Chapter 3 Methods
3.9 Statistical methods
3.9.4 Multilevel mixed effect regression analysis
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Al principio de este libro m encioné que intentar abordar con éxito del fenóm eno del terror y el horror com o eventos m ediáticos y culturales durante los últim os treinta años sería im posible sin un pedazo de autobiografía. Me parece que ha llegado el m om ento de cum plir m i am enaza. Qué coñazo, ¿verdad? Pero m e tem o que m e va a tener que aguantar, aunque sólo sea porque soy incapaz de divorciarm e de un cam po al que estoy unido de por vida.
Los lectores que se descubren proclives a cierto género al que regresan habitualm ente (western, policiaco, m isterios de salón, ciencia ficción o aventuras), rara vez parecen sentir el m ism o deseo por psicoanalizar los intereses de su escritor favorito (y los suy os propios) com o los lectores de ficción de horror. En secreto, o no tanto, está presente la sensación de que la atracción por la narrativa de horror es anorm al. Ya escribí un ensay o tirando a largo a m odo de introducción de otro de m is libros (El umbral de la noche), en el que intenté analizar algunos de los m otivos por los que la gente lee ficción de horror y por qué y o la escribo. No tengo el m ás m ínim o interés en recalentar ese viej o guiso en estas páginas; si están interesados en ahondar m ás en el tem a, les recom endaría que ley eran dicha introducción; a todos m is fam iliares les encantó. La pregunta que vam os a form ularnos aquí es m ás esotérica: ¿por qué tiene la gente sem ej ante interés en m i interés… y en el suy o propio? Creo que, m ás que otra cosa, es porque todos tenem os un postulado enterrado en nuestras m entes: que sentir interés por el horror es m alsano y aberrante. De m odo que cuando la gente pregunta « ¿Por qué escribe usted estas cosas?» , en realidad m e están invitando a que m e tum be en el diván y explique lo de aquella vez que m e quedé encerrado tres sem anas en un sótano, o cuánto tardé en aprender a utilizar en retrete, o posiblem ente alguna rivalidad fraternal anorm al. Nadie quiere saber si Arthur Hailey o Harold Robbins tardaron m ás tiem po del norm al en aprender a usar el orinal, porque escribir sobre bancos y aeropuertos y cóm o ganar grandes fortunas son tem as que parecen perfectam ente norm ales. Hay algo puram ente am ericano en saber cóm o funcionan las cosas (que contribuy e enorm em ente a explicar el éxito fenom enal del foro de lectores de la revista Penthouse, m e parece a m í; de lo que hablan en realidad todas esas cartas es de la cohetería del acto, las posibles tray ectorias del sexo oral y los secretos de varias posturas exóticas; el foro de lectores es sencillam ente un m anual de fontanería para el autodidacta entusiasta), salvo cuando se trata de algo inquietantem ente aj eno com o el gusto por los m onstruos, las casas encantadas y la Cosa que Surgió de la Cripta a Medianoche. Los que preguntan autom áticam ente se convierten en sosias de ese divertido psiquiatra de los tebeos, Víctor De Groot, ignorando el hecho de que inventar cosas a cam bio de dinero (que es esencialm ente lo que hace cualquier escritor de ficción) es un m odo bastante peculiar de ganarse la
vida.
En m arzo de 1979 m e invitaron a ser uno de los tres ponentes en una conferencia sobre el horror en un evento llam ado los Idus de Mohonk (una reunión anual de escritores y aficionados al m isterio patrocinado por Murder Ink, una sensacional librería especializada en novelas policiacas y de m isterio de Manhattan). En el transcurso de la conferencia conté una historia que m i m adre m e había contado sobre m i infancia: fue algo que ocurrió cuando apenas tenía cuatro años, de m odo que quizá podrán perdonarm e que recuerde la historia que m e contó ella pero no el hecho en sí.
Según m i m adre, había ido a j ugar a casa de un vecino, una casa que estaba situada cerca de unas vías férreas. Más o m enos una hora después de haberm e m archado (dij o ella), volví a casa pálido com o un fantasm a. No volví a decir palabra durante todo el día; no le conté por qué no había esperado a que viniera a recogerm e ni llam ado para decirle que quería volver a casa; no le dij e por qué la m adre de m i am igo no m e había acom pañado sino que había perm itido que volviera solo.
Resultó que el chaval con el que había estado j ugando había sido atropellado por un m ercancías m ientras j ugaba en las vías o intentaba cruzarlas (años m ás tarde, m i m adre m e contó que habían tenido que recoger los pedazos en una cesta de m im bre). Mi m adre nunca supo si había estado cerca de él cuando sucedió, si había ocurrido antes de que y o llegara o si m e había m archado de allí después de que sucediera. Quizás ella tuviera sus propias ideas sobre el asunto. Pero com o y a he dicho, y o no recuerdo el incidente en lo m ás m ínim o; sólo recuerdo que m e lo contó algunos años m ás tarde.
