Según algunas fuentes, Yúsuf Ibn Táchafín fue un hombre piadoso, serio, firme, fuerte, humilde; llevaba siempre ropa de lana basta y tela gruesa y no le vieron nunca con abrigo fino o de seda.La caída de Toledo constituyó un acontecimiento decisivo que empujó a los reyes disipados, libertinos y licenciosos de Al-Ándalus a llamar a este jeque modesto y piadoso. Una de las causas de su ida a al-Ándalus fue la conclusión del pacto entre Al-Mutamid y Alfonso de Castilla. Al acercarse a Sevilla, se apresuró Al-Mutamid en recibirle calorosamente junto a algunos reyes taifas, ofreciéndole joyas y dinero, cada uno según le permitían sus condiciones. Puso Yúsuf Al-Mutamid al frente de su ejército, lo que ofendió a Alfonso, que en aquellos momentos, asediaba Zaragoza. Regresó apresuradamente a su reino pidiendo apoyo y ayuda de los reinos cristianos fronterizos. Se enfrentaron los dos ejércitos, uno dirigido por Alfonso y otro encabezado por Yúsuf que le escribió: “Llegó a nuestros oídos que querías
engañarnos y entrar en nuestra tierra. Te ahorraremos el esfuerzo y en esta batalla con la gracia de Dios, recibirás tu castigo y verás tu destino.”
Desatada, la feroz batalla de Az-zalaqa, así la describió el autor de Rawd Al Qirtás: “Fueron muertos 800 mil alféreces y 200 mil hombres y
sobrevivieron sólo cien combatientes, mientras en el bando islámico perecieron sólo unos tres mil hombres”. Pienso que es una cifra exagerada
en relación con los cristianos que murieron en Az-zalaka. Sin embargo, algunas fuentes aseguran que los árabes hicieron con las cabezas cristianas una colina sobre la que se subieron para llamar a la oración.
Yúsuf volvió repentinamente a Marruecos, urgido por la muerte de uno de sus hijos. Pero también añaden algunas fuentes que se fue disgustado por la situación en la que vivían los reyes de taifas y por los conflictos permanentes con sus pueblos.
Los cristianos volvieron a atacar las tierras andalusíes. Esta vez, Al- Mutamid, cruzó el estrecho pidiéndole ayuda y socorro a Yúsuf. Contestó favorablemente a su demanda y asedió en vano durante cuatro meses la fortaleza de Aledo. Estaba Yúsuf harto de los conflictos entre los reinos taifas. Se quejaba Al-Mutamid de Ibn Rashíq que se apoderó de Murcia recurriendo al apoyo del rey castellano. Tras consultar la opinión de los alfaquíes y haber conseguido su fatua, Yúsuf ordenó entregar a Ibn Rasiq a Al-Mutamid para matarlo.
Informado Yúsuf de la llegada del ejercito cristiano, prefirió entonces regresar a su tierra para no arriesgar más pérdidas humanas. Fue este acontecimiento una de las tragedias de Al-Ándalus a causa de las calumnias y las envidias entre los musulmanes que rivalizaban por reinos y poder. Yúsuf estaba convencido de la actitud de los reyes de taifas, obsesionados por envidias y deseos de aniquilarse unos a otros para quedarse con una mera parcela de tierra o un reino. Dejar la situación así llevaría, sin duda alguna, a la destrucción y la desaparición de la dominación islámica en Al- Ándalus.
Tuvo que volver a cruzar por tercera vez el Estrecho, dirigiéndose directamente a Toledo, sin apoyo de ningún rey de taifa. Ante la dificultad y la dureza del asedio, decidió volver a Granada que estaba bajo el dominio de Ibn Boloqin. Cuando éste se enteró del asunto, mandó secretamente dinero y regalos a los castellanos. Alfonso prometió ayudarle y defenderle personalmente. Tranquilizado, recuperó Ibn Boloqin su fuerza y su seguridad.
El autor de Daulat Al Islám fí-l-Ándalus menciona en uno de los manuscritos los versos de un poeta que decían:
“¡Mire y oiga la opinión de los que a Alfonso y a los cristianos fortalecieron!
Edificó su reino en contra de la voluntad de Aláh Y del consentimiento del Emir
Vanidoso de sí mismo como un gusano de seda ¡Dejadle edificar!
Se enterará cuando se acerque el castigo divino.”
