CHAPTER 5: DATA ANALYSIS 87
5.3 Regulatory Business Model 100
Una reflexión sobre una concepción integral de la persona que dé cuenta y exprese lo que en nuestra tradición judeocristiana significa el espíritu sería de mucha ayuda para justificar por qué nos introducimos ahora en la dimensión espiritual desde la noción de inteligencia.
No podemos dedicar aquí el espacio necesario, porque supondría que nos alejaríamos de la idea de nuestro libro. El resumen de todo ello, como señala Punset, es que «el alma está en el cerebro», en sus diferentes pliegues y conexiones neuronales, en sus niveles diferentes. Afirmar esto no la hace menos alma o menos espíritu, y supone que recogemos lo que los científicos han ido descubriendo.
En efecto, Newberg y D’Aquilli, de la Universidad de Pennsylvania, recientemente descubrieron los efectos de prácticas espirituales en nuestro cerebro. A través de tomografías cerebrales de quienes practicaban meditación, descubrieron que las zonas de nuestro cerebro que nos dan la sensación de individualidad se desactivan. Esta desactivación nos permite sentirnos identificados con un todo unificado y trascendente.
Estos científicos descubrieron lo que desde hace años intuyen los religiosos. A través de la oración con devoción o del silencio de la meditación, uno percibe una conexión con el todo, un sentimiento de trascender nuestra persona. Según estos científicos, hay en nosotros otro tipo de inteligencia, científicamente verificable, por la cual no captamos datos, ideas o emociones, sino que percibimos los contextos mayores de nuestra vida, totalidades significativas, que nos hacen sentir nuestra vinculación con el Todo. Nos hace sensibles a los valores, a cuestiones relacionadas con Dios y a la trascendencia.
Según dice Leonardo Boff[3], se ha comprobado científicamente que la experiencia unificadora se origina en las oscilaciones neurales a 40 hertzios, especialmente localizada en los lóbulos temporales. Se desencadena entonces una experiencia de exaltación y de intensa alegría, como si estuviésemos ante una Presencia Divina. Inversamente, siempre que se abordan temas religiosos, como Dios, o valores que conciernen al sentido profundo de las cosas, se produce la misma excitación de 40 hertzios.
Por esta razón, neurobiólogos como Persinger y la física cuántica Danah Zohar han llamado a esa región de los lóbulos temporales el «punto Dios».
«Si esto es así, podemos decir, en términos de proceso evolutivo, que el universo ha evolucionado durante miles de millones de años hasta producir en el cerebro el instrumento que capacita al ser humano para percibir la Presencia de Dios, que siempre estaba allí, aunque de un modo no perceptible
conscientemente. La existencia de este “punto Dios” representa una ventaja evolutiva de nuestra especie. Es una referencia de sentido para nuestra vida. La espiritualidad pertenece a lo humano y no es monopolio de las religiones. Antes bien, las religiones son una de las expresiones de ese “punto Dios”».
No es de extrañar que la experiencia religiosa se refleje en la actividad cerebral. Todo lo que experimentamos deja su marca en el cerebro. Lo difícil es que no hay manera de determinar si los cambios neurológicos asociados a la experiencia espiritual significan que el cerebro está causando esas experiencias o si, más bien, responde a la realidad espiritual que está percibiendo.
En 1958, Weschler definió la inteligencia como «la capacidad global del individuo para actuar con propósito, pensar racionalmente y manejar efectivamente su ambiente». Los primeros investigadores en psicología de principios del siglo XX tomaron como modelo las ciencias exactas y pretendieron medir la inteligencia. Su medida se plasmaba en un número que indicaba el coeficiente intelectual que reflejaba el nivel de competencias que lo componen, como son la capacidad de análisis, de comprensión, de retención y resolución de problemas de índole cognitivo. Se consideraba que había un solo tipo de inteligencia, pero el problema es que no podían definir exactamente qué entendían por «inteligencia».
Es posible que a estas alturas del siglo XXI ya todo el mundo conozca la obra de Gardner, que supuso un cambio en la forma de considerar la inteligencia; sin embargo, dado que nos proponemos no solo conocer algo sobre la dimensión espiritual humana, sino, sobre todo, mejorar nuestra competencia para acompañar esta dimensión en el duelo, es preciso que digamos a qué nos referimos con todo esto.
Al amparo del paradigma de la complejidad del que antes hablábamos, el profesor de Harvard Howard Gardner propuso en 1980 un estudio sobre el potencial humano y su realización. Su pregunta de investigación fue: ¿Por qué algunas personas con un cociente intelectual muy alto fracasan en su vida personal?
Pocos años después, en 1983, Gardner publicó su obra «Frames of Mind», donde comunicaba sus descubrimientos presentando a la comunidad científica su teoría de las inteligencias múltiples, afirmando que no existe una sola manera de conocer y de aprender, sino muchas, y proponiendo la existencia de ocho inteligencias: lógico- matemática, lingüística, espacial, musical, corporal-cinestésica, naturalista, intrapersonal e interpersonal.
Gardner señala que su modelo constituye una formulación provisional, y en 1999, después de profundizar en sus investigaciones, sugiere la existencia de una novena inteligencia: la inteligencia que él llamará «existencial».
Gardner describe la capacidad central de esta inteligencia como «la capacidad de situarse uno mismo en relación con las facetas más extremas del cosmos –lo infinito y lo infinitesimal– y en relación con determinadas características existenciales de la condición humana, como el significado de la vida y de la muerte, el destino final del mundo físico y el mundo psicológico, al igual que ciertas experiencias, como sentir un profundo amor o quedarse absorto ante una obra de arte».