Conté esta historia para responder a una pregunta de un asistente entre el público que había preguntado: « ¿Recuerdan ustedes algo que sucediera en su infancia que fuera particularm ente terrible?» . En otras palabras, puede pasar señor King, el doctor le verá ahora.
Robert Marasco, autor de Holocausto y Juego homicida, dij o que no. Yo conté m i historia del tren principalm ente para que el que había preguntado no se sintiera defraudado, term inando tal y com o lo he hecho aquí, diciendo que en realidad no recordaba el incidente. A lo que el tercer m iem bro de la m esa, Janet Jeppson (que es psiquiatra adem ás de novelista), dij o: « Pero llevas escribiendo sobre ello desde entonces» .
Un m urm ullo de aprobación surgió de entre el público. Aquí estaba el roto para m i descosido… aquí teníam os, por Dios, un motivo. Escribí El misterio de Salem’s Lot, El Resplandor, y destruí el m undo a m anos de la plaga en Apocalipsis porque vi a un chiquillo arrollado por un m ercancías en los días de m i im presionable infancia. Francam ente m e parece un argum ento m uy tendencioso; estos j uicios psicológicos a m atacaballo son poco m ás que astrología presuntuosa.
Y no es que el pasado no proporcione grano para el m olino del escritor; por supuesto que lo hace. Un ej em plo: el sueño m ás vívido que puedo recordar lo tuve cuando tenía unos de ocho años. En este sueño vi el cuerpo de un ahorcado balanceándose del brazo de un cadalso situado en una colina, y tras él se extendía un cielo verde tóxico hirviendo de nubes. El cadáver tenía un cartel: ROBERT BURNS. Pero cuando el viento provocó que el cadáver girara sobre sí m ism o, vi que era m i rostro, podrido y picoteado por los páj aros, pero claram ente el m ío. Y entonces el cadáver abrió los oj os y m e m iró fij am ente. Me desperté chillando, convencido de que m e encontraría con ese m ism o rostro cadavérico inclinado sobre m i cam a en la oscuridad. Dieciséis años m ás tarde, fui capaz de utilizar este sueño com o una de las im ágenes centrales de m i novela El misterio de Salem’s Lot. Lo único que hice fue cam biar el nom bre del cadáver por el de Hubie Marsten. En otro sueño (este últim o, adem ás, recurrente durante varios años en m om entos de estrés) estoy escribiendo una novela en una viej a casa en la que, según se dice, una loca hom icida suele acechar en busca de víctim as. Estoy trabaj ando en el tercer piso y hace m ucho calor. Una puerta en el extrem o m ás alej ado de la habitación com unica con el ático y sé que ella está allí (lo sé), y que antes o después el ruido de m i m áquina de escribir llam ará su atención y vendrá a buscarm e (quizá sea el crítico del Times Book Review). En cualquier caso, finalm ente abre la puerta com o un horrendo m uñeco saliendo de su caj a im pulsado por un m uelle, con el pelo canoso y los oj os enloquecidos, divagando y blandiendo un hacha de carnicero. Y cuando echo a correr, descubro que la casa se ha expandido, ahora es m ás grande y estoy com pletam ente perdido. Al despertar de este sueño, inm ediatam ente m e arrim o al lado de la cam a de m i m uj er.
Todos tenem os nuestras pesadillas y nos servim os de ellas lo m ej or que podem os. Pero una cosa es utilizar el sueño y otra m uy diferente es sugerir que el sueño es la causa en sí m ism a. Es sugerir algo ridículo sobre una interesante subfunción del cerebro hum ano que poca o ninguna aplicación práctica tiene en el m undo real. Los sueños sólo son películas m entales, las sobras y rem anentes de nuestra vida en la vigilia entretej idas hasta form ar pequeños edredones subconscientes por la ahorrativa m ente hum ana, que siem pre se resiste a tirar nada. Algunas de estas películas m entales son de las calificadas X; otras son com edias; algunas son películas de horror.
