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origen de nuestras decisiones y discusiones, es decir, las disposicio nes morales y las intenciones, así como las reflexiones que ellas suscitan en nosotros y por cuyo intermedio llegamos a tomar reso luciones y forjar proyectos.”6
En el análisis concreto del fenómeno bélico, Polibio discierne tres etapas: el estudio de las consideraciones que llevaron a tomar las armas, el examen de las motivaciones y razones invocadas por los beligerantes y la exposición de las causas ocasionales de la guerra. Con referencia a la segunda guerra púnica, su tesis se apoya en la continuidad del antagonismo romano-púnico desde el primer con flicto y privilegia el factor psicológico al señalar como elemento decisivo del enfrentamiento el espíritu de revancha del padre de Aníbal, Amílcar. Parecería establecida la existencia de un juramen to prestado por Aníbal, a pedido de su padre, de no entablar jamás amistad con los romanos. En consecuencia, Polibio insiste no sólo en la búsqueda de fuentes que apuntalen su tesis sino también en la fuerza de los factores psicológicos, tal como el juego complejo de la voluntad de los jefes, sus ambiciones y sus resentimientos. Reencontramos aquí la función de la lección de la historia para quienes están llamados a ejercer un poder, pues Polibio pretende demostrar la importancia de las facultades intelectuales: “Para los asuntos políticos, no hay escuela más auténtica ni mejor ejercicio que las lecciones de la historia”.7
A su juicio, una de las razones que permitieron a Roma ejercer un poder semejante es la forma de su constitución, que incluye, siempre según su parecer, no sólo el régimen político sino también las costumbres de la civilización romana. En su acepción amplia, la constitución determina la causalidad histórica más general: “Es preciso considerar”, escribe, “como la causa más extendida en toda cuestión, tanto para el éxito como para su contrario, la estructura de la constitución; de ella brotan, como de un manantial, las ideas y las iniciativas de los actos, así como su resultado”.8 Causas generales, las constituciones tienden a regir la propia evolución histórica; de tal modo, la historia de Esparta se explica en esencia a través de la constitución de Licurgo.
Esas constituciones obedecen a leyes que Polibio califica de naturales. La primera de ellas es la de la anaciclosis, esto es, la regla
de sucesión cíclica de los regímenes políticos. Polibio retoma el esquema aristotélico de distinción de tres regímenes primarios y
6 Polibio, Histoires, op. cit., III, 6. 7 Ibíd., I, 1.
sus formas secundarías degeneradas: la realeza degradada en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en oclocracia.
La evolución histórica parece condenada a contemplar la sucesión alternada de las formas puras y las formas degeneradas de esos regímenes políticos, según un orden fijo y circular. El único medio de escapar a esas revoluciones periódicas y esa inestabilidad cróni ca consiste en establecer una constitución mixta que se inspire en los mejores aspectos de los principios de la realeza, la aristocracia y la democracia, a fin de evitar la decadencia de un sistema único que tiende ineluctablemente hacia el exceso. Sin embargo, Polibio considera que hay tres modelos que gracias a su mezcla han escapado a la anaciclosis y, por ende, conquistaron cierta estabili
dad: el régimen espartano de Licurgo, el Estado cartaginés y la constitución romana. La segunda ley natural señalada por él es la asimilación de las constituciones a los organismos vivos que pasan necesariamente por tres estados: el crecimiento, la madurez y la declinación. Esta ley, por otra parte, hace vacilar la búsqueda de estabilización y está en contradicción lógica con la idea de un régimen mixto capaz de perdurar, pero Polibio cree haber encontra do en ese entrelazamiento de leyes la clave fundamental de la evolución política de Roma.
Polibio utiliza la indagación causal para salir de la contingencia. Esa indagación apunta a lo universal al ceñir un relato articulado a una cantidad limitada de principios motores, como el principio inmanente de la constitución romana o el principio trascendente de la Fortuna. Este marco unitario permite descubrir coherencias en una multiplicidad aparentemente informe y establecer tanto conti nuidades como concordancias temporales. Polibio compara la histo ria universal con un organismo en el que todas las partes mantienen una estrecha solidaridad, y eso le permite no sólo poner de manifies to continuidades históricas sino hacer historia' comparada y com prender la convergencia de los hechos en universos aparentemente desconectados entre sí. Con ese fin, utiliza como disciplinas auxilia res tanto la geografía como la etnografía, para construir vastas síntesis coherentes y grandes movimientos de conjunto.
Sin embargo, no se puede juzgar a este historiador con la vara de criterios modernos, como lo muestra Catherine Darbo-Peschanski.9 Al igual que en los casos de Herodoto y Tucídides, en Polibio la historia se subsume en dos categorías: la de la aletheia, y por lo
9 Cf. C. Darbo-Peschanski, “L’historien grec ou le passé jugé”, en Nicole Loraux y Caries Miralles (comps.), Figures de l’intellectuel en Gréce ancienne, París, Belin, 1998, pp. 143-189.
