3.6 SECTIONS Command
3.6.7 Output Section Discarding
Pero Alejandro no había conquistado aún la totalidad del imperio de Darío. Muchos de los griegos alistados para combatir a los persas volvieron a su patria, mientras que él continuó con nuevas tropas alistadas su avance hacia la India, cruzando el río Indo en el 326 y deteniéndose recién en el Ganges. Las tropas nunca dejaron de obedecerle; sólamente se negaron a atravesar una zona desierta entre el Indo y el Ganges. Muchos murieron en esas regiones durante las luchas y a causa de las inclemencias del clima. Se puede decir que al regreso su ejército, cada vez más reducido, había llegado en todo sentido al límite de lo posible.
Para entonces ya habían aparecido manifestaciones claras de su intención de ser adorado como un dios: "Alejandro arregló con los sofistas griegos, cuyo jefe era Anaxarco, y con los sofistas persas y medos de más alta jerarquía, que Anaxarco iniciaría la conversación mientras todos bebieran y, apoyado por los antedichos, sostendría que Alejandro poseía mayor derecho a la divinidad que Hércules o Baco, porque Baco era tebano, y este pueblo de ningún modo se podía comparar con el macedonio; Hércules era un heleno, pero su mayor gloria era que Alejandro decendía de él, y por consiguiente los macedonios debían, con más razón y justicia, atribuir honores divinos a su rey que los tebanos a Baco o los helenos a Hércules. Indudablemente, después de su muerte sería adorado por su pueblo como un dios; mejor sería adorarlo igualmente durante su existencia, porque después de su muerte no podría gozar de ningún honor ofrecido por mortales" (Arriano, Expediciones de Alejandro IV,10). Acabando de hablar este adulador, el historiador Calístenes, sobrino del filósofo Aristóteles, hizo saber al soberbio rey que ni él ni ningún mortal podían usurpar a los dioses su gloria pretendiendo ser adorados. Esta negativa de adoración le costaría al historiador el inicio de un proceso en su contra y finalmente la muerte. Sin embargo había sido más lamentable la ejecución sumaria de un amigo muy cercano en el curso de una borrachera. Clito, un general que le había salvado la vida en la batalla del Gránico, sin control a causa de su hebriedad, había refutado la pretención del rey de considerarse digno de adoración echando en cara el alto costo de su gloria: "a la sangre de los macedonios y a estas heridas debes el haberte elevado a tal altura, que te das por hijo de Amón, renunciando a Filipo" (citado por Plutarco en su Vida de Alejandro). Después de la intervención de algunos presentes de retirarlo del comedor para evitar la furia del rey, el desafortunado Clito volvió por otra puerta tambaleándose y recitando burlonamente unos versos de la tragedia Andrómaca, de Eurípides: "¡Ay! Marchan mal los asuntos de Grecia. Los trofeos conmemoran las victorias. Y los hombres no elogian a quienes consumaron las hazañas, sino sólo a aquel que gobernó a los humildes". Alejandro, también
borracho, arrebató de inmediato la lanza de uno de los guardias e hizo blanco en el pecho de su general, que murió en el acto. Su ira se cambió, sin más, en desconsuelo. Desde entonces comenzó el descontento entre sus tropas.
La vanidad de esa gloria podía verla mucho más claramente el que por mucho tiempo sería, tal vez, el último profeta de Israel. No conocemos su nombre porque sus oráculos fueron inscriptos en la sección de los Doce correspondiente a Zacarías. El profeta interpretó como un castigo de YHWH a causa de sus pecados la suerte corrida por los vecinos paganos de Israel: "La palabra de YHWH, en el país de Jadrak y en Damasco, su reposo; porque de YHWH es la fuente de Aram, como todas las tribus de Israel; y también Jamat que está en su frontera, y Sidón, la que es tan sabia. Se ha construido Tiro una fortaleza, ha amontonado plata como polvo y oro como barro de las calles. He aquí que el Señor va a apoderarse de ello: hundirá en el mar su poderío, y ella misma será devorada por el fuego. Ascalón lo verá y temerá, Gaza también, y se retorcerá de dolor Ecrón, pues su esperanza ha fracasado; desaparecerá de Gaza el rey, Ascalón no será ya habitada, y un bastardo habitará en Asdod... Yo acamparé junto a mi Casa como guardia contra quien va y quien viene; y no pasará más opresor sobre ellos, porque ahora miro yo mis ojos" (Zac 9,1-8).
