Naval Core Capabilities and the Navy Planning Process
A.3 NAVAL CORE CAPABILITIES AND THE OBJECTIVES OF NAVAL WARFARE
P
roclamar a Cristo hombre "sin pecado" no tiene ciertajesucristo, el Santo de Dios
el contrario, tiene el objeto de infundirle confianza y esperanza. Pocos temas evangélicos tienen la fuerza liberadora de éste. Re cuerdo aún cómo fue para mí, la primera vez, el "descubrimien to" de la santidad de Cristo. Observando mis actos y mis pensa mientos, veía con claridad como no había ni uno siquiera que pu diese decirse absolutamente puro o no contaminado, de alguna manera, con mi "yo" pecador. Esta situación me alentaba para que buscase, con el pensamiento, una vía de escape cualquiera, como cuando san Pablo clamaba: "¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?" (Rm 7, 24). Fue en ese mo mento que descubrí el Jesús "sin pecado", y comprendí, por pri mera vez, la desmedida importancia que tiene, en la Biblia, ese agregado absque peccato. Esta visión me infundía en el alma una
gran paz y confianza, como el náufrago que ha encontrado algo de donde agarrarse. El pecado -volvía a repetirme- no es en tonces omnipresente y, si no es omnipresente, ¡tampoco es om nipotente! Ha habido -y aún lo hay-, un punto en el universo desde el cual ha empezado su retirada que terminará, ineludible mente, en su definitiva eliminación. Tuve, entonces, el deseo de abrir la Biblia, en la esperanza de encontrar en ella una palabra que me hablase, de alguna manera, de este Jesús sin pecado. Mis ojos se detuvieron en �se pasaje de Juan donde Jesús dice: "En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un es clavo . . . Si pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" Qn 8, 34-36). Entendí entonces que aquí Jesús no habla de toda libertad o de la libertad en general, sino de la liberación del pe cado: si el Hijo os hará libres del pecado, seréis verdaderamente libres. Algún día seremos también nosotros libres del pecado, es decir, libres "de verdad", con una libertad que ahora no alcanza mos ni siquiera a imaginarnos. Comentando el texto de 2 Co 3, 17 ("Donde está el Espíritu del Seña� hay libertad"), san Agustín revela el secreto de la verdadera libertad: "Donde está el Espíritu del Señor -dice- ya no podemos ser seducidos por el placer de pecar, y ésta es la libertad; donde ese Espíritu no está, nos deja mos seducir por el placer de pecar, y esto es esclavitud. "23 El "Es píritu del Señor" ¡es el Espíritu del Señor Jesús!
Raniero Cantalamessa
Todo esto encierra la proclamación de Cristo hombre nuevo. Pero, más que para proclamar al mundo al hombre nuevo, noso tros, --decía- somos llamados a revestirlo y a vivirlo: "Debéis despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias
y deberéis renovar él espíritu de vuestra mente y revestiros del
hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4, 22-24).
Nosotros no podemos imitar a Cristo en su ser Dios, en hacer milagros y resucitar. Por otra parte, no debemos imitarlo en cuan to a ser hombre verdadero, desde el momento en que, como hombre, es más bien Él quien nos imitó a nosotros. ("Se habla siempre, dice Dios, en la Imitación de jesucristo, que es la imita ción, la fiel imitación de mi hijo por parte de los hombres . . . Pe ro en fin, no debemos olvidar que mi hijo había empezado con esa singular imitación del hombre. Singularmente fiel, que fue lle vada hasta la identidad perfecta. Cuando tan perfectamente, tan fielmente revistió la suerte mortal. Cuando tan fielmente, tan per fectamente imitó el nacer. Y el sufrimiento. Y el vivir. Y la muer te.")24 Entonces, nosotros no podemos imitar a Jesús en cuanto Dios y no debemos imitarlo en cuanto verdadero hombre. Pode mos, sin embargo, y debemos imitar a Jesucristo en cuanto hom
bre nuevo, hombre sin pecado.
