3.2 Constitutive Model for Cohesionless Soil
3.2.1 The Mohr-Coulomb Model
—¿Sabes? —comenzó, con la mirada clavada en el suelo— No es solo lo que ha pasado ahora. Mi madre…siempre ha sido un tema en el que he evitado pen- sar. Es verdad que de vez en cuando me pongo en contacto con ella, pero siempre intento no darle demasiada importancia. Cuando le hablaba por teléfono me hacía el indiferente, era maleducado y descarado, como lo que todavía ahora aparento ser. Quería convencerme a mí mismo de que no me importaba. Quizás en el fondo intentaba hacerla sufrir. Porque un día simplemente se fue, cuando era aún un niño. »Durante prácticamente diez años he intentado no culparla, comprenderla. Para conseguirlo, lo único que podía hacer era bloquear mis sentimientos, no pen- sar en ella, olvidarla. Lo hacía por mí mismo, para no formularme la pregunta que en el fondo siempre ha estado allí, presente en mí, carcomiéndome por dentro. ¿Por qué me dejó con mi padre, por qué me abandonó? ¿Por qué no me llevó con ella? Quería borrarla de mi vida y no seguir sufriendo. Llevaba diez años sin verla, y por fin había comenzado a olvidar su cara. Y entonces, hace unas semanas, apareció de nuevo, sin mostrar nada, absolutamente nada, ni siquiera arrepentimiento, sin darme ninguna explicación, rompiéndome otra vez por dentro. Y ahora ocurre esto. »Toda esta situación me deja confuso, sin saber qué pensar, y de nuevo sur- ge la maldita pregunta. ¿Y por qué ha vuelto ahora? No quiero creer que es una asesina —sus labios se elevaron ligeramente en una mueca que pretendía ser una sonrisa. Levantó la vista, dirigiendo sus ojos verdes directamente hacia mí. No había lágrimas, pero sabía que lloraba. En ese momento se veía tan vulnerable que me partió el corazón. Deseé abrazarle más que nunca, pero a la vez tenía miedo de hacerlo—. Supongo que todavía me importa. A pesar de todo, supongo que sigo queriéndola. Si no, no me hubiera torturado de esta forma.
Pasó mucho tiempo antes de que pudiera responderle, y solo se me ocurrió una tontería descabellada.
—Entonces... Pregúntaselo. Ve a Italia y búscala. Pídele que te aclare todo esto, que te lo cuente todo… y pregúntale el porqué. Solo ella puede responder tu pregunta.
Él me observó con los ojos muy abiertos. Poco a poco, en su cara fue formán- dose una expresión decidida.
—Solo si tú vienes conmigo.
—Claro que iré contigo, iría contigo hasta el fin del mundo si fuera necesario, lo sabes… Pero antes, hay que dar con el paradero de tu madre y…
80
Algo llamó mi atención y tuve que detenerme, Roberto permanecía silencio- so y con la cabeza inclinada, sus mechones eran como serpientes muertas, colgan- do de un enjuto árbol selvático, todo él expresaba desolación y amargura.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo cruda que había sido con él desde que todo aquello había sucedido, no me había detenido a reparar que él se encon- traba de duelo ahora, que acababa de perder a su padre, y que probablemente había sido su propia madre la perpetradora de tal crimen, además de que apenas dos días atrás tuve que revelarle el secreto que Carla había mantenido oculto acerca de la existencia del bebé que había tenido con Lorenzo.
Pensar en todo el sufrimiento que seguramente cargaba consigo me hizo el alma trizas.
Él me miró de pronto, seguramente preguntándose por qué me había deteni- do.
—Antes que nada, dime: ¿estás bien? —pregunté, colocando mi mano sobre su hombro, sentándome a su lado sin dejar de observarlo.
Roberto me dirigió una apesadumbrada sonrisa, acariciando mis dedos que aún apretaban su hombro.
—Tal vez no podía llevarme bien con él, y tal vez lo odié tanto durante dema- siado tiempo por lo que hizo con Carla, pero era mi padre, Caroline… Sé que está muerto, aunque me resulta extrañamente difícil llegar a entenderlo del todo, aún no he podido verlo, no sé en donde se encuentra ahora, y la forma en la que murió. Y la verdad es que no puedo dejar de pensar en nuestra última pelea.
En ese momento lo vi derrumbarse, llevándose las manos al rostro, su espal- da arqueada hacia adelante, los hombros temblando descontroladamente.
—Tranquilo —susurré, abrazándolo. Roberto continuó
—Me lancé contra él, lo golpeé y él me golpeó, ese es el último recuerdo que me quedará de él y eso no podré olvidarlo nunca.
Su llanto se hizo más severo, y yo no sabía que decir ni que hacer, todo aque- llo me superaba por completo. Sentí una impotencia terrible, como si me ahogara lentamente en un mar turbio y desolado bajo un cielo gris, sin nada ni nadie a mí alrededor para ayudarme.
