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1.5 An Overview of the Research

1.5.2 Overview of Project 2

Otro tema principal sobre la relación terapeuta-paciente que exploro en Lying on the

Couch es la cuestión de los limites apropiados. ¿Puede ser genuina una relación y, sin

embargo, al mismo tiempo, ser limitada brusca y formalmente? ¿Los estrictos límites de tiempo, la formalidad, y el intercambio monetario corroen el carácter genuino de la relación? ¿Es un amigo el terapeuta? ¿Existe afecto entre el terapeuta y el paciente? ¿Deberían los terapeutas afectuosos tocar o coger alguna vez a sus pacientes? ¿Cuáles son los límites sexuales, sociales, comerciales, financieros, apropiados de una relación

terapéutica?

Estas preocupaciones contemporáneas no son tan sólo cruciales y complejas; son también altamente explosivas. Con bastantes pleitos, bastantes casos de abusos declarados, llevados a cabo por los terapeutas (y sacerdotes, maestros, médicos, agentes de policia,

contratistas, supervisores, gurús: por todo aquel que está involucrado en una situación de desequilibrio de poder), parecía claramente arriesgado discutir los límites en una novela irreverentemente cómica. Intenté mantener una perspectiva equilibrada: por un lado, para encarar la alarmante incidencia del abuso sufrido por los pacientes, y por otro lado, para enfrentarse a la igualmente alarmante reacción violenta por la vía legal que amenaza la verdadera urdimbre de la relación terapéutica.

¿Qué tiene uno que pensar, por ejemplo, de los artículos en revistas profesionales que proponen seriamente que todas las horas de terapia sean grabadas en vídeo, con un equipo de cámaras de seguridad continuamente en marcha, para proteger al paciente del abuso sexual por parte del terapeuta, y al terapeuta de los falsos cargos por parte del paciente? ¿Cómo tiene uno que responder a las directrices moralistas que recomiendan la conducta apropiada, patrocinadas oficialmente, que tantas organizaciones profesionales envían por correo a los terapeutas? Estas publicaciones advierten que los abogados suponen que ese humo anuncia el fuego y, en consecuencia, instruyen a los profesionales en

ejercicio para que, en todo caso, pequen por exceso de formalidad; se debe llevar corbata; acabar las sesiones con toda puntualidad; y (para los terapeutas del sexo masculino) no dar cita a una paciente femenina a última hora del día. (Pronto se hace uno lo suficientemente cauteloso como para no citar a nadie a última hora del día.)

Todos estos factores han dado como resultado una nueva psicoterapia defensiva. La profesión legal ha invadido tanto la intimidad de la hora de terapia que los administradores no paran de considerar la medida en que una cámara de televisión de seguridad destruiría la esencia misma de la empresa terapéutica. Los terapeutas en ejercicio dirigen las horas de terapia percibiendo la presencia, como si estuviera ocupando un asiento junto a ellos, de un abogado atento a los agravios que se puedan producir. Se enseña a los estudiantes a que escriban sus notas sobre la marcha con todo cuidado, como si un abogado hostil las estuviera leyendo. Los terapeutas que han sido injustamente demandados -una cohorte en crecimiento- se hacen menos abiertos, menos confiados.

Conozco a una competente psiquiatra, plenamente dedicada -vamos a llamarla doctora Robertson- que trató con éxito a un paciente con depresión, a base de

antidepresivos, durante un año. El paciente se negaba a someterse a psicoterapia o a tener más de una visita al mes. La depresión del paciente surgió al cabo de un año y la doctora Robertson probó sin éxito otros medicamentos. Exhortó al paciente repetidas veces para que le visitara con más frecuencia y para que iniciara la psicoterapia, pero el paciente rechazó verla, a ella o a cualquier otro, en la terapia. En más de una ocasión, la doctora Robertson consultó a otros colegas. Durante unos meses el paciente hizo acopio de un alijo de píldoras para dormir y finalmente tomó una sobredosis fatal; el suicida dejó una nota para su esposa con instrucciones detalladas sobre los asuntos financieros de la familia. En la última línea de la nota se leía: «¡Demanda a Robertson!».

La familia puso la demanda, ofreciéndole finalmente un pequeño pago, por

negligencia profesional, la compañía de seguros, que deseaba acelerar el proceso y ahorrar en costos legales. Aunque la doctora Robertson fue absuelta del cargo de negligencia, los dos años del proceso legal le habían dejado agotada y desilusionada; incluso consideró

cambiar de profesión. Me cuenta que, cuando entrevista a posibles nuevos clientes, una pregunta le viene ahora a la cabeza invariablemente: «¿Me demandará esta persona?».

