En la idea de la Pasión se advierte una extraña vacilación. Por un lado, la muerte se presenta como una necesidad absoluta; por otro, como en Getse-
maní, por ejemplo, Jesús entrevé una posibilidad que le ahorraría el sufrimiento. La idea de la Pasión, sin embargo, subsiste sin consideración a los éxitos ni a los fracasos terrestres. Por consiguiente, no se puede relacionar con ella esa vacilación. Cuando Jesús se puso en camino hacia Jerusalén, para sufrir, no había en su corazón ni la sombra del pensa- miento de que Dios, en su omnipotencia, pudiera, a pesar de todo, transformar su camino en marcha victoriosa para triunfar de ese modo sobre los Fari- seos y el Sanedrín. En su sentimiento, ése hubiera sido un "pensamiento" humano. Porque en lo que concierne a las cosas del Reino no hay alternativa entre la oposición de los Escribas y la omnipotencia divina: de hecho se trataba de un drama divino, en el cual ellos no eran más que comparsa; con los pa- peles impuestos, igual que los esbirros encargados de apoderarse de su persona. La vacilación, pues, debe hallarse fundada en la misma voluntad divina.
Lo específico de la concepción de Jesús es que la voluntad divina que determina por anticipado, de acuerdo con un plan y en la forma conocida los acontecimientos del drama mesiánico, conserva por otra parte toda su libertad respecto de éste. La om- nipotencia divina, que está detrás del esquematismo
mesiánico predeterminado no es de ningún modo orientada por éste. ¡Por lo demás, no está determi- nada por nada!
Jesús, por ejemplo, espera de esa omnipotencia que acceda a aceptar en el estado de bienaventuran- za a quienes, en razón de su conducta, han com- prometido su pertenencia al Reino. Cierto es que, de acuerdo con el código moral en vigor, a los ricos les es imposible acceder a la vida. Pero para Dios todo es posible (Marcos, X, 27).
Sólo cuenta esta afirmación: Quienquiera reinar al lado del Mesías futuro debe sufrir con él. Sin em- bargo, Jesús no se atreve a prometer los lugares del trono a sus confidentes, Santiago y Juan, aunque los cree capaces de compartir con él sus sufrimientos. Si lo hiciera arriesgaría usurpar las intenciones de la omnipotencia divina (Marcos, X, 35-40).
La gran tribulación final figura en el desarrollo del drama mesiánico, previsto por Dios. Pero per- tenece a la infinita toda potencia de Dios descartarla y ordenar el advenimiento del Reino, ahorrándole esa tribulación. Por eso los hombres pueden dirigir a Dios la súplica de que quiera diferir las sombrías horas de la prueba. Jesús les enseña cómo hacerlo, en la misma oración con la cual les enseña a rogar
por la llegada del Reino. Se le pide a Dios el adve- nimiento del Reino en el cual su nombre será santi- ficado, y su voluntad cumplida, tanto en la tierra como en el cielo; al mismo tiempo se le ruega que no deje a los hombres caer en tentación, que no los deje caer en manos del maligno, que no les obligue a continuar la lucha en las últimas tribulaciones, pa- ra ex-piar sus pecados, sino que los arranque, con su omnipotencia, del poder del mal, cuando el Imperio demoníaco se levante por última vez al adveni- miento del Reino por el cual oran. Ése es el lazo que une íntimamente a las últimas súplicas del Pa- drenuestro.
El Padrenuestro, pues, reviste en las tres prime- ras y en las tres últimas súplicas un carácter pura- mente escatológico. Encontramos allí el mismo contraste que en las Bienaventuranzas, el discurso del envío de los Doce, el mensaje a Juan Bautista y las escenas en Bethsaida. En primer lugar, se trata del advenimiento del Reino, y luego de la tribula- ción del final. Pero el Padrenuestro nos enseña que no hay una necesidad absoluta en cuanto a esta úl- tima; que sólo se halla relativamente condicionada en la voluntad omnipotente de Dios.
Los sufrimientos finales representan de alguna manera la más alta forma de expiación en vista del Reino de Dios. Aquel que sufre expía por sus peca- dos en el eón demoníaco. Mediante la lucha y el su- frimiento uno se libera del dolor para realizar la voluntad divina en el Reino de Dios. Todo esto de- be ser considerado desde el punto de vista colecti- vo. La expiación es asumida por la comunidad de los creyentes en el Reino, como tal. Individualmente cada uno llega a la perfección a través de las prue- bas. Ésa es la voluntad de Dios. Pero Jesús ruega a Dios, con ellos, para que quiera en su omnipotencia perdonarles las ofensas sin rescate, así como ellos perdonan a quien los ha ofendido. Es decir: remi- sión pura y simple, sin rescate. Que tampoco quiera hacerles caer en "tentación", y substraerlos inme- diatamente a la potencia terrestre.
Sólo así se comprende de qué manera, en el transcurso de su ministerio, Jesús presupone el per- dón de los pecados, implorándolo particularmente a Dios, y en qué sentido habla también de una tenta- ción que proviene de Dios. Se trata, precisamente, de la remisión de los pecados, mesiánica y general, y de la tentación mesiánica en la tribulación última.
He aquí por qué esas súplica constituyen la conclu- sión de la oración del Reino.
Lo que él pide a Dios, conjuntamente con la comunidad, lo implora a Dios por sí mismo cuando llega su hora. En Getsemaní se tira al suelo delante de Dios. En una plegaria conmovedora apela a la omnipotencia divina: "Abba, Padre, todas las cosas son a ti posibles" (Marcos, XIV, 36). Le implora que aleje de sus labios esa copa de dolor, sin que se vea obligado a beberla. Sacude a sus compañeros dor- midos para que velen y rueguen a Dios que les evite la tentación, porque la carne es débil.
4. LA IDEA DE LA PASIÓN EN EL