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Numerical Methods: Dual-Permeability and Classical Models

Chapter 5 Modeling Water Absorption in Concrete and Mortar with Dis-

6.3 Numerical Methods: Dual-Permeability and Classical Models

Un comportamiento de genuino sentido humano que el Comandante en Jefe inculcó en el Ejército Rebelde fue el respeto por la integridad física y moral del adversario. Jamás un prisionero fue vejado ni humillado. La vida del soldado enemigo que se rendía era una cuestión de honor para el combatiente rebelde. Los médicos rebeldes atendían a los prisioneros heridos y enfermos con tanto o más cuidado que tratándose de los

combatientes propios, y las escasas medicinas disponibles se distribuían con equidad entre unos y otros.

Esa ética se convirtió en emblema y orgullo de la Revolución Cubana, y fue extendida a los nuevos campos de batalla en seis décadas de enfrentamiento al imperialismo, dentro y fuera de nuestro país.

Entre la multitud casi incontable de ejemplos que demuestran el cumplimiento de este código, vale recordar que durante la contraofensiva del Ejército Rebelde en julio de 1958, después de la histórica Batalla de El Jigüe, fueron entregados a la Cruz Roja Internacional 253 prisioneros, (8, p.105) entre ellos varios heridos, quienes recibieron con admirable rigor profesional la atención médica que fue posible dentro de las limitaciones de las fuerzas revolucionarias, que enfrentaban entonces el peso que significaba la concentración de las mejores tropas de la tiranía contra la Sierra Maestra.

En la travesía del yate Granma que trajo a las costas de la porción sur occidental de la antigua provincia de Oriente a los 82 expedicionarios que, con Fidel al frente, viajaron apretujados en una embarcación diseñada para no más de 12 a 14 personas, para iniciar la Guerra de Liberación Nacional, y cumplir la voluntad inconclusa de los mambises, se pusieron de manifiesto diferentes expresiones de las concepciones éticas del Comandante en Jefe, las que fueron transmitidas al entonces naciente Ejército Rebelde.

Esta ética impregnó en lo adelante toda la lucha contra la tiranía batistiana, tanto en las montañas como en la clandestinidad del llano, marcó desde su nacimiento a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, desde que surgió como institución, al Ministerio del Interior, y acompañó a todas las acciones de defensa nacional e internacionalistas de la Revolución Cubana.

Como expresión de esta misma ética, descuella el cumplimiento de la promesa de Fidel de alcanzar la libertad o el martirologio en el año 1956, vale decir, a partir del arribo de la expedición libertadora a las costas cubanas.

En esta ética está la decisión de Fidel de arrostrar todos los riesgos y peligros de sus compañeros de lucha.

Está también la decisión de enfrentar con espíritu de victoria todas las contingencias desfavorables que pudieran encontrarse en el camino que conduce al triunfo por la justicia y el alcance de la libertad, así como la

verdadera independencia y soberanía de la Patria, como parte integrante de la humanidad en correspondencia con la definición martiana.

Otra expresión de la ética fidelista, trasladada al Ejército Rebelde, aconteció durante la travesía del yate Granma desde México con los 82 combatientes que iniciarían la guerra de guerrillas en la Sierra Maestra, con motivo de la tempestad que retrasó y puso en peligro de naufragar al Granma, y provocó la caída accidental al mar embravecido de uno de los expedicionarios: Roque, ex teniente de la Marina de Guerra.

Mostrando con hechos la disposición de arriesgar lo que fuera necesario por uno solo de los hijos de la Patria, tuvo lugar la decisión de Fidel de no continuar el viaje sin antes rescatar al expedicionario que cayó al mar en medio de la tormenta, arrostrando el peligro de retrasar la llegada del yate a la costa sur del oriente cubano, y de hacer frente a cualquier consecuencia de esa demora, o a cualquier nuevo riesgo vinculado a la tardanza en llegar al destino previsto, o que tuviera relación con la tempestad, con su efecto en el yate o con el oleaje marino.

Ya desde los preparativos y el entrenamiento de los expedicionarios en México, antes de que pudiera zarpar el Granma hacia Cuba, Fidel había mostrado la misma preocupación por sus compañeros y la decisión de no abandonar a ninguno. Del relato del Che «Una revolución que comienza», que ejemplifica esta actitud del Jefe de la Revolución, reproducimos parcialmente un relativamente largo parlamento que destaca con hechos su manera de proceder:

