• No results found

2.5 Pipe/Soil Interaction in Cohesionless Soil

2.5.4 Previous Numerical Studies

—¡Ajá!, ¿ves cómo sí quieres venir? —dijo con una sonrisa burlona, hacien- do que me ruborizara— A mi casa, por supuesto.

Le fulminé con la mirada. Así que quería eso... ¡El muy granuja!

—Eh, eh, tranquila —dijo, alzando las palmas de las manos como si hubiera leído mis pensamientos—. Era broma. Venga, súbete.

Miré a lo que se suponía que tenía que subirme y no pude contener la risa. ¿La moto? ¿Después vestirse tan elegantemente iba a llevarme en moto? Negué con la cabeza y me monté detrás de él. Noté mariposas en el estómago cuando pasé las manos por su cintura, notando sus abdominales debajo de la camisa. ¿Qué me ocurría?, ¿acaso estaba volviéndome loca o de verdad estaba sintiendo algo por Roberto? Reflexioné durante el camino, mirando distraída a la calle. De repente, algo que vi me dejó helada. Michael y Stacy estaban... ¿Besándose?

No entendía nada. Me quedé mirando hasta que doblamos la esquina. No me daba cuenta de la fuerza que estaba haciendo con los brazos sobre la cintura de Roberto hasta que él me dijo:

—Nena, ¿acaso te da miedo mi forma de conducir? No te preocupes, estoy conduciendo a una velocidad prudente —encima él creía que era porque tenía miedo...

—Ya, ya lo sé —es lo único que pude contestarle—. ¿A dónde vamos? —Ya lo verás cuando lleguemos...

Mientras Roberto conducía, yo iba sumergida en mis pensamientos... Aún no entendía por qué Michael iba a querer estar con alguien como Stacy, aunque bueno, mirándolo desde otra perspectiva, seguro que Michael tan solo pensaba en provocarme celos. ¡Já! Si en serio creía que me iba a poner celosa, estaba loco.

Salí de mi ensoñación y contemplé el lugar en el que nos encontrábamos. Era un edificio que no conocía. Estaba claro que no estaba en el pueblo, ya que había- mos conducido durante un buen rato.

Era un hotel y no uno cualquiera, era de cinco estrellas nada más ni menos. ¿Cómo podría costearse algo así? Y... ¿Qué era lo que pretendía este chico? No sabía qué era lo que esperaba de aquella noche, pero seguro que no era lo mismo que yo.

—¿Por qué me trajiste aquí?, ¿acaso piensas...? —y sin terminar de exponer la pregunta comencé a caminar a grandes zancadas, y creedme que con los zapatos

39

de tacón que llevaba no era nada sencillo. Intentaba encontrar una parada de taxis con la mirada, cuando Roberto me agarró del brazo y me dijo:

—Caroline, espero que no hayas pensado nada de lo que creo, porque lo cierto es que estás bastante confundida y equivocada —me miró a los ojos con esa intensa mirada la cual hacía que mis piernas temblaran—. Yo jamás, escucha bien, jamás te obligaré a hacer nada que tú no desees. Lo único que quiero es que me des una oportunidad de conocerme... Y quiero que sepas que si alguien intenta hacerte daño, como hace unos minutos ha pasado, tendrá que vérselas conmigo.

Me quedé helada. No solo por esa clara dulzura de sus palabras, sino porque se había dado cuenta de lo de Michael y Stacy, y no había dicho nada para no inco- modar la velada. En aquel momento me acerqué un poco más, hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron.

—Gracias.

Él me miró intensamente a los ojos. Mi mente intentaba comprender todo lo que había pasado en los últimos días, asimilar cómo habían sucedido las cosas, y en que se habían convertido.

—No tienes que darme las gracias, ten por seguro, que si alguien intenta cau- sarte daño alguno, yo no sé de lo que podría ser capaz...

Sus palabras eran nuevas para mí. Mi mente me decía que sería alguna tre- ta suya para llevarme a la cama, pero mi corazón... Mi corazón me decía todo lo contrario. Que aquel chico que tenía delante era el verdadero Roberto, no ese que siempre anteponía el quedar bien, e impresionar a sus amigos.

—¿Qué es lo que vamos a hacer? —conseguí aventurar para romper el incó- modo silencio que se había apoderado de nosotros.

—Es una sorpresa.

Su media sonrisa me cortaba la respiración. Imaginaba que me habría llevado allí a cenar. El Porto Bello era uno de los hoteles más prestigiosos de la zona, ya que tenía unas vistas magníficas al mar, su restaurante era un cuatro tenedores, y poseía un magnifico Spa, el cual siempre había querido probar.

Roberto me condujo suavemente con la mano apoyada en mi espalda hasta la recepción. Me dijo que esperase y fue a hablar con la joven que atendía el teléfono. Al cabo de unos segundos y una comprobación en el ordenador volvió junto a mí.

