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La revelación del secreto de la mesianidad a los discípulos no influyó, de momento, en su actitud hacia Jesús. No cayeron a sus pies como si el hom- bre a quien conocían se hubiese convertido, de pronto, en una aparición sobrenatural. Sin embargo, a partir de ese momento, muestran cierta reserva. No se atreven a preguntarle cuando no comprenden sus palabras (Marcos. IX, 32 ), pero caminan a su lado como compañeros que saben que es el dueño de un gran secreto.

¿Consideraron a Jesús el Mesías desde el mimo instante en que él les reveló el secreto de su mesia- nidad?. Él no lo era todavía. No hay que perder nunca de vista que el Reino y el Mesías se hallan indisolublemente unidos el uno al otro. Ahora bien, el Reino no había llegado aún, y el Mesías tampoco, por lo tanto. La confidencia de Jesús se refiere al momento en que acaecerá el advenimiento del Rei- no. Guando llegue esa hora él aparecerá como Me- sías, y su mesianidad será revelada en la gloria. Ése era el secreto que había hecho conocer solamente a sus discípulos.

La mesianidad de Jesús era un secreto, no sólo porque había prohibido que se hablase de ella, sino también a causa de su carácter particular, en tanto no se haría efectiva sino a partir de cierto momento. Aquí se trata de una visión que sólo se realiza en la conciencia de Jesús. Por eso el pueblo no podía ni debía caber nada de ella. Bastaba con que sus pala- bras y sus señales infundiesen a la gente la fe en la inminencia del Reino, porque el advenimiento de éste les revelaría al mismo tiempo su mesianidad.

A la concepción moderna le es casi imposible aprehender inteligiblemente lo que era esa concien- cia de la mesianidad, tal cual Jesús la había revelado en secreto a sus discípulos. Ya sea que se intente explicarla por una identidad de su persona con el Hijo del hombre, llamado a aparecer, o por un vín- culo de continuidad que une a los dos personajes, o bien que se la represente como una presencia virtual de la mesianidad, lo cierto es que ninguna de esas concepciones puede explicar qué era la conciencia mesiánica de Jesús tal como la comprendieron sus discípulos.

Nos falta, en efecto, el "ahora y entonces" que dominaba el pensamiento de éstos y condicionaba una singular dualidad de conciencia. Lo que llama-

mos "identidad", "continuidad" y "disposición vir- tual" se encadenaba en su imaginación de una ma- nera que nos es absolutamente incomprensible. Cada personalidad se desdoblaba mentalmente y se concebía en dos planos totalmente distintos en la era premesiánica misma, y luego en la era mesiánica. Hay palabras que nosotros no podemos interpretar sino sobre la base de la unidad de conciencia, pero ellos las comprendían fácilmente en razón de la do- ble conciencia que les era común. El que Jesús les revelase el secreto de su mesianidad no significaba para ellos, de ningún modo, que fuese el Mesías como lo comprenderíamos nosotros, gente moder- na, sino que su Señor y Maestro era aquel que sería revelado como Mesías en el eón mesiánico.

Ellos se consideran a sí mismos bajo el ángulo de esa doble conciencia. Cada vez que Jesús les anuncia que tendrá que sufrir antes de reinar, se preguntan qué será de ellos mismos en el eón futu- ro. Esto explica sus discusiones a continuación de las predicciones de la Pasión, discusiones en las cuales disputan la primacía en el Reino de Dios, o bien los lugares de honor en torno del trono. Hasta entonces seguirán siendo lo que son, así como Jesús continuará siendo el Maestro que les enseña.

"Maestro", le dicen los hijos de Zebedeo (Marcos, X, 35). En su calidad de Maestro él debe prometer y acordar lo que se cumplirá cuando el Reino haya llegado y su mesianidad haya sido revelada por ese mismo acontecimiento.

La conciencia mesiánica de Jesús reviste un ca- rácter futuro en ese sentido. No había en ello nada de extraordinario, para él ni para sus discípulos. Al contrario: respondía en todos sus puntos a la repre- sentación judía de la evolución y la acción secretas del Mesías6. La vida terrestre de Jesús precedía al

advenimiento de su mesianidad gloriosa. El Mesías estaba obligado a manifestarse y actuar de incógnito sobre la tierra; estaba llamado a enseñar y a conver- tirse, a través de la acción y del sufrimiento, en un justo perfecto. Sólo entonces debía producirse el advenimiento de la era mesiánica con el Juicio y la instauración del Reino. El Mesías debía llegar del Septentrión. La partida de Jesús de Cesárea de Fili- pos hacia Jerusalén era el curso del Mesías descono- cido hacia su gloriosa revelación.

Así, pues, Jesús, el Mesías por llegar, se encon- traba mezclado con su pueblo en la espera mesiáni-

6 Cf. Weber, Sytem der altsynagogalen Theologie, 1880, págs.

ca. No podía revelarse a éste, porque aún no había acabado el tiempo de su acción secreta. Por eso predicaba la inminencia del Reino de Dios.

A través de su conciencia mesiánica futura roza en el Templo la dogmática mesiánica de los Escri- bas, como si de ese modo entendiese atraer su aten- ción sobre el misterio que ella oculta. Los Fariseos dicen: "El Mesías es Hijo de David. Pero David lo llama su Señor. ¿Cómo, entonces, puede también ser su Hijo? (Marcos, XII, 35-3?).

El Hijo de David, que le está sometido, por lo tanto, es el Mesías, si, nacido de generación terrestre en ese eón, actúa y evoluciona secretamente. Será el Señor de David cuando, al advenimiento del eón futuro, sea revelado en su gloria como Mesías. Lejos está del pensamiento de Jesús querer atacar la dog- mática mesiánica de los Fariseos. Ésta es exacta, porque responde a la enseñanza de las Escrituras. Pero los Fariseos no la pueden explicar; ¿cómo po- drían entender que el Mesías pueda ser primero Hijo de David, y después Señor de David?

Esas palabras, pronunciadas en el Templo de- lante del pueblo -Mateo ha sido el primero en hacer de ella una cuestión capciosa- se encuentran en el mismo plano que la opinión concerniente a la per-

sonalidad de Juan Bautista. Quien fuese capaz de comprender de quién tenía el poder de bautizar, que de hecho él era Elías: quien pudiese concebir cómo el Mesías es tan pronto el Hijo de David como el Señor de David, ése sabría también quién es aquel que habla así. ¡El que tenga oídos para escuchar, oiga!