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Nonparametric Approach: Kernel Regression (KR)

Chapter 3 Proposed Methodology

3.1 Nonparametric Approach: Kernel Regression (KR)

Pedro Porter y Casanate, con quien Perez de Soto habia realizado un viaje a California en 1643, el librero Antonio Calderon Benavides y el ya men- cionado Nicolas de Robles quien era un buen latinista.112 De las declaraciones de los testigos se desprende que el padre Rodriguez y Gabriel Lopez de Bonilla eran los mas cercanos al acu- sado y que su interes por las ciencias astrono- micas era compartida por igual, pero que el procesado habia traspasado el umbral de lo per- mitido. Mas aun, esa relation intelectual entre los tres explicaba el intercambio de libros que existia entre ellos. Perez de Soto declaro que fray Diego le prestaba libros de astrologia;113 y si pensamos que uno de los motivos para llevarlo ante la Inquisition y decomisarle su biblioteca fue precisamente porque se le acuso de tener libros prohibidos, es facil suponer que algunos de los que fueron secuestrados al momento de su arresto pudieran pertenecer a nuestro merce­ dario. No es aventurado pensar que tanto el co­ mo Lopez de Bonilla debieron seguir el proceso de su contertulio con cierta preocupacion ya que muchos signos ominosos apuntaban hacia am­ bos; y no se debieron de llamar a engano cuan­ do el tribunal los citaba a declarar: era una cla­ ra manera de reconvenir al grupo de cientificos —heterodoxos o no— que en una discreta ter- tulia se reunian desde hacia mas de tres lustros.

112 “Causa criminal contra Melchor Perez de Soto”, ff. 241, 245 y 255.

La tragica muerte de Perez de Soto el 16 de mar-

20 de 1655, asesinado por su companero de cel-

da, puso fin al proceso que quedo bien grabado en la memoria de sus amigos. La esplendida biblioteca le fue devuelta casi integra a la viuda del infortunado maestro mayor. Algunos de los libros los pudo vender, acaso otros los devol- veria a fray Diego pues eran suyos, pero al ma­ yor parte los vendio por necesidad como “papel viejo” con lo que uno de los mejores conjuntos de obras cientificas de los siglos xvi y xvii se per­ dio irremisiblemente. Pero no todo quedo ahi. Por un Auto inquisitorial del 30 de julio de 1655 — reflejo evidente del temor que les causo ver que podrian circular impunemente libros pro­ hibidos como los encontrados en la biblioteca de Perez de Soto— se exigio que los seis li- breros de la ciudad de Mexico presentaran in- ventarios detallados de los libros que poseian so pena de multa y excomunion. Este fue otro as­ pecto que adopto la represion en esos anos y que culmino en 1655. A partir de entonces la “aca­ demia” practicamente desaparece y aunque los almanaques y lunarios se vuelven a editar con regularidad desde 1656, es evidente que la co- munidad cientifica trabajaba en forma distinta.

Fray Diego murio el 9 de marzo de 1668. El virrey marques de Mancera, que era su amigo y gustaba de dialogar con el, le rindio postu­ mo homenaje enviando su familia a los solem- nes funerales que se le hicieron. Anos mas tarde. al recordarlo, don Carlos de Sigiienza afirmo

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que en el tuvo la Nueva Espana a un “excelen tisimo matematico y muy igual a cuantos han si do grandes en este siglo”.

Al e s t u d i a rel movimiento cientifico de ese perio­

do crucial de lg. ciencia mexicana que va de 1630 a 1680, un fenomeno peculiar capta de inmedia- to nuestra atencion: el cambio que se dio en la cultura libresca de esta epoca respecto de las de los ochenta anos anteriores. Es evidente que la apertura a la modernidad de la comunidad cien­ tifica que fray Diego Rodriguez encabezo solo pudo ser posible por el tipo de lecturas que esos sabios hicieron. Algunos de sus libros han llegado hasta nosotros. Todavia poseen las se­ nates que les dejaron sus sucesivos propietarios: ex-libris manuscritos, apostillas marginales, mar- cas de fuego, sellos de todo tipo. Todas ellas nos habian de quienes los tuvieron en sus manos y los leyeron penetrando asi en un cosmos desco- nocido. Sus libros fueron sus interlocutores; a veces los unicos que tuvieron. Y a traves de los siglos esos mismos libros vuelven a hablarnos para describirnos un mundo desaparecido. En ellos encontramos todos los temas que durante muchas decadas inquietaron a sus lectores. Po- cos testimonios del pasado dicen tanto como un antiguo libro de ciencia.