[…] también cayó en poder de la policía nuestro rancho, situado en las afueras de la ciudad de México y fuimos todos a la cárcel. […]. Hubo quienes estuvieron en prisión cincuenta y siete días […], con la amenaza perenne de la extradición sobre nuestras cabezas […]. Pero, en ningún momento perdimos nuestra confianza personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podríamos decir, comprometían su actitud revolucionaria en pro de la amistad. […] le expuse específicamente mi caso: un extranjero, ilegal en México, con toda una serie de cargos encima. Le dije que no debía de

manera alguna, pararse por mí la revolución, y que podía dejarme; que yo comprendía la situación y que trataría de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el único esfuerzo debía hacerse para que me enviaran a un país cercano y no a la Argentina. […] recuerdo la respuesta tajante de Fidel: «Yo no te abandono». Y así fue, porque hubo que distraer tiempo y dinero preciosos para sacarnos de la cárcel mexicana. Esas actitudes personales de Fidel con la gente que aprecia son la clave del fanatismo que crea a su alrededor, donde se suma a una adhesión de principios, una adhesión personal, que hace de este Ejército Rebelde un bloque indivisible. (40, «Pasajes de la Guerra Revolucionaria», t. I, pp.193-194).

A lo largo de los años, cada vez que fue necesario, esta manera de expresar la ética de una Nación se ha hecho presente. Sobran, si quisieran mencionarse, ejemplos de ello.

El encuentro de los hermanos Fidel y Raúl Castro en Cinco Palmas fue una muestra de esta ética. Puede entenderse que el simbolismo de Cinco Palmas expresa el compromiso de los asaltantes de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes con los expedicionarios del Granma, y con el pueblo de Cuba al que Fidel prometió la libertad o el martirologio en 1956, con el inicio de la guerra contra la tiranía en la serranía oriental.

Esta expresión de ética significa no abandonar jamás la lucha ni dejar a su suerte a quienes confiaron en los líderes principales de la rebelión frente al tirano, y lo que representaba el régimen de Batista, con el imperialismo detrás de su aparente protagonismo del zarpazo golpista del 10 de marzo de 1952.

El optimismo de Fidel ante el encuentro de Cinco Palmas implica otra expresión de ética. Tiene el significado de que, al comprometer en la lucha a los que dieron el paso al frente y se enrolaron en el Granma, se les estaba diciendo que, con el aporte de todos los patriotas de vanguardia, solo podía esperarse la victoria, y el inmediato y progresivo cumplimiento del programa del Moncada.

Este fue otro mensaje ético que incorporó a su código de actuación el Ejército Rebelde, así como la lucha clandestina contra la satrapía entreguista batistiana, y se convirtió en divisa de la Revolución en los tiempos por venir.

El optimismo realista de Fidel quedó plasmado en la histórica resistencia de la Revolución Cubana ante agresiones de todo tipo. El devenir de los tiempos ha confirmado la certeza del pensamiento positivo del jefe de la Revolución. Queda constatado en cada nueva victoria en el ya largo transcurso del proceso revolucionario cubano.

En un especial hito histórico, nuestra Patria no fue arrastrada por el derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista europeo. El protagonismo de este nuevo Baraguá corresponde a Fidel. Y detrás de él, al Partido Comunista cubano que no se apartó del pueblo, ni cayó en las condenables contradicciones de los partidos rectores en los países que sucumbieron en aquella debacle político social.

La ética de Fidel, encarnando aquella misma eticidad del Moncada, el Granma y el Ejército Rebelde, se hizo manifiesta ante el desplome del denominado «socialismo real». Esta vez, de nuevo, ante el pueblo de Cuba.

La nación no claudicaría de conjunto con el desastre de Europa del Este. No tendría cabida otro Zanjón. Por el contrario, la Dirección de la Revolución no renunciaría, bajo ninguna circunstancia o dificultad de cualquier género, a la independencia y soberanía de la Patria, ni a la justicia social para el pueblo que abrazó la obra revolucionaria.

De otro lado, en su perspectiva del pueblo cubano, la decisión fidelista en cada coyuntura trascendental expresa su inagotable fe en este pueblo. Implica también la confianza en el amplio componente popular de nuestra ciudadanía. En la dualidad dirección revolucionaria-pueblo revolucionario, es expresión de la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, como tantas veces Fidel definió a la Revolución Cubana.

El 18 de diciembre de 1956, a solo dos semanas del desembarco del Granma con su carga patriótica de 82 hombres, se reunieron en Cinco Palmas, Sierra Maestra, Fidel, Raúl, y un exiguo grupo de combatientes hasta totalizar 12. De momento, a esa cantidad se reducía el Ejército Rebelde bajo el mando de su jefe y fundador. Por añadidura, disponían de solo siete fusiles. Es decir, menos de uno por soldado.

La declaración de Fidel en aquel momento: «Ahora sí ganamos la guerra», enuncia la ética, la confianza y el respeto solo propios de los verdaderos conductores de pueblos. Palabras parecidas pronunció otro símbolo del patriotismo y la entereza de la única e indivisible Revolución Cubana. Ellas fueron dichas por el legendario Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte a la altura de la terminación de la sexta centuria del siglo XIX.

