THE INCENTIVE SCHEME
5.3 Paris MOU Reward System
búsqueda inteligente de objetivos apropiados4. En tal caso, la racionalidad no está meramente en los medios sino que atañe también a los fines. Tiene, además, singular importancia. Así, en palabras de M. Shimkus, “la racionalidad es a la Ciencia del comportamiento humano lo que la selección natural es a la Ciencia de la evolución”5.
1 Cfr. S
IMON, H. A., “La racionalidad limitada en Ciencias Sociales: Hoy y mañana”, en GONZALEZ, W. J. (ed),
Racionalidad, historicidad y predicción en Herbert A. Simon, Netbiblo, A Coruña, 2003, pp. 97-110. 2 Cfr. G
IGERENZER, G. y SELTEN, R., “Rethinking Rationality”, en GIGERENZER, G. y SELTEN, R. (eds), Bounded
Rationality: The Adaptive Toolbox, MIT Press, Cambridge, MA, 2001, p. 1. 3 Cfr. B
EREIJO, A., “Las Ciencias de lo Artificial y las Ciencias de la Documentación: Incidencia de la predicción y la prescripción”, en GONZALEZ, W. J. (ed), Racionalidad, historicidad y predicción en Herbert A. Simon, Netbiblo, A Coruña, 2003, pp. 279-309.
4 Cfr. R
ESCHER, N., Rationality: A Philosophical Inquiry into the Nature and the Rationale of Reason, Clarendon Press, Oxford, 1988, p. vii.
5S
HIMKUS, M.,Consciousness, Cognition, and Creativity, disponible en: <http://www.students.sahs.uth.ymc.ed u/MShimkus/readings.htm>, (acceso, julio de 2002).
A la hora de articular qué es la “racionalidad”, se ha señalado que el principio de racionalidad supone que el sistema cognitivo “optimiza” la adaptación del comportamiento del organismo6. Pero esto requiere su matización, pues la racionalidad humana no es ilimitada, aunque sí sea “adaptativa”. Esto comporta que la racionalidad se relaciona con un entorno al cual debe adaptar su elección de medios adecuados para conseguir los fines previstos. En tal caso, la racionalidad no es “automática”, de ahí los problemas que plantea su uso en Ciencias de lo Artificial. La racionalidad está claramente presente tanto en la Ciencia como en la Tecnología, si bien su naturaleza es distinta en ambos casos.
En efecto, como ha señalado W. J. González, es posible afirmar que los objetivos no son los mismos al hacer Ciencia que al desarrollar Tecnología, aun cuando mantengan una relación estrecha en el terreno práctico. Parece claro que la Ciencia conlleva una racionalidad específica que la distingue de otras actividades humanas. Esta racionalidad científica presenta objetivos de naturaleza eminentemente cognitiva, puesto que se basa en la capacidad de usar el conocimiento y busca nuevo conocimiento. Es una racionalidad que se despliega tanto en el plano formal como en el empírico. Conlleva el uso de varios planos diversos en cuanto que hay objetos de deliberación humanos: i) la racionalidad cognitiva, que atañe a los propios contenidos de conocimiento en los que consiste la Ciencia; ii) la racionalidad práctica, que opera señalando acciones a realizar; y iii) la racionalidad evaluativa, cuyo cometido es examinar críticamente los objetivos buscados y los resultados alcanzados7.
Esas tres categorías pertenecen al ámbito de la Ciencia. Así, en primer lugar, está directamente vinculada con el conocimiento, tanto en las Ciencias Formales como en las Ciencias Empíricas. En segundo término, la Ciencia también está relacionada con las acciones a realizar (rutas de investigación), que llevan a pensar en el método adecuado para hacer avanzar el conocimiento, tanto en el plano formal como en el terreno empírico. Y, en tercera instancia, ha de sopesar los objetivos que ha de buscar el conocimiento. Esta vertiente evaluativa tiene especial importancia en las Ciencias Humanas y Sociales.
También la Tecnología se orienta hacia la búsqueda inteligente de objetivos. Pero tiene una meta distinta a la que busca la Ciencia, puesto que la Tecnología modifica lo real. Se orienta hacia la obtención de un dominio diverso, creativo y transformador de la realidad, bien sea natural o humano y social. Este cometido propio –la modificación creativa de lo real– afecta completamente al conocimiento tecnológico (al diseño de lo buscado y al saber hacer operativo concerniente a los instrumentos). Este rasgo es resaltado por W. J. González, cuando indica que esto supone una variación entre la Ciencia y la Tecnología, ya que “en principio, los objetivos buscados no son los mismos al hacer Ciencia que al desarrollar Tecnología”8. Por tanto, son conceptualmente diferentes: responden a dos tipos distintos de racionalidad, aun cuando tengan una interacción práctica.
6 Cfr. A
NDERSON, J., “Cognitive Architectures in a Rational Analysis”, en VAN LEHN, K. (ed), Architectures for Intelligence, Lawrence Erlbaum, Hillsdale, N. Jersey, 1991, pp. 1-24.
7 Cfr. G
ONZALEZ, W. J., “Racionalidad científica y racionalidad tecnológica: La mediación de la racionalidad económica”, Ágora: Papeles de Filosofía, v. 17, n. 2, (1998), pp. 95-115.