Tambien nos sorprende su capacidad de so- brevivencia como simple objeto fisico de gran

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fragilidad que son. Despues de tres siglos o mas de existir, los libros han debido estar sujetos a todo tipo de contingencias que en un tiempo re- lativamente breve pudieron destruirlos. Y el ries- go adquiere proporciones exponenciales cuando se trata no de un libro, del que probablemente haya varias copias, sino de un manuscrito del que solo existe o existio una. La cultura cientifica novohispana de la epoca colonial estuvo en bue- na medida formada de unos y otros. Muchos li­ bros se han perdido con los signos de sus lecto­ res, pero es mas de lamentar la perdida de sus manuscritos, de los que solo nos ha llegado el ti­ tulo o, en el mejor de los casos, algunos fragmen- tos. Y sin embargo, los que quedan ahi estan, para recordarnos a los que hemos perdido. Al verlos, y al recorrer sus amarillentas paginas to- davia escuchamos el eco de una epoca de luces y de sombras.

Y es que a una comunidad cientifica la definen tanto sus producciones como sus lecturas; y los sabios contemporaneos de fray Diego, y el mis­ mo, no son la exception. Su cultura cientifica fue amplia porque tambien sus lecturas lo fueron. Y estas lecturas reflejan sus intereses: astronomia, astrologia, matematicas, metalurgia, cosmografia y geografia. Estos cientificos calculaban eclip­ ses, observaban las fases lunares, median los paralajes de los cometas, confeccionaban cartas geograficas, estudiaban los procesos metalur- gicos, construian instrumentos de medicion, ha- cian calculos cronometricos y elaboraban arduas

tablas cronologicas. Es logico entonces suponer que buena parte de sus bibliotecas estuviese for- mada por obras que trataban esta amplia gama de asuntos. Sin embargo, las catalogos de biblio­ tecas cientificas que han llegado hasta nosotros son escasos y las listas elaboradas por libreros o comerciantes, aunque mas numerosas, pocas ve- ces registran las obras fundamentales que le dan ese caracter peculiar al movimiento cientifico de esos cinco decenios. Empero no hay duda de que esas obras llegaban a la Nueva Espana y eran leidas y citadas. Y aqui conviene hacer una pun- tualizacion necesaria. Varios autores, al no en- contrar esas obras fundamentales de la Revolu­

tion cientifica del x v i i debidamente registradas

en las escasas listas de envios de Espana o en

las Memorias que los libreros debian rendir ante

la Inquisition, han concluido que no se conotian en Mexico y que por lo tanto es incuestionable el atraso que padecio la ciencia novohispana en ese periodo. Pero esto no fue asi. Las listas, cier- tamente, pocas veces enumeran las obras de cien­ cia de vanguardia, pero esas relaciones distan mucho de proporcionar un argumento conclu- yente en contra del desarrollo cientifico de Me­ xico, pues <jc6mo explicar que los envios de Es­ pana y de otros paises europeos no mencionen libros que sabemos que los hombres de ciencia leyeron y estudiaron? Los catalogos dicen la ver- dad pero no toda la verdad; de ahi que consi- derarlos como testimonios definitivos sea hasta cierto punto arriesgado. El tema del comercio,

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intercambio, trafico y circulation de libros en la Nueva Espana es bastante mas complejo de lo que a primera vista pudiera parecer. Y tratando- se de libros cientificos el problema se agudiza todavia mas. Muchos hombres de ciencia hacian traer directamente sus libros del extranjero, de lo cual no queda testimonio sino solo su per­ sonal confesion de que ese libro provenia de determinado pais europeo, y lo que pagaron por el. Sigiienza y Gongora siguio invariable- mente esta costumbre: en las portadas de los li­ bros que adquiria estampaba su elegante firma

amanera de ex-libris, y despues anadia el lugar

en que lo habia comprado, o el remoto sitio del que lo habia hecho traer, su precio y la fecha.

Ademas existia el comercio y el contrabando que, como ya vimos, afectaron y condicionaron el comercio de libros desde mediados del siglo xvi. Y estas practicas parecen haber sido bastan­ te frecuentes si consideramos las constantes que- jas de los libreros que importaban su mercanda apegados a la ley, frente al comercio desleal de los que traficaban ilegalmente. Por ejemplo, el 24 de enero de 1692 dona Maria de Benavides y don Francisco de Rivera, comerciantes en libros, dirigieron una carta al Santo Oficio donde ha­ cian la siguiente denuncia:

de pocos anos a esta parte se han introducido al­ gunos regatones de libros sin tener exporgatorio ni noticia de los libros prohibidos, sin saber leer ni escribir, de que resulta vender libros prohibidos, y

hurtar de librerias de conventos y ministros, mu­ chos libros, por la facilidad que hay en comprarlos a menos precio.

