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Mientras Amir Al Muminin gobernaba, su hijo, nombrado por él, se encargaba de Al-Ándalus, teniendo fama de héroe y hombre honrado. Granada fue el centro y la capital del poder durante el periodo de gobierno de su padre. Tenía como asesor una figura muy destacada y un gran hombre ilustrado llamado Assayrafí. Córdoba permaneció como la capital de Al- Ándalus hasta que acudió Amír Al-Múminín, desde Marrakech para trasladarla a Granada y ordenó a su hijo tomarla como centro de su poder y hacer de ella su lugar de residencia.

Táchafín entró en Córdoba en el año 526 de la hégira y destituyó a su gobernador Abdullah Ibn Qanúna. Ibn Yaqtán refiere en su libro Nadm Al-

Yumán que fue asesinado a pesar de la relación de parentesco que tenía con Amír Al-Múminín pero las fuentes no explican los motivos ni las causas de su asesinato. A propósito de Táchafín Ibn Ali, el autor de Al Mugrib dice:

“Fue un hombre valiente, piadoso, aficionado a la lectura de obras religiosas, no se dedicaba a ningún juego. No le apasionaba la caza, ni las mujeres, ni el vino.”

Assairafi también aludió a su piedad, su costumbre de ayunar y su religiosidad. Durante su gobierno en Al-Ándalus obtuvo varias victorias contra los cristianos. En el año 526 de la hégira, Córdoba padeció una gran hambruna y se extendió el contagio de enfermedades, se multiplicaron los casos de muerte y dominó la maldad y el desorden.

A principios del mismo año, los castellanos atacaron Sevilla y después de una guerra feroz durante la cual falleció el Gobernador de la ciudad Omar Ibn Al-Háy, sometieron a los almorávides, apoderándose el miedo y el terror de la gente. Pudieron los castellanos vencer al ejército almorávide después de haberlo infiltrado. Lograron algunos hombres del ejército castellano entrar a su tienda y aconsejarle la retirada y evitar un desgaste de su gente, pero se negó a ello y prosiguió con la guerra que conoció feroces episodios, donde los musulmanes perdieron un gran número de hombres.

Describiendo este asunto, escribió Assayrafí un largo poema donde decía:

“Cuídate y desconfía de la trampa de los cristianos Y no dejes nunca el río detrás de tu espalda

Cuando esperas el enemigo. Procura atacarlo de noche

Dejando atrás una fortaleza que te protege Atácalo tú primero y no le tengas miedo Y si te elude la pelea

Lánzale desde lejos piedra y fuego ¡Oh! Conozco hombres de Senhaya Sus hombres valientes y piadosos. Tenía el abuelo de Yúsúf

Sobre todo valor y poder

Y con su hijo tengo una gran deuda Por lo bueno y generoso que fue conmigo En presencia de Táchafín,

Gracias a su grandeza y nobleza Se perdonaron los fallos y errores.

Otros disturbios tuvieron lugar, el más conocido de ellos fue el enfrentamiento que tuvo lugar entre judíos y musulmanes después de la muerte de uno de aquellos en el barrio judío. Por su parte, se sublevó el pueblo contra el juez de Córdoba Abú Bakr Ibn Al-‘arabí que les había castigado desmesuradamente por motivos insignificantes. Sabemos que los andalusíes estaban acostumbrados a vivir entre lujo y placeres y no soportaban el mando de un juez tan extremista y duro hacia algunos comportamientos. La sociedad necesitaba primero una preparación y una corrección de conductas para poder convencer a los miembros de la sociedad de que la piedad y la buena conducta son el mejor camino para poder seguir gobernando en Al-Ándalus. Sin embargo, la situación que reinaba en Córdoba no favoreció la continuación de los almorávides en el poder.

Alfonso, rey de Castilla, entró en las tierras musulmanas, acompañado por Saif Ad-daula Al-Mustansir ibn Húd. Se reunieron los dos ejércitos en las afueras de Córdoba. Mandó el rey castellano que se quemaran las cosechas y fueran arrancados los frutales y los olivares. Fueron aterrorizados los musulmanes que abandonaron sus tierras para refugiarse en las montañas. El ejército castellano siguió su avance hacia Sevilla quemando, destruyendo y arrasando todo lo que encontraba en su camino. Destruyeron las mezquitas, quemaron el Corán, apresaron a los alfaquíes y se enriquecieron con los botines que arrebataron y despojaron en su camino. Pidieron algunos notables y propietarios de castillos y fortalezas a Saif Ad- daula socorro contra los almorávides y les pidió que se sublevaran contra sus gobernadores. Sin embargo, decidió Alfonso regresar a su capital y abandonó Al-Muntasir Ibn Húd a quienes le pidieron socorro y ayuda.

Estos acontecimientos nos pintan un cuadro general de lo que fue Al- Ándalus en aquel período, los musulmanes inmersos en deleites y placeres dejando de lado la lucha contra los enemigos. En aquel periodo estaban los

almorávides en plena decadencia, mientras los almohades iban creciendo y fortaleciéndose.

