Con este apartado terminamos nuestro estudio de la ontología del sujeto sartreano. Hemos visto como el ser en Sartre empieza como un universo totalmente ensimismado, compacto, un bloque; como un todo que se contiene enteramente justo antes del Big Bang; un ser En-sí. Después, se nos presenta el Para-sí como posibilidad de posibilidades; un ser que descomprime al En-sí. Se nos explicó que el ser sólo es posible gracias a la conciencia; a un sujeto que piensa; no hay universo sin un hombre que lo invente. Ahora, aparece el Otro; la mirada; el juicio. El sujeto sartreano tiene una relación compleja con quien lo mira. Michael estaba completamente enamorado y aun así no lograba penetrar en la esencia de Hanna. Michael descubrió con Hanna su poder nihilizador, que no es otra cosa más que la libertad creadora de la imaginación humana, sin embargo, ese poder viene con una especie de contra-peso; un precio. Entiende que el Otro también siente y piensa; el otro también ama y sufre; el otro también llora. Michael descubre que con el despertar de su conciencia se evidencia la responsabilidad de sus acciones. La angustia y la libertad son palabras que se asoman en el horizonte existencialista. La triada del Ser, Sartre la completa con el ser Para-otro. Utilicemos entonces los últimos capítulos de la primera parte de El lector para reflexionar sobre el Otro; para cerrar nuestra investigación del individuo en Sartre y entender por qué Michael a través de Hanna descubre su espejo; su existencia.
El capítulo 13 empieza con Michael confesando: ―J‘ai toujours ressenti la rentrée scolaire comme une coupure.‖ (p.77). Michael, cada momento en que su ser crece, que ha realizado una acción, sufre un corte, una herida, una escisión. Es como la metáfora del pájaro que para nacer ha de destruir el huevo que le protege. Michael desde el día en que tomó la decisión de ir a
―disculparse‖, desde su primera elección, con Hanna no ha parado de destruir esa pequeña recámara que le contenía. De hecho, explicita cómo su nuevo poder afecta radicalmente la identidad que asume frente a sus camaradas: ―Moi, je connaissais les femmes, je savais être détendu, en camarade. Les filles aimaient ça. J‘allais bien m‘entendre avec elles, dans cette nouvelle classe, et du coup je plairais aux garçons. » (p.78). Michael goza de una seguridad construida a partir de sus experiencias ―reales‖ con otro ser; se ha comunicado con otra conciencia diferente a la suya, lo que le permite fluir y mostrarse más ágil en el contacto para con el otro. Ahora que no se siente encerrado en su propio huevo desea la atención, el elogio, el
reconocimiento de otras conciencias. Él mismo hace una reflexión sobre su deseo de ser el centro de las miradas:
Est-ce que tout le monde est comme ça? Quand j‘étais jeune, je me sentais toujours trop d‘assurance ou pas assez. Ou bien je me trouvais incapable de rien, terne et nul, ou bien j‘avais le sentiment d‘être en somme assez réussi, et que tout allait forcément me réussir. Lorsque je me sentais sur de moi, je venais à bout des pires difficultés. Mais le moindre échec suffisait à me convaincre que je ne valais rien. Ce n‘est jamais le succès qui me rendait mon assurance; quel qu‘il fût, il restait lamentablement loin derrière les prouesses que j‘attendais de moi et l‘admiration que j‘espérais d‘autrui, et le sentiment de ce
lamentable écart, ou au contraire la fierté de mon succès, dépendait de la façon dont j‘allais. (p.79).
Este párrafo podría pasar por una reflexión del propio Sartre, una verdadera demostración de las paradojas que sufre la conciencia cuando entiende que puede pensar pero se percata que es el pensar del otro el que le interesa de verdad. Como hemos estudiado, la capacidad de re-
inventar, en Sartre, está en la conciencia del hombre; el Para-sí. Esta tiene diferentes niveles de relacionarse con el En-sí; siempre a través de la Nada que permite generar nuevas estructuras en él. Cuando el Para-sí se nihiliza a sí-mismo en la mirada del otro se produce el ser Para-otro. Dicho de otra forma, el Para-sí es Para-otro cuando alguien le observa, cuando otro Para-si le mira; ojos con-contra ojos. Me trasformo en un Yo que otro domina, la mirada ajena me sorprende, revela mi esencia, ya que ha conseguido tomar una imagen de mi ser y eso es precisamente lo que yo no puedo hacer; capturarme. El Otro es el Para-si simulando no ser yo, presentándose como aquel que me objetiva. Queremos decir, que el Para-otro permite tomar distancia conmigo hasta poder categorizarme como objeto. Al respecto nos habla Gonzales:
El para-sí se encuentra ahora separado de sí mismo por el otro que irrumpe en su
experiencia y le desplaza del centro de su mundo. Pero nótese que el ser-para-otro es una estructura del Para-sí y no una manera de calificar al prójimo. En efecto, lo que dice Sartre es que la mera existencia del prójimo me revela como ser-para-otro, pero eso significa que ese nuevo modo de ser que descubro en mí no reside en el otro, sino que aparece en mí constituido por el otro. (2008, p.36).