Ahora en la Sierra Maestra, otro abogado y jefe del nuevo Ejército Mambí, levantaba la antorcha del Bayardo camagüeyano para no perderla nunca más.

Al visionario Fidel Castro no lo arredraba el colosal aparato militar y represivo de la tiranía, cuyo abastecimiento en medios de combate, de apoyo y logísticos era el más moderno de la época. El suministrador era la primera potencia militar y económica de la Tierra. El gobierno imperialista de Estados Unidos estaba decidido a mantener en un puño al continente que consideraba su traspatio latinoamericano, en el apogeo de la guerra fría.

A Fidel no lo amilanaba tampoco el hecho de que la tiranía disponía de más de ochenta mil soldados en su Ejército. Pero en su certidumbre de ganar la guerra no hablaba un iluso y exaltado guerrero enfrentando a molinos de viento.

Hablaba un soldado patriota y revolucionario convencido del potencial que reside en las lecciones de la historia latinoamericana y universal, del poder de las ideas más nobles y justas encarnadas en el género humano, y de las capacidades de esos mismos hombres y mujeres para vencer todos los obstáculos en la defensa y victoria de esas ideas.

Fidel ha sido un Quijote. Pero como tantos conductores de pueblo, un Quijote en el sentido vertical del calificativo, lleno de la dignidad, rectitud, honor y nobleza humanos que quiso transmitir Cervantes en su obra inmortal.

El Ejército Rebelde hizo suyo el mensaje de Cinco Palmas, y se dispuso a batirse hasta la victoria final. La lucha clandestina también lo incorporó a su riesgoso quehacer. Y poco más de dos años después, se alcanzó el triunfo del Primero de Enero de 1959 tras épica contienda, y se inició la construcción de la nueva sociedad. El conductor de la guerra y de la

Revolución tuvo toda la razón el 18 de diciembre del 56 en el encuentro de los doce hombres en aquel punto de la Sierra.

Faltando un día para que se cumpliera el primer mes del pequeño — numéricamente dicho— reagrupamiento en Cinco Palmas, fue llevada a cabo la primera ofensiva rebelde contra el ejército de la tiranía. Además de las razones estratégicas y las posibilidades tácticas de esa primera acción que implicaba un ataque, ella puede interpretarse en el plano ético como una expresión de respeto a la Nación.

La jefatura del Ejército Rebelde quiso demostrar cuanto antes las mentiras propaladas por el régimen de Batista en relación con la expedición rebelde y su máximo líder, y para ello empleó la primera posibilidad real de una acción militar ofensiva.

El objetivo seleccionado por el Comandante Fidel Castro para desvirtuar las falsedades de los voceros de la dictadura, y a la vez mostrar la vitalidad de la guerrilla, fue el pequeño cuartel ubicado cerca del reducido estuario del río La Plata. El 17 de enero de 1957, el grupo rebelde dirigido por Fidel atacó el cuartel en horas de la madrugada. En la acción participaron 22 combatientes del naciente Ejército Rebelde (casi el doble de los que se habían reunido en Cinco Palmas). En solo media hora se consumó la rendición de los soldados del cuartel. No hubo bajas de la parte rebelde. El ejército de la tiranía sufrió siete bajas, distribuidas entre dos pérdidas fatales y cinco heridos.

El Comandante Fidel decidió liberar a la tropa del cuartel rendido, previa atención a los heridos. Quedó expresada en esa primera acción ofensiva la ética que acompañaría en toda la guerra al Ejército Rebelde. Además de esa actitud totalmente distinta a la brutal represión que tipificó siempre a los jenízaros de la tiranía, el ataque al cuartel de La Plata sirvió para mostrar la falsedad de la liquidación de los rebeldes desembarcados en la costa sur de Oriente, repetida por el régimen una y otra vez, la mentira de la muerte de Fidel, igualmente propalada, y para hacer visible la vitalidad de la fuerza guerrillera.

Ya en los días previos al ataque al cuartel de La Plata, los rebeldes habían aumentado significativamente su armamento en comparación con los

siete fusiles de Cinco Palmas. Además de triplicar estas armas, el aumento implicaba mayor poder de fuego.

Este incremento residía en cuatro armas automáticas: dos ametralladoras Thompson y dos pistolas ametralladoras, y en el potencial de precisión aportado por casi una decena de fusiles con mirilla telescópica, de acuerdo con la descripción del combate de La Plata hecha por el Comandante Ernesto Guevara (p. 208).