8 Cfr. G
ONZALEZ, W. J., “Racionalidad científica y racionalidad tecnológica: La mediación de la racionalidad económica”, p. 96.
Este cometido específico de la Tecnología –la transformación creativa de la realidad– incide sobre el conocimiento tecnológico y en el quehacer que le acompaña: i) afecta al diseño y al saber hacer (know how) operativo vinculado a los instrumentos; ii) incide en las acciones correspondientes del quehacer tecnológico; y iii) hace sentir su influencia en los criterios de valoración de la Tecnología.
Los procesos racionales también experimentan cambios en la Tecnología respecto de la Ciencia. La actividad de la Ciencia sigue pautas que son, en buena medida, de naturaleza cognitiva –en principio, respeta lo real– frente a las metas de transformación creativa de la realidad presentes en la Tecnología. Cuando el quehacer tecnológico opera, se obtiene un artefacto o producto tecnológico que no existía y que entitativamente es distinto de algo real anterior.
Al analizar la Tecnología, N. Rescher señala que puede abordarse como una cuestión de eficacia y eficiencia en la búsqueda de metas adecuadas. Esa racionalidad tecnológica teleológica (orientada a fines) tiene, al menos, dos dimensiones: una dimensión práctica –la “búsqueda inteligente” de algo conscientemente buscado–, y otra de carácter evaluativo, que es la atención a los “fines adecuados”. La primera, situada en el ámbito práctico de la razón, es un componente crucial y característico de la racionalidad tecnológica: aborda la cuestión del desarrollo y de la utilización eficiente y efectiva de los medios para llevar a cabo nuestros fines.
Sobre la racionalidad tecnológica, desde un punto de vista de la arquitectura de sistemas informáticos, J. Anderson señala que el análisis racional aporta dos ventajas: i) la comprensión de la índole del problema puede proporcionar vías sólidas en las propuestas de diseño de posibles mecanismos informáticos; ii) el dominio de las tareas (expertise) ofrece razones para una arquitectura cognitiva informática que sea específica9.
Hay, por tanto, diferencias entre la racionalidad científica y la racionalidad tecnológica en cuanto que no sólo se orientan hacia objetivos que son distintos, aun cuando estén interconectados. Entre ambos tipos de racionalidad –la científica y la tecnológica–, W. J. González señala una tercera categoría: se trata de la racionalidad económica que la propone como el nexo que actúa entre la Ciencia y la Tecnología10. Se puede acudir a una idea de N. Rescher, que plantea una diversificación de las razones económicas en varios planos: a) la Economía cognitiva, que es, la búsqueda del conocimiento científico mediante la desaparición de posibles errores; b) la Economía metodológica, que es un proceso de indagación que intenta el incremento de conocimiento al menor coste posible; c) la Economía en la actividad de la acción social de la Ciencia, de modo que el proceso de selección racional contribuya a mantener, establecer y transmitir los recursos cognitivos que han probado su eficacia; y d) la Economía como pauta para los usos y aplicaciones de la Ciencia, que afecta directamente a la proyección tecnológica de la Ciencia11.
9 Cfr. A
NDERSON, J., “Cognitive Architectures in a Rational Analysis”, en VAN LEHN, K. (ed), Architectures for Intelligence, 1991, pp. 1-24.
10 Cfr. “Racionalidad científica y racionalidad tecnológica: La mediación de la racionalidad económica”, p. 96. Véase también RESCHER, N.,Priceless Knowledge?, Natural Science in Economic Perspective, University Press of America, Savage, MD, 1996, p. 115.
11 Cfr. G
ONZALEZ, W. J., “Racionalidad científica y racionalidad tecnológica: La mediación de la racionalidad económica”, pp. 95-115; en especial, p. 98.
Hay otra línea de actuación, que propone H. Simon, cuyo análisis de la racionalidad contempla los factores cognitivos, pero en su concepción de la racionalidad atiende prioritariamente al plano de procesos, en lugar de resaltar los fines. Así, en el planteamiento de H. Simon se defiende que la racionalidad “denota un estilo de conducta apropiado para la obtención de determinadas metas específicas dentro de los límites impuestos por las condiciones dadas y por las restricciones”12.
En este contexto, la dimensión interna del progreso científico –Economía de la investigación, la búsqueda de la economía de medios en la indagación científica– converge con la vertiente externa de los costes financieros, a través, sobre todo, de la proyección tecnológica de la Ciencia. Cada nuevo logro en la Ciencia requiere de una Tecnología situada en un plano superior.
Así pues, tenemos que tanto en la Ciencia como en la Economía hay una convergencia en cuanto a que en ambas se da una racionalidad de tipo instrumental, que conduce a la elección de los medios más rentables para alcanzar los fines buscados; pero, desde el principio, hay diferencias en cuanto a la racionalidad evaluativa, que selecciona los fines adecuados (y que puede llevar a considerar como rentable un fin para la Ciencia y no rentable para la Tecnología, que depende de la Ciencia para trazar sus objetivos). Se puede afirmar –a juicio de W. J. González– que hay una mediación de la racionalidad económica cuando la Ciencia y la Tecnología optan por una racionalidad de medios o instrumental13.