Sabemos que a mediados del siglo xvn por lo menos cinco impresores de la ciudad de Me­ xico, que eran tambien libreros, como era enton­ ces la costumbre, vendian regularmente obras cientificas. El primero que mencionaremos fue un singular personaje llamado Bernardo Calde­ ron, fundador de una familia de impresores cu- yos trabajos cubren de 1620 a 1703- Desde fecha temprana ya se le calificaba de “mercader de li­ bros” y en el ano mismo en que initio sus acti­ vidades se le denuncio ante el Santo Oficio por haber traido libros de Espana y haberlos vendi- do sin licencia.114 Su viuda, Paula de Benavides, mujer energica que condujo el negocio de 1640 a 1684, fue particularmente activa en el comer- cio de los libros que importaba de Europa en cantidades regulares.115 Su hijo, Antonio Calde­ ron, celebre presbltero, fundador de la Congre­ gation del Oratorio, fue testigo en el proceso a

114 “Informacion contra Bernardo Calderon, por haber traido li­ bros de Espana y vendidolos sin licencia”, (1630), a g n m, Inquisi­ tion, vol. 367, Num. 8, (4 ff).

115 “Memoria de los libros que tiene Paula de Benavides viuda del mercader Bemabe (sic) Calderon”, (1661), a g n m, Inquisition,

vol. 581, Num. 3, (91 f f ) ) ; “Autos sobre los libros que trajo a este Reyno Fernando Romero, Jose Jauregui y Olea, Francisco Rodri­ guez y Paula Benavides viuda de Bernardo Calderon”, (1681),

a g n m, Inquisition, vol. 645, Num. 3, (99 f f ) . Sobre las listas de libros que presento a la Inquisition, vease: O’Gorman, op. cit.,

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Melchor Perez de Soto, donde declaro que este era cliente asiduo de la libreria de su madre.116 Fue probablemente esta familia de libreros la que abastecio al infortunado arquitecto de buen numero de los ejemplares que contenia esa es- plendida biblioteca que le secuestro la Inquisi­ tion en 1655. Ante el severo edicto inquisitorial del 30 de julio de ese ano, del que ya hemos hecho mention, dona Paula de Benavides pre- sento el 16 de septiembre siguiente una lista de 1126 libros que se encontraban a la venta en su libreria. Su hijo afirmo en la declaration que la acompana que esos libros habian sido revisados siguiendo el catalogo expurgatorio de 1640, pa­ ra determinar si podian ser leidos sin incurrir en

delito. Es obvio que este Indice al que Calde­

ron hizo referencia, y que databa de quince anos atras, ya era obsoleto en muchos aspectos. Asi

y todo, el 16 de noviembre de 1660, o sea cinco

anos despues, cuando volvieron a presentar una lista, ahora con 1239 titulos, tambien hubo de ser

compulsada contra el Indice de 1640. Los libros

impresos despues de esa fecha quedaban a cri- terio del calificador y si, como casi siempre ocu-

116 Castanien, op. cit., p. 41. Sobre la personalidad de Antonio Calderon Benavides com o fundador de la Congregation del Ora­ torio de San Felipe Neri en la ciudad de Mexico, vease: Carlos de Sigiienza y Gongora, Piedad Heroyca de Don Fernando Cortes, en:

Obras, Mexico, Sociedad de Bibliofilos Mexicanos, 1928, pp. 331- 340. Sobre la imprenta y la libreria de esta acreditada familia de impresores, vease: Francisco Perez Salazar, “Dos familias de im- presores mexicanos del siglo xvii”, en Memorias de la Sociedad Cientifica Antonio Alzate, t-43, (1924) Mexico, 1925, pp. 456-475, 479-481.

rrio, este no era un cientifico —pues por lo ge­ neral eran teologos— las obras de ciencia que sostuvieron teorias que en obras editadas antes de 1640 hubieran sido condenadas — como el heliocentrismo o el atomismo— podian pasar im- punemente la barrera inquisitorial solo por ha­ ber sido impresas despues de ese ano. Por otra parte, los dictamenes emitidos sobre esas listas entregadas por los libreros permiten deducir que los calificadores no encontraban practicamente nada que censurar, salvo — en el peor de los ca­ sos— cuatro o cinco obras que requerian de ex­ purgation partial, prueba de que los libreros eran en extremo precavidos al elaborar las listas y se cuidaban bien de incluir alguna obra que pudiera acarrearles problemas mayores. Esos ca­ talogos estan hechos en gran medida de omisio- nes y silencios.

