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Esdras puso todo su empeño en llevar a cabo su misión. En un acto de culto solemne leyó ante el pueblo el libro de la Ley de Moisés, que comenzó a ser la ley oficial de Israel: "Trajo el sacerdote Esdras la Ley ante la asamblea, integrada por hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era el día uno del mes séptimo. Leyó una parte en la plaza que está delante de la puerta del Agua, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón; y los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley... Entonces Esdras, el sacerdote escriba dijo a todo el pueblo: "Este día está consagrado a YHWH vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis", pues todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Les dijo también: "Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración al que no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de YHWH es vuestra fortaleza" (Neh 8,2-3.9-10). El movimiento gestado durante el destierro y alentado por los sacerdotes al regreso quedó oficializado ese día, marcando el inicio de una nueva era en Israel: ese día nació el judaísmo.
¿Cuál era la Ley de Moisés que Esdras leyó ese día? Muy posiblemente Esdras reunió todas las tradiciones de las que disponía y las integró en un conjunto, no siempre coherente, pero sí unificado. Contaba para eso con la fusión que los escribas de Ezequías habían hecho a partir de las respectivas historias sagradas de Judá y de Efraím; disponía también de la segunda versión de la Ley compuesta en esa misma época (Deuteronomio); a este material se sumaba también la historia de cuño sacerdotal narrada durante el destierro, junto con su código ritual (Levítico). Todo
esto, unido a otras fuentes cuya procedencia se desconoce, dieron como resultado una obra que recibió el nombre de la Ley (hebr. Torah) y fue guardada en cinco estuches (gr. Pentateukhos). A cada uno de los rollos escritos se lo nombró por sus primeras palabras.
El rollo conservado en el primer estuche fue denominado be-reshit (hebr. En el principio). Narraba los orígenes del mundo y la historia de los patriarcas, especialmente Abraham, el portador de la promesa.
El segundo: ve-eile Shemot (heb. Y estos son los nombres) describía la descendencia de Jacob en la tierra de Egipto y su liberación de la esclavitud. El centro del relato era la promulgación de la Alianza en el Sinaí.
El tercero: va-Iqrá (hebr. Y llamó) relataba cómo YHWH había dado instrucciones a Moisés referentes al culto.
El cuarto be-midbar (hebr. en el desierto) narraba la marcha por el desierto y la orden relativa a la Tienda del encuentro.
El quinto ha-debarim (hebr. las palabras) era un código legislativo civil y religioso, presentado como una serie de discursos de Moisés al pueblo.Esta Ley Esdras logró imponerla también a los samaritanos en virtud del decreto real. Toda la satrapía lindante con Egipto quedó así unificada y organizada socialmente en torno a lo escrito en esos cinco libros. Los samaritanos los conservarían en adelante como su única fuente de piedad y los reconocerían como Sagrada Escritura.
Esdras se hizo célebre por su obra de organización del judaísmo, al punto de que un rabino llegaría a decir: "Merecía Esdras que la Toráh fuera dada por su intermedio al pueblo de Israel. Sólo que Moisés se le adelantó. Sin embargo, en la época de Esdras se cambió la caligrafía" (Talmud de Babilonia, Sanhedrín 21). Efectivamente, el hebreo se conservó para el uso ritual, mientras que el arameo se convirtió en la lengua corriente por ser el idioma oficial del imperio persa para uso internacional. Para poner por escrito su obra en hebreo, Esdras abandonó la antigua grafía cananea (pre-exílica) y adoptó la difundida grafía aramea (la grafía usada hasta hoy en el idioma hebreo).
Las disposiciones de Nehemías no habían sido tan crueles como las de Pericles en cuanto a la suerte de los que fueron juzgados culpables, pero habían anticipado ya las drásticas medidas que Esdras tomó después. La más dura de ellas fue la de imponer el divorcio de manera obligatoria a todos los judíos casados con extranjeras: "Shekanías, hijo de Yejiel, de los hijos de Elam, dijo a Esdras: Hemos sido rebeldes a nuestro Dios, casándonos con mujeres extranjeras, tomadas de entre las gentes del país. Ahora bien, a pesar de ello, todavía hay una esperanza para Israel. Hagamos alianza con nuestro Dios de despedir a todas las mujeres extranjeras y a los hijos nacidos de ellas, conforme al consejo de mi señor y de los temerosos de los mandamientos de nuestro Dios. Hágase según la Ley" (Esd 10,2-3).
