4.3 Architecture Design
4.3.3 Multi-EndPoint prototype
Las mujeres siempre han sido sanadoras. Ellas fueron las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental. Sabían procurar abortos y actuaban como enfermeras y consejeras.
Las mujeres fueron las primeras farmacólogas con sus cultivos de hierbas medicinales, los secretos de cuyo uso se transmitían de unas a otras. Y fueron también parteras que iban de casa en casa y de pueblo en pueblo.
Durante siglos las mujeres fueron médicas sin título; excluidas de los libros y de la ciencia oficial. Se transmitían sus experiencias entre vecinas o de madre a hija. La gente del pueblo
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las llamaba “mujeres sabias”, aunque para las autoridades eran brujas o charlatanas.
La medicina forma parte de nuestra herencia de mujeres”.
Barbara Ehrenreich. (Alarcón & Otros, 2011)
En Colombia, la promulgación de la Ley 39 del 22 octubre 1920 estableció la formación de enfermeras y comadronas en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Esta experiencia se constituyó en la primera del país, siendo financiada y reglamentada por el Ejecutivo. Pero en 1937 fue clausurada por el Consejo Académico de la Universidad. Durante los 13 años de funcionamiento (1925- 1938) se graduaron 91 enfermeras y comadronas. (González C., 2012)
Con el Decreto 995 de 1924, se reglamentó el oficio de Partera y se les dio cabida en los hospitales. En 1948 inició labores la Escuela de Auxiliares de Enfermeras Parteras, la cual en 1950 se convirtió en Escuela de Auxiliares de Enfermería General y de Obstetricia. (Alarcón & Otros, 2011) A causa de la famosa Ley 100 -que sometió la salud de los colombianos a los grandes poderes financieros-, hoy día las parteras en el país están en vía de extinción.
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En Colombia, la historia de las parteras tradicionales se remonta al siglo XVII. El término de comadrona o partera fue utilizado por los médicos generalmente de manera despectiva para referirse “a las mujeres que ejercían la obstetricia como oficio y se autodenominaban parteras.” A partir de la segunda mitad del siglo XIX se reconocía como tal a la comadrona que había recibido algún tipo de instrucción teórica por los médicos y se le concedía una licencia para ejercer la profesión (Laza Vásquez, 2008)
Según la investigadora Libia Restrepo, el oficio de las parteras o comadronas en Antioquia durante la etapa de 1870 a 1930 se define como: “La mujer que asiste a la parturienta, ya que desde siempre las mujeres han sabido atender los partos, cuidar los niños y a los viejos y sanar a los enfermos, todo aquello con remedios caseros y una medicina transmitida de madres a hijos”. Esta mujer generalmente carecía de conocimientos científicos, sin embargo, contaban con un cúmulo de conocimientos transmitidos de generación en generación y basados en la práctica de muchos años. En otra investigación, se describe a las Parteras como “El oficio que es ejercido en forma exclusiva por mujeres, cuyo promedio de edad supera los 55 años y quienes han permanecido conviviendo durante mucho tiempo en la comunidad.” (Eslava, 1998)
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Poca información elaborada encontramos en el Quindío sobre las comadronas, parteras o mediquillas, como muchos prefieren denominarlas en la zona. La conocida periodista Libia Zuleta –en entrevista realizada en julio de 2013 (Zuleta, 2013)– estimaba que según la lista que fue elaborando en el transcurso de su trabajo periodístico, contaba con cerca de 17 nombres de parteras diseminadas por el Quindío en las primeras décadas del siglo.
Lamentablemente no alcanzamos a mirar la información recopilada por Libia Zuleta, Directora del periódico Tigreros, de Armenia, quien falleció súbitamente en días muy recientes. De las notas que tomamos durante la entrevista hay una en especial que sirve de muestra sobre la presencia y la connotación que tenían estas mujeres en el territorio quindiano. Se trata de María de Jesús Zuleta Cadavid, quien era una gran lectora de literatura sobre medicina natural y que como partera y líder comunitaria, tuvo una larga y extensa influencia en Tres Esquinas, un sector de referencia histórica en Armenia.
No hay duda que el papel que estas mujeres desempeñaron en la conformación y desarrollo de los pueblos del departamento fue de talla mayor. En un estudio sobre el tema se plantea que
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el trabajo de la partera tradicional es propio de una economía de subsistencia, como era la economía del Quindío y de la región en las primeras décadas del siglo XX.
El mérito es mayor cuando sabemos que en términos de salud reproductiva la atención en el Quindío se limitó, durante toda la primera mitad del siglo, al parto. No se prestaba atención o cuidado al embarazo y el post parto se atendía en casa exclusivamente por parteras, al menos en los sectores populares y rurales. Lo demás, como por ejemplo la planificación o regulación de la fertilidad son impensables para el Quindío de la época.
En estas condiciones el trabajo de las parteras cobra mayor importancia, toda vez que además de asistir el parto, ellas brindaban a las mujeres sentimientos de solidaridad, de ayuda mutua, de acompañamiento y apoyo, un “amor de madre.” (Linares-Abad & Otros, 2005)
III-2-. La Educación
El derecho a la educación universal, como otros derechos civiles de las mujeres, se materializó en Europa y en Estados Unidos en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX. En
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América Latina, los países más avanzados vivieron el proceso de modernización del aparato educativo durante la primera mitad del siglo XX. Casi medio siglo después de que las norteamericanas pudieran ingresar a la universidad y titularse, en 1887 la chilena Ernestina Pérez, con el grado de Doctora en Medicina y Cirugía, se convirtió en la primera mujer de América del Sur en obtener un título en una
universidad latinoamericana. (Itati Palermo, 2006) Ana
Galvis Hotz fue la primera médica de Colombia y Latinoamérica pero obtuvo su título en Suiza el 26 de julio de 1877.