Los alfaquíes obligaron a Abdullah Ibn Boloqin a someterse al ejército islámico de Ibn Táchafín. Este le pidió que se rindiera pero se negó. Yúsuf le prometió protección a su familia y garantía de sus bienes, por lo que acabó aceptando. Cuando Al-Mutamid se enteró de lo sucedido a Ibn Boloquin, temió tener el mismo destino. Se apresuró entonces a felicitar a Yúsuf, acompañado de Al-Mutauakkil Ibn Al-Aftas. Lo recibió, tratándole duramente. De regreso a Sevilla, Ibn Abbád estaba decidido a enfrentarse a Yúsuf si se atrevía a acercarse a su capital. Yúsuf le ordenó atacar a los cristianos y liberar al pueblo sevillano de los tributos impuestos, pero no le hizo caso y se negó a contestar a su demanda. Se dirigió con el ejército a Córdoba, dominada en aquel entonces por Al Mámún Ibn Al-Mutamid que la defendió hasta la muerte. Se trasladó uno de los ejércitos de Yúsuf a Ronda en el mes de Safar del año 484 de la hégira, donde mataron a su gobernador Arrádí, otro hijo de Al-Mutamid. Un segundo grupo asedió Sevilla donde reinaba Al-Mutamid. La ciudad fue sometida, robada, violada y arrebatadas sus riquezas. Se puso fin así a un esplendor poético y literario.
Ibn Al-labbána afirma: “A pesar de esa situación, Al-Mutamid permaneció inmerso en sus placeres, encargando a su hijo Rachid del poder. Se dio cuenta de su suerte cuando se encontró rodeado de soldados. Se despertó de su sueño y de su embriaguez. Subió a su montura llevando una espada en la mano, vestido con ropa ligera. Se encontró con los soldados entrando por la puerta de Al-Farag. Mató a un tamborilero. Huyeron los hombres tirándose por las murallas. Cuando llegó a la puerta, encontró asesinado a su hijo Málik. Imploró paz y misericordia para él y para sus acompañantes. Salió con su familia hacia Tánger donde encontró al poeta Al-Husarí que le había preparado el libro Al Mustahsan min al-ach’ár, pero no fue adecuada la ocasión para presentárselo. Le dijo Al-Mutamid: ¡quita esa alfombra y saca el dinero que hay debajo, te juro que no tengo más. Se encontró con Al-Husarí mientras se dirigía a su cárcel en Agmát, cerca de Marrakech. Fue un desenlace desastroso para Al-Mutamid y sus tres hijos que fallecieron ¡Que Dios los tenga en su gloria junto a los muertos musulmanes! El comportamiento de Al-Husarí revelaba una vileza y sordidez imperdonable al aceptar el dinero de un rey encadenado y cautivo, con el alma herida después de haber perdido tres hijos, su reino y su paraíso de Al-Ándalus. Necesitaba más bien ese dinero para los momentos tristes y oscuros que le esperaban. La actitud de Al-Husarí no difiere en nada de los hipócritas que se las ingenian únicamente para adornar las palabras y falsear los hechos. Le acompañaban sus hijos, hijas y su famosa esposa Itimad Rumayquia. De ella se dijo: “Le comprometió a Al-Mutamid, exhibiendo su libertinaje y atolondramiento, le incitó incluso a dejar la oración del viernes. Fue encarcelado junto a Rumayquia que falleció primero”.
En uno de sus poemas describía así su lucha contra los enemigos:
“Si los enemigos arrebatan mi reino Y me abandona la gente
El corazón entre las costillas Permanece protegido
Con los enemigos me enfrenté sin escudo Tapando con ropa fina mi cuerpo
Y si la muerte no vino
Tampoco humillación y resignación escogí.”
Yúsuf continuó su tarea recuperando y protegiendo ciudades musulmanas en Al-Ándalus. Volvió a Marrakech, dejando a uno de sus aliados a la cabeza del ejército en Al-Ándalus. Posteriormente se dirigieron varios ejércitos andalusíes y almorávides hacia Toledo donde derrotaron a los castellanos pero sin poder forzar la entrada a sus fortalezas.
En una de sus reuniones dijo, justificando su intervención en Al- Ándalus:
“Nuestra intención fue arrebatar el poder de las manos de los cristianos cuando vimos que se apoderaron de la gran mayoría de las ciudades musulmanas cuyos reyes sucumbieron a la pereza y al descuido, a la copa y a las qaynas. Si vivo, recuperaré las tierras que quitaron los cristianos a los musulmanes en los duros períodos de la fitna, les atacaré con alféreces y jinetes que no conocieron nunca jamás ni consuelo ni bienestar, acostumbrados a domar y montar caballos, a perfeccionar armas, para acudir ante las demandas de los sometidos”.
Murió Yúsuf en el año 500 de la hégira a los cien años, después de haber acabado con reyes de taifas que habían gobernado más de un siglo y medio. Pasó medio siglo en el yihád y la lucha por el Islam.