No todos los judíos compartieron ese modo de considerar la fidelidad a la Alianza, ya que esos rígidos principios contradecían claramente el mensaje de salvación universal que hasta entonces habían predicado los profetas. La reacción frente a este exclusivismo se propagó sobre todo mediante dos pequeñas obras literarias, no carentes de cierto tono irónico. La primera era una especie de novela sobre una joven viuda moabita llamada Rut. En compañía de su suegra Noemí, también viuda, se había instalado en Betlehem de Judá y subsistía recogiendo las espigas que dejaban los cosechadores de un propietario llamado Booz. La historia tenía un final muy feliz: "Booz tomó a Rut, y ella fue su mujer; se unió a ella, y YHWH hizo que concibiera, y dio a luz un niño... Tomó Noemí al niño y lo puso en su seno y se encargó de criarlo. Las vecinas le pusieron un nombre diciendo: "Le ha nacido un hijo a Noemí" y lo llamaron Obed. Es el padre de Jesé, padre de David" (Rut 4,13-17). En conclusión, si la Ley exigía que se expulsara a los extrajeros y a los decendientes de extranjeras, habría que haber comenzado por echar a los reyes decendientes de David, el Mesías de YHWH. Estaba claro, entonces, que Dios podía depositar su elección también en hombres de otros pueblos.
que bien sabemos nunca ocurrió. Esta conversión nunca vista no pasaba de ser una irónica crítica a la arrogancia que podía esconderse detrás del exclusivismo instaurado en Jerusalem. Jonás predicaba con alegría la destrucción de Nínive como castigo divino por sus pecados, pero terminó enojándose porque los sanguinarios asirios se convertieron y YHWH no destruyó la ciudad. Clara lección de universalismo y fina ironía contra los duros exclusivistas, pues los profetas habían predicado en Israel varios siglos sin conseguir que el pueblo se convirtiese, mientras que los paganos acogieron la predicación de Jonás. En lugar de enojarse porque Dios no había aniquilado a los asirios, Jonás debía haberse alegrado, como se alegraba Dios, de que los pecadores habían alcanzado el perdón y la vida: "YHWH dijo: "Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche apareció y en el término de una noche se secó. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales" (Jon 4,10-11).
La tradición profética resultaba ser, entonces, el aire puro que no dejaba que la espiritualidad de la Alianza pereciera asfixiada por la letra de la Ley. El espíritu profético, que desde este tiempo dejó de soplar, se salvó del olvido porque las colecciones de los discursos de los Profetas fueron reunidas en varios libros, precedidas por aquella revisión de la historia de Josué, de los Jueces, de
Samuel y del comienzo de la monarquía, y de todos los reyes de Judá e Israel. A esta lectura crítica
de la historia a la luz de la fe se la llamó los profetas anteriores, ya que se podía escuchar detrás de cada relato el reclamo de Elías y de los profetas que le siguieron. A las colecciones vinculadas a algún profeta de renombre se las integró en la serie de los profetas posteriores. Siendo las colecciones de Isaías (y de sus anónimos continuadores), de Jeremías y Ezequiel las más importantes y extensas, recibieron el nombre de profetas mayores. Un solo rollo, en cambio, era suficiente para escribir las colecciones más pequeñas; debido al número de los autores que se llegaron a recopilar este libro sería llamado más tarde los doce profetas.
Finalmente, los sabios judíos de esta época prolongaron la herencia profética a través de sus propias reflexiones, que pusieron también por escrito. La sabiduría de Israel, que en el origen de la monarquía davídica estaba confinada a los ámbitos palaciegos, durante el destierro había llegado a ser más popular. Los sabios postexílicos, no habiendo ya ni palacio ni corte, encontraron su lugar en el Templo, no oficiando el culto, sino enseñando al pueblo. La sabiduría ya no estaba dirigida a quienes debían gobernar el Estado, sino al hombre de la calle que debía resolver los problemas de su vida cotidiana. La forma de enseñar siguió siendo a través de comparaciones, pero las parábolas en esta época se volvieron mucho más elaboradas que en época de Salomón, e intentaron involucrar al oyente para que tuviese una participación no meramente receptiva.
Siendo uno de los grandes interrogantes del hombre el tema de la retribución divina o, desde otro punto de vista, el sufrimiento y el dolor del hombre justo, la teología preexílica había intentado responder a partir de la inmediata verificación de la prosperidad o adversidad que experimentaban los hombres: la prosperidad probaba que la conducta de una persona era buena, mientras que la adversidad demostraba la culpabilidad de quien sufría. Este planteo simplista se hizo insostenible a partir de la tragedia vivida por Jerusalem, que había alcanzado a tantos hombres declaradamente inocentes. La eterna pregunta ¿por qué sufre el justo? inspiró en la época postexílica una nueva reflexión sapiencial puesta por escrito en la historia de Job.
Job era un hombre justo que sufría muchísmo, sin que su recta conciencia pudiera descubrir ninguna obra mala que estuviese mereciendo tales sufrimientos. Tres amigos suyos venidos para consolarlo terminaron acusándolo, de acuerdo al pensamiento tradicional: "¿Acaso por tu piedad él te corrige y entra en juicio contigo? ¿No será más bien por tu mucha maldad, por tus culpas sin límite? Reconcíliate con él y haz la paz: así tu dicha te será devuelta" (Job 22,4-5.21).
