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Partiendo de la importancia del discernimiento como educación responsable de la libertad; y, después de asumir que cada persona, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser conocida como un ser libre y responsable y que el derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de su dignidad226, quiero hablar del pecado, la gracia y la

conversión, en una forma analógica, como “diferenciales” de la libertad humana en movimiento.

“Propio de la libertad cristiana es ser liberación del mal y del pecado; la libertad más

perfecta consiste en no poder pecar”227; aunque es evidente que los seres humanos somos

frágiles, somos contradictorios, llevamos en nosotros instintos que frecuentemente desembocan en la agresión a los otros, en la violencia, en el sufrimiento de quien no merece sufrir, ni tiene por qué sufrir. Podríamos decir que nuestra libertad es una libertad fracturada.

Quisiera en este apartado establecer la coyuntura entre una teología fundamental, (con las categorías, Libertad, Pecado y Gracia) y las categorías Libertad, Pecado y Conversión que nos llevan hacia una teología espiritual, desde el discernimiento. La conversión es tomada

226 Ver. Burggraf. “Libertad”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 569. 227Ladaria, “Gracia”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 429.

como una oferta libre hacia la autenticidad, después de una experiencia permanente de caídas.

2.1 PECADO

Sólo desde fuera nos vamos haciendo una idea de lo que es pecado; desde el exterior accedemos a nuestra responsabilidad cara a los demás y cara a la realidad. Por esta razón, cuando hablamos del pecado en abstracto, podemos evadir la responsabilidad y decir simplemente que somos pecadores, que somos egoístas; pero cuando hablamos del pecado en concreto, éste ya tiene nombres y apellidos concretos. Debemos preguntarnos a qué somos más sensibles entonces: si a lo que creemos que ofende a Dios o a lo que vemos que hace sufrir a alguien, porque es importante aterrizar nuestras faltas en lo concreto y no en lo abstracto, porque el Evangelio nos dice: “… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Aquí juega un papel muy importante el carácter de “malicia” y de “fealdad” del pecado. La idea es que nos vayamos sensibilizando en la fealdad: cuando consideramos que una cosa “es feo

hacerla” (fealdad), difícilmente la haremos; si vemos la cosa fea, vamos bien. Por otra

parte, el pecado es pecado, no porque haya una norma y se esté infringiendo, sino porque hace daño (malicia).

Quiero hablar de la experiencia de pecado en el nuevo Testamento, que no destruye, sino que descubre la propia verdad y la misericordia de Dios, que salva siempre en cualquier circunstancia y reconstruye. La clave del cambio está en “aborrecer”. Esta palabra recoge un desengaño en la orientación de la sensibilidad, porque era positiva hacia algo y se ha convertido en lo contrario. Sólo el aborrecimiento es señal de verdadero dolor. San Ignacio nos propone tres niveles donde pide aborrecimiento: el primero tiene que ver con pedir conocimiento interno de “mis pecados”, un conocimiento revelador, que descubre la fealdad y la malicia, (de ahí viene el aborrecimiento); el segundo tiene que ver con sentir el desorden de “mis operaciones”, y al sentir, aborrecer, (porque sólo aborreciendo, se da la

enmienda y el orden); y el tercero, tiene que ver con el conocimiento del mundo228, porque tenemos unos condicionantes, un ambiente, unos valores, de los que no podemos salir porque ya se han incorporado a la sensibilidad (y sólo si llegamos a aborrecerlos, se dará el cambio que nos llevará a la conversión). Lo que intenta San Ignacio es sensibilizarnos negativamente; quiere colocar en su sitio los sentimientos negativos para que no nos destruyan.

Vale la pena ratificar que no podríamos hablar de pecado, si no es desde el amor

misericordioso de Dios, pues “Cristo interviene desde su resurrección (Rm 1,5) en la

existencia del creyente y crea la vida y la libertad (2Co 3,18) frente al pecado y la ley (Rm 6,18-23). Esta presencia operante de Cristo en el interior del hombre es prueba de la gracia

de Dios y expresión de su amor”229. El hombre sólo no puede salir de su pecado; necesita

de la gracia que “es victoriosamente superior al pecado y no puede ser interrumpida por aquel”230.