Creo que los escritores se hacen, no nacen ni se crean a partir de sueños o traum as de la infancia, que convertirse en escritor (o pintor, actor, director, bailarín, etc.) es el resultado directo de una decisión consciente. Por supuesto que ha de haber algo de talento por m edio, pero el talento es una m ateria prim a trem endam ente barata, m ás barata que la sal com ún. Lo que separa al individuo talentoso del artista de éxito es un m ontón de estudio y trabaj o duro; un proceso de m ej ora constante. El talento es un cuchillo rom o incapaz de cortar nada a
m enos que se m anej e con una fuerza tan enorm e que, en realidad, el cuchillo no está cortando sino que está hundiendo y desgarrando (y tras dos o tres gargantuescos m andobles podría acabar rom piéndose… que podría ser lo que le sucedió a escritores tan dispares com o Ross Lockridge y Robert E. Howard). La disciplina y el trabaj o constante son las piedras de am olar en las que se pule el cuchillo rom o del talento hasta desarrollar el filo suficiente com o para, con suerte, cortar la carne y el hueso m ás duros. Ningún escritor, pintor o actor (ningún artista) recibe j am ás un cuchillo afilado de buenas a prim eras (aunque algunas personas reciban cuchillos realm ente enorm es; el nom bre que le dam os al artista del cuchillo grande es « genio» ), lo que pasa es que los afilam os con varios grados de dedicación y aptitud.
Lo que estoy sugiriendo es que, para tener éxito, el artista de cualquier cam po ha de estar en el lugar adecuado en el m om ento adecuado. El m om ento adecuado no dej a de ser un capricho de los dioses, pero cualquier hij o o hij a de vecino puede abrirse cam ino hasta llegar al lugar adecuado para ponerse a esperar allí[52].
Pero ¿cuál es el lugar adecuado? Ése es uno de los grandes, afables m isterios de la experiencia hum ana.
De niño recuerdo haber ido a zahoriar con m i tío Clay ton, un auténtico vecino de Maine si es que alguna vez hubo alguno. Mi tío Clay t y y o solíam os salir j untos de paseo, él con su cam isa de franela a cuadros roj os y negros y su viej a gorra verde, y o con m i anorak azul. En aquel entonces tendría unos doce años; él podría haber estado tan cerca de los cincuenta com o de los sesenta. Llevaba una varita de zahorí baj o el brazo, una ram a de m anzano en form a de hueso de la suerte. La m adera de m anzano es la m ej or, m e dij o, aunque en caso de apuro uno podía apañarse con la de abedul. Tam bién estaba el arce, pero las escrituras del tío Clay t afirm aban que el arce es la peor m adera para zahoriar, porque la fibra no es de fiar y te engañara si te dej as.
Con doce años y a era lo suficientem ente m ay or com o para no creer ni en Papá Noel, ni en el ratoncito Pérez ni en los zahoríes. Uno de los aspectos m ás extraños de nuestra cultura es que m uchos padres parecen em peñados en borrar tan pronto com o sea posible todas estas encantadoras invenciones de las m entes de sus hij os. Quizá papá y m am á no sean capaces de encontrar el tiem po suficiente para ay udar a sus hij os a hacer los deberes o para leerles un cuento por las noches (m ej or que vean la tele, la tele es una gran com pañera, cuenta m uchas historias; que vean la tele), pero se tom an grandes esfuerzos para desacreditar al viej o Papá Noel y dem ás m aravillas, com o los zahoríes y las artes adivinatorias. Para eso siem pre hay tiem po. Por alguna extraña razón a ese tipo de padres les parecen m ás aceptables los cuentos de hadas de La isla de Gilligan, La extraña pareja y Vacaciones en el mar. Dios sabrá por qué tantos
adultos han confundido el proceso de aprendizaj e con un asalto al banco de las em ociones y la im aginación, pero así ha sido; m uchos no parecen quedarse tranquilos hasta que el sentim iento de lo m aravilloso ha parpadeado por últim a vez y se ha extinguido por com pleto en los oj os de sus hij os. (No se estará refiriendo a m í, habrá susurrado usted para sí m ism o… pero, señor o señora, quizá sí lo esté haciendo). La m ay oría de los padres reconocen, y con razón, el hecho de que los niños están locos en el sentido clásico de esa palabra. Pero no estoy del todo convencido de que m atar a Papá Noel o al ratoncito Pérez sea un sinónim o de « racionalidad» . Los niños parecen arreglárselas la m ar de bien con la racionalidad de la locura. Para em pezar, es con lo que m antienen a ray a a la criatura del arm ario.
El tío Clay t había perdido m uy poco de ese sentido de lo m aravilloso. Entre sus varios asom brosos talentos (asom brosos para m í, al m enos) estaban la habilidad de rastrear abej as (es decir, ver una libando en una flor y luego seguirla de vuelta hasta su colm ena, abriéndose paso a través del bosque, vadeando ciénegas, salvando desniveles), su capacidad para liar sus propios cigarrillos con una sola m ano (asestándoles siem pre una excéntrica pirueta final antes de colocárselos en la boca y encenderlos con cerillas Diam ond que guardaba en un pequeño estuche a prueba de agua) y su aparentem ente inagotable filón de cuentos y tradiciones… historias indias, historias de fantasm as, historias fam iliares, ley endas… lo que se le ocurra.