En un diálogo semejante al de los filósofos griegos de esa misma época Job se declaró inocente y apeló a la justicia de Dios, que seguramente lo declararía inocente el día del juicio, resucitándolo de su tumba: "Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo lo veré, mis ojos lo mirarán, no ningún otro" (19,25-27). Pero de nada le servía ese consuelo si tenía que soportar mientras un sufrimiento intolerable. El dolor de Job lo llevó al enojo con ese Dios que no hacía ver su recompensa al justo en el presente: "¿Cuándo retirarás tu mirada de mí? ¿no me
dejarás ni el tiempo de tragar saliva? Si he pecado, ¿qué te he hecho a ti, oh guardián de los hombres? ¿Por qué me has hecho blanco tuyo? ¿Por qué te sirvo de preocupación? ¿Y por qué no toleras mi delito y dejas pasar mi falta? Pues ahora me acostaré en el polvo, me buscarás y ya no existiré" (7,19-21).
Finalmente, Dios hizo callar a los cuatro. Todos partían de suponer equivocadamente que el dolor era un castigo, cuando en realidad el dolor era una prueba mediante la cual el justo podía demostrar que su amor a Dios no estaba condicionado por los beneficios recibidos de él. En esta historia Dios le mostró a Job toda la obra de la creación, desafiándolo a que explicara los misterios en ella escondidos o a que imitara una obra semejante. Dios le mostraba sencillamente que la sabiduría humana, incapaz de encarar tales obras, era insuficiente para comprender el poder de Dios: "¿De verdad quieres anular mi juicio?, para afirmar tu justicia, ¿me vas a condenar? ¿Tienes un brazo tú como el de Dios? ¿truena tu voz como la suya? ¡Vamos, cíñete de majestad y de grandeza, revístete de gloria y esplendor! ¡Derrama la explosión de tu cólera, con una mirada humilla al arrogante! ¡Con una mirada abate al orgulloso, aplasta en el sitio a los malvados! ¡Húndelos juntos en el suelo, cierra sus rostros en el calabozo! ¡Y yo mismo te rendiré homenaje, por la victoria que te da tu diestra!" (40,8-14). Job debió reconocerlo finalmente: "Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza" (42,5-6). El trasfondo del problema no era otro que el desconocimiento de Dios. Dios no es un títere movido por el hombre, obligado a otorgar beneficios como pago a la buena conducta. El autor dejó deliberadamente el problema del dolor y la retribución sin resolver, limitándose a refutar la antigua tesis.
Los sabios postexílicos recogieron también una cantidad de refranes procedentes de distintas épocas y lugares. Además de los proverbios compuestos en la corte de Salomón (Prov 10-22) y de Ezequías (Prov 25-29), se aprovechó la obra de un sabio egipcio del siglo VII llamada Instrucción
de Amenemope para componer una nueva serie de sentencias (Prov 22,17 - 24,22). También
rescataron dos series procedentes de una tribu de Arabia. Un sabio se encargó de componer una larga introducción a toda la obra (Prov 1-9). Apoyándose en la reflexión preexílica sobre la Alianza, en la predicación de Jeremías y del profeta exílico continuador de Isaías, escribió como un maestro que enseñaba a su hijo a llevar su vida sabiamente. Lo más llamativo de su reflexiones es que al recomendar tanto el amor a la Sabiduría que procede de Dios, llega a describirla prácticamente como una persona, hasta considerarla incluso una hija de YHWH: "YHWH me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que la tierra. Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes cargadas de agua. Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada" (Prov 8,22-25).
VI. Luchando para conservar las tradiciones
Mientras Esdras establecía la Ley del Dios del cielo en Jerusalem, un pequeño pueblo del centro de la península itálica lograba imponerse a sus vecinos al conquistar la ciudad de Veyes en el 396. De este modo la ciudad de Roma se constituía en la cabeza de una liga compuesta por un puñado de ciudades pertenecientes a los latinos y a los etruscos. Roma por entonces era importante sólo para las tribus vecinas que pedían la incorporación a su liga, que en esos momentos se asemejaba a cualquiera de las ligas del Mar Egeo. Los grandes imperios seguían siendo asiáticos.Sin embargo, el siglo IV llegó a ser testigo de un cambio transcendental en la historia de la antigüedad. Si en el siglo anterior se había producido el encuentro del Oriente y el Occidente con motivo del choque del imperio persa con las ciudades griegas en las célebres guerras médicas, este fracaso de los conquistadores asiáticos significó también el comienzo del dominio helénico y de su cultura. En adelante ya no se decidiría en Egipto y en Mesopotamia el curso de la historia,
sino en el ámbito cerrado del Mediterráneo.