2.2 GRACIA

Siempre me ha llamado la atención, la última expresión de San Ignacio en su oración de entrega: “Dadme tu amor y gracia que esto me basta” ¿Qué es pues la gracia si sólo esto nos basta para un camino de libertad? Tendríamos que referirnos al intento de Leonardo Boff de construir prácticamente toda la teología de la gracia sobre la base de la experiencia.

Según él, sólo la experiencia de la “gratuidad” es un camino válido de acceso a la reflexión

teológica sobre la gracia. Sólo si somos capaces de entender el mundo y la existencia como don podemos entender el regalo que Dios nos hace de sí mismo. Todo en el mundo es don, es gracia, porque es reflejo y manifestación del don de Dios en su Hijo y en el Espíritu. La

gracia “es la potencia que triunfa del pecado y de la muerte y que aporta así la libertad”231

; esa libertad que nos hace obrar movidos por el amor que da lugar a una experiencia de la

228 Ignacio de Loyola, Exercicios Spirituales, n. 63.

229Hermann, “Gracia”,en: Fries, Heinrich (dir), Conceptos fundamentales de la Teología, 189.

230 Berger, “Gracia”, en: Rahner, Karl y Alfaro, Juan (dirs), Enciclopedia Teológica Sacramentum Mundi,

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gracia y que es la experiencia de Dios mismo porque quiere hacerse presente en nosotros.

Es así como “quien busca su justificación por la ley, se aparta de la gracia (Ga 5,4). Sólo

por el Espíritu de la fe existe esperanza de justificación (Ga 5,5). Y únicamente quien se encuentra bajo la gracia no es esclavo del pecado (Rm 6,14). El hombre no alcanza por su propio esfuerzo ni siquiera la libertad frente al pecado y la culpa (Rm 3,9ss), mucho menos

la justificación como aceptación graciosa por parte de Dios”232. La conversión también se

da por efectos de la gracia:“La conversión a la fe cristiana es también gracia”233.

2.3 CONVERSIÓN

La conversión es el dinamismo resultante de un continuo discernir para corregir las operaciones sesgadas que conducen a la inautenticidad; mientras que la autenticidad se regula por el ejercicio adecuado de los dinamismos que lo constituyen como tal. En este ámbito incluye Lonergan el término técnico de conversión, que puede ser intelectual, moral o religiosa. Todas están relacionadas entre sí; cada una constituye un tipo diferente de acontecimiento y tiene que ser considerada en sí misma antes de ser puesta en relación con las demás.

La conversión-posición intelectual se da cuando la realidad conocida no es sólo mirada; es dada en la experiencia, es organizada y generalizada por el entender y es afirmada por el juzgar y el creer; la conversión / posición moral / existencial lleva a la persona a cambiar el criterio de sus decisiones y elecciones, sustituyendo los gustos por valores; la conversión / posición religiosa es una entrega total y permanente de sí mismo, sin condiciones, ni

cualificaciones, ni reservas. Es una respuesta positiva al amor de Dios. En esta medida, “la

vida cristiana puede ser correctamente comprendida como una continua conversión hacia su

creador y salvador”234.

232Hermann, “Gracia”,en: Fries, Heinrich (dir), Conceptos fundamentales de la Teología, 190. 233Ladaria, “Gracia”, en: Izquierdo, César (dir), Diccionario de teología, 426.

En esta medida es el discernimiento el que articula todo lo anterior y nos encamina hacia la autenticidad, que se hace visible en nuestras relaciones con los seres humanos, porque es ahí donde podemos ofender a Dios o, por el contrario, fundirnos con él, incluso en aquellos casos de quienes ni saben que eso es así o hasta en la situación de los que no creen en un “Dios” que les han intentado imponer por la fuerza del miedo o de la culpa, pero que en realidad no es el Dios que se nos ha revelado en Jesús de Nazaret235.

3. LA TRINIDAD EN LOS DINAMISMOS DE LA LIBERTAD, EL PECADO Y LA

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