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8.4 Method

8.4.3 Training Algorithm—iRprop+

La revelación hecha por Jesús a los discípulos en Cesárea de Filipos pone fin a todas sus advertencias acerca de la obligación de los creyentes de pasar con él a través de todos los tormentos. En virtud del secreto que él comunica a los discípulos él es el úni- co que sufre. En Jerusalén no dirige al pueblo ni a los discípulos una sola palabra apremiante acerca del deber de seguirlo en su sufrimiento. Más aún, recusa

lo que había dicho antes. Después de la comida a orillas del lago había hecho depender la bienaventu- ranza de aquellos a quienes había consagrado con la comida mesiánica, de la condición de que le siguie- sen en su sufrimiento. En cambio, a quienes partici- pan con él de la Santa Cena en Jerusalén, les predice que esa noche todos serán escandalizados de él. No agrega ninguna condenación, porque las Escrituras lo han predicho. ¿Acaso no está escrito: "Heriré al pastor y las ovejas serán dispersadas"? Por eso, aun si él es para ellos un objeto de escándalo, aun si ellos lo abandonan, él los congregará en torno de sí en la gloria; y, como Mesías -porque lo será al resu- citar- irá al frente de ellos a Galilea (Marcos, XIV, 26-28).

Lo que exigía antes de todos, ahora no lo espera ni siquiera de quien se atreva a tener la fuerza de perseverar, solo, a su lado. "Antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces", le dice a Pedro (Marcos, XIV, 29-31).

Ese cambio se halla relacionado con la forma que toma la idea de la Pasión en el transcurso del segundo período. Debe de haber intervenido un cambio de perspectiva en la representación de la tribulación final. Los otros son liberados de la prue-

ba, y Jesús sufre solo y su humillación consiste en la clase de muerte que le infligen los Escribas. En ella se cumple la tribulación final. Sus fieles son libera- dos de ella. Él sufre por ellos, porque da su vida en rescate por muchos.

Nunca manifestó cómo se le reveló ese misterio en los días solitarios que sucedieron al envío de los Doce.

La forma del misterio de la Pasión, sin embargo, muestra que ha sido influido por dos aconteci- mientos.

En primer lugar, la muerte de Juan Bautitsa. Éste era Elías, a sus ojos. Si fue muerto por mano de hombre antes de la era mesiánica, ésta era la vo- luntad de Dios y, por lo tanto, se hallaba previsto en el drama mesiánico. El hecho había ocurrido du- rante la ausencia de los discípulos. ¿Tal vez su men- saje no había alcanzado al Bautista? Necesitaba aclarar ese punto. Proyectó, pues, retirarse con los suyos en soledad.

El pensamiento de la muerte brutal del Bautista le preocupaba; esto se desprende de la conversación que tuvo con sus íntimos después de la revelación que les había hecho. Está escrito, sin embargo, que Elías debía perecer de ese modo por mano de hom-

bre. Del mismo modo está escrito del Hijo del hombre que debe sufrir mucho y ser despreciado (Marcos, IX, 12-13).

Hasta entonces sólo había hablado en líneas ge- nerales de la tribulación final, como un aconteci- miento perteneciente al final de los tiempos. Pero ahora se había cumplido como acontecimiento his- tórico en la persona del Precursor. Ésa era una ad- vertencia que le mostraba cómo se cumpliría en él mismo.

Esa advertencia llegaba, precisamente, en la época en que los acontecimientos le obligaban a meditar sobre la gran tribulación final. Había espe- rado su comienzo muy pronto, después del regreso de los discípulos. Pero no llegó. Y, más aún: ¡el ad- venimiento del Reino también tardaba!

En el momento de enviarlos, Jesús había dicho a los discípulos que serían sorprendidos en camino por las señales del alumbramiento del Reino. El Hijo del hombre debía aparecer antes de que hubie- sen terminado de recorrer las ciudades de Israel, pero ellos habían vuelto sin que se hubiesen mani- festado las señales esperadas, y sin que hubiera lle- gado el Reino.

mostraban que estaba todo dispuesto. La potencia demoníaca ya estaba vencida; de otro modo no hu- biesen logrado someter a los demonios impuros. El Reino era forzado, por el arrepentimiento desde el tiempo de Juan Bautista. También aquí se había colmado la medida; la multitud lo probaba al con- gregarse en torno de él, dominada por un ferviente ardor. ¡Así, todo estaba dispuesto; y, sin embargo, el Reino no llegaba! La postergación del aconteci- miento escatológico del Reino era el gran, aconte- cimiento, y le obligaba a buscar incesantemente la soledad para tratar de verlo con claridad.

Antes de que el Reino pudiese venir era preciso que la tribulación se manifestase. Pero nada la anunciaba. Había que provocarla, por lo tanto, para forzar el advenimiento del Reino. El arrepenti- miento y la sumisión de la potencia demoníaca no bastaban por sí solas; era necesario que alguien aún más poderoso se uniese a los violentos: el Mesías futuro, inaugurando, en su persona, la tribulación final tal como ya se había cumplido en Elías. De ese modo, el misterio del Reino de Dios se une al se- creto de la idea de la Pasión.

La representación de la tribulación última impli- ca la idea de la expiación y de la humillación. Todos

aquellos que habían sido promovidos al Reino de- bían exhibir su firmeza frente a la última revuelta de la potencia del mundo y conquistar el perdón por los pecados cometidos en el eón terrestre. Porque esos pecados les retenían aún prisioneros de la po- tencia demoníaca, e impedían el advenimiento del Reino.

Ahora bien, Dios no había infligido la tribula- ción al mundo. Era preciso cumplir la expiación, sin embargo. Entonces comprendió Jesús que en su calidad de "Hijo del hombre" futuro a él le corres- pondía asumir la expiación en su persona. Aquel que reinará un día sobre los creyentes debe humi- llarse ahora entre ellos y servirlos, dando su vida en rescate por muchos, a fin de que el Reino venga para ellos. Ésa es su misión en la situación presente, que precede a su gloriosa estada supra-terrestre. "Para eso ha venido" (Marcos, X, 45 ). Él debe su- frir por los pecados de aquellos que están destina- dos a entrar en su Reino. Para cumplir ese cometido sube a Jerusalén, en vista de su muerte futura por las autoridades, así como Elías, que le precedió y murió a manos del verdugo del rey. Ése es el se- creto de la idea de la Pasión. Jesús fue muerto ver- daderamente por los pecados de los hombres,

aunque era un sentido distinto del que le da la teoría de Anselmo.

5. ISAÍAS, XL-LXVI: LA PROFECÍA BÍBLICA