En el momento en que estamos en nuestras cuatro paredes, sin nadie para observarnos, siento que tengo control de mi mundo, de dichosas cuatro paredes, y lo organizo según mis necesidades y gustos. Pero, cuando aparece una conciencia libre, Otro, mi mundo y yo pasamos a su juicio visual, viéndonos amenazados de ser reducidos a simples ―cosas‖ de su mundo, a ser simples objetos dentro de sus cuatro paredes. En las palabras del propio Sartre:
Cela signifie que j‘ai tout d‘un coup conscience de moi en tant que je m‘échappe, non pas en tant que je suis le fondement de mon propre néant, mais en tant que j‘ai mon
fondement hors de moi. Je ne suis pour moi que comme pur renvoi à autrui. (1943/2010, p.300).
No queremos ser reducidos a simples cosas y el único que puede hacer eso es el otro; es el único quien tiene libertad de invención, por ende, de acción. Somos poetas; Michael lo ha dejado claro. No queremos, no podemos, ser atrapados en un mundo inerte; no tenemos la talla de un En-sí. Pero, al mismo tiempo es el otro quien puede hacer un juicio sobre el Yo. Es con el otro que puedo aprender a leer, sin embargo, me pongo en riesgo de nunca aprender. En mi intento por acercarme podría quedar atrapado en las cosas de un mundo ajeno. No puedo vivir con o sin ti; esa es la paradoja de la relación con el otro. Es el ser Para- otro que resuelve este dilema, aunque, para los malos lectores de Sartre esta es la principal falla de su filosofía. Los sujetos al ser libres están en una relación de tensión entre ellos: el que me observa, el otro, quiere convertirme en un ser para él; y yo, al nihilizarlo, lo quiero convertir en un En-si para mí. Sartre, como el gran poeta que es, expresa esta paradoja con un juego de palabras bellísimo; es el pasaje clásico de Huis clos donde Garcin-Sartre comprende finalmente su relación para con los otros:
Le bronze… (Il le caresse.) Eh bien, voici le moment, le bronze est là, je le contemple et je comprends que je suis en enfer. Je vous dis que tout était prévu. Ils avaient prévu que je me tiendrais devant cette cheminée, pressant ma main sur ce bronze, avec tous ces
regards sur moi. Tous ces regards qui me mangent… (Il se retourne brusquement) Ha¡ vous n‘êtes que deux ? Je vous croyais beaucoup plus nombreuses. (Il rit) Alors, c‘est ça l‘enfer. Je n‘aurais jamais cru... Vous Vous rappelez: le soufre, le bucher, le gril… Ah¡ quelle plaisanterie. Pas besoin de gril: l‘enfer, c‘est les Autres. (p. 92).
Casi al final del capítulo 13 Michael dice: « Si Sophie s‘apercevait que je la regardais, elle se tournait vers moi et me souriait » (p.80). Confirmando la sospecha Sartreana de una necesidad de reconocimiento del otro innata a nuestro ser; necesaria. Cuando se ha probado el goce de tener contacto con el otro, el miedo al rechazo es remplazado por la iniciativa. ―… ante los ojos del prójimo, me descubro como objeto para él, pues él me hace ser objeto, me cosifica y me asigna una identidad: solo ante su mirada coincido con mi ser, no ―para mí‖, sino ―para el otro.‖ (Gonzales, 2008, p.37). A propósito Sartre nos ilumina:
J‘affirme une unité profonde des consciences, non pas cette harmonie des monades qu‘on a pris parfois pour garantie d‘objectivité, mais une unité d‘être, puisque j‘accepte et je veux que les autres me confèrent un être que je reconnais. (1943/2010, p.301).
El capítulo 14 comienza con una confesiñn de Michael algo perturbadora; ―Cet été-là fut la descente en vol plané de notre amour. Ou plutôt de mon amour pour Hanna; de son amour pour moi, je ne sais rien‖ (p.81). Ahora que Michael ha encontrado otras miradas, otros referentes, ¿su dependencia ―amor‖ de Hanna ya no tiene la misma intensidad? :
―Elle savait qu‘en été ma vie ne tournait plus seulement autour d‘elle, du lycée et de mon travail. De plus en plus souvent, quand j‘arrivais chez elle en fin d‘après-midi, je venais de la piscine (…) C‘est là que se passait la vie sociale de la classe, et il était important pour moi d‘y être et d‘y participer. (p.84).