En Lying on the Couch quise explorar el tema de los límites entre terapeuta y paciente en toda su complejidad; los riesgos y las tentaciones, los deseos del terapeuta, los modos de evitar las dificultades, los peligros para un paciente explotado. Sobre todo, traté por todos los medios de comprender plenamente a cada una de las dos personas del drama: quería explorar la profunda experiencia subjetiva de cada participante sin precipitarme en culpar o linchar a ninguno de ellos. Si los psicoterapeutas no intentan comprender la conducta y la motivación en la situación terapéutica, ¿quién lo hará?

Por consiguiente, Lying on the Couch examina muchas cuestiones controvertidas, incluso, por ejemplo, el delicado tema de si, en el caso de que la relación sea genuina, la energía sexual puede jugar un papel legítimo (no la conducta sexual) en el éxito de la terapia. El sueño que describe una paciente a su terapeuta en la novela resulta ilustrativo:

Soñé que usted y yo asistíamos juntos a una conferencia en un hotel. En algún momento usted me sugería que tomara una habitación contigua a la suya para que

pudiéramos dormir juntos. De modo que iba a recepción y disponía que se me cambiara la habitación. Entonces un poco más tarde usted cambia de opinión y dice que no es una buena idea. Así que yo vuelvo a recepción para cancelar el cambio. Demasiado tarde. Todas mis cosas han sido trasladadas a la nueva habitación. Pero resulta que la nueva habitación es mucho más agradable, más grande, más espaciosa, con mejores vistas. Y, también, mejor numerológicamente: el número de la habitación, 929, era un número mucho más propicio para mí.

Este sueño (un sueño real de una de mis pacientes) sugiere que, para algunos pacientes, la energía sexual puede jugar un importante papel en el proceso terapéutico. El sueño sugiere que la intensa intimidad de la relación (catalizada por la ilusión de una unión sexual final) tiene como resultado un crecimiento personal considerable en el paciente (su nueva habitación es más grande, más agradable, con mejores vistas, y es

numerológicamente más ventajosa). Llegado el momento en que ella entiende la naturaleza ilusoria de sus esperanzas de una unión, es demasiado tarde para volver: los cambios positivos ya han tenido lugar.

Aunque estoy persuadido de que existe un papel en la relación terapéutica para una gran intimidad, incluso para el amor, y aunque soy franco y gráfico en mi discusión de los riesgos y las tentaciones desde la perspectiva del terapeuta, no quiero minimizar ni excusar la explotación y las perturbaciones sexuales por parte del terapeuta. Una lectura poco cuidadosa de Lying on the Couch puede llevar al lector a la conclusión de que estoy

ofreciendo una apología del terapeuta infractor. En absoluto. Estoy convencido de que, casi invariablemente, una relación sexual entre un paciente y un terapeuta es altamente

destructiva para el paciente, e igualmente destructiva para la conciencia, la autovalía, y la integridad del terapeuta.

Otro tema terapéutico explorado en Lying on the Couch es la relevancia y utilización de los sueños. Demasiados psicoterapeutas contemporáneos desatienden los sueños en su trabajo. Muchos de mis estudiantes evitan incluso pedir a sus pacientes que cuenten sueños (así como fantasías). En alguna medida, ellos pueden ser los que reaccionen al énfasis que ponen en la terapia breve las organizaciones de mantenimiento de la salud, pero muchos nuevos terapeutas, que tienen una formación menos formal que la pasada generación de terapeutas, están, creo, turbados e intimidados por la voluminosa y arcana literatura, sobre la interpretación de los sueños.

En consecuencia, en Lying on the Couch, he llevado a cabo un intento deliberado de demostración de una aproximación pragmática a la elaboración de los sueños. Trato de mostrar que los sueños son útiles no por las comprensiones asombrosamente profundas que emergen del análisis exhaustivo de un sueño, sino porque las asociaciones de los pacientes con el sueño les conducen a inesperados recuerdos, reflexiones y desvelamientos.

No he sido nunca capaz de inventar sueños convincentes en mis escritos de ficción. Cada intento carece del requisito de lo misterioso, lo raro, bien... de la cualidad de lo soñado. Por consiguiente, todos los sueños de Lying on the Couch son reales. Algunos de ellos son mis propios sueños, como éste (que le atribuyo al protagonista, Ernest):

Estaba caminando con mis padres y mi hermano en un centro comercial y decidimos ir a la planta superior. Me encontraba solo en un ascensor. Fue un viaje largo, largo. Cuando salí, estaba a la orilla del mar. Pero no podía encontrar a mi familia. Los buscaba una y otra vez. Aunque era un lugar encantador -la orilla del mar siempre resulta un paraíso para mí- empiezo a sentirme dominado por el terror. Entonces empecé a a ponerme una camisa de dormir con una cara estampada, viva y sonriente, del oso Smokey. La cara se hace de pronto más brillante, más tarde luminosa... pronto la cara se convierte en el centro del sueño, como si toda la energía del sueño se hubiera transferido a esa inteligente y sonriente cara del osito Smokey.

