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Si la escritura no se nos muestra como un fin en sí misma, sino que es utilizada para ahondar en las diferencias de clase, podremos observar en todo el arco temporal sus relaciones nada inocentes con los que escriben la Historia y valorar correctamente la información que nos ha sido transmitida.

A propósito de “cuestiones abiertas” de Hoz (2011, 60) plantea: “¿Por qué en el SE los íberos llegaron a desarrollar tres tipos distintos de escritura para una sola lengua en fechas más o menos contemporáneas? ¿Qué tenían de especial esos íberos cuya lengua se convirtió en lengua franca de toda la costa mediterránea entre el Segura y el Hérault? ¿Por qué no se les adelantaron los tartesios que se encontraron en fechas anteriores en circunstancias favorables? ¿Qué es lo que les daba una ventaja sobre otros pueblos de Italia o Anatolia, aparentemente más ricos, más organizados e implicados también en relaciones comerciales a larga distancia pero cuya lengua no llegó a utilizarse fuera de sus fronteras como lengua de relación interétnica? ¿O no estaremos acaso en condiciones de percibir fenómenos sociolingüísticos que se repitieron en distintas zonas del Mediterráneo? ¿Cuál era la complejidad lingüística real de la Hispania oriental no ibérica? ¿Cuántas lenguas se hablaban? ¿En qué medida se trataba de lenguas de viejas raíces locales, en qué medida habían penetrado lenguas indoeuropeas y en qué fecha o fechas lo habían hecho? ¿Qué densidad de lo que podríamos llamar eteoíberos, es decir gentes originadas en el territorio en que el ibérico era lengua vernácula, o sus descendientes, llegó a habitar en la Hispania oriental no ibérica? ¿Cómo se explica esa aparente multiplicidad de funciones del ibérico vehicular en fecha avanzada? ¿Es un resultado natural de la tradición del ibérico como lengua franca comercial que ha ido ganando parcelas nuevas de uso? ¿Implica el ibérico de los artesanos especializados una oleada de iberohablantes que se instalan fuera de su territorio y transmiten a sus discípulos locales, junto con sus técnicas, una lengua profesional? ¿Existió un ibérico de cancillería o simplemente el fenómeno bien conocido de la imitación de las leyendas monetales llevado hasta la adopción de la lengua de los modelos? Y si se dio el primer caso, ¿se trató de una influencia cultural o implica la existencia de iberohablantes en número significativo en los estamentos dominantes de ciertas zonas no ibéricas? Demasiadas preguntas de momento sin respuesta”.

nos permitan hablar de personas “reales”. Una vez más aquí los trabajos de Untermann (1965, 1985 y 1998 entre otros) resultan referentes. También el BDHesp tiene una base documental onomástica ya disponible en abierto y son en general de larga tradición estos trabajos.

La vinculación entre la lengua común y la onomástica, en el caso del ibérico es mucho más evidente entre los antropónimos, que en la toponimia. El tipo normal del nombre de una persona consiste en dos elementos, casi siempre cada uno de dos sílabas que pueden ser empleados en variadísimas combinaciones, y una parte de estos elementos vuelve a aparecer entre las palabras apelativas y en la toponimia, es decir, pertenecen al fondo normal del léxico de la lengua ibérica. A base de la totalidad de las fuentes disponibles, hoy se cuentan con cerca de 200 elementos distintos de los que se componen los antropónimos ibéricos. En lo que se refiere a la epigrafía del sudeste estos datos se vuelven fuentes documentales imprescindibles para conocer datos sobre las personas que poblaron las zonas objeto de estudio.

Como en otros puntos de este trabajo vamos a recurrir aquí a las figuras para ilustrar algunas de las cosas a las que aludimos.

En la (figura 86) recogemos el nombre ibérico bilos, que encontramos representado en: Botorrita, Pech Maho, Ensèrune, Ampurias, Rubí, Palamós, Binéfar, Azila, Caudete de las Fuentes, Alcoy, Jumilla, Oliete, Proença-a Nova y para la zona que nos ocupa lo encontramos representado en Baeza (H.14.1), Sierra de Gádor (H.1.1.) y en Espeluy (HEp, 88, 297)4.

Figura 86: Cartografía del formante onomástico bilos.

