Chapter 4 A Preliminary Numerical Approach Based on the Preconditioned
4.5 Hardware Implementations and Its Optimizations
4.5.2 Optimizations
Las manos, de entre todos los elementos corporales de la mujer presentes en la poesía de José Martí, son las que más se relacionan con la noción de pureza:«Pero, si acaso lloras, en tus manos / Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas / Borraré los extraños versos míos».215
Desde el primer momento se configuran como lugar de refugio del sujeto lírico, aquello que lo acoge en su arrepentimiento y le otorga el perdón sin mediar una palabra. De manera que
la virgen trémula dará antes a la muerte la mano pura que a ignorado mozo,216 y la amada poseerá una temblante mano, digna de ternura humilde.217
Como se ha mencionado anteriormente, Martí maximiza la figura y valores de su madre y hermanas en la poesía, donde las construye como paradigmas de la mujer ideal. En versos dedicados a su hermana Mariana Matilde Martí Pérez, conocida como Ana,218 escribe
amorosamente: «Y si a mi loco juicio, fuera cuerdo / Pensar un triste ornarse con coronas, / Las más bellas serían / Las que tus lindas manos me darían».219 Las manos de la hermana se
construyen artísticamente en respuesta al canon finisecular, caracterizadas por su belleza y la acción que realizan: trenzar coronas de flores para el hermano. El adjetivo lindas no es recurrente dentro de la poesía martiana, pero en este fragmento puede responder al tono informal y hasta juguetón de sus versos, que funcionan como carta para la hermana que reclama noticias. Esas manos que otorgan laureles consoladores, se convierten en la representación del perdón ante el olvido del poeta.
Entre sus versos más conmovedores se encuentran los recogidos en su poema Amiga: yo esperaba, dedicado a su madre y en el que llora el fallecimiento de su querida Ana. En ellos el sujeto lírico, presa de un sufrimiento desgarrador, se culpa por no haber estado presente en un momento tan doloroso para su familia, al tiempo que niega la realidad del hecho por no
214 José Martí: «Fragmento», en: ob. cit., t. 16, p. 23. 215 José Martí: «Bosque de rosas», en: ob. cit., t. 14, p. 128. 216 José Martí: «Amor de ciudad grande», en: ob. cit., t. 14, p. 154. 217 José Martí: «Luz de luna», en: ob. cit., t. 14, p. 205.
218 Según consta en nota al pie de la presente edición, t. 15, p. 102. 219 José Martí: «Linda hermanita mía», en: ob. cit., t. 14, p. 205.
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haberlo experimentado. Tal estado de su espíritu no le permite aceptar su pérdida, por lo que la necesidad de dejar ir a su hermana lo suma en la confusión: «Hermana! yo te siento /Que desde el corazón me estás hablando: –/Blanca te miro, pálida me tiendes/Tu mano pura que se pierde en sombra,/Y se me van los brazos a tu imagen / Y toda el alma trémula te nombra!».220 En el fragmento, se configura la imagen de la hermana (quien antes se muestra llena de vida y rodeada de flores) como una figura espectral, la cual todavía siente presente el sujeto lírico, pero que se le escapa irremediablemente. La imagen se construye, de manera vívida, a partir de la mano extendida de la hermana, donde el contraste entre su palidez y la oscuridad en que se está perdiendo adquiere un efectismo notable. Las manos extendidas del sujeto lírico y la imagen femenina desatan un efecto estremecedor, donde la imposibilidad del contacto y el envolvimiento progresivo de la oscuridad transmiten la impotencia del sujeto lírico ante el innegable hecho de la muerte.
La muerte aleja, en el fragmento, a la hermana de las manos del sujeto lírico, pero las de la propia hermana se mantienen puras y blancas. En otro de sus poemas,221 este elemento corporal de la mujer sí se transforma ante el paso de la muerte, en el que la mano se califica como afilada. Tal connotación de punzante y aguda, con respecto al cuerpo de la fémina, solo se construye en este fragmento. El cambio de calificativo puede atribuirse a que, en este caso, el sujeto lírico se encuentra viviendo el hecho en el momento en el que acaece, por lo que no puede sustraerse a la impresión corporal que la muerte deja en el cuerpo femenino, en contraposición a Amiga: yo esperaba.
La música vuelve una vez más como recurso para crear un ambiente de sensualidad, en contrapunteo entre la pureza y el erotismo: « ¡Desde toqué, Sra. Vuestra mano / Blanca y desnuda en la brillante fiesta, / En el fiel corazón intento en vano / Los ecos apagar de aquella orquesta! ».222 A pesar de que la mano de la mujer mantiene una connotación que sugiere pureza en estos versos (debido a su condición de blanca), adquiere cierta sensualidad que le viene dada por el contexto en el que se representa. La brillante fiesta se convierte en el escenario del encuentro del sujeto lírico con una mujer que lo seduce negativamente, si se tiene en cuenta que su toque trastorna al fiel corazón. Además, a la mano se le caracteriza
220 José Martí: «Amiga: yo esperaba», en: ob. cit., t. 15, p. 102-103. 221 José Martí: «IX», en: ob. cit., t. 14, p. 313.