No existía misterio alguno para mí en lo relativo a la fuente de este sueño. Lo soñé inmediatamente después de haber pasado casi toda la noche con un amigo moribundo. Su muerte me arrojó a la confrontación con mi propia muerte (representada en el sueño por un terror penetrante, por la separación de mí familia, y por mi largo ascenso en el ascensor hasta una playa celestial).

Expreso mis sentimientos en las palabras de Ernest:

¡Qué fastidio, pensó Ernest, que su propio fabricante de sueños hubiera adquirido participaciones del cuento de hadas del ascenso al paraíso! ¿Pero, qué podía hacer él? El fabricante de sueños era su propio señor, formado en los albores de su conciencia, y, obviamente, estaba formado más por la cultura popular que por la voluntad.

El poder del sueño residía en la camisa de dormir adornada con el reluciente emblema del oso Smokey. Podía ver a través de ese símbolo: después de la muerte de mi amigo y antes de pasar a la sala funeraria, su viuda y yo hablamos de cómo vestirle: ¿cómo tiene uno que vestir un cuerpo para el crematorio? ¡El oso Smokey representaba la

incineración! Estaba en lo cierto. Inquietante, pero instructivo. Recordemos la percepción que tenía Freud según la cual la función primaria de los sueños es mantener durmiendo al que sueña. En este sueño, los pensamientos de temor -muerte e incineración- son

transformados en algo más benigno y agradable: la vivaz figura del oso Smokey. Pero el mecanismo del sueño tan sólo era parcialmente exitoso: consiguió que continuara durmiendo, pero no pudo evitar que la ansiedad de la muerte irrumpiera en el sueño.

La mayoría de los sueños de mis escritos de ficción son de mis pacientes. Conseguir su permiso resultó instructivo de distintas maneras. Un poderoso sueño incluido en Lying

on the Couch procedía de un paciente que soñó que paseaba a lo largo de la costa sur y se

encontró con un río que, sorprendentemente, fluía hacia atrás, alejándose del mar. Siguió el río tierra adentro y descubrió a su padre y después a su abuelo parados frente a unas cuevas.

El río que fluye hacia atrás era una imagen dolorosa del deseo de vencer al tiempo, de invertir su flujo inexorable, para resucitar a su padre y su abuelo muertos. Al principio, dieciocho meses antes, cuando habíamos trabajado sobre el sueño, nos condujo a unos confines profundos yoscuros: sus temores al envejecimiento ya la muerte; su convicción de que, como los demás hombres de su familia, tendría que hacer frente al final de su vida en soledad: su profundo arrepentimiento por haber dado la espalda a su familia de origen.

Cuando solicité su permiso para citar el sueño en mi novela, pareció desconcertado y negó que hubiera soñado alguna vez tal sueño. Le pedí que leyera mis notas de aquella sesión terapéutica, pero aun así el sueño le pareció completamente ajeno a él. Esta amnesia como respuesta ante un poderoso sueño es una buena demostración del poder de la

represión. No sólo encontramos difícil recordar los sueños, sino que incluso después de haberlos recordado, a menudo los reprimimos una vez más.

A propósito, las notas de esa sesión de hacia dieciocho meses contenían no sólo el sueño, sino otras importantes observaciones sobre su relación con la ambición y la

autoridad. Cuando el paciente leyó aquellas notas su terapia se vio inmediatamente catalizada, se dio cuenta de cómo había cambiado en sus actitudes hacia la autoridad, y también se percató del mucho trabajo que todavía le quedaba. El proceso de psicoterapia puede ser considerado como una «cicloterapia»: volvemos una y otra vez a reelaborar, a niveles más y más profundos, los mismos temas.

A menudo se me ha preguntado si los clientes han puesto objeciones a mis escritos sobre ellos. Casi siempre son los clientes sobre los que no he escrito quienes han expresado su preocupación, preguntándose si no son lo suficientemente interesantes o especiales para merecer su inclusión en mi trabajo. Sin excepción, los clientes me han permitido con mucho gusto que citara sus sueños. Siempre les di la oportunidad de que aprobaran el documento final antes de la publicación, pero ninguno me ha pedido nunca que cambiara alguna parte del sueño.

