza se correspondería con esta región del ser. (p.14).
En el capítulo 8 de El Lector, Michael empieza por describirnos todo el proceso de sus bailes (rituales) de amor:
Je me laissais volontiers savonner par elle, et j‘aimais la savonner, et elle m‘apprit à ne pas le faire avec pruderie, mais avec une application toute naturelle et possessive. Dans l‘amour aussi, elle prenait tout naturellement possession de moi. (p.42).
La poesía, veremos, siempre se despliega en cada descripción que Michael hace de Hanna, de sus olores, de sus « aires », de sus encuentros, de sus bailes. Sus sentidos captan el mundo como nunca ocurre en su cotidianidad. Los objetos adquieren fuerza y vitalidad. Michael le da sentido a la inercia del mundo o ¿es Hanna? Sentimos vida cuando nos damos al mundo; Michael a través del amor de Hanna está entendiendo que es él la vitalidad de su realidad. Los colores adquieren una verdad y las caricias tienen leyes en el interior de su conciencia. El ser- humano no es pasividad; es actividad. Michael es libre de darle vida a la nada según sus pasiones; ese es el sujeto Sartreano; un Para-sí. Un hombre se diferencia de los entes plenos, rígidos y determinados por su capacidad de cuestionarse a sí mismo, es decir, que tiene conciencia. Al respecto, explica Gonzales (2008): ―…lo que caracteriza esencialmente a la conciencia es esa no-identidad que la constituye, en virtud de la cual está, por así decirlo, separada de sí misma. Es pura interioridad y exclusión radical de toda objetividad.‖ (p.16). El Para-sí en palabras propias de Sartre (1943/2010): ―…étant ce qu‘il n‘est pas et n‘étant pas ce qu‘il est.‖ (p.32).
« Toi, tu t‘appelles comment? » (p.44) Esta es una cuestión clave que se presenta en el capítulo 8; la identidad. Michael y Hanna llevan aproximadamente 8 días de encuentros en el que hacen el amor pero aún no se habían presentado formalmente. Como vemos, no es el nombre lo que te hace. No es una categoría la que te define; estos dos seres, a pesar de no conocerse, ya se habían explorado intensamente. No somos nuestros nombres. El nombre es un En-sí; una categoría opaca e irreductible; una estatua. No somos nuestras máscaras.
En este mismo capítulo se hace el primer énfasis de lo que significa, literalmente, no poder leer. Cuando Michael suponía que Hanna ya debía de estar enterada de su nombre, por estar escrito en sus libros, aquellos que él le llevaba y que él le leía en sus rituales de amor. Se dan los primeros destellos de la tragedia del ser humano; el no tener la capacidad de
comunicarnos verdaderamente, de interrogarnos y recrear con las palabras aquello que uno ha descubierto. Esta es una de las líneas críticas constantes de toda la novela. Nos propone pensar la frustración de no poder comunicarse; de no lograr entendernos. Los espíritus de Michael y Hanna lograron bailar sin restricciones, pero cuando llegó el momento de las palabras, empezaron a levantarse ciertos muros o, mejor, a notarse. Toda la explosión del amor se ve cuestionada por eso que llamamos, ingenuamente, un mal entendido.
Tenemos el reclamo de Hanna à Michael por su actitud frente a su futuro: ―Sors de mon lit. et je ne veux plus te voir si tu ne fais pas ton travail. Abrutissant, ton travail ? Abrutissant ? Tu sais ce que c‘est que de vendre des billets et de les poinçonner ? (p.45). Hanna presta su voz para hacer la relación del saber con saberse. Muestra cómo el poder está directamente ligado con el lenguaje. ¿Qué es un trabajo embrutecedor? Para Sartre-Hanna sería un trabajo que te obliga a realizar acciones repetitivas y sin cuestionar el mundo; sería un trabajo que te reduzca a las labores más mecánicas; un trabajo que te obligue a callar tu conciencia; a nunca usarla. A ese tipo de existencia deberíamos de tenerle tremendo miedo. Deberíamos de temer a que nos reduzcan a la categoría de cosa; de máquina, de simple herramienta. Deberíamos detestar, según Sartre-Hanna, que nos pretendan limitar a convertirnos en una simple pala o escoba. Sartre- Hanna nos vienen insinuando que el poder leer es uno de lo regocijos (privilegio) más grandes