2.2 Deficit Irrigation and Partial Rootzone Drying
2.2.2 Partial Rootzone Drying (PRD)
Con la finalidad de incorporar los hallazgos que muestran de una forma precisa la multideterminación y riqueza de las diferencias y similitudes de género, surgieron toda una serie de modelos y teorías que reemplazaron a los postulados tradicionales, y que son importantes para considerar dentro de la presente investigación.
Las relaciones de género son constructos históricos y socioculturales que varían en el tiempo y en el espacio social. El género surge de las diferencias en las características corporales de los dos sexos. La anatomía que distingue a hombres y mujeres es interpretada culturalmente en el proceso de socialización de lo biológico y de la biologización de lo social, por lo que un hecho cultural y social como es la dominación masculina sobre las mujeres, es presentado como un hecho ―natural‖. (Bourdieu, 1998:9).
Las diferencias significativas entre los sexos son las diferencias de género. Cada sociedad dictamina qué espera de cada uno de los sexos. El status sexual marca la participación de hombres y mujeres en las instituciones sociales, en la familia, la política, la economía, el Estado y en las religiones, con sus respectivos valores y expectativas según el sexo.
Para Lamas (1996) lo que determina la identidad y el comportamiento del género no es el sexo biológico, sino más bien el hecho de que hombres y mujeres desde su nacimiento han experimentado ritos, costumbres, valores y normas, atribuidas según el sexo que les
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corresponda. Por lo que la asignación y construcción de una identidad es cultural, social e histórica. Con ello se saca el debate de la desigualdad entre los sexos del terreno de la biología para ubicarla en el terreno de lo simbólico.
¿Qué representa para la sociedad tanto el género como la sexualidad? Para la antropóloga feminista Marta Lamas (1996:119) estos conceptos son ―símbolos‖ (y con ello parece darle la razón al Psicoanálisis Freudiano), aunque admite que otra de las respuestas al interior del feminismo es, que estos son ―constructos culturales‖. La primera trata de explicar las relaciones estructurales entre los símbolos -enfoque culturalista- y la segunda se esfuerza por poner el acento entre los símbolos y sus significados en la dinámica de la vida social - enfoque sociológico-. Afirma que las dos explicaciones no son excluyentes, simplemente son propuestas metodológicas convergentes para el análisis del género como sistema cultural; por lo que considera que las posteriores investigaciones de género y sexualidad se encaminan a considerarlas como construcciones simbólicas que están presentes en los aspectos económicos, políticos y sociales.
Pilar Alberti Manzanares define el género «como un sistema de símbolos que hace viable las relaciones entre l@s individu@s de igual y distinto sexo, entre éstos y la sociedad, y entre éstos y el poder». El género esta «atravesado» por la diferencia, la asimetría y la jerarquización. (Alberti, 1994:39).
La posición tradicional sobre las diferencias de género no consideraba que en el proceso de desarrollo de los seres humanos, y con base en los procesos de socialización y aculturación diferenciales, se fueran especificando características físicas, emocionales, sociales y conductuales que de una forma u otra determinan los aspectos básicos de la personalidad de cada individu@ dependiendo de su grupo. Sin embargo, la creciente emancipación de la mujer hizo insostenible la postura tradicional de unidimensionalidad y bipolaridad (Díaz- Loving, 1999). La simple descripción de diferencias por género ha enfrentado y cuestionado en forma desmedida y creciente a la postura tradicional, con información que muestra claramente que las características biológicas de hombres y mujeres no son las únicas que determinan los papeles sexuales y las características de personalidad.
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Dentro de los diversos modelos surgidos posteriormente a las posturas tradicionales, se encuentra la postura teórica elaborada por Díaz Guerrero (1977), en la cual indica que el desarrollo de la personalidad de cada sujeto se produce a través de una constante dialéctica entre las necesidades biopsíquicas del organismo y las normas y premisas socioculturales preescritas por su grupo de referencia. Es así como el proceso de socialización y aculturación diferencial entre el hombre y la mujer, aunado a las diferencias biológicas, va definiendo y conformando las características de personalidad de cada sujeto de acuerdo a su sexo.
Conviene en este punto recordar los datos de algunos teóricos de las ciencias sociales: Katchadourian y Lunde (1979) proporcionan algunas aclaraciones pertinentes para poder llegar a una clara concepción de lo que la categoría de género significa, así como las ventajas de su utilización en los estudios psicosociológicos preocupados por las relaciones desiguales entre los géneros. Mencionan que:
El sexo deberá ser entendido desde lo estrictamente biológico: hembra y macho. El comportamiento sexual se refiere a la forma en que la gente practica el sexo, es decir, su genitalidad.
La experiencia sexual nos lleva al mundo de la subjetividad humana, los sentimientos y los pensamientos privados al respecto de la sexualidad. Ésta se entenderá como la cualidad de todo ser sexual que integra las capacidades a)sexual y b) el ser humano conforme a su identidad sexual, y la incorpora hasta formar una parte fundamental de su personalidad.
Con estas precisiones tenemos ya los elementos suficientes para definir otro proceso más, producto también de la socialización; la identidad genérica, es decir la asignación del género.
El género es comúnmente entendido como subclasificación de ciertas palabras como masculinas, femeninas y neutras, mientras que la identidad genérica va más allá, pues se refiere a los componentes psicosociales de la sexualidad que reúnen la convicción de ser hembra o macho, el comportamiento consecuente y las preferencias para formar pareja; es
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además la continuidad de una autopercepción. Al hacer referencia a fenómenos de carácter psicológico, el género nos lleva a hablar en términos de feminidad y masculinidad.
Diversas investigaciones sobre estereotipos de género han insistido en las diferencias percibidas entre mujeres y hombres (Ashmore, 1981). El autor considera que los estereotipos se adquieren a lo largo del proceso de socialización e influyen en la percepción que tod@s desarrollamos sobre nosotr@s mism@s y sobre l@s demás.
Desde la perspectiva particular de las ciencias sociales, la caracterología de los géneros se fundamenta primordialmente en los procesos de aculturación y socialización que moldean la predisposición biológica de ambos géneros. De acuerdo a esta postura, los procesos antes mencionados determinan la adquisición de patrones de conducta sexualmente tipificados; es decir, primero se aprende a distinguir e identificar dichos patrones, después se generalizan dichas experiencias y expectativas, para finalmente internalizar las normas y producir la práctica de la conducta esperada. El proceso incluye un condicionamiento directo o indirecto de estímulos y modelos que provocan en los géneros distintas estructuras normativas, personales, actitudinales, etcétera, que