5 D ATA FOR E MPIRICAL A NALYSIS 141
5.3 D ERIVATION OF E XPLANATORY V ARIABLES FOR C ROSS S ECTIONAL A NALYSIS 170
5.3.3 Other Variables for Cross-Sectional Analysis 177
114 Las revueltas anticlericales que tuvieron lugar durante la segunda mitad del siglo XVIII fueron
provocadas, principalmente, por la apropiación de tierras y ganado comunales por parte de los curas, y por el cobro de las obvenciones (o derechos parroquiales), que les permitían emplear el trabajo indígena en servicios personales, a cambio de los pagos adeudados.
115 Las revueltas anticlericales desarrollaron sus propias características. Los mecanismos de
protesta no fueron ni tan directos ni tan violentos como los que se suscitaron contra los corregidores o contra los administradores de los centros productivos coloniales. Tal vez la cotidiana presencia del doctrinero en las aldeas campesinas ayudó a que los feligreses se familiarizaran con su persona. Ciertamente, las investiduras eclesiásticas impusieron respeto y los resguardaron de una mayor agresión. Por ejemplo, en 1734, cuando el cacique de Huamantanga, don Juan Ramón Ximénez Yupanqui, tuvo una discusión con el cura doctrinero, le dijo a este «que si no fuera sacerdote lo revolcara en su sangre, que se quitara los hábitos y viera que de presto lo ejecutaba» 144.
116 Así, pues, los indios manifestaron su descontento o sus críticas con respecto a los abusos
perpetrados por algunos curas, al abrir procesos judiciales contra ellos o, en un caso extremo, al evitar asistir a misa y bautizar a sus hijos, optando por fugarse de las doctrinas 145.
Resumiendo, exteriorizaban su protesta ignorando las prácticas cristianas y adoptando una actitud anticlerical. Si bien algunos curas describieron estas protestas como un retorno a la «idolatría», es decir, a las «costumbres paganas», pienso que esta reacción de las comunidades fue en todo caso el resultado de sentirse acorraladas frente a los excesivos impuestos fiscales y eclesiásticos con los que se encontraban gravadas. Cuando algunos curas comenzaron a operar con el pago de las obvenciones, en la misma forma en que los corregidores operaban con los repartos, los indios reaccionaron bruscamente, no menos debido a que tales prácticas eran absolutamente contrarias a lo que los curas predicaban en la iglesia.
117 El levantamiento que ocurrió en 1758 en Huarmacas (Piura) tuvo sus orígenes en 1750, a partir
de un conflicto por tierras. En dicha ocasión, los indios intentaron destituir a su párroco, don Juan Francisco Arriaga, porque «ningún cura de españoles ni de indios ha de poder tener
sementeras de maíz o trigo, ni crianza de ganados, en el distrito de sus curatos y doctrinas». Si bien Arriaga solicitó de inmediato el apoyo del Teniente General don Felipe Gonzales Carrasco, este no solo le negó el respaldo sino que, inclusive, conminó a los caciques y cobradores a que abandonaran el pueblo 146 . Esto puede ser interpretado como una latente rivalidad entre el
párroco de Huarmacas y el teniente general.
118 En 1758 tuvieron lugar en Olmos sucesivas reuniones —o juntas— convocadas por otro clérigo,
don Juan Paulino Caleno. Este, sabedor de las diferencias existentes entre la comunidad de Huarmacas y su cura, intentó arrebatarle la doctrina a Arriaga induciendo a los indios a pedir el curato para él 147 . Don Paulino Caleno buscó ser secundado en sus planes por el cacique de
Guancas (quien guardaba resentimiento a Arriaga por sus anteriores choques con las comunidades), por el molinero indio Alonso Chambe (quien trabajaba para el Teniente General) y por el cobrador de impuestos Juan Santos 148. Además de su subrepticia influencia a través
del cacique y del cobrador de impuestos, el teniente asistía a las reuniones locales. Durante estas sesiones, en que se congregaban alrededor de un centenar de personas, se decidió que los caciques y principales debían, en nombre de la comunidad, ir a Trujillo y, si fuese necesario, inclusive a Lima, para obtener la destitución de Arriaga y el nombramiento de Caleno 149 .