Con las armas y municiones requisadas en el cuartel, el arsenal rebelde tuvo un nuevo aumento. Como un símbolo de la primera acción ofensiva del Ejército Rebelde, en ella se hizo realidad el postulado de Fidel de que el primer proveedor de armas de la guerrilla sería el ejército de Batista. Este aserto se cumpliría reiteradamente en el transcurso de la Guerra de Liberación Nacional.

En su libro Ese Sol del Mundo Moral, que según la definición del enfoque temático del propio autor no responde a una indagación filosófica, sino a un conjunto de reflexiones orientadas «con ánimo empírico» a captar «la progresiva concepción de la justicia, y las batallas por su realización en la historia cubana» (19, Prólogo, p. 5), Cintio Vitier invoca la ética de Fidel.

El autor de esta obra, de conocida filiación martiana, le adjudica una connotación ética al «primer acto de Fidel Castro contra el golpe de estado de Batista» (p. 180), que consistió en denunciar la traición perpetrada mediante ese cuartelazo, en un escrito dirigido al Tribunal de Urgencia de La Habana en su condición de abogado, transcurridos pocos días del golpe.

Citando a Vitier, el entonces joven letrado Fidel Castro tomó como base el Código de Defensa Social de la época para acusar a Batista de haber cometido delitos cuya sanción correspondiente era de más de 100 años de cárcel.

En el mismo documento de denuncia, Fidel expresó textualmente las palabras que Vitier reproduce en su libro, las cuales citamos seguidamente: «Sin una concepción nueva del Estado, de la sociedad y del ordenamiento jurídico, basados en hondos principios históricos y filosóficos, no habrá revolución generadora del Derecho» (p. 180).

En esta cita de Fidel es clara la alusión a las limitaciones de la Constitución vigente en Cuba en ocasión del golpe militar de marzo de 1952

que instaló a Batista en el poder y su apelación a principios de carácter histórico y también filosófico en aras de una revolución, evidentemente social, que la convierta en fuente del Derecho.

Todo ello con independencia de la acusación a Batista de haber violado el Código de Defensa Social vigente con acciones ilegales, para las que el propio código establecía la sanción mencionada.

En pocas palabras: Fidel dejaba claro que el golpe de estado era un vulgar zarpazo al orden institucional, y de ninguna manera una revolución justamente generadora de Derechos.

La misma denuncia contra Batista es coherente con el posterior alegato de defensa de Fidel conocido como La historia me absolverá, en ocasión del juicio por los acontecimientos del Moncada, alegato que constituyó el programa de la Revolución que sucedería al derrocamiento del tirano. Esa coherencia quedó expresada con las siguientes palabras del jefe del asalto al Moncada, también citadas por Vitier:

«Si frente a esa serie de delitos flagrantes y confesos de traición y sedición no se le juzga y castiga, ¿cómo podrá después ese tribunal juzgar a un ciudadano cualquiera por sedición o rebeldía contra ese régimen ilegal producto de la traición impune?» (p. 180). El subrayado es nuestro.

Queremos destacar que el empleo de ese término por Fidel Castro, abogado con civismo y hombre de honor, dejaba constancia desde los primeros momentos del golpe de estado, gestado en los cuarteles con el apoyo del gobierno norteamericano, del derecho de rebelarse contra la traición anticonstitucional de Batista, llevada a cabo con los objetivos de asegurar la permanencia del status quo pseudo republicano en la sociedad cubana y proteger los intereses imperialistas en nuestro país.

Según lo interpreta el autor citado, «A la fuerza bruta se oponía el Derecho, el cual fue violado (constitucionalmente) por un senador de la República (el ya exdictador de Cuba había sido elegido para el Senado de la pseudo república en el proceso electoral general anterior al golpe de estado) que, como tal, debía fidelidad a la Constitución y a las leyes […]» (p.181).

A esto puede agregarse que Batista, al momento del cuartelazo, era candidato a la presidencia por el partido fundado por él mismo para las elecciones nacionales a realizarse el 1ro de junio de ese propio año 1952. Es

decir, este senador y aspirante a la presidencia pudo esperar el proceso eleccionario que supuestamente determinaría su nominación presidencial.

Pero Batista, y el gobierno de Estados Unidos, conocían que en esas elecciones del 52 el triunfo seguro era para el candidato a la presidencia por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) fundado por Eduardo Chibás, quien en agosto de 1951 se había hecho un disparo ante los micrófonos de una radioemisora de alcance nacional, con el propósito de suicidarse en un gesto que este honesto líder político denominó «el último aldabonazo» dirigido a la conciencia cívica del pueblo de Cuba.

El riguroso sentido de vergüenza política de Chibás lo llevó a tan drástica decisión. El líder del Partido Ortodoxo había acusado de malversación de fondos públicos al Ministro de Educación del espurio gobierno de turno, José Manuel Alemán. Aunque la corrupción del ministro Alemán era ampliamente conocida por la población, junto al latrocinio