—Vamos, espero que tengas hambre —me dijo sonriéndome otra vez. Un hombre de unos cincuenta años nos condujo al interior de un amplio co-

40

medor, el cual estaba abarrotado. Pasamos de largo, lo cual creó cierta curiosidad en mi interior.

—¿Dónde dices que vamos?

—Ya lo verás, no seas impaciente, preciosa.

¿Y lo de nena, donde había quedado? Cada vez Roberto me sorprendía con algo nuevo que jamás habría podido imaginar en él.

Llegamos a una pequeña habitación, decorada en blanco y negro. Tenía una sola mesa para dos comensales, y unos sillones a juego con una mesita de cristal, los cuales se encontraban sobre una alfombra de pelo blanco. Estos daban a una imponente chimenea de ladrillo negro.

Roberto comenzó a reírse, al mismo tiempo que yo me daba cuenta de que tenía la boca abierta de par en par.

—Señorita —dijo, señalándome la mesa, la cual estaba decorada con unas velas también negras, a juego con la porcelana de los platos, y haciendo contraste con el blanco del mantel y las copas.

Si, las copas eran blancas, de un blanco perlado. Mi cara de asombro me de- lató mientras nos sentábamos.

—Las copas son mías. Si es eso lo que te preguntabas —ladeó la cabeza y volvió a esbozar aquella media sonrisa que me encantaba y tanto me cautivaba—. Son preciosas, ¿verdad? Las traje en uno de mis viajes a Suiza. Cristal de bohemia lacado en perla. Lo cierto es que cuestan una fortuna, pero merece la pena beber en ellas —sirvió un poco de agua en las copas.

No entendía nada, estaba muy confundida ante todo lo que estaba sucediendo en tan corto lapso de tiempo. Abrumada ante todo lo que me rodeaba, conseguí articular palabra:

—¿Dónde estamos?

—Es un reservado privado, el cual poca gente ha pisado. La sala amanecer. Le puse yo mismo el nombre —esquivó mi mirada, e hizo un gesto como repro- chándose algo—, pero no me gusta hablar de eso.

¿Qué ocurría aquí?, ¿cómo que él había puesto nombre a ese saloncito? Y, ¿por qué estábamos nosotros allí si era tan exclusiva?

—¿Hablar de qué? —le pregunté—. ¿Cómo que tú le has puesto nombre a este sitio? Si me has traído aquí para conocerte mejor, deberías empezar por expli- carte.

41

Su rostro cambió. Pude ver como su expresión pasaba de la culpabilidad por haber dicho algo que no debía, a la tristeza. No entendía por qué estaba de repente tan triste.

—Ya te he dicho que no me gusta hablar de estas cosas, pero es como si pu- diese confiar en ti... —titubeó un poco— Como si pudiese ser yo mismo cuando estoy contigo.

No os podéis imaginar la cara que tenía en ese momento. Continuó hablando intentando ignorar mi cara de pánfila.

—Lo cierto es que este hotel es... Mío —me miró como si hubiese hecho algo malo—. Aunque no vengo casi nunca por aquí.

¡¿Qué?!, ¿cómo que era suyo?

—¿Me estás diciendo que tú eres el dueño de este lujoso hotel? —pregunté incrédula.

—No exactamente, es de mi padre. Soy hijo de Lorenzo Di Steffano... —lo dijo como con miedo a mi reacción. Y la verdad es que aquella revelación me dejó helada.

Lorenzo Di Steffano, era un empresario italiano muy importante, pero en aquella zona no se le tenía mucho aprecio, ya que estaba destruyendo parte de nuestras tierras y bosques para construir edificios. Corría el rumor de que era parte de la mafia ítalo-americana, y que era tan poderoso como peligroso.

Roberto estaba callado y muy serio. Esperando mi contestación. Así que no pude contenerme más. Lo solté con calma pese a mi obvia sorpresa.

—¿Eres el hijo del multimillonario más famoso de los alrededores? Él me miró y soltó el aire que había aguantado.

—Pues aunque no me guste un pelo, es así. Aunque por favor Caroline, no se lo cuentes a nadie. Ninguna persona del instituto sabe que en realidad soy su hijo, ni que tengo todo esto— señaló a su alrededor—. Para montar fiestas ya tengo mi casa, no me hace falta un hotel, ni alardear de dinero. Aunque no lo creas, es así.

—¿Pero entonces por qué me has traído aquí sino para alardear? —Roberto bajó la mirada y comenzó a hablar entre susurros palabras que no llegué a entender bien. Hasta que de pronto me miró fijamente.

—No te he traído aquí para que veas cuánto dinero tengo. Sino para que sepas cómo soy en realidad. Quiero que veas lo que jamás muestro a nadie, y así quizá empieces a confiar en mí. Caroline, yo...