Antes de concluir nuestro discurso sobre Yúsuf, juzgamos útil detenernos ante algunas tragedias que marcaron la vida de Al-Mutamid. Cuando llegó a Aghmat y vio los sufrimientos y padecimientos de la cárcel, se quedó aterrorizado y le dijo su esposa:
¡Oh, señor mío, aquí humillados estamos. Ay, dueño mío! ¿Dónde está nuestra gloria?
Le dije: Es aquí donde nuestro Dios nos hizo llegar.
A propósito de la primera fiesta “Aid” que pasó Al-Mutamid en la cárcel de Aghmat, Al Fath dice:
“Permaneció triste Al-Mutamid, errante sin ver a nadie, el día del Aid, vinieron a su encuentro sus hijos para felicitarle la llegada de la fiesta mientras sus hijas llevaban harapos en vez de vestidos de seda y joyas, como si estuviera anocheciendo, cuando eran lunas luminosas, llorando su pasado y el esplendor perdido. Le dolió verlas descalzas, tristes y marchitas y dijo:
“Era feliz y alegre en las fiestas Y hoy cautivo en Aghmat permanezco A mis hijas, vi hambrientas y con harapos Mientras cosían ropa nueva para la gente Se inclinaron ante ti
Tristes para saludarte Pisaron barro descalzadas Como si no caminasen nunca Sobre almizcle y ámbar
Sus mejillas hundidas por la tristeza Respiran un llanto dolorido
¡Ojala no vea nunca más un Aid semejante En pedazos, se rompe mi corazón
Ayer mandaba y reinaba Y hoy sumiso y humillado estoy
Quien se cree eterno en su reino Equivocado está en su sueño.”
Dijo también cuando le dolieron las cadenas:
“Se transformó mi gloria y la sombra
En humillación, cargado como estoy de cadenas. Cadenas de hierro pesado y fuerte
Apretaron mi carne y huesos
Como dentelladas de leones fuertes y crueles.”
Al-Fath añade: “Cuando alejaron Al-Mutamid de su tierra, dejando sus palacios y vergeles, lo llevaron en barcos hacia su tumba. Le lloraban los oradores en pupitres y tribunas, y no se le acercaban ni amigos ni visitantes. Se quedó dolorido suspirando, con las mejillas quemadas por las lágrimas derramadas. Sentado solo, no deseaba ningún acompañante. Desesperado de todo lo que le rodeaba, se acordaba de sus palacios, residencias y alegrías. Añoraba su tierra. Imaginaba sus palacios sombríos, sin luz de estrellas ni luna brillante, vacíos sin sus guardias y vigilantes y dijo:
Llora Al-Mubarak, en recuerdo de Ibn Abbád Llora el recuerdo de sus gacelas y leones Llora Turayya, que no oscurezcan Sus estrellas con la lluvia de la mañana Llora Al uahid, llora Az-záhí por su qubba El río y el Aljarafe se sienten humillados Agua del cielo cae en la aurora
¡Oh profundidad del mar, que permanezcas espumosa! A ese propósito dijo Ibn Al-labbána:
Nos despedimos de una tierra
Cuyas luces de la aurora oscurecieron Fue al-Muayyad huerto en su plaza Recogiendo felicidad y astros de su cielo Era ejemplo para los reyes
Que ningún rey debe sentir vanidad vanagloriándose su reino Lo lloramos, desde una alta montaña
Cuyos pilares cayendo
Arrastrando todo lo que encuentran.
Fue Az-záhí uno de sus palacios preferidos; le gustaba retirarse entre sus dulzuras y huertos, daba sobre el gran río, pasaba sus noches, alegre, entre copas y qaynas, rodeado de flores, árboles y olivares. Vivió allí lo que no experimentaron nunca ni los Bení Hamdán ni Sayf dí yazán. Pero cuando fue encarcelado en Agmát, le aterrorizó el destino, sintió añoranza de sus agradables días y recuerdos y deseó pasear por sus patios.
Extranjero y cautivo en tierra de africanos Lloran por él el estrado y la tribuna;
Llorarán por él las espadas cortantes y las lanzas, Y derramarán lágrimas abundantes;
Llorarán por él el rocío y el aroma, sus palacios
Al-Zahi y Al-Zahir, que antes le buscaban y ahora le ignoran; Pasó el tiempo, y con él, aquel reino amable,
Fue un dictamen del malvado destino, pero ¿ha sido alguna vez justo con los justos? El tiempo fue injusto con los Banu Má’-Samá’
Los hijos de la lluvia del cielo, que fueron humillados. Nos observa Az-záhí y de las miradas se siente celoso Inaccesible lo ves, Aláh compensa todo lo perdido Y hace accesible lo imposible.
