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‘Abdelmalek Al-Muḏaffar Billáh, hijo de Al Ḥáğib Al-Manṣúr Moḥammed Ibn Abí ‘Ámer, volvió a Córdoba y el califa ordenó nombrarlo Ḥáğib en el lugar de su padre encargando a su hermano de enterrar a Al- Manṣúr. Realizó lo que quiso a los veintiocho años y su madre Addalfáe era una mujer libre, igual que la madre de su padre de la tribu de Beni Tamím, llamada Furḥa, hija de Yaḥyá Ibn Zakariyá attamímí conocido por Ibn Bartál.

Duró su ḥiğába siete años, y denominaron a su periodo “el séptimo” semejante a los siete días de boda. Su etapa se caracterizó por una paz de la ámma, mientras sufrían la Jáṣṣa algunas dificultades y tragedias. Durante su gobierno, libró a la población de pagar la sexta del tributo, lo que generó una gran satisfacción entre la ámma y evaluaron positiva su era. Contó en su gobierno con los saqáliba, algunos dimmíes y sobre todo con los beréberes de Maghráua y Zenata, que constituían los pilares de su ejército y sus guardias, alejando a los árabes. muladíes confiándose a su hermano ‘Abderraḥmán Sanchuelo, nieto de Sancho. Su abuelo regaló a su hija como esposa al padre de Sanchuelo para ganar su amistad y tenerlo por aliado. La madre adoptó el islam, fue su favorita y su preferida y le dio un nombre árabe Aida.

‘Abdelmalek Al-Muḏaffar Billáh continuó su camino hacia León y Castilla pero les sorprendió una tempestad que les obligó a regresar sin botín ni esclavas, no fue bien recibido en Córdoba por no haber traído nada esta vez de su razia.

Era un hombre aficionado al juego, a las mujeres y al vino como su padre, se dedicaba a sus gustos y placeres poniendo las riendas de su gobierno en las manos de su ministro Abu‘Isá Ibn Saíd Al Yaḥsubí, conocido por Ibn Al Qattá’, rivalizaba con uno de los saqáliba llamado Turfa. Por estar con ‘Abdelmalek todas las noches en sus veladas entre vino y mujeres logró Turfa convencerlo a propósito de ‘Isá Ibn Saíd. Gracias a su apoyo cobraron los saqáliba un rango elevado, importancia y tiranía. Cuando el ḥáğib cayó enfermo una vez, el joven Torfa se puso a gobernar sin su consentimiento ni su acuerdo. Cuando mejoró su estado de salud, no le perdonó su acción y le guardaba rencor en su corazón. En una de sus razias, salió Al Ḥáğib con su ministro que intentaba abrirle los ojos sobre las intenciones de Torfa enumerando sus defectos y su actitud atrevida cuando

estaba enfermo. Lo encarceló y lo mató junto a su compañero de bebida, el culto ‘Abdelmalek Ibn Idrís Al-Ǧazírí. Así logró Músá quedarse con el poder recuperando de nuevo la confianza del Ḥáğib, asegurándose de su tranquilidad y paz. Casó a su hijo ‘Abdelmalek con la hermana de Al- Muḏaffar Billáh, hija de Al-Manṣúr, garantizando así su poder absoluto sin rival.

Mientras Al Ḥáğib se dedicaba al juego y al vino ‘Isá Ibn Sa‘íd se empeñaba en dirigir el poder. Sin embargo, los que velaban con ‘Abdelmalek Al-Muḏaffar y compartían con él sus copas y placeres tenían más oportunidades para influenciarle, hablarle, estar largo tiempo con él y criticar a ‘Isá Ibn Sa‘íd. La duda que sembraron en sus oídos se extendió en su memoria igual que el arrastro de la hormiga. Lo que hizo empeorar las cosas fue la actitud positiva de ‘Isa Ibn Sa‘íd hacia al matrimonio del Muḏaffar con una de las esclavas del palacio de la cual se enloqueció y se enamoró. Aunque se opuso su madre Addalqáe de Tamím, el mensajero del amor y del corazón fue más fuerte que la razón y la oposición de la madre.

Sintió ‘Isa Ibn Sa‘íd la aspereza del Ḥáğib y decidió aniquilarlo antes de que lo matara él. Reveló sus planes a su gran amigo Hišám Ibn ‘Abdelğabbár informándole que iba a asesinar a Al Ḥáğib durante una fiesta celebrada en su casa con motivo del nacimiento de una niña. Quiso la voluntad de Dios que uno de los eunucos de Isa Ibn Sa‘íd informase a Al Ḥáğib de lo planificado para matarlo. Acudió a la fiesta preparado con su hermano Sanchuelo, llamando a ‘Isa para sentarse a su lado, tiró su espada por debajo de su asiento apuñalándolo en el pecho, lo dejó inerte y lo golpearon los criados. Muerto, igual que sus dos compañeros, cortaron sus cabezas, las colgaron en las puertas de Azzáhira, echaron sus cuerpos en el río y se quedaron con sus bienes y riquezas. Además, Al Ḥáğib ‘Abdelmalek obligó a su hermana a divorciarse del hijo de ‘Isa Ibn Sa‘íd.

El gramático Abu Al-‘Ulá, amigo de Abú Al-Ḥasan, fue uno de los amigos más cercanos y preferidos de ‘Isa, pero cuando se enteró de lo sucedido y de la dirección por la cual soplaba el aire, expresó su hipocresía donde tuvo que expresarla y halagó donde debía adular. Le dio la espalda a su amigo y compuso estos versos sin vergüenza:

Su cabeza, en el aire, por sí misma habla De ella la gente saca lecciones

Sobre la cara malas intenciones

Que descifra quien no sabe leer ni una línea

Después de la muerte de ‘Isá Ibn Sa‘íd, dirigió él mismo su gobierno, dejando las veladas con amigos y compañeros entre copas y ritmos. Justo en su manera de gobernar instauró la paz y la serenidad, el amor y la tranquilidad en vez del miedo y la desconfianza. Era un hombre sensible y de buen corazón, permitió al califa acompañarle en Azzáhira y velar a veces

con él. Sin embargo, no fue un hombre intelectual ni amaba a los sabios. La mayoría de sus amigos fueron de los jóvenes saqáliba que compartían con él sus placeres y aficiones. Salió una vez a una razia como hacía su padre pero cayó enfermo, lo dejaron sus hombres y su ejército cuando lo vieron debilitado. Recuperó su salud y lo intentó de nuevo pero murió afectado por su grave estado de salud. Las fuentes históricas avanzaban que fue envenenado por su hermano ‘Abderraḥmán que compartió con él una manzana dejándole la parte envenenada. Tranquilo al verlo comer no pensaba que la manzana sería la causa que lo llevaría a la sepultura.

Sin embargo, creemos que estas explicaciones y anécdotas son casi siempre las mismas cuando se trata de una persona conocida y famosa.