Otro famoso librero e impresor fue Juan de Ri­ vera, quien trabajo en esos menesteres desde 1648 hasta 1684, primero como librero y des­ de 1677 como impresor. Caso con Maria Calde­ ron Benavides y hija y heredera de dona Paula, de tal forma que con ella entronca esa familia de impresores con la de los Rivera. La celebre im- prenta de Rivera Calderon sobrevivio hasta bien entrado el siglo xvin. En diversas ocasiones Juan de Rivera presento listas de los libros que poseia en su libreria. Una de ellas, del 5 de septiem­ bre de 1655, fue respuesta al edicto inquisitorial varias veces mencionado. Ahi reseno 72 titulos. Cuatro anos despues, el 3 de diciembre de 1659

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rindio voluntariamente una Memoria de 920 li­

bros que resulta de gran interes, pues incluye los precios a que eran vendidos.117 Al ano siguien­ te, en noviembre de l660, declaro poseer 706 libros de los cuales unos pocos le fueron deco- misados por el censor jesuita Juan Ortiz de los Heros. Despues de la muerte de Rivera en 1684 su viuda condujo la imprenta y libreria hasta el ano 1700. A lo largo de esos diez y seis anos en-

trego diversas Memorias de libros al Santo Ofi­

cio118 en que el numero de volumenes decreda ano con ano, “por no haber flota ni otra com- pra”. En 1697 declaro poseer ya solamente unos cuantos titulos en su libreria.119

El tercer librero fue Hipolito de Rivera, herma­ no de Juan quien tambien trabajo como impresor

de 1648 a 1655. De el conocemos la Memoria

que entrego al Santo Oficio el 6 de octubre de 1655 como respuesta a su edicto. Consta de 720 libros, y el calificador no encontro nada que se saliera de la ortodoxia.120

Tambien Agustin de Santiesteban y Francisco Rodriguez Lupercio fueron duenos de imprenta y eventualmente libreros. Durante varios anos

117 “Memoria de los libros que trajo al secreto de este Santo Ofi­ cio Juan de Rivera, librero” (1659), en: a g n m, Inquisition, vol. 458, ff, 1-16.

118 O’Gorman, op. cit., pp. 716-717, 807-825, 896-899, 900-907; Perez Salazar, op. cit., pp. 497-501.

119 “Maria de Benavides hace presentation por medio de una nota alfabetica de los libros que tienen en su poder”, (1697), a g n m, Inquisition, vol. 536, Num. 80, (2 ff).

fueron socios en ambas actividades pero en l66l, con la muerte del primero, Lupercio —quien llego a ser un prestigiado editor— asumio la di­ rection de la imprenta hasta 1683 en que falle- cio. Como parece haber sido lo habitual en este tipo de empresas los sustituyo la viuda dona Je- ronima Delgado Cervantes hasta 1694 y los here­ deros de esta-hasta 1736. Las diversas memorias de libros presentadas al Santo Oficio primero por Santiesteban y Lupercio y despues solo por el ultimo abarcan de 1655 — ano de la memoria obligatoria que todos los libreros entregan— has­

ta 1685. Aqui tambien el Indice ex.purgatorio uti-

lizado por los calificadores fue el de 1640.121 Un caso peculiar fue el del mercader de libros Juan Lorenzo Bezon, quien tenia tienda en el Empedradillo. El 24 de enero de 1635 presento

a la Inquisition una Memoria que registraba 203

titulos que fueron revisados de acuerdo con el

Indice de 1632. Pues bien, cuando obligado por

el edicto de 1655 debio entregar una nueva lista de libros enumero 272, los cuales cotejo con­ tra ese mismo viejo catalogo de 1632 y el de

1640.122 Son muchas las probabilidades de que estas listas estuvieran destinadas a llenar un me­ ro tramite burocratico. Y los libreros lo sabian bien. Hasta que punto los dictamenes de los cali­ ficadores del Santo Oficio debieran tener un peso relativo cuando juzgaban libros de ciencia, nos

121 O’Gorman op. cit., 724-731, 866-884, 892-895; Perez Salazar,

op. cit., pp. 489-490 y 508.