No todos pueden proclamar al mundo el Cristo hombre nue vo con las palabras y los escritos. Lo ha hecho, de muchas ma neras, el Concilio Vaticano 11; lo hace frecuentemente, en sus dis
cursos, y sobre todo en su encíclica Redemptor hominis, Juan Pa blo 11. Pero todos pueden vivirlo y testimoniarlo en sí mismos. San Francisco de Asís habló poco del hombre nuevo, pero todos sus biógrafos, después 'de su muerte, expresan la misma convic ción: con Él había aparecido en el mundo el hombre nuevo :
"Gente de todas las edades y sexos corría para ver y escuchar a
ese hombre nuevo que el Cielo le había regalado al mundo. "25 24 Péguy, Ch. , El misterio de los Santos Inocentes, en Obras poéticas, París, 1975,
p. 692.
jesucristo, el Santo de Dios
También quien está llamado a proclamar con la palabra, en el mundo de hoy, al hombre nuevo que es Cristo, sabe que al final sus palabras serán creíbles sólo por su propia vida y más todavía por su propia muerte. Nosotros, los creyentes, muchas veces, nos entristecemos al ver la ceguera y la dureza de corazón de nues tros contemporáneos, que exaltan la independencia y la autono mía absoluta del hombre, también respecto de la moral y de Dios. Nos quedamos pasmados, con razón, frente a la enormidad y a la hybris de ciertas declaraciones, como las recordadas arriba.
Nos damos cuenta de que nada podemos hacer, que las palabras no son suficientes, que los llamados más autorizados, como el del Vaticano 11, caen en el vacío. Y bien, sí, hay algo que podemos hacer ¡y es no hacer como ellos, no imitarlos! No hacer también nosotros de nuestra libertad e independencia un tesoro celoso que nadie puede tocarnos. Un ídolo. Veo, en efecto, en mí mis mo, sin necesidad de ir más lejos, qué fácil es para mí reconocer la enormidad de esas declaraciones de autonomía absoluta, escri tas en los libros de los .filósofos y actuadas por los hombres con temporáneos conmigo, y no darme cuenta, en cambio, cuántas veces ellas están presentes en mi misma vida, y cómo influyen en mis elecciones. El hombre viejo tiene un ejército bien adiestrado en defensa de su libertad. Está listo para sacrificarlo casi todo, in cluso la salud, pero no su libertad. "Todo, --dice él- ¡pero no mi libertad!" Y en cambio, es justamente eso lo que debemos de volver a Dios, si queremos imitar a Jesucristo. Es desde este pun
to que debemos empezar nuestro camino de regreso a Dios: de donde salió el camino que nos alejó de Él.
Por tanto, debemos tomar muy en serio la invitación a dejar el hombre viejo con todas sus concupiseencias. Deponer al hombre viejo, significa deponer la voluntad propia, y revestirnos del hom bre nuevo, significa abrazar la voluntad de Dios. Cada vez que decidimos, siquiera las cosas mínimas, quebrar nuestra "voluntad de carne" y renegar de nosotros mismos, nos acercamos un paso más a Cristo hombre nuevo. De Él se ha escrito que "no buscó su propio agrado: Christus non sibi placuit " (Rm 15, 3). Ésta es una especie de regla general para el discernimiento de los espí-
Raniero Cantalamessa
ritus. No buscar y no hacer enseguida lo que, humanamente ha blando, nos gustaría hacer o decir. Nosotros no podemos saber, en cada circunstancia, cuál es la voluntad de Dios para hacerla, qué es lo que Dios quiere o no quiere de nosotros; pero, en com pensación, sabemos cuál es nuestra voluntad de no hacer. Se puede reconocer por algunos signos infalibles, visibles para los que tienen un poco de ·práctica en la costumbre de examinarse a sí mismo. Aprendamos a repetir también nosotros, como una es pecie de jaculatoria, frente a cada dificultad o duda, lo que decía Jesús: "No busco mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado" (Jn 5, 30); "Porque he bajado del Cielo, no para ha cer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6, 38). ¡No estoy aquí en esta oficina, en esta situación, para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Dios! La novedad del hombre nuevo se mide, como hemos visto, por su obediencia y confor midad a la voluntad de Dios.
"¿CREES TiJ?"
La
divinidad de Cristo en el Evangelio de san Juan
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