Consideremos este curioso incidente que se refiere a un sueño incluido en Love's

Executioner. Una paciente a la que hacía años que no veía me llamó para una visita después

de la publicación del libro. Entró en mi consulta, se sentó, y con voz sombría me dijo que sabía que ella no era Thelma, la protagonista de la primera historia, aunque uno de los

sueños de Thelma se parecía extrañamente a un sueño que me había descrito en una ocasión.

Inmediatamente me sentí alarmado al verme enfrentado a una paciente disgustada que, aparentemente, me acusaba de haber cogido algo de ella sin su permiso. El sueño en cuestión trataba de una mujer que bailaba con un hombre y después yacía con él en el suelo de la sala de baile, donde practicaban el sexo. Justo antes de tener un orgasmo ella le susurraba al oído: «Mátame».

Sabía que este sueño no pertenecía a Thelma. Había oído el sueño hacía tiempo de algún otro, aunque había olvidado de quién, y, con objeto de mejorar la historia, acabé por ligarlo al personaje de Thelma. Mientras hablaba con la paciente recordé que, en efecto, era su sueño y me excusé profusamente por haberlo olvidado y, por consiguiente, por no haber obtenido su permiso.

Ella hizo caso omiso de eso. Dijo que la había malinterpretado. La propiedad del sueño no era lo que le inquietaba; lo que le molestaba era el pensamiento de que su

imaginación pudiera ser tan banal que otra cliente hubiera podido soñar lo mismo. Salió de mi despacho muy tranquilizada sobre su creatividad y el carácter único de sus sueños.

Hasta ahora hemos estado discutiendo el uso de los sueños de los clientes en la terapia. En Lying on the Couch describo una variación: Ernest sueña sobre Carolyn, su cliente, y toma la decisión radical de compartir su sueño con ella:

Estoy corriendo por un aeropuerto. Te descubro en medio de una multitud de pasajeros. Estoy encantado de verte y corro a tu encuentro y trato de darte un gran abrazo, pero tú interpones tu bolso, haciendo que el abrazo resulte muy abierto e insatisfactorio.

La posterior discusión del sueño dernuestra ser provechosa en la terapia. Se ventilan varios significados diferentes. Ernest sugiere que el sueño representa su intento de

desarrollar una relación terapéutica estrecha con ella, un intento que resulta frustrado al querer ella terciar en la terapia con sus demandas de sexualidad (representado por el

símbolo del bolso, que bastante a menudo significa la vagina) y de este modo impide que se desarrolle una verdadera intimidad. Su paciente, Carolyn, opone una interpretación más sencilla, más parsimoniosa, a saber, que el bolso simplemente representa el intercambio de dinero y que su deseo de tener una relación real (esto es, un encuentro sexual entre un hombre y una mujer) se ve frustrado por su contrato profesional. Sin embargo, Ernest sugiere otro significado:

-Otro sueño que tuve, Carolyn, fue sobre el contenido del bolso. Desde luego, como tú sugieres, el dinero viene inmediatamente a la mente. Pero de que más podía estar lleno que pudiera tener que ver con nuestra intimidad?

-Quiero decir que quizá puedes no estar viéndome como soy realmente debido a algunas ideas preconcebidas y a algunos sesgos adoptados sobre la marcha. Quizás estás acarreando alguna vieja carga que está bloqueando nuestra relación; por ejemplo, heridas de tus

relaciones pasadas con otros hombres, tu padre, tu hermano, tu marido. O quizás expectativas de otra época: piensa, por ejemplo, en tu primer terapeuta, Ralph Cooke, y cómo me has dicho a menudo: «Sé como Ralph Cooke, sé mi amante-terapeuta.» En un sentido, Carolyn, me estás diciendo: no seas tú, Ernest, sé algo o alguien más.

¿Qué interpretación es la verdadera? ¿La sexualización de la relación por parte de la paciente? ¿El lamento del terapeuta por no poder tener una relación romántica, no

profesional, con su paciente? ¿La distorsión de la relación real basada en la transferencia de la cliente? Según el espíritu pragmático de Wílliam James, la verdad es aquello que

funciona. Y lo que funciona en la novela y en la situación de la vida real en la que ocurrió este sueño (mi propio sueño) es el reconocimiento, por parte del terapeuta y de la cliente, de que hay verdad en cada una de estas interpretaciones: tomadas juntas constituyen un

instrumento para profundizar la autenticidad de la relación y del trabajo terapéutico.