También reconoce que quizá pueda existir alguna forma de inteligencia que él denomina «espiritual», clasificándola como «media inteligencia», porque no cumple todos los requisitos que él previamente había establecido.
La inteligencia se define como la capacidad, el poder ser de algún tipo. La competencia, como el saber hacer, es la capacidad puesta en marcha que se expresa en habilidades y en conductas. A la dimensión espiritual podemos llamarla con propiedad «inteligencia espiritual», y a la competencia espiritual la forma de hacer visible esta capacidad.
Como hace Bermejo en «Duelo y espiritualidad», distinguimos entre dimensión espiritual y dimensión religiosa, definiendo con Pellicer la espiritualidad como «la dimensión profunda de la persona que trasciende las dimensiones más superficiales y constituye el corazón de la vida de la persona vivida con pasión, sentido y respeto por la realidad». La religión es la adaptación sociocultural de la disposición humana hacia el absoluto y trascendente que en cada tiempo y espacio le da sentido y totalidad a su existencia.
«Es necesario subrayar, una vez más, que la dimensión espiritual y la dimensión religiosa, íntimamente relacionadas e incluyentes, no son necesariamente coincidentes entre sí. Mientras que la dimensión religiosa comprende la disposición y vivencia de la persona de sus relaciones con Dios dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con modos concretos de expresar la fe y las relaciones, la dimensión espiritual es más vasta, abarcando además el mundo de los valores y de la pregunta por el sentido último de las cosas, de las experiencias.
La dimensión espiritual, pues, abarca la dimensión religiosa, la incluye en parte. En ella podemos considerar como elementos fundamentales todo el complejo mundo de los valores, la pregunta por el sentido último de las cosas, las opciones fundamentales de la vida (la visión global de la vida)»[4].
El lenguaje de las inteligencias pide que a continuación describamos a qué nos referimos cuando hablamos de ser espiritualmente competentes, con objeto de mejorar nuestras habilidades de acompañamiento y elaboración del duelo.
tema, por ser una de las personas que mejor lo han expresado en nuestro país. La competencia espiritual, para Pellicer, se expresa por los siguientes rasgos, que podemos llamar sus «habilidades»:
– Experimentar y saber identificar y desarrollar experiencias de asombro, misterio y pregunta.
– Cuestionar y explorar preguntas sobre significado y sentido.
– Desarrollar un autoconocimiento positivo y dinámico, así como aprender a utilizar los sentimientos y emociones como una vía para el crecimiento personal.
– Promover el desarrollo personal y el de la comunidad.
– Practicar y explorar sentimientos de admiración, corresponsabilidad y cuidado de la naturaleza y del mundo en el que vivimos, así como de contemplación y silencio.
– Desarrollar y canalizar vínculos empáticos con las otras personas, en situaciones de injusticia, vulnerabilidad, superación, cooperación...
– Expresar sensaciones, pensamientos y reflexiones a través de la creatividad en el arte, la música, la literatura...
– Capacitarse para identificar, explorar y elegir los valores propios y comprender los de los demás.
– Conocerse y valorar respuestas, interpretaciones y experiencias sobre las anteriores cuestiones de las diferentes religiones y filosofías en la historia de la humanidad, especialmente de las actuales.
– Tomar autónoma y conscientemente una opción vital radical, aprendiendo de sus errores y aprovechando sus aciertos, en diálogo con su entorno cercano y lejano.
Aunque no podemos mencionar a gran parte de los autores que han hecho referencia a la inteligencia espiritual, no queremos omitir tres aportaciones que nos parecen significativas.
Ken Wilber, se quien ya hemos mencionado su concepción jerárquica de las inteligencias múltiples, recoge la propuesta de Gardner y, conocedor del trabajo de Goleman, ordena las inteligencias asignando niveles diferentes y dividiendo los niveles según la profundidad y el tipo de mirada. Por eso él habla de ojos:
– El ojo de la carne, que se refiere a la inteligencia emocional, es el nivel más primitivo de inteligencia.
– El ojo de la mente se corresponde con las ocho inteligencias de Gardner.
– El ojo de la contemplación hace referencia al nivel de la inteligencia espiritual.
Robert Emmons habla de las habilidades básicas que concretan la inteligencia espiritual. Él dice que lo «espiritual tiene que ver con el significado último» y que habría por lo menos cinco componentes de la inteligencia espiritual:
– capacidad de trascendencia;
– capacidad de experimentar estados elevados de conciencia;
– capacidad de influir en las actividades cotidianas y relacionarlas con un sentido de lo sagrado;
– posibilidad de utilizar recursos espirituales para resolver problemas de la vida; – posibilidad de comportamientos virtuosos.
Según Danah Zohar[6], las personas somos criaturas de significados. Ella ha descrito la inteligencia espiritual como «la capacidad de reformular y recontextualizar la experiencia y, así, la capacidad de transformar nuestra comprensión de la realidad. Por eso resulta necesario esbozar una propuesta que articule entre sí las tres inteligencias humanas: la inteligencia racional (CI), la inteligencia emocional (IE) y la inteligencia espiritual (IES).
La inteligencia espiritual, según Danah Zohar, aquella con la que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores y con la cual ponemos nuestras vidas en un contexto más amplio y significativo, es la base necesaria para el eficaz funcionamiento de la inteligencia intelectual y de la inteligencia emocional.
Los principales rasgos de la Inteligencia Espiritual, según Danah Zohar, son:
– Capacidad de flexibilidad.
– Grado elevado de autoconocimiento.
– Capacidad de aprender con el sufrimiento.
– Capacidad de inspirarse en ideas y valores.
– Negativa a causar daño a otros.
– Tendencia a cuestionar las propias acciones.