Lo único que pude hacer fue acompañarlo, mi corazón se sentía compenetra- do con el suyo y su dolor me pertenecía como le pertenecía a él mismo. Así que no pude reprimir el llanto, las lágrimas brotaron sigilosas mientras que mi voluntad
81
era incapaz de contener los sollozos que ardían por conjurarse sobre mi garganta. Hasta que sentí los dulces y seductores labios de Roberto, rompiendo mis lamentos, bebiéndose todas mis preocupaciones y conjeturas. Sentí que me ol- vidaba de todo y de todos con ese beso que exploraba cadenciosamente mi boca entreabierta. Sus dedos aprisionaron vehementemente mis brazos masajeándolos, al tiempo que su respiración se agitaba cada vez con mayor impulso.
Su lengua se internaba en mi boca succionando todos y cada uno de mis débiles intentos por ponerle un fin a ese arrebato apasionado. Pero mis hormonas estaban disparadas y habían tenido que soportar demasiadas interrupciones.
Así que sin pensar lo jalé de la camisa y me dejé caer en la cama, Roberto desplomó casi todo su cuerpo delicadamente sobre el mío, y su tibieza me em- bargó por completo, extasiándome con su proximidad. Su fresco aliento recorría mi cuello mientras unos deditos nerviosos jugueteaban con mi cabello rizado. Lo apreté fuerte contra mí exigiéndole más, dejándole saber descaradamente que esta- ría dispuesta a todo, que le entregaría al fin lo que tanto me había reclamado desde el comienzo.
No me importaba, solo sabía que me volvía loca, que me había estado resis- tiendo a él de una manera absurda, puesto que era imposible huir de aquello que deseaba tan desesperadamente.
Sin embargo, Roberto se alejó de mí, y aún sobre mi cuerpo, me miró con esos fascinantes ojos verdes.
—Oye, tengo que ser completamente sincero contigo, ¿vale? Me interesas demasiado como para hacer esto… No quiero que pienses que estoy loco ni nada parecido, pero y pese al poco tiempo que tengo de conocerte creo que… estoy seguro de que…
—¿De qué?—deseé saber, al fin conocía al Roberto inseguro y nervioso, ese que se ocultaba tras una máscara agreste y hostil.
—Te amo —soltó, intentado impregnar todo el significado posible a sus pa- labras. Yo me quedé muda —. Y quiero, necesito hacer bien las cosas esta vez. Es- pero que puedas comprenderlo… Lo último que quiero es lastimarte, ya he hecho suficiente con involucrarte en mi vida llena de problemas.
Sus ojos lucían cristalinos, acuosos.
Mi corazón se inflamaba cada vez más con cada bocanada de aire que entraba en mi organismo, sentía que pronto explotaría en mil pedazos.
82
Todo lo que había ocurrido simplemente era increíble, apenas unos días atrás era la chica ordinaria que asistía al colegio, sin ningún tipo de problema o compli- cación. Y ahora me encontraba recostada bajo los poderosos y protectores brazos de Roberto, el “chico malo” aquel que había prometido no dañarme nunca, aquel que había sufrido tanto, aquel del que me había enamorado.
—Roberto, yo…
No pude decirle lo mucho que lo amaba. Ya que para mí mala suerte Brian se apareció frente a la puerta, con aquella mirada perdida que lo definía.
Por alguna razón tuve el impulso de quitarme a Roberto de encima, lo cual lo hizo caer de la cama sobre su trasero.
—¿Qué demonios quieres aquí, Brian? —le preguntó Roberto con una mira- da enfurecida.
—Hermano, no quise interrumpir lo suyo, pero allá afuera se encuentra el paliducho “cara linda” del vecino y exige ver a tu noviecita ya mismo… y de una manera nada amigable debo aclarar.
Dijo sin dejar de mirarme con una sonrisa pícara en el rostro.
—¿Dylan? —creo que salte como una felina de la cama de Roberto, acomo- dándome, desesperada, la ropa y el cabello— ¿Qué hace Dylan aquí?
—Seguramente están preocupados por tu ausencia, comprende que eres su hermanita pequeña.
Me puse de los nervios. ¿Su hermanita pequeña?, ¿qué significaba eso? ¿Aca- so Roberto aún me consideraba una niñita?, ¿sería por eso que no quiso que…?
—Yo no tengo ni la más mínima idea de lo que quiere ese aquí y la verdad tampoco tengo ni la más mínima duda —fueron las últimas palabras de Brian antes de que lo viera marcharse mirando despistadamente un ipod negro.
Roberto me sostuvo del brazo cuando bajábamos por las escaleras, supongo que en un intento por comprender por qué había cambiado tan de repente, inten- taba encontrarse con mi mirada que yo sin más desviaba cada vez que sentía que casi lo lograba.
Al abrir la puerta la mirada de Dylan se clavó en lo profundo de mí ser. Su semblante lucía destrozado y tenía los ojos húmedos, Jane lo tenía sujeto del brazo, noté que mi madre sollozaba en el jardincillo de nuestra casa.