42

De pronto una puerta se abrió y ante nosotros apareció un hombre de unos cuarenta y picos años, con algunas canas en su morena melena, pero muy apuesto. Iba perfectamente arreglado con un traje que parecía bastante caro. Literalmente un hombre con clase, pero también destilaba la palabra peligro en sus fríos ojos azules.

—Roberto, hijo. ¡Que sorpresa verte por estos lares!, y sobre todo en tan bue- na compañía. ¿Es que no me vas a presentar a esta hermosa joven?

43

Capítulo VII

Su mirada cargada de lujuria contenida se posó descaradamente sobre mis pechos durante un largo segundo antes de desviarla y clavarla en mis ojos. ¿Que tenía todo el mundo con mis senos?, empezaba a sentirme acomplejada...

—Papá, ella es mi vecina, Caroline —dijo con desgana. Se notaba que entre ellos no había buen rollo—. Caroline, él es Lorenzo, mi padre.

Aunque me encontraba incómoda con la situación y sentía mis mejillas arder de vergüenza por encontrarme bajo el escrutinio de aquél descarado hombre, son- reí igualmente y le tendí la mano respetuosamente.

Lorenzo se acercó más a mí y la tomó entre las suyas y en vez de estrechar- la como sería lo correcto, la llevó hacia su boca y allí mismo depositó un beso. Aquello me hizo dar un respingo, ese hombre me daba mala espina ya que desti- laba desconfianza por todos los poros. No sabía muy bien porqué, pero me daba la impresión de que a Lorenzo no le detendría ni frenaría en absoluto, la idea de que una mujer fuese menor de edad y “amiga” de su hijo, para conquistarla si era eso lo que se propusiera hacer... Recé porque no fuese ese mi caso y me dejara en paz. Roberto, viendo lo incómoda que me encontraba en ese momento, tosió de manera poco disimulada para llamar la atención de su padre, que solo tenía ojos para mí.

—Papá, ¿no tenías hoy reunión? —preguntó con voz ronca y con las manos cerradas en puños.

No sé si se daba cuenta de que lo estaba haciendo o no, pero a mí no me pasó desapercibido.

—Así es, pero en cuanto me dijeron en la recepción que habías venido y con compañía, no pude resistirme al impulso de pasar por aquí a ver qué tal te iba y de

44

paso saludaros —se notaba que fingía el interés que demostraba por su hijo. Sin dudas solamente quería averiguar que tal era la compañía femenina que traía su descendiente.

—Como ves estamos bien y a punto de cenar —dijo cortante.

Entendía perfectamente su comportamiento, yo también estaba con los ner- vios encrespados, pero lo disimulaba muy bien.

—En ese caso, no os entretengo más —volvió a centrar su atención en mi con una sonrisa pícara dibujada en su rostro maduro—. Encantado de conocerte, Caroline, espero un día enseñarte yo personalmente el interior de las habitaciones de mi hotel... Hasta entonces, que te diviertas con mi hijo.

Sin despedirse de Roberto, salió con paso matonesco del saloncito, dejándo- nos a los dos desubicados. ¿Enseñarme en privado cómo era una de sus habitacio- nes?, no creo que se refiriese a una ruta turística, seguro que tendría algo más en mente. ¡Lo que me faltaba!, ¡un pervertido que quería llevarme al huerto! ¿Es que acaso todos los hombres solo pensaban en eso? Al menos me consolaba saber que Roberto no era así... Y esperaba no estar equivocada.

Antes de que pudiéramos decir algo y romper el silencio que se había forma- do tras la marcha de Lorenzo, la puerta se abrió, dando paso a dos camareros que entraron cargados con bandejas de acero repletas de fuentes llenas de todo tipo de alimentos apetecibles.

Después de servirnos la cena, comimos en silencio y, al terminar, Roberto me ayudó a levantarme de la mesa. Parecía avergonzado por el compartimiento de su padre y era normal. Si yo tuviera un padre así y se comportarse de esa manera con algún amigo mío, me sentiría también violenta con la situación.

—Perdona a mi padre, él no se da cuenta del daño que hace —se excusó justo en el momento en que nos acercábamos a su moto—. Hubiera preferido que no lo hubieras conocido. Nunca fue un hombre agradable y desde que mi madre lo abandonó hace diez años para ingresar en el convento Maria Santissima Bambina y hacerse monja, cambió a peor y se volvió más amargo y resentido.

—¿Tu madre es monja y vive en Italia? —pregunté fascinada y a la vez con- tenta de que Roberto se abriera a mí y me contara cosas personales de su vida.

—Sí, se largó de España y regresó a su país de origen sin mirar atrás. No solo abandonó a mi padre, también se deshizo de mí —su voz se fue apagando poco a poco hasta sonar tan flojo como un simple murmullo.

45

decirle consciente de que ahora su rostro reflejaba dolor.