Como ya se indicó, el siglo XX inicia en Colombia en un contexto completamente adverso al reconocimiento de los derechos fundamentales de la mujer. En función del Concordato y mediante la expedición de la ley 139 de 1903, el Estado le entregó a la Iglesia, la educación y la moralización de la sociedad. Además, se estableció una división jerárquica entre la educación que se impartiría en las ciudades y la orientada a la población campesina, y la educación para las mujeres apenas se pensaba como una extensión de su labor doméstica. (Gutiérrez de Pineda, 2003)
En Colombia el acceso de la mujer al bachillerato completo y a la educación superior, solo se empezó a concretar a partir de la
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década del treinta. En 1933 las colombianas lograron el establecimiento del bachillerato femenino. Los primeros títulos de bachiller junto con el diploma de Maestras fueron obtenidos en 1937, en el Gimnasio Femenino de Bogotá y en el Instituto Central Femenino de Medellín.
Desde las primeras décadas del siglo, el mejoramiento de la educación de las mujeres constituyó un reclamo de los sectores más progresistas del país. La vinculación al espacio público como instructoras -con lo cual se reconocía de hecho su calidad de intelectuales-, les permitió permear la prensa, acercarse a los grupos contestatarios, hacer militancia política y llegar a los sectores obreros.
En 1933 se extendió la reforma de la enseñanza primaria y secundaria a los establecimientos de educación femenina, lo que facultó la emisión de diplomas de bachiller. Para entonces, una buena parte de la educación femenina estaba enfocada a “inculcar conocimientos relacionados con su condición de madre y esposa.”
En 1933 y 1934 se crearon en Bogotá dos facultades de educación, una de ellas abrió sus puertas a la mujer. En la Universidad Nacional las mujeres fueron admitidas desde 1936 en carreras como bellas artes, farmacia, enfermería,
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arquitectura y odontología, “calificadas como compatibles con la función de servicio social que debía desempeñar la mujer”.
En 1937 se profesionalizó la carrera de servicio o trabajo social, de carácter básicamente femenino. En 1946 el Congreso autorizó la creación de los Colegios Mayores de mujeres, que fueron “concebidos como universitarios”. En ellos las mujeres podían cursar estudios de filosofía y letras, secretariado, bacteriología, delineantes, servicio social, periodismo, bibliotecología y cerámica. (Herrera C., S.F)
En Medellín se creó en 1874 la Escuela Normal de Institutoras del Estado de Antioquia, que tuvo “un papel de primer orden en la preparación de maestras competentes; la mayoría se dedicaron a ejercer el magisterio como una profesión permanente y a consolidar la educación femenina.” (Villegas B., 2006)
De esa entidad surgieron más tarde las primeras profesoras del Quindío. Entre estas, John Jaramillo recuerda a Etelvina López, Raquel Mejía Botero, Avigail Amorocho, Columna Cifuentes, Eva Arbeláez de Franco, Rosarito García, Blanca Ossa de Restrepo y Ofelia Hurtado, primeras maestras de Armenia.
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De la Normal superior de Manizales surgieron profesoras como Francisca Henao Patiño -hija de Segundo Heno, fundador de Calarcá-; Carmen Rosa Vásquez, primera profesora de Génova; Libhe Martínez, fundadora del Colegio de la Santísima Trinidad (N.A, 1989)
Entrevistada a propósito de este trabajo, Amancia Beltrán Sabogal a sus noventa años recuerda con cariño a Ángela Ortiz Cárdenas, “maestra de maestras”, Directora de la Escuela para niñas Rafael Uribe Uribe de Calarcá. Y con gran admiración a Blanca Giraldo de Sosa, del Instituto Calarcá, formada por la Misión Alemana en Bogotá. “Su pedagogía basada en la disciplina, respeto, orden y aseo, al igual que la espiritualidad, hizo de sus alumnas verdaderas mujeres con valores, preparadas para enfrentar la vida con inteligencia y sabiduría, pienso que fue la profesora que logró despertar en sus alumnas un gran amor por el saber y el hacer. Algunas de ellas, como Graciela Gutiérrez, Nieves Franco Pereira, Amelia Herrera Sabogal, Stella Gómez Naranjo, Pureza Rojas Castaño, con la efectiva intervención de Doña Blanca, fueron becadas en el Instituto Pedagógico Nacional de Bogotá y en la Normal Superior de Manizales. Yo obtuve la beca para la Normal Superior de Ibagué.” Este relato deja claro que el bachillerato completo para las mujeres en el Quindío apenas se
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implementó en la segunda mitad del siglo.” (Beltrán Sabogal, 2013)
Algunas quindianas también pudieron educarse en el Colegio María Auxiliadora de Cartago, creado en 1910 por la Comunidad Franciscana y orientado por monjas suizas. Como se trataba de una institución privada el ingreso era restringido a la capacidad económica de las familias que querían inscribir a sus hijas. Con las primeras dos egresadas en 1915 dicho plantel adquirió el estatus de normalista.
Braulio Botero le contó a Jaramillo que cuando el Presidente Enrique Santos le ofreció en 1940 la Gobernación de Caldas –lo que no se concretó por la oposición determinante de la pereirana y primera dama Lorenza Villegas de Santos, quien consideró escandaloso que un masón rigiera los destinos de su región-, pensó en nombrar en la Dirección de Instrucción Pública a una mujer. La terna concebida por Botero estaba conformada por la literata y educadora calarqueña Agripina Restrepo de Norris; María Josefa Cáceres, quien se había destacado como Directora de la Normal de Señoritas de Manizales; y Carlota Sánchez, que en Pereira había aplicado todas las normas montesorianas en la educación femenina (Jaramillo Ramírez, 2010, p. 58)
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