119 Con el fin de expresar su repudio a Arriaga, los descontentos indios dejaron de proporcionarle
los camaricos o recochicos ordinarios, en signo de franca rebeldía. Según Spalding, camarico era un indio previamente escogido de cada ayllu, a quien se hacía responsable de la contribución en especie (comida, aves, madera) y de la adjudicación de indios de servicio o pongos, que el clero exigía ilegalmente, pero que las comunidades aceptaban ceder en reconocimiento a su pastor espiritual (Spalding, 1967: 3). En 1780 don Jaime Martínez Compañón, obispo de Trujillo, hizo explícito, mientras visitaba sus provincias, que, consideraba «abominable y feo compeler a los parroquianos a dicha contribución con motivo de confesiones, fiestas y otros diferentes... y que se proscriba y condene...» 150 .
120 Este tipo de servicio personal parece haber estado bastante difundido. En 1772 los indios de
Contumazá (Cajamarca) se amotinaron en contra del cura interino fray Manuel Ochoa, por ser el protagonista de uno de estos excesos. Los alcaldes de indios, a nombre de la comunidad, se negaron a convocar y exigir la normal asistencia a misa (Espinoza, 1957: 260-262). Los indios se encontraban intranquilos a consecuencia de la excesiva demanda de obvenciones, y también porque el cura interino les obligaba a proporcionar mujeres de la comunidad para que cultivasen sus tierras, cocinasen para él y le tejieran tocuyos, lonas y jergas, sin ningún tipo de pago en moneda 151 . El interés del cura por obtener tejidos de la comunidad debió haber
estado relacionado con su participación en la producción obrajera. Debemos tener en cuenta que Cajamarca y Huamachuco eran las provincias norteñas más seriamente comprometidas en la industria textil. Las fuentes también sugieren que el cura poseía o alquilaba una chácara en la provincia, ya que se utilizaba a las jóvenes de la comunidad incluso para tareas agrícolas. El
resultado de estos abusos fue que los indios dejaron de asistir a la doctrina y de bautizar a sus hijos, prefiriendo vivir en concubinato y ser enterrados en los cerros antes «que pagar tanto derecho parroquial injusto» (Rodríguez Casado & Pérez Embid, 1947: 64).
121 En sus Memorias, el virrey Amat se quejaba de la extendida presencia de estos sacerdotes
interinos debido a que los curas oficialmente nombrados solían ausentarse de sus doctrinas, dejando en reemplazo a un sota-cura, y estos substitutos explotaban a sus feligreses aprovechándose de su cargo temporal. Esto ayudaría a entender por qué fray Manuel Ochoa, un cura interino, estaba tratando de sacar ventaja de su puesto.
122 El hecho que tanto los indios forasteros como los mestizos que alquilaban tierras estuvieran
sujetos al pago de los diezmos y primicias, ayuda a explicar por qué en 1761 estalló una revuelta en Simbal (Trujillo), en contra del cura fray Tomás de Villalobos. Los que se sublevaron fueron los indios forasteros de Otuzco quienes, juntamente con los mestizos, acusaban al cura de dedicar casi toda su atención a sus chácaras y descuidar por ello su doctrina 152 . El
levantamiento fue liderado por Juan Chicne, un indio originario de Otuzco, y por el cacique de Huamachuco, don Agustín Llacsón, cuya presencia en Simbal bien puede haber tenido relación con el cobro del tributo a los indios forasteros procedentes de Otuzco. A pesar de que los forasteros amenazaron a los indios de Simbal de que serían castigados si no participaban en la revuelta contra el cura, estos se abstuvieron de apoyarlos, a resultas de lo cual el alzamiento fracasó 153 .
123 Con posterioridad a la legalización del reparto los curas fueron encontrando mayores
dificultades para disponer libremente del trabajo indígena a cuenta de obvenciones impagas, así como para gravarlos abiertamente con diezmos y primicias, debido a que los campesinos consideraban que sus deudas prioritarias eran las contraídas por concepto de tributo y repartos. Aún más, los campesinos comenzaron a exigir a los clérigos el pago de un salario equivalente a los servicios personales que prestaban. En 1770 los indios de Ferreñafe (Saña) abrieron un proceso judicial contra su cura, el licenciado don Pedro Buque, quien tenía una plantación de azúcar «donde los hace trabajar sin pagarles cosa alguna, ni siquiera darles de comer» 154. Según las evidencias, el reparto fomentó, por un lado, el crecimiento del mercado
interno, pero, por el otro, interfirió en la economía campesina de subsistencia, puesto que obligaba a los indios a trabajar en haciendas y obrajes de particulares (O’Phelan Godoy, 1978a: 134, 135, 137). En ambos casos hizo crecer la necesidad de los campesinos de percibir un salario y, por lo tanto, su hostilidad al trabajo impago.