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CHAPTER 5:  DATA ANALYSIS 87 

5.4   Outcome satisfaction 124

En el campo de la reflexión posterior a la muerte, y en la línea de la humanización, desde el paradigma de la inteligencia espiritual y en el contexto de la reflexión cristiana, recientemente ha visto la luz el escrito de J.C. Bermejo[8] al que nos hemos referido ya varias veces. Bermejo pretende salir al paso de la necesidad que sienten tanto las personas en duelo como las que pretenden acompañarlas. De él y de otros tomamos la necesidad de situar la dimensión espiritual de la persona como el modo de hablar de una mirada profunda, un ojo espiritual que es la manifestación de nuestra inteligencia espiritual.

Una habilidad concreta que se deriva de esta inteligencia es la capacidad de

simbolizar estableciendo hilos de conexión entre el mundo concreto y lo que significa

para nosotros. Lo importante del símbolo es que supera la presencia física llevándonos a un plano espiritual. En el duelo, este puente facilita el recolocar a la persona en otro ámbito igual de real que el físico.

La capacidad simbólica y de vivir ritos con significado es una consecuencia de hablar de inteligencia espiritual. Tales manifestaciones son desempeños de dicha inteligencia. En este contexto se comprende que hablemos del carácter universal del rito en su función de hacer presente el mundo del símbolo, y este como una manifestación del mundo del espíritu con connotaciones emocionales.

Los colaboradores posteriores de Gardner localizaron correlatos neuronales vinculados a experiencias de carácter espiritual, como ya hemos dicho. Estos se sitúan en la misma área que los que se diseñaron para los centros donde se procesan las experiencias simbólicas.

La conclusión de esto es que, en un nivel neurobiológico, la dotación de sentidos y la creación de significados están en el mismo contexto que las relaciones de apego afectivo. De este modo, las experiencias espirituales implícitas son la base de la construcción del significado de uno mismo y de las experiencias sagradas de la vida.

En este sentido, al hablar de que nos ocupamos de todas las dimensiones de la persona entendemos que el sentido profundo del duelo se revela en la dimensión espiritual.

La conexión entre la dimensión espiritual de la persona y el rito puede verse desde todo lo que vamos diciendo y lo que diremos a continuación; pero queremos referirnos a un autor que dice explícitamente que el rito es camino para la experiencia espiritual.

transformación del yo, cita cuatro caminos para cultivar la experiencia espiritual y religiosa. Merece la pena mencionarlos, porque veremos que los cuatro se refuerzan y se complementan, de modo que muchos de los ritos que pretenden procesar la pérdida beberán de los cuatro.

Tales caminos son la naturaleza, el arte, el encuentro y el culto. La naturaleza es mayor que sus manifestaciones, contemplarla nos lleva a «trascender lo más próximo. La belleza de una flor, de un paisaje, de una cascada..., incluso la potencia de la naturaleza cuando se producen catástrofes, reclaman un poder que nos supera, un origen que nos provoca la apertura a la trascendencia»[9].

El arte, quizá de forma parecida a la naturaleza, nos evoca el sentido de lo bello, como si fuera una búsqueda del sentido de lo que nos falta, y nos invita a la creación. Tiene sentido que un proyecto de trabajo en duelo que se está llevando a cabo en el ámbito de los rituales tenga como vehículo el arte, y que el crear expresiones artísticas sea uno de los trabajos del duelo.

El arte refiere al mundo simbólico, del que ya hablaremos, y, como dice Bermejo, tiene el poder de evocar algo más que lo tangible. Una estatua es más que una estatua; un cuadro es más que un conjunto de colores mezclados formando una imagen; una pieza musical es mucho más que una suma de notas... La armonía y la belleza que impregnan las obras de arte evocan algo que nos trasciende, nos preparan el camino para abrirnos.

El arte y el encuentro se relacionan. Un pasaje de El Banquete de Platón[10] nos habla de esta relación: Aristófanes narra cómo en el principio los hombres eran esféricos, pero cómo, habiéndose portado mal, fueron cortados en dos mitades. Este el símbolo de que cada hombre es un fragmento de algo, y que eso es el amor. Que en el encuentro se cumple la esperanza de que haya algo que sea el fragmento complementario que nos reintegre.

Tomando de nuevo las palabras de Bermejo, «también el culto nos da acceso a la trascendencia y a la experiencia espiritual. Los ritos sagrados nos remiten con símbolos a algunas realidades que nos trascienden, particularmente en momentos importantes y cruciales de la vida: inicio, transición, final, vínculos especiales... En él expresamos nuestra relación con el Ser trascendente en el que los creyentes fundamentamos la fuente de nuestra vida espiritual».

Este camino es el que tomamos decididamente desde estas líneas, sabiendo que nos iremos cruzando con los otros en nuestra búsqueda del sentido profundo de la pérdida.

Por eso, a partir de este punto nos ocuparemos del mundo de los símbolos como parte ya del rito y como un camino privilegiado para conectar con nuestra dimensión espiritual y acompañar las de otros. La selva de los símbolos a la que ahora nos dirigimos

nos abre a un mundo en el que las personas hemos pasado a ser «cazadores de significados», y tal expresión nos hace ser, además de homo sapiens y homo patiens,

homo simbolicus.

[1]. K. Wilber, El ojo del Espíritu, Kairós, 1998; en línea, http://books.google.es/books? id=3QSH21sFdDUC&printsec=frontcover&hl= es#v=onepage&q&f=false

[2]. Cf. J.C. Bermejo, Posgrado en duelo (apuntes de clase en CEHS), 2011.

[3]. L. Boff, El «punto Dios» en el cerebro; en línea,

http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=042 (consultado el 25 de mayo de 2012).

[4]. J.C. Bermejo, Acompañamiento en espiritual en cuidados paliativos, Sal Terrae, Santander 2009, pp. 20ss. Citado en Id., Duelo y espiritualidad, Sal Terrae, Santander 2012, pp 18ss.

[5]. P. González Rubio, Reflexiones en torno a la competencia espiritual, FERE, Madrid 2009

[6]. D. Zohar, Inteligencia espiritual, Plaza &Janés, Barcelona 1997.

[7]. Las palabras de K. Doka son: «one of the most significant tasks in grief is to

reconstruct faith or philosophical systems challenged by loss», en Death and Grief, 1993; pero lo encontramos más veces. En concreto, en Grief Beyond Gender, 2010 (p. 30), consultado en Google books.

[8]. J.C. Bermejo, Duelo y espiritualidad, op. cit.

[9]. Ibid., p. 35.

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