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EL fenómeno epigráfico y la escritura, la palabra escrita acabó imponiéndose a la palabra dada y a la palabra empeñada. Aunque ello no siempre sin la desconfianza popular, que la veía en todo momento usada por el poder, fuera éste de la orientación que fuera: de aquí emanan las diferencias de usos y funciones sociales tanto entre las tradiciones y los saberes orales frente a los escritos, como en las propias formas de relación y uso con los textos.

La función pública de la escritura sí que resulta, al menos por ahora, diferencial en el caso del sudeste, en tanto que si nos fijamos en la figura 84 con detalle vemos que los ejemplos de monumentalidad (dudosa para algunos autores) están vinculados a textos fuera de nuestro ámbito. No obstante en tanto que la realidad es cambiante y es innegable la relación de la escritura con el poder nos

hacemos eco de esta visión. Valga en cualquier caso advertir que la moneda en sí misma, y que no hemos tratado en esta Tesis doctoral, es un elemento de control, a la vez que mecanismo de gestión pública.

Figura 85: Usos y tipos para la epigrafía ibérica. (Valladolid, 1997, 53).

La relación entre hablantes y lectores a lo largo de la Historia de la cultura en lo que se refiere a los inicios de la escritura planteaba más una falta de confianza hacia la pretendida certidumbre de la escritura, y una cierta suspicacia1 por parte de

una mayoría de la sociedad hacia quienes escriben; ya Rousseau la veía como una técnica artificial y peligrosa para hacer presente el habla cuando ésta estaba ausente. Gilles Deleuze, interpretaba la escritura como una catarsis que no siempre debía tener relación con la verdad. Derrida por ende, presuponía a la escritura una representación meramente gráfica del lenguaje, tal vez de ayuda para la memoria pero secundaria para el habla como artífice del pensamiento. De “malditos signos” tachó el propio Homero a la grafía, en una época donde aún lo escrito no era más que una mera y ocasional representación de la narración oral.

Dentro de este mundo de dudas y balbuceos el aprendizaje se convertiría en un paso inevitable (Beltrán, 2005, 24) “Es evidente, para empezar, que el aprendizaje de las letras se realizaría por escrito con ejercicios de copia sobre materiales baratos 1 ”Qué cosa tan contraria a la naturaleza, la cual nos dio la lengua para el uso de hablar, y

nosotros la metemos en la vaina del silencio y damos su oficios a las manos, al papel, a la pluma” (Frenk, 1997, 85).

de los que sólo conservamos un excepcional y antiguo ejemplo sobre piedra —¿siglo VI a. E.?—, el signario, llamémosle «tartésico», de Espanca, en el que una segunda mano —sea de un escolar sea de un aprendiz de lapicida— parece repetir literalmente los signos grabados previamente. Téngase en cuenta que de los centenares de ejercicios de este género que cada persona letrada produciría forzosamente durante su período de aprendizaje, éste es el único ejemplo conservado en todo el corpus paleohispánico gracias al inusual recurso a la piedra”. No debió ser en cualquier caso esto algo único, puesto que ejercicios de escritura los tenemos bien representados a todo lo largo del Mediterráneo.

Cabe ahora preguntarse por quién y cuántos eran capaces de leer los textos e incluso si la escritura elegida para permanecer era en todos los casos la de la lengua propia o se escogió un signario y no otro en función precisamente de marcar la distancia, guardar el enigma o dejarse llevar por una moda ajena.

En este apartado sobre hablantes y lectores hemos considerado hacer una anotación al tema de los teónimos en la cultura paleohispanística; pensamos que se trataría este de uno de los casos donde el nombre debiera ser más reconocible para el “público” en general. Puesto que para el ibérico, si bien sabemos reconocer los nombres de persona, desconocemos el proceso de formación de teónimos estos no han podido ser reconocidos en los propios textos. Las inscripciones latinas de cronología coincidente con el fenómeno de eclosión epigráfica local han permitido reconocer en numerosos textos votivos divinidades indígenas del Norte y Oeste de la península, sin embargo hasta época relativamente reciente (Corzo et allí, 2007) no había aparecido ningún teónimo en el área ibérica. El ejemplar procede de Fuerte del Rey (Jaén), y se trata de un pequeño cipo que debió cumplir las funciones de altar. En el texto aparece citado Betatun con buenos paralelos (betun y atun) en la onomástica indígena peninsular y la dedicante de la inscripción Aelia (un gentilicio bien documentado en la Bética) Belesiar (según variante de lectura propuesta por Orduña, 2009 y que consideramos bien justificada) siendo este un cognomen indígena. El análisis de la nomenclatura de la divinidad no permite saber si hablamos de un dios o una diosa, pero para los autores y a la vista del formulario posterior que aparece en la inscripción a Betatun2 acudirían personas aquejadas de enfermedades

en busca de curación que se realizaría a través de las sors y que dejarían testimonio de su curación en forma de exvotos. Las huellas de santuarios y divinidades debieron 2 El santuario de Betatun debe de haber pertenecido al oppidum de Las Atalayuelas (Corzo et

desaparecer pronto fruto de la interpretatio romana, lo que dificulta sobremanera nuestra interpretación sobre esta comunicación del usuario con su dios3.

Aún mas reciente que el caso anterior en lo que se refiere a su conocimiento (Velaza, 2015) ha identificado en una pieza que se dio a conocer en 2010 un nuevo teónimo ibérico: Salaeco. El soporte, como en el caso anterior es la piedra y se trata de una inscripción aparecida en la boca de la Mina Mercurio en Portmán, Murcia. Los responsables de esta dedicatoria (Velaza, 2015, 290) “serían dos libertos de Marco Roscio, el segundo llamado también Marco y el primero de cognomen desconocido. Es muy posible que su patrono Marco Roscio sea el personaje que, junto con su hermano Publio, nos es conocido gracias a los sellos de una treintena de lingotes de plomo procedentes de las inmediaciones de Carthago Nova. Probablemente de origen lanuvino, los dos hermanos gestionarían la explotación de las minas de galena argentífera de Cartagena y, como testimonia ahora el nuevo epígrafe, sus propios libertos tendrían también un protagonismo notable en la vida económica y pública de la región entre finales del s. II y comienzos del s. I a. C, datación que conviene tanto a los lingotes como a la inscripción”. También aquí y siguiendo nuestros conocimientos de la onomástica ibérica tendríamos dos formantes: salai y ko. El primero de los compuestos resulta interesante puesto que aparece, según la lectura propuesta por Rodríguez Ramos (2002) en el togado del Cerro de los Santos G.14.1.

Aunque dos únicos testimonios no permiten por el momento alcanzar conclusiones de calado, certificarían lo que por otra parte sospechábamos: la vigencia de tradiciones religiosas autóctonas en el contexto de la romanización temprana y nos obligan a releer algunas de las inscripciones de la época que conocemos con nuevos ojos y también a preguntarnos aún sin respuestas, sobre la capacidad versus necesidad de leer o escribir en la época.

Aunque el uso de la escritura no tiene porqué ir ligado a la alfabetización, y tampoco para este punto tenemos datos, sirva que Harris (1989,267) para la población masculina en la Italia altoimperial fija este índice por debajo del 15%.

3 En esta línea cabría también recordar el santuario de ambiente oriental de Torreparedones,

con un par de esgrafiados sobre exvotos anatómicos y una cabeza consagrada a Dea Caelestis.

5.3. EL IMPACTO DE OTRAS LENGUAS, ESCRITURAS Y PERSONAS. LA

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