Siguiendo con la serie de antropónimos ibéricos elegimos aquí otro ejemplo: ibeis5. Nos interesa ver, como en el caso anterior la distribución

peninsular de un formante culturalmente ibero. En la figura 87 aparece cartografiado sosi, que además de estar presente en una de las piezas de Cástulo en forma de grafito (uno de los mejor datados y más antiguos), aparece también presente en la Turma Salluitana, una de las fuentes clásicas más reconocidas y útiles para el conocimiento de los nombres de persona prerromanos en la península.

5 No hemos escogido aquí el mapa de BDHesp puesto que no recoge con su sistema de lectura

el ejemplo de Giribaile (en el que seguimos la transcripción de nuestra propuesta). El mapa forma parte de un trabajo inédito de cartografía de más de 40 nombres del área meridional que realizamos bajo la supervisión de Javier de Hoz hace algunos años.

Figura 87: Cartografía del formante onomástico ibeis.

Pero no todos los nombres que encontramos en la zona meridional están en lengua ibérica o proceden de este ámbito; son muchos los ejemplos en otra dirección, pero por su interés para nuestro trabajo y el amplio estudio realizado por Pérez Rojas (1993) recurrimos nuevamente a las inscripciones de la Camareta6, en la que pueden

verse varias procedencias pero donde me resulta interesante destacar la presencia de nombres celtizados.

Figura 89: Paralelismos onomásticos para la Camareta, (Pérez Rojas, 1993, 243).

6 (Pérez Rojas, 1993, 243) “Nada más lejos, en el estado actual de nuestros conocimientos,

que relacionar lo ibérico con lo lusitano en el sector opuesto de la Península. Pero lo cierto es que nombres tenidos allí como hápax reaparecen con escala en la Bética. Son sin duda restos de antiguos estratos comunes, que podrían remontarse incluso al megalitismo, sin que esta posibilidad deba causarnos espanto tras conocer la aguda teoría de Renfrew sobre la expansión de las lenguas indoeuropeas en el neolítico”. Hay en este punto quienes como de Hoz prefieren hablar de que el sustrato ibérico está relacionado con la llegada de los Campos de Urnas, quienes como X. Ballester se plantean incluso que venga del paleolítico o esta hipótesis de Renfrew cristalizada en su serie Arqueología y Lenguaje que nos parece la más creíble.

Figura 90: Cartografía del formante Karos y derivados (Pérez Rojas, 1993, 230).

Hemos hablado en capítulos anteriores de la influencia del componente “colonial” griego, mejor de los contactos con el mundo griego, tanto en la formación- evolución de la lengua como en lo que de específico supone el grecoibérico. También hemos dedicado una parte de nuestro discurso a explicar la presencia de textos del sudeste, muchas veces sin duda porque personas del ámbito meridional se desplazan a distintos zonas. Véanse los casos que hemos tratado para la cuestión de la Carpetania o la explicación para la presencia en zona vetona de la inscripción de Los Maíllos que consideramos en signario meridional y vinculada al intercambio fundamentalmente de mujeres (princesas ibéricas) que refuerzan y sellan relaciones clientelares, como muy bien ha señalado Sánchez Moreno en varios de sus trabajos.

Aunque el fenómeno fenicio no ha estado ausente en el trabajo queremos hacer aquí unas breves anotaciones más. En este sentido los trabajos de referencia son de G. Wagner, de Ruiz Cabrero y de Zamora para los distintos enfoques, ya sean estos más antropológicos, históricos o filológicos.

Me referiré también aquí a un ejemplo que cristaliza muy las complejas formas de relación e integración que se dieron en la alta Andalucía y el Levante de la antigua Península Ibérica entre miembros de culturas distintas. Se trata en este caso, de un epígrafe fenicio procedente de La Alcudia de Elche y cuyo carácter parece ser votivo (Zamora, 2012, 310) “la inscripción es en cambio mucho más informativa tanto a los efectos del tipo de presencia e influencia cultural que atestigua como a la hora de