Aquél día, m ientras cenábam os, m i m adre se había estado lam entando ante Clay t y su esposa, Ella, de lo lentam ente que llegaba el agua a los fregaderos y al tanque del retrete. Tem ía que el pozo se estuviera volviendo a secar. En aquella época, en torno a 1959 y 1960, teníam os un pozo excavado que se secaba todos los veranos durante m ás o m enos un m es. Entonces, m i herm ano, y o y nuestro prim o traíam os agua en un enorm e y viej o tanque que otro tío (m i tío Oren, durante m uchos años el m ej or carpintero y contratista de todo el sur de Maine) había soldado en su taller. Lo encaram ábam os en la parte trasera de una viej a cam ioneta y luego lo hacíam os descender hasta el fondo del pozo con un m otor, utilizando grandes alcántaras de hierro galvanizado para llenarlo con agua que traíam os desde la fuente del pueblo. Así, durante aquel m es o seis sem anas que duraba la sequía.
De m odo que el tío Clay t m e llevó a un lado m ientras las m uj eres fregaban y m e dij o que íbam os a zahoriar un pozo nuevo para m i m adre. A los doce años, parecía un m odo bastante interesante de pasar el rato, pero m e m ostré escéptico; el tío Clay t igual podría haberm e dicho que iba a m ostrarm e el lugar en el que había aterrizado un platillo volante detrás de la iglesia m etodista.
Se puso a dar vueltas, con la gorra verde vuelta hacia atrás, uno de sus cigarrillos Bugler colgando de la com isura de sus labios, la ram a de m anzano agarrada con am bas m anos, una en cada uno de los salientes, con las m uñecas
vueltas hacia fuera, sus grandes pulgares firm em ente apretados contra la m adera. Paseam os sin rum bo por el patio trasero, el cam ino de entrada, la colina en la que alzaba el m anzano (donde aún sigue hoy en día, aunque ahora es otra fam ilia la que vive en aquella pequeña casa de cinco habitaciones). Y Clay t no dej aba de contar historias… historias de béisbol, sobre cóm o en una ocasión había intentado com prar la concesión de una m ina de cobre nada m enos que en Kittery, sobre cóm o contaban que Paul Buny an había desviado el curso del arroy o Prestile hacía m ucho tiem po para llevar agua a los cam pam entos m adereros.
Y de vez en cuando se detenía, y su varita de zahorí de m adera de m anzano tem blaba un poquito. Hacía una pausa en su historia y esperaba. El tem blor podía convertirse en una vibración regular que luego se desvanecía.
—Ahí tenem os algo, Stevie —decía—. Algo. Pero no m ucho.
Yo asentía con suficiencia, convencido de que estaba provocando el m ovim iento él m ism o. Igual que son los padres, y no Papá Noel, quienes dej an los regalos debaj o del árbol. ¿No lo sabías? O igual que te quitan el diente de debaj o de la alm ohada m ientras duerm es y dej an una m oneda en su lugar. Pero le seguí el j uego. Recuerden que vengo de una era en la que los niños querían ser buenos; nos enseñaban a « hablar cuando te dirij an la palabra» y a seguirle la corriente a nuestros m ay ores sin im portar lo lunáticas que pudieran parecer sus ideas. No m e parece un m al m odo de iniciar a los niños en los terrenos m ás exóticos de la creencia y el com portam iento hum ano; de este m odo el niño silencioso (y y o lo era) recibe a m enudo visitas guiadas a través de algunos paraj es extrem adam ente bizarros de la cam piña m ental. No creía que fuera posible encontrar agua con una varita de zahorí, pero estaba bastante interesado en ver com o llevaría a cabo el truco m i tío.
Dim os un rodeo hasta llegar al j ardín delantero y la varita em pezó a tem blar otra vez. El tío Clay t se anim ó.
—Esta vez sí que hem os dado en el clavo —dij o—. ¡Mira esto, Stevie! ¡Va a hundirse, m aldito sea si no lo hace!
Tres pasos después, la ram a de m anzano se hundió, sencillam ente se revolvió en las m anos de tío Clay t y señaló directam ente hacia abaj o. Fue un buen truco, sí señor; pude incluso oír cóm o cruj ían los tendones de sus m uñecas, y pude percibir algo de tensión en su rostro al hacer com o que se esforzaba para volver a enderezar la ram a. Tan pronto com o dej ó de ej ercer presión, la varita volvió a hundirse y volvió a señalar hacia el suelo.
—Aquí tenem os cantidad de agua —dij o—. Podrías beber hasta el día del j uicio y seguirá m anando. Y adem ás no está m uy profunda.
—Déj am e que lo intente —pedí.
—Bueno, pero antes tienes que retroceder un poco —dij o. Y así lo hicim os.