Después de la muerte del emir Ali Ibn Táchafín en el año 537 de la hégira, salió Táchafín hacia Telemcen intentando buscar el apoyo de la población. Sin embargo, no duró su gobierno más que tres años, entre disturbios, revoluciones y la ingratitud de su gente. Las fuentes refieren que se acercó a Orán para encontrarse más cerca del mar y para poder cruzar el Estrecho hacia España, en caso de perder la guerra contra los almohades. Sin embargo, la noche del 26 de Ramadán, día sagrado para los musulmanes, quiso Táchafín aprovechar la ocasión y pasar la noche rezando y pidiendo ayuda a Dios. Se enteraron los almohades informados por uno de sus espías, lo rodearon sin darle la ocasión de escaparse sobre su caballo que, asustado por un gran fuego, tropezó contra una piedra enorme y dejó sin vida al caballero, Amir Al-Múminín Ali Ibn Táchafín.

Los almorávides nombraron a su hermano IsHáq como sucesor a la cabeza del poder. Fue un niño incapaz, inexperto e incompetente, lo que facilitó la entrada de los almohades en Marrakech, capital almorávide, en el 542 de la hégira después de haberla asediado durante 11 meses.

Así pasó otra página de la historia de Al-Ándalus, llena de pesares y tragedias, se depuso el reino de los taifas y lo sustituyó otro tipo de pensar y de vivir, distinto del modelo deseado y experimentado por los andalusíes.

En los últimos episodios de su historia, el poder almorávide conoció la relajación de costumbres y deberes, y una sumisión y obediencia a las mujeres. Se debilitaron y fueron dominados y sometidos por los cristianos que se apoderaron de grandes territorios y varias fortalezas y castillos.

Los habitantes de Valencia, Murcia y toda la zona norte de Al-Ándalus decidieron poner a la cabeza del poder a uno de los más notables del ejército, llamado Abderrahmán Ibn ‘Iyád, de quien dice Al murrakuchí:

“Fue uno de los mejores hombres y más piadosos en su tierra. Lo veían llorando por ser muy cariñoso, sensible y tenía un corazón muy amable. No esperaba a que se levantasen cuando pasaba. Lo comparaban los cristianos con cien alféreces. Cuando veían su bandera gritaban: “!este es Ibn ‘Iyád, vale como cien alféreces¡ Gracias a la voluntad de Dios, fue protegida esa tierra y gracias a la valentía de ese hombre fue defendida. Le temían los cristianos y este fue el motivo de su abandono”.

Permaneció Ibn ‘Iyád, en el este de Al-Ándalus defendiendo esa parte del territorio islámico hasta su muerte. Le sucedió en el poder un hombre llamado Mohamed Ibn Saad, conocido entre ellos como Ibn Mardaních. Fue uno de los servidores de Ibn ‘Iyád y le cargaba siempre su arma. Cuando se estaba agonizando rodeado por los hombres de su ejército y algunos

notables, le preguntaron: “¿A quién dejas el poder y a quién propones para proseguir tu tarea? Tenía un hijo y le propusieron nombrarle como sucesor. Se negó explicándoles que no era la persona adecuada para ocupar aquel puesto por beber vino y no practicar su oración regularmente. Les indicó a Mohamed Ibn Saad, por ser hombre correcto, y correr en socorro de los demás”.

Por su lado, los almerienses se pelearon entre ellos y no se pusieron de acuerdo sobre el gobernador y propusieron a Abdullah Ibn Maimún de Denia, que se negó a aceptar el cargo diciéndoles: “Hay que buscar uno de vuestra tierra, aunque formo parte vuestra, me dedico al mar, conozco bien sus secretos. Venceré cualquier enemigo que salga de la zona del mar, estoy con vosotros y os serviré pero tenéis que buscar otra persona para ese cargo”. Nombraron a un hombre que se llamaba Abdullah Ibn Mohamed, conocido por el nombre de Ibn Arramímí, que gobernó hasta la llegada de los cristianos por todas partes mar y tierra. Mataron a sus habitantes, apresaron a sus mujeres y sus niños y robaron sus riquezas. Abdullah gobernaba Jaén y sus alrededores y quizá llegó hasta Córdoba pero sus días fueron muy cortos.

Mientras tanto, Granada y Sevilla permanecán bajo el poder de los almorávides, el caos total dominaba en el resto del reino almorávide. Entre los hombres salió uno llamado Ahmed Ibn Oasi, que se proclamó gobernador y se dio a la herejía, luego pretendió ser un hombre culto. Sus correligionarios buscaron algún pretexto para expulsarlo del castillo y entregarlo a los almohades. Cuando lo encontró Abdelmumen le preguntó: “¿Pretendiste la profecía, qué dices a ese propósito? Le contestó ¿Verdad hay dos albas, la falsa y la verdadera? Y yo soy la falsa”. Abdelmumen sonrió y le perdonó. Permaneció en su corte hasta que fue matado a manos de uno de sus compañeros de Al-Ándalus.

Así se cerró un episodio de gloriosas páginas de la historia de Al- Ándalus, amuebladas de acontecimientos trágicos y dolorosos, dando lugar a una nueva etapa y una nueva manera de ser y de gobernar.

Un palacio de Sevilla: la ciudad en la cual vencieron los almorávides a Al Mu`tamid Ibn `Abbád, el famoso rey taifa.

Capítulo séptimo