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5  D ATA FOR E MPIRICAL A NALYSIS 141 

5.1  C ORPORATE G OVERNANCE D ATABASE 142 

5.1.1  Partial Stock Acquisition Data 144 

109 Durante el siglo XVIII la población indígena constituía más de la mitad del total de la población

siglo XVIII se limitaron a registrar únicamente a los habitantes indígenas 114 . Solo en 1795 el

virrey Gil de Taboada ordenó un censo general y, aun entonces, la población del Alto Perú no fue incluida, ya que desde 1776 formaba parte del virreinato del Río de la Plata.

110 Según el censo de 1795 de Gil de Taboada, los indios constituían el 58,16 % del total de la

población del virreinato estimada en 1 115 207 habitantes. Los mestizos representaban el 21,90 % y los españoles y criollos el 12,63 %. Componentes menos significativos de la población eran los negros, mulatos y castas, que juntos conformaban el 3,67 % del total, en tanto que los esclavos constituían el 3,62 % 115 . Dentro del virreinato, Arequipa era la ciudad que tenía la

tasa más alta de población «blanca» (españoles y criollos), seguida de Lima y Cuzco. Había también algunas provincias mestizas tales como Tarma, Conchucos, Huaylas, Jauja, Huanta, Huamachuco, Cajamarca; todas ellas situadas en la sierra norte y central. Cajamarquilla (al norte de Lima) parece haber sido un caso particular, ya que su población mestiza era aún más numerosa que la indígena 116. La población indígena podía encontrarse mayormente en las

regiones central y surandina del virreinato. Canta, Huarochirí, Yauyos, Lucanas, Vilcashuamán, Quispicanchis, Cotabambas, Cailloma, eran ciertamente provincias indias. No obstante, Lambayeque, Moquegua y Arica, todas ellas provincias costeñas, tenían también una significativa proporción de habitantes indígenas 117 .

Cuadro 3 – El Censo General del virreinato del Perú (1795)

Fuentes: A.G.I., Indiferente General, Leg. 1525. Censo de Gil de Taboada. Existe una copia en B.M., Additional (ms) 19, 573.

111 En el siglo XVIII la población indígena del virreinato peruano estaba básicamente concentrada en

tres áreas específicas: los obispados de La Paz y Cuzco y el arzobispado de Chuquisaca 118 . No

sorprende, por lo tanto, que la región surandina además de estar cargada onerosamente con las mitas de Huancavelica y Potosí, también contribuía con el monto más alto de tributos de todo el virreinato. Así, por ejemplo, en 1774 La Paz, Cuzco y Chuquisaca registraban el 67,1 % (Céspedes del Castillo, 1947: 78) de todos los tributos empadronados que pagaban unos 778 051 pesos a cuenta de este impuesto.

112 El tributo era un impuesto personal que se cobraba solamente a la población indígena masculina

entre los 18 y 50 años de edad. Sin embargo, aunque el tributo fue diseñado como un impuesto per cápita, en términos reales era un gravamen que debía asumir toda la comunidad indígena. Es más, el cacique, como persona principal de la comunidad, estaba encargado de disponer la cobranza y contabilidad de los tributos para luego entregarlos al corregidor, quien eventualmente traspasaba el monto a la Caja Real respectiva (Moreno Cebrián, 1977: 277). A fin de conseguir el dinero necesario para pagar el tributo, los caciques hallaron ventajoso emplear indios de sus comunidades en las haciendas y obrajes locales, y también hacerlos trabajar como cargadores. Además, alquilaron parte de las tierras de la comunidad a mestizos e indios forasteros y dedicaron las parcelas restantes a cultivos que tenían una alta demanda (tales como

granos, coca, papas) (Sánchez Albornoz, 1978: 101, 104, 105). De esta manera, los tributos también contribuyeron al funcionamiento del sistema colonial de producción.

113 Debe notarse que los indios forasteros habían dejado su pueblo de origen a fin de evadir el

servicio de la mita y reducir sus tributos, no se establecieron en localidades distantes sino en las provincias circundantes. En el arzobispado de Chuquisaca y en el obispado de La Paz, provincias que contribuían significativamente a la mita de Potosí, habían muchos más indios forasteros que originarios. La misma fuente muestra que en La Paz habían 14 244 forasteros y 10 550 originarios (Fuentes, 1859, vol. IV, Apéndice). Este fenómeno parece haberse difundido extensamente en el Alto Perú. Sin embargo, en el Cuzco, sujeto a las mitas de Potosí y Huancavelica, la migración interna no fue tan marcada y el censo de 1754 registró 10 711 originarios y solamente 12 083 forasteros (Fuentes, 1859, vol. IV, Apéndice: 10). Esto sugiere que los indios en el Alto Perú tenían una considerable movilidad geográfica, pero esta se limitaba a reubicarse en provincias vecinas. De esta manera trataron de evitar romper por completo con los lazos que los unían a sus provincias de origen, asegurándose de permanecer cerca de sus comunidades nativas y de sus parientes cercanos. Si se vieron obligados a desplazarse a otros pueblos, fue en su intento de ser clasificados como «forasteros» y, de ese modo, pagar solo la mitad del tributo que les habría correspondido como originarios.