El Otro se hace cada vez más presente en nuestra novela. Inclusive se nos ha presentado un nuevo personaje distinto de Hanna; Sophie. Desde el principio de la historia Michael sólo había tenido sus ojos disponibles para Hanna. En esta etapa de la narración el protagonista ya pone su mirada en otros seres. En el capítulo 13, de hecho, describe a Sophie y a su salón de clases; acto de mucho peso según el estilo que ha mostrado la novela. Hanna como ser de trascendencia; ella se había llevado todos los elogios estéticos. Bajo la mirada existencialista Michael está experimentando vivencias por fuera del mero conocimiento; la vivencia de que hay Otro y este me hace ser.
Ahora, retomando nuestro primer apartado El imaginario sartreano, recordemos que la conciencia no responde a filtros externos, sino a una estructura afectiva interiorizada por el Para- sí. En nuestra relación y aprehensión del Otro, el orgullo y la vergüenza son las formas afectivas
con las que Sartre explica nuestra interacción con el ser Para-otro. ―la vergüenza, en particular, es el sentimiento original de tener mi ser afuera, de ser un objeto o cuerpo en tanto que ser-para- otro.‖ (Gonzales, 2008, p. 39). El Otro trastorna tanto mi existencia como mi universo; se adueña de mi yo porque es él quien escoge mis atributos. Sartre, a través de Goetz, personaje principal de la obra de teatro sartreana Le Diable et le bon Dieu, lo expresa muy bien:
Hilda, j‘ai besoin qu‘on me juge. Tous les jours, à toutes les heures, je me condamne, mais je n‘arrive pas à me convaincre parce que je me connais trop pour me faire
confiance. Je ne vois plus mon âme parce que j‘ai le nez dessus: il faut que quelqu‘un me prête ses yeux. (1951, p.220).
Sin el Otro no existo. Así como el objeto no existe sin el hombre y el hombre sin la cosa; el hombre existe por y para el hombre. Hemos visto que el poder de la Nada, de separar,
irónicamente, es un poder de unificación, aunque el término más exacto seria síntesis. La Nada es síntesis y total exigencia de ésta. Libertades exigiéndose ser mutuamente. En Sartre, el Otro se me presenta como tensión porque somos el resultado de una tormenta; somos el torbellino que contienen todos los polos: somos ese baile que realizamos con el otro. En palabras no tan románticas de Inés en Huis clos:
Allons¡ allons¡ ne perd pas courage. Il doit t‘être facile de me persuader. Cherche des arguments, fais un effort. (Garcin hausse les épaules.) Eh bien, eh bien ? Je t‘avais dit que tu étais vulnérable. Ah¡ comme tu vas payer à présent. Tu es un lâche, Garcin, un lâche parce que je le veux. Je le veux, tu entends, je le veux¡ Et pourtant, vois comme je suis faible, un souffle; je ne suis rien que le regard qui te voit, que cette pensée incolore qui te pense. (Il marche sur elle, les mains ouvertes) Ha¡ elles s‘ouvrent, ces grosses mains d‘homme. Mais qu‘espères-tu? On n‘attrape pas les pensées avec les mains. Allons, tu n‘as pas le choix : il faut me convaincre. Je te tiens. (1943, pp.89-90).
Somos con el Otro. Eso nos lo ha dejado claro ya Michael al poder re-inventarse el mundo sólo cuando tiene la mirada de Hanna. Cómo nos juzga el Otro es fundamental para darnos un ser. Por ejemplo, Michael juega a darse nombres con Hanna. Un ejercicio de cómo me percibe el Otro. Es el Otro quien le da un sentido a mi personaje; podríamos hasta afirmar, que en Sartre, el Otro es por quien jugamos a la comedia; por quien jugamos a la vida. Veamos que concepto nos regala Michael de Hanna, al momento de ponerse nombres simbólicos y afectivos,
al momento de adueñarse de la esencia del Otro a través de la palabra; simplemente nombrándolo:
Je pourrais te dire dada ou caballo ou bucéphalette. En disant cheval, je ne pense pas aux dents ou à la tête, ou à je ne sais quoi qui te déplait, je pense à quelque chose de bon, de chaud, de doux, de fort. Tu n‘es pas un petit lapin ou un petit chat ; et tigresse, ça a quelque chose de méchant que tu n‘as pas. (p.84).