tanto la verdad, la realidad en bruto, y la de la diké, la realidad
normada, la justicia. Es cierto, lo que lo diferencia es sin duda la mayor importancia atribuida por él a la aletheia, pero la función del
historiador no es tanto decir la verdad, establecer los hechos, como juzgarlos, emitir juicios, buscar el logos en la trama de los aconte
cimientos. Como el orden de éstos es función de la justicia, las causas de esas acciones humanas establecidas por Polibio son, a la vez que términos lógicos, la puesta en evidencia de responsabilida des y culpas: “determinarlas no significa tanto explicar como acusar o defender a jefes y pueblos”.10
2. E l o r d e n d e la pr o ba bilid a d:
Jean Bodin
Jean Bodin (1530-1596) plantea en el siglo xvi los principios de una historia de las civilizaciones que tiene su campo epistemológico específico, apartado de todo providencialismo. Bodin simboliza con claridad el entusiasmo de los juristas de su época por la historia. En 1566 publica uno de los primeros tratados de reflexión sobre esa disciplina, Méthodepour une facile compréliension de Vhistoire, que
pretende ser una teorización de la operación historiográfica según se desarrolla en el siglo xvi como nueva historia, en ruptura con los trabajos anteriores, juzgados incapaces de acceder al modo de causalidad de los acontecimientos históricos y condenados a una simple cronología de los hechos. Bodin distingue tres formas de his toria. La teología no se ocupa sino de la historia divina, y esta historia sagrada sólo compete al orden de la fe. La historia “natu ral”, por su lado, se dedica a las “causas secretas de la naturaleza” y corresponde al orden de la necesidad. En tercer lugar, la historia a la cual Bodin pretende consagrarse “explica las acciones del hombre que vive en sociedad”11 y compete al orden de la probabili dad. Si bien la búsqueda de la causalidad sigue siendo el horizonte del historiador, el dominio de la historia humana es un ámbito marcado por una inestabilidad crónica, resultante de la voluntad del hombre que no puede constituir el objeto de previsiones: “La historia humana deriva principalmente de la voluntad de los hombres, que nunca es semejante a sí misma y cuyo término no puede entreverse. Todos los días nacen nuevas leyes, nuevas
10 Ibíd., p. 185.
11 J. Bodin, citado en G. Huppert, L’ldée de Vhistoire parfaite, París, Flamma- rion, 1973.
constituciones, nuevos ritos, y las acciones humanas no dejan de inducir a nuevos errores”.12
Sin embargo, según Bodin, el historiador se asigna el objetivo de reducir ésos cambios históricos a algunas leyes generales. Encarna un nuevo intento de asimilar y unificar los conocimientos más diversos sobre la base de nuevas exigencias lógicas. La primera de ellas es el establecimiento de una cronología segura, mientras que la segunda apunta a disponer de una escala común a fin de apreciar las distintas etapas atravesadas por la humanidad. El mejor abordaje de esta nueva historia consiste, por lo tanto, en la adopción de un punto de vista universal que permita un estudio comparado de la evolución y el espíritu de las leyes.
Jean Bodin es un claro ejemplo del espíritu optimista del siglo xvi. En su refutación de la filosofía cristiana de la historia, que hace hincapié en la decadencia progresiva de la humanidad, señala que el mundo, al contrario, no deja de progresar hacia un mejor estado; por ese motivo, su obra de historiador pretende demitificar la presunta edad de oro del pasado. “Pues si se compara con nuestra época esa edad que se califica de oro”, escribe, “bien podría ésta parecer de hierro. En efecto, ¿quién sería capaz de poner en duda que el diluvio fue el castigo de la Providencia, pues los crímenes eran tan numerosos en la tierra que el propio Dios lamentó haber creado al hombre? ¡Y he aquí, entonces, esos famosos siglos de oro y de plata! En esos tiempos, los hombres vivían dispersos en los campos y los bosques como verdaderos animales salvajes.”13 Si los antiguos hicieron admirables descubrimientos, los modernos los superan, y Bodin cita al azar, como ilustración de su tesis, la invención de la brújula, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la expansión comercial, la metalurgia, la imprenta... En consecuencia, si la historia tiene una orientación, a su juicio se trata de la orientación del progreso.
La función del discurso histórico es explicar el crecimiento y la declinación de los Estados y las civilizaciones. Por lo tanto, debe abarcar todo el pasado de la humanidad en una escala planetaria e interesarse en todas las sociedades conocidas del mundo. El motor explicativo de la historia percibido por Jean Bodin, la verdadera levadura de la historia, es el instinto de supervivencia de los hombres, su deseo de adquirir riquezas, su sed de posesión creadora de civilización. La puesta en perspectiva de esta pulsión sirve para
12 J. Bodin, Méthode pour une facile compréhension de l’histoire, traducción de P. Mesnard, en (Euvres philosophiques, París, PUF, 1965, p. 282.
trazar una jerarquización lineal de los estadios de la civilización. En una primera etapa los hombres se defienden contra la enfermedad y la necesidad e inventan la caza, la agricultura y la crianza de animales. En una segunda etapa se lanzan a las actividades comerciales e industriales y por último, en un grado de civilización más avanzado, alcanzan la cumbre cuando los pueblos se dotan de su propia cultura y generan necesidades suntuarias.
Buscador de leyes explicativas y causas jerarquizadas, el histo riador humanista Jean Bodin aparece como un precursor de los filósofos e historiadores de las Luces por su inquietud de disociar historia sagrada e historia profana, gracias a las enseñanzas de los juristas del Renacimiento, como Jacques Cujas o Fran^ois Hotman. La cercanía con éstos es más notoria cuando Bodin invoca la influencia del clima sobre la evolución de las sociedades y divide las naciones en tres categorías. Mientras que las civilizaciones del sur, como la Mesopotamia o Egipto, atribuyeron preponderancia a la religión y la sabiduría, las regiones más templadas, como la ciudad griega o Roma, crearon ciudades Estados con sólidos fundamentos jurídicos e inclinadas a la expansión coloniál, y las civilizaciones de las comarcas septentrionales, por su parte, privilegiaron las tecno logías y las operaciones militares. Bodin habrá de anunciar así el análisis de Montesquieu en Del espíritu de las ley es.14