mostrar estos fenómenos en fases anteriores al periodo bárcida. Se trata en efecto de un texto fenicio pintado sobre una crátera ibérica en el momento y lugar de su fabricación: a lo largo de los tres primeros cuartos del s. IV a. n. e. y en algún punto del Levante peninsular o de la Alta Andalucía (siendo tentador pensar en el territorio turdetano como marco, si bien es igualmente posible que la crátera se fabricara en zona edetana). Constituye pues una prueba directa de la presencia de un perfecto conocedor de la lengua y escritura fenicias en un ambiente originalmente indígena como mínimo un siglo antes (que pudieron ser casi dos) de la llegada de los Barca a la Península. La mano y pincel que ejecutaron el texto de La Alcudia reflejan en efecto un conocimiento de la escritura fenicia del todo ortodoxo. Tampoco parece haber dudas de la perfecta naturaleza fenicia de la lengua que el texto denotaba. El personaje era pues, independientemente de su lugar de origen, culturalmente fenicio. Siendo el dominio de la escritura propio de un número reducido de personas, y dada la calidad y soltura de lo escrito, no es descabellado pensar, incluso, en la participación de un escriba en la redacción y factura final del texto. Sea como fuere, el escribiente tuvo que actuar en el alfar que produjo la pieza (tras el modelado y decoración inicial de está -interviniendo por tanto de una manera quizá diferenciada del trabajo regular del taller, algo en perfecta consonancia con lo excepcional de su intervención- pero antes de su cocción). Se movió, en cualquier caso, en pleno ámbito productivo local, haciendo uso, con naturalidad, de su lengua y escritura semíticas”.

Figura 91: Distribución de las inscripciones fenicio-púnicas de la península, basado en (Röllig, 1986), modificado y ampliado.

En lo que se refiere a la relación de la escritura con el poder (Del Río Alda, 2004, 22) “el conocimiento es sinónimo de poder y poder es riqueza. La riqueza facilita el conocimiento y es a través del poder como se cierran los caminos para que todos los seres humanos, sea cual sea su origen, tengan iguales oportunidades de acceso a la cultura”. Y añado yo: o desiguales oportunidades.

Hemos visto que cinco siglos de escritura suponen todo un universo cambiante y que será principalmente, aunque no solo, la llegada de los bárcidas primero y de Roma después los que alienten de un modo indirecto la “publicidad” de la escritura como elemento visual. Desde luego, en lo que se refiere a la vigencia de las inscripciones ibéricas en el paisaje epigráfico público los ejemplos mejor documentados y estudiados son: Ampurias, Tarragona y Sagunto y es posible como dice Velaza (2009, 130) que el fenómeno no sea completamente extrapolable a la totalidad del territorio ibérico7. “Por motivos que sólo se pueden intentar entrever, en

algunos lugares, como los tres señalados, la escritura ibérica mantuvo largo tiempo su vigencia, vinculada, sin duda, a un simbolismo identitario, legitimador y autorrepresentativo. Incluso se puede sospechar que en algunos de los episodios más tardíos de este fenómeno, la lengua ibérica se encontrase ya en un estadio de uso muy minoritario, pero funcionara todavía bien como elemento de representación simbólica. No deja, pues, de resultar llamativo que las últimas manifestaciones escritas de los íberos, tal y como podemos interpretar hoy los testimonios, no estén representadas por usos privados y más o menos marginales, sino por expresiones públicas, si se quiere anacrónicas, pero muy elocuentes de una sociedad que contemplaba su pasado como un referente respetable e incluso, tal vez, admirado”.

7 Creemos que un ejemplo paralelizable en nuestro ámbito territorial para el ejemplo de

autorrepresentación, memoria de linaje e identidad, no tanto de la res pública, sería la tumba de los príncipes de Urgavo en la necrópolis de Piquía, (Arjona).

CONCLUSIONES

Si son Ustedes historiadores, no pongan el pie aquí: esto es campo del sociólogo. Ni más allá: se meterían Ustedes en el terreno del psicólogo. ¿A la derecha? Ni pensarlo, es del geógrafo… Y a la izquierda, el del etnólogo. Pesadilla. Tontería. Mutilación ¡Abajo los tabiques y las etiquetas! Donde el historiador debe trabajar libremente es en la frontera, sobre la frontera, con un pie en el lado de acá y otro en el de allá. Y con utilidad.

Lucien Febvre

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