Esta forma de Michael para referirse a Hanna nos ejemplifica, y demuestra, el cómo la mirada del Otro es tan importante; fundamental. Hanna le dice: ―Si, j‘aime bien que tu me dises cheval… » (p.84). Con nuestra mirada cambiamos al Otro, le exigimos una síntesis y el hace lo mismo para con nosotros. La fuerza del primer baile que Michael y Hanna realizaron, aunque fuese sexual, estaba en la mirada; ojos contra ojos. Juntos es que podemos darnos sentido. Perdidos en nuestra soledad estamos condenados a nuestros huevos; cuatro paredes. Michael y Hanna se trasforman el uno al otro. Se trasforman a través de las caricias y las lecturas; de los besos y las peleas. Viajar solo no es posible, necesitamos al Otro para que entendamos nuestro punto de partida y tengamos un punto de llegada: « Je lui ai lu Guerre et Paix, avec tous les développements de Tolstoï sur l‘histoire, les grands hommes, la Russie, l‘amour et le mariage (…) Nous fimes ensemble ce voyage loitain.‖ (p.82).
Descubriendo el mundo de la mano del Otro ya que solos estaríamos encerrados y sin cuartel frente a nuestra conciencia. Nuestros personajes llevaban el rol de sus vidas sin pensar-se. Ahora que viven la poesía no pueden evitar transformarse; preguntarse, interrogar su relación con el prójimo. En Hanna este proceso es, por ahora, implícito; los efectos de Michael en su persona se revelarán capítulos más adelante. En Michael el cambio ha sido más explícito. Nuestro protagonista ya no se siente como cuando empezó la novela y ya no actúa de la misma forma. Hanna por ser un misterio hace más complejo el ver sus procesos. Pero las señales de su morfosis ya están presentes: ― De nouveau Hanna a suivi le déroulement du livre avec un intérêt passionné. Mais ce fut autrement que d‘habitude; elle gardait pour elle ses jugements… » (p.82). Podemos pasar eternidades encerrados en nuestra imaginación, pero sólo es necesario un instante de contacto con otra conciencia para que el mundo se abra en una nueva forma que
desconocíamos. Las cosas tratan de absorbernos y a veces lo logran, especialmente la cosa-yo, pero no importa cuánto tiempo la conciencia lleve adormecida, sólo un pequeño contacto con
Otro; un verdadero sentir del otro, es todo lo que se necesita para una reacción en cadena que revoluciona todo nuestra forma de mirar-nos. Para Sartre estamos condenados al Otro, pero no en una forma pesimista como suena la palabra condena. El sentido es de ineludible; una condición ontológica; necesaria al ser.
Tout se passe comme si j‘avais une dimension d‘être dont j‘étais séparé par un néant radical; et ce néant, c‘est la liberté d‘autrui; autrui a à faire être mon être-pour-lui en tant qu‘il a à être son être ; ainsi, chacune de mes libres conduites m‘engage dans un nouveau milieu où la matière même de mon être est l‘imprévisible liberté d‘un autre. (Sartre, 1943/2010, p.301).
Sartre, en su fervor de salvar al individuo de toda cadena, salva a todos los sujetos; está obligado. Conferirle una libertad al hombre es dársela a todos los hombres. La forma de co- relacionar las libertades es haciéndolas intrínsecamente necesarias las unas a las otras. Quien no haga una lectura detenida de Sartre cae en el cliché de tomarlo por un obsesionado del Cogito. Sartre si está obsesionado con el Yo-pienso y es, justamente, esta obsesión la que lo remite incesantemente al otro. ¿A quién podríamos preguntarle por mi existencia si no es al Otro? Como lo dijo Goetz, estamos muy saturados de nosotros mismos como para creer en nuestros pensamientos aislados. Sartre hace al Otro tan necesario como el Yo. Michael no sería el lector si no tuviese a quien leerle. Michael para comprender-se tiene que interrogarnos, sino le prestamos nuestra mirada él se perdería en su historia, como diría el filósofo existencialista; se extravía en su inmanencia. Básicamente, nos confundiríamos con el En-sí de no ser por la aparición de un Para-otro. Al respecto nos explica Cabanchik:
El hombre se sacrifica para realizar a Dios, síntesis En sí-para sí, pero no puede sino fracasar al resultar imposible una tal síntesis, ya que implicaría concebir un ser que se autoengendrara bajo la modalidad de la necesidad, pero tal ser debería presuponerse a sí mismo, digamos ―preserse‖, una condiciñn fuera de alcance tanto del para-sí como del en-sí. (2006, p.217).
Después de todo lo expresado hasta ahora, podemos afirmar que en Sartre el sujeto está sujeto al sujeto, su ―condena‖ es esta forma de uniñn que se da, paradñjicamente, en una ruptura del ser. Necesito que me vean, que me rompan, para Ser: ―Il suffit qu‘autrui me regarde pour que je sois ce que je suis‖ (Sartre, 1943/2010, p.301).
Sartre analiza esta unión como desunión y lleva su análisis hasta las últimas
consecuencias. Trata de de-construir todos los templos mentales, aquellos que se han construido para asegurar alguna clase de orden social pre-supuestado. Sartre no es un obsesivo de la