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como desnuda, adjetivo que pudiera parecer vano o referirse a la ausencia de guantes, pero que en el fragmento se inviste de una significación sensual.
Escenarios como el descrito, donde priman los salones y las fiestas en un contexto citadino, suelen acoger a aquellas mujeres que, en la poesía de José Martí, provocan un amor desvirtuado o que consume al poeta.223 En Baile, el sujeto lírico observa como: «La copa llena guían / Las blancas manos trémulas / Al seco labio rojo».224 Al igual que en el poema antes analizado, las manos mantienen su condición de blancas y trémulas; son la acción que cometen y el contexto en el que se encuentran quienes las dotan de una connotación reprobable, sobre todo al contraponerles un labio seco y rojo, de gran expresividad sensual. Igual imagen se aprecia en Baile agitado, donde el poeta describe la sala vacía en la que se realizó un baile la noche anterior. Entre los despojos de la fiesta, expresa: «Aun estalla la crujiente / Seda, por la mano ardiente / De una celosa oprimida, / Que la quebró, como a erguida / Caña la airada rompiente».225 La mano ardiente se convierte en expresión del estado de ánimo de la mujer descrita, cuyos celos la llevan a destrozar la seda en un rictus de pasión mal contenida.
En ocasiones, las manos blancas son manchadas por el propio sujeto lírico, quien reconoce su valía inicial, pero pierde el interés una vez conseguido el premio: «Ni tú, ni tú que con tus manos blancas / Apretaste las iras de mi frente, / […] Ni tú devuelves el calor perdido / Al ser amante que en mí mismo yace».226 En el poema, el sujeto lírico se remuerde y reconoce
su inconstancia, que solo recuerda de la que antes fuera un alma pura sus manos blancas y un largo beso.
En ¡Dios las maldiga!..., arremete contra las madres que apartan a los padres de sus hijos:
«Con la mano pintada, al justo acusan / Que de su amor odioso se deshace! / […] ¡Dios las maldiga! En las temblantes manos / Los pedazos del pecho recogidos». Las manos pintadas y temblantes representan lo artificial que, en este poema, alude a la doblez moral y no al gusto por lo vano.
223 Cfr. Helena Usandizaga: ob. cit., p. 3. 224 José Martí: «Baile», en: ob. cit., t. 16, p. 149. 225 José Martí: «Baile agitado», en: ob. cit., t. 16, p. 78. 226 José Martí: «Sin amores», en: ob. cit., t. 15, p. 104.
62 2.1.8 La construcción artística del rostro
La configuración artística del rostro de la mujer en la poesía martiana se realiza de manera muy escueta, ya que son pocos los fragmentos que lo aluden como a una totalidad al priorizarse la caracterización de sus componentes físicos individuales. Al respecto, destaca su mención en el poema En tu cielo ¡oh mi América! Presagio, donde se dice de la esposa:
«[…] el rostro bello / De mis miradas trémulas recata».227
La belleza y el recato son los dos elementos que configuran el rostro de la mujer amada, uno de carácter físico y el otro, espiritual; la conjunción de ambos resume en muy breve trazo el ideal femenino martiano, correspondiente a la mujer frágil y pudorosa que, acompañada de su madre, esconde bajo el rubio cabello su rostro de las miradas masculinas. En su pequeña composición dedicada a Virginia Ojeda,228 nos dice el poeta: «Como los nardos pálida, tu rostro / Transparente y gentil tu alma refleja».229 La transparencia y gentileza que el cuerpo de la mujer deja ver en el fragmento, también se corresponden al canon idealizado de la etapa. Por otro lado, en Todo soy canas ya, el sujeto lírico se conduele de la locura del poeta que ama lo vil. Ante la apoteosis de lo artificial que se despliega a su alrededor, exclama: «Tú no te pintas, flor del campo, el rostro / Ni el corazón: no sepas, ay, no sepas / Que no aplacas mi sed, pero tu seno / Honrado es solo de ampararme digno».230 El sujeto lírico se revela contra lo artificioso y banal, que esconde el verdadero ser de la fémina. El hecho de pintarse el rostro actúa como una especie de enmascaramiento que adquiere una connotación no solo física, sino también espiritual, equiparable a la falsedad. Nótese que a pesar de renegar de la mujer pintada, la flor del campo, natural y digna, no es capaz de satisfacer sus ansias, por lo que, paradójicamente, el ser que más desprecia es aquel que más le atrae.
227 José Martí: «En tu cielo ¡oh mi América! Presagio», en: ob. cit., t. 16, p. 68. 228 Según consta en nota al pie de la presente edición, t. 15, p. 208.
229 José Martí: «A Virginia», en: ob. cit., t. 15, p. 208.
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