A nadie se le podía escapar que la descripción de profeta se ajustaba al recorrido de la campaña de Alejandro a partir del 333. Y muchos podrían interpretar la seguridad referida de Jerusalem como una situación mesiánica. Sin embargo el profeta se preocupó por dejar en claro que el Mesías no era ese rey arrogante que los judíos habían visto montado sobre Bucéfalo, el legendario caballo que ningún otro había logrado domar antes de Alejandro. El Mesías de Israel ingresaría algún día en Jerusalem de un modo muy distinto: "¡Alégrate mucho hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalem! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, en un burrito, cría de asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalem; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones" (Zac 9,9-10). Según la información de Josefo, los judíos en Jerusalem no sólo habían sido tratados bien por Alejandro, sino que de buen gusto se habían "enrolado en su ejército bajo la condición de continuar bajo las leyes de sus antepasados y vivir de acuerdo a ellas" (Antigüedades XI,329ss). No se sabe hasta qué punto pudo llegar la admiración o la colaboración de los judíos y de sus autoridades con respecto a Alejandro, pero sí conocemos la desilusión e indignación del profeta con respecto a las actitudes asumidas por sus compatriotas. A través de una metáfora expresó el desprecio que YHWH mismo sufría de parte de su pueblo: "Yo les dije: "Si les parece bien, pagadme mi salario; y si no, dejadlo". Ellos pesaron mi salario: treinta monedas de plata. Pero YHWH me dijo: "¡Échalo al tesoro, ese lindo precio en que me han cotizado!" (Zac 11,12-13). De acuerdo a esta cotización YHWH no valdría para el pueblo más que lo que se pagaba por un esclavo (Ex 21,32). El futuro reservado para ese pueblo ingrato no sería otro que el abandono en manos de dirigentes que buscaran únicamente su propio interés: "He aquí que yo voy a suscitar en esta tierra un pastor que no hará caso de la oveja perdida, ni buscará a la extraviada, ni curará a la herida, ni se ocupará de la sana, sino que comerá la carne de la engordada, y hasta las uñas les arrancará" (Zac 11,16). El nuevo señor del Oriente fue asimilando las tradiciones persas, llegando a usar sus vestidos y a tomar como esposa en 324 a Roxana, una noble persa. Su intención era la de unificar a los griegos y a los persas que integraban su extenso imperio. A la vez soñaba ya con una campaña dirigida hacia Occidente, más allá de los dominios griegos de Sicilia, con una flota de 1000 barcos. Nada de eso pudo concretarse porque la muerte lo sorprendió en 323 en Babilonia. La fiebre, el agotamiento y las secuelas de sus excesos de bebida terminaron con la vida de este joven rey de 32 años.
A lo largo de sus 18.000 km de dominio, a través de las 70 ciudades por él fundadas, Alejandro había difundido de un modo sistemático, para la unificación de su imperio, aquella cultura que durante el siglo anterior había alcanzado su mayor esplendor en las ciudades griegas. Esa síntesis de lo griego y lo oriental dio origen al helenismo, que transformó la lengua de los filósofos y literatos de Atenas en el idioma común (gr. koiné) de todo el oriente. Pero, además, impuso un nuevo modo de vida, marcado por la arquitectura de los templos, palacios, teatros y gimnasios; una nueva forma de educación y el fomento de la producción literaria, filosófica, histórica y geográfica; y finalmente una religiosidad pagana que fue buscando cada vez más universalidad en todo el cauce del Mediterráneo.
La falta de un heredero con el carisma de Alejandro llevó en muy poco tiempo al desmoronamiento de su imperio y a la división de los territorios entre sus sucesores: Antígono obtuvo Asia; Seleuco, Babilonia; y de las otras naciones que había, Lisímaco gobernó el Helesponto, y Casandro se quedó con Macedonia; mientras que Ptolomeo, hijo de Lagos, arrebató Egipto. Y mientras estos príncipes pelearon ambiciosamente uno contra otro, cada uno por su propia supremacía, sucedió que hubo contínuas guerras. Y las ciudades tuvieron que sufrir y perdieron gran cantidad de sus habitantes en estos tiempos, a tal punto que toda Siria padeció por medio de Tolomeo, hijo de Lagos, lo contrario de lo sugerido por aquel nombre de Salvador que él entonces tenía. Él también se apoderó de Jerusalem haciendo uso del engaño y la traición; porque él entró en la ciudad el día sábado, como si fuera a ofrecer un sacrificio, y sin ningún problema pudo ganar la ciudad ya que los judíos no se le opusieron por no sospechar de él como enemigo" (Josefo, Antigüedades XII,1- 6). Al citar para esta información la obra de Agatarcides, Josefo lamentaba que éste considerase una superstición el hecho de no haber tomado las armas el sábado a causa del precepto de la Ley. Tal vez en ese tiempo de amargura pudo proclamarse la misteriosa profecía que señalaba al mismo YHWH alcanzado por la herida infligida a su pueblo: "Aquel día me dispondré a destruir a todas las naciones que vengan contra Jerusalem; derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalem un espíritu de gracia y oración; y mirarán hacia mí, a quien traspasaron. Ellos harán lamentación por él como lamentación por el hijo único, y lo llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito" (Zac 12,9-10). Pero de ese costado traspasado finalmente brotaría una fuente tan fecunda como aquel río profetizado por Ezequiel que, saliendo del costado
del Templo, ¡alcanzaba a resucitar al mismo Mar Muerto! (Ez 47,8-9): "Aquel día habrá una fuente
abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalem, a fin de lavar el pecado y la impureza" (Zac 13,1).