Se levantó su hijo Abdelyab-bár en Al-Ándalus junto a sus aliados, cuando se enteró Yúsuf, ordenó cargarle de cadenas y ataduras y con ese propósito dijo:
Cadena mía ¿no sabes que me he entregado a ti? ¿Por qué, entonces, no te enterneces ni te apiadas? Mi hijo Abu Hásim, al verme rodeado por ti,
Se va con el corazón herido.
Ibn Jákán dice: “Cuando se levantó su hijo, y vio al emir furioso, temió su destino, lloró dolorido y destrozado. Levantó su cabeza al cielo y se animó anhelando volver a su reino. Se levantaron en aquel período también hombres de Fez, destruyeron barrios de la ciudad, perturbaron la tranquilidad de sus habitantes, arrancaron los niños del pecho de las madres, atacaron a los responsables y sembraron el terror. Les castigó el emir, cortándoles las alas. Les encarceló en Aghmat donde estaba Al-Mutamid. Les reveló su dolor, compartió con ellos su historia y desastre. Le acompañaban en su soledad y aislamiento, les reveló su secreto y encontró a su lado paz y calma para su alma. Derramó lágrimas y lanzó suspiros profundos cuando vinieron a despedirse de él después de haber cumplido el período de su encarcelamiento.
Pasó por su habitación una bandada de palomas, volaban libres, junto con sus pequeños, sin control ni guardias y jugaban alegres. Le dolió su situación, atado a las cadenas y aislado en su destierro, pensó en sus hijas, en su pobreza y tristeza, recordaba su esplendor y sus alegrías.
Fue a verle Ibn Al-labbána, uno de los poetas de su reino, hombre famoso por su escritura, la dulzura, el susurro y la fuerza de su poesía fueron sin par. Cuando lo vio atado a sus cadenas pesadas apretando sus pies y manos, le brotaron lágrimas de sangre.
“Antes se encontraba entre su cama y el mimbar, entre paraíso y seda, le refrescaban con plumas y el rocio, temía el destino de sus ordenes y demandas, el águila evitaba enfrentarse a él y ahora cautivo, atado con hierro y cadenas. Emocionado y dolorido ante esa situación dijo:
“¡Deja ese mundo y aléjate de su población La tierra está desértica y la gente murió
Mientras la altura del mundo recuerda Aghmat Donde, humilde permanece quien vivió orgulloso. Entre ricio y sombra, brillaba
Y ahora dolorido y afectado está por la dura mano del destino.
Como la serpiente rodean sus huesos las cadenas
Y ¿cómo podemos extrañarnos ante las serpientes en los huertos? Vivía en el lujo y el esplendor
Lo temían por ser león Pero en la trampa pudo caer Ante su dolor, las piedras gemían.
A su encuentro, se apresuró el mar como si fuesen gotas ¡Ay dolor mío por los Beni Abbád!
No les veo ninguna esperanza en el horizonte Dejaron sus huertos y paraísos
Donde antes paseamos y madrugamos Tierra iluminada como si fuesen astros Encendidos entre hierba y flores En las orillas de su río
Bajo la sombra de gigantes árboles Río, sobre cuya agua se dibujaron Imágenes que llevan hoy los vientos
En sus huertos acariciábamos plantas y flores.
Pasó el resto de su vida entre lamentos y dolores, destrozado por los recuerdos y añoranzas, hasta que dio el último suspiro y lo sepultaron en Aghmat, donde se descansó su alma en paz, dejando atrás todas las crisis y desastres.
Perdieron los monumentos su esbeltez y su grandeza Y las glorias su sabor y dulzura
Cayeron los valores, se apagaron las esperanzas y así fue su historia, un ejemplo para todos sus coetáneos. Días después, durante una fiesta, los hombres que volvían del ritual de la oración, arropados lujosamente y alegres, se despidieron para encontrarse con sus amigos y queridos. Su gran amigo poeta fue a la tumba de Ibn Abbad, se inclinó y la besó:
“¡Oh rey de los reyes!, te estoy llamando ¿me oyes? O a causa de las calamidades ¿dejaste de oírme?
Vacíos están tus palacios
Como si no los hubieras animado nunca durante las fiestas. Besé la tierra en tu memoria.
Y ante tu tumba recito mis versos.”
Se trata de un largo poema donde el poeta expresaba sus dolores, sus recuerdos y sentimientos. Fueron solidarios con él los oyentes, lloraron por su dolor y sufrieron por sus suspiros. Sin embargo, éste es el fin natural de todo ser humano, la muerte separa a los amantes, acaba con los proyectos y poderes y apaga todas las luces y bellezas.