114 Los tributos eran ciertamente una parte sustancial de la estructura fiscal colonial. Durante el

siglo XVIII los ingresos del virreinato peruano procedían de tres fuentes básicas: los impuestos

sobre la minería (diezmos, cobos, azogues de Almadén, Casa de Moneda), los impuestos sobre el comercio (Real Aduana, alcabalas, almojarifazgos, sisa) y el tributo indígena 119 . En el caso del

virreinato de La Plata, la minería, el comercio y los tributos también mostraron ser los mayores proveedores de ingresos (Klein, 1973: 444).

115 El tributo estaba directamente relacionado con el crecimiento demográfico de la población

indígena. Desafortunadamente, aunque los censos de 1754 y 1774 dieron cifras desagregadas para los indios originarios, forasteros, reservados y muchachos, el censo de Gil de Taboada no hizo tal distinción y los registró a todos bajo la categoría general de población masculina india. Es, por lo tanto, difícil rastrear el crecimiento de los indios tributarios durante el siglo XVIII. Sin

embargo, es posible seguir el crecimiento de la población indígena masculina. De acuerdo con los censos de 1754 y 1774, había consistentemente menos tributarios que reservados y muchachos 120 . Un incremento en la población indígena era ya visible en 1774 en los casos de

Cuzco, Chuquisaca, La Paz y Arequipa 121. El censo de Gil de Taboada tuvo la peculiaridad de

mostrar mayores incrementos en las poblaciones indígenas de Lima, Arequipa, Huamanga y Trujillo, y una contracción en la población indígena de sexo masculino en la Intendencia del Cuzco, tal vez debido a las consecuencias de la rebelión de Túpac Amaru 122 . Un censo de 1796

1980: 191). Coincidentemente, las provincias aymaras de ese obispado estuvieron también profundamente implicadas en la rebelión surandina de 1780-1781. Cuadro 4 – Crecimiento demográfico de la población india masculina Fuentes: para Superunda: Razón que dio Don José de Orellana al Sr. Virrey Conde de Superunda (1754): Fuentes, 1859, vol. IV, Apéndice: 7-13; para Amat y Gil de Taboada: B.M., Additional (ms) 19, 573; para La Paz (1796) Klein, 1980. 116 Los problemas de carácter fiscal se hallan constantemente en la raíz del descontento social en la

Colonia. De una forma u otra, los gravámenes fiscales afectaron a todos los distintos sectores sociales. Los españoles acaudalados y los criollos dueños de minas estaban sujetos al impuesto del quinto real, los dueños de tierras pagaban la alcabala de cabezón, y los mercaderes así como los pequeños comerciantes, la alcabala de compra y venta. Más aún, la imposición de gravámenes también contribuyó a promover el descontento social al crear tensiones entre las diferentes ramas del dominio colonial. Es así cómo los indígenas, que mostraron estar más dispuestos a pagar el tributo que a enfrentar las cargas eclesiásticas o las obligaciones del reparto, provocaron la aguda competencia entre corregidores y curas. Poco sorprende entonces advertir que a medida que se incrementó la aplicación de impuestos durante el siglo XVIII, el

descontento social también aumentó en intensidad.

117 A inicios del siglo XVIII la mita y el tributo eran los únicos mecanismos utilizados por la Corona

para empujar a la mano de obra indígena hacia los centros coloniales de producción. Durante la segunda mitad del siglo XVIII fue legalizado el reparto o distribución de mercancías que realizaba

el corregidor, convirtiéndose en otro medio de explotación de la población indígena y mestiza a través de un sistema de deudas que permitía conseguir el pago en trabajo y en especie. La década de 1770 marcó un punto crucial en la política fiscal. La producción y el comercio fueron fuertemente gravados, incrementándose así las presiones económicas sobre la población colonial. Como resultado de las reformas fiscales de los Borbones la alcabala fue elevada dos veces en un lapso de cuatro años; se crearon nuevos impuestos que gravaron productos tradicionales exentos; las aduanas comenzaron a funcionar en las principales rutas comerciales y se aprobó un proyecto para extender la imposición del tributo a los mestizos, zambos y mulatos, que constituían el 26,68 % de la población del virreinato. Todo esto llevó a un incremento significativo de los ingresos de la Real Hacienda entre 1777 y 1780, como se muestra en el cuadro 5.

Cuadro 5 – Balance general de la Real Hacienda 1773-1776 y 1777-1780 (en pesos)

Fuente: AGI, Audiencia de Lima, Leg. 1087

118 En respuesta a la aplicación de esta nueva política fiscal, una ola de intranquilidad social barrió

el virreinato de un extremo a otro, culminando en la Gran Rebelión de 1780-1781, que abarcó tanto al Bajo como al Alto Perú.

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