—Tranquila, si pretendo conseguir tu confianza conociéndome mejor, lo más que puedo hacer es hablarte de mí pasado.

—Está bien, si así lo crees... Y dime, ¿tú también naciste en Italia?

—No, al poco tiempo de que mis padres se casasen, se vinieron a vivir a este país por asuntos de negocios. Mi padre comenzó a invertir en esta cadena de hoteles y empezó a amasar una gran fortuna, dejando a mi madre embarazada de mí y sola la mayor parte del tiempo. Los años fueron pasando y mi madre no pudo aguantar más la soledad y la falta de atención de mi padre, y decidió regresar a Italia, pero como monja. No quiso saber nada más de los hombres, ni siquiera de su propio hijo.

—¡Cuánto lo siento!, debió ser muy duro para ti —dije con apena un hilo de voz. Estaba conmocionada y a la vez cabreada con sus padres. ¿Cómo pudieron hacerle eso a un niño de apenas nueve años?

—Al principio sí lo fue, pero según fueron pasando los años me di cuenta de que mi madre no tenía toda la culpa... Y por ello me propuse fastidiar a mi padre.

Lo miré sin entender. ¿Que fue exactamente lo que le hizo a su padre? Y aho- ra que lo pensaba mejor, ¿por qué vivía fuera de la casa familiar y compartía piso con dos chicos de dudosa reputación? No pude resistirlo más y se lo pregunté, y la respuesta me dejó de piedra.

—Hice todo lo posible por portarme mal, me metía en peleas callejeras, sa- caba malas notas, me fugaba de clases... Me metí en el mundo de las drogas e incluso una vez atraqué una gasolinera con dos tipos más. Íbamos armados. Esa fue la última vez que metí la pata. Fuimos pillados in fraganti y nos metieron en un reformatorio para menores durante unos largos meses. Al salir hice un trato con mi padre, le dije que no me metería en más líos ni le daría más problemas si dejaba que viviera mi vida a mi manera. Le hice comprarme la casa que hay al lado de la tuya y a cambio le prometí volver a los estudios. A Brian e Ian los conocí durante el tiempo que estuve internado en el centro penitenciario y cuando los tres salimos casi al mismo tiempo, les propuse vivir conmigo. Y eso es todo.

Mientras me confesaba su dura y complicada vida, mantuvo en todo momen- to sus ojos apartados de los míos. Estaba bien claro que se sentía avergonzado por todo lo que había hecho en el pasado...

Me acerqué más a él y le agarré de la barbilla con firmeza. Como pude le obligué a que alzara la vista y me mirase.

46

—Está bien, Roberto, el pasado quedó en el pasado. No me importa lo que hiciste de aquí atrás, me importa el ahora —y antes de que protestara o dijera algo, le di un ligero beso en los labios—. Es tarde ya, ¿regresamos?

Me regaló una sonrisa preciosa a la vez que me invitaba a subir a la moto. Tomé el casco de entre sus manos y me lo puse. Montamos y regresamos a nuestro barrio. Al llegar nos encontramos a mi hermano Dylan conversando con Jane en la puerta. Miró a Roberto con mala cara y luego a mí con la misma expresión.

—Hermanita, ¿no crees que es tarde ya para andar paseando en moto?

—Yo también te quiero, hermano —le dije con sarcasmo. Me despedí de Roberto dándole un beso casto en la mejilla. No quería seguir escuchando a Dylan renegando.

Les di a la parejita las buenas noches y me fui a dormir. Una sonrisa amplia me acompañó durante toda la noche. Al fin sabía quién era realmente Roberto y estaba feliz de saber que yo para él no era una conquista más. Si había confiado en mí para contarme sus secretos, era porque yo realmente le importaba, ¿no?

Dejé de pensar en ello cuando al fin caí rendida en un profundo sueño.

A la mañana siguiente llegué al instituto muy animada sabiendo que no tarda- ría en encontrarme a Roberto por allí. Ahora que lo conocía un poco más, me sentía más atraída hacia él. Tenía que confesarlo, el chico me gustaba y estaba ansiosa por verlo.

Iba tan distraída pensando en los acontecimientos de la noche anterior, que no me di cuenta de que Michael me esperaba. Casi choco con él, pero gracias a su destreza, pudo sujetarme a tiempo antes de que eso ocurriera.

—¿Pensando en él? —dijo con rudeza cuando conseguí erguirme.

—No sé de quién hablas —mentí, intentando continuar con mi caminata, pero sin éxito. Michael se movía a la par, entorpeciendo mi camino.

—¿Te gustó lo que te hizo en el hotel?, ¿disfrutaste, Caroline? —sus ojos me miraban con ira y por un momento pensé que sería capaz de golpearme. Jamás lo había visto así. Según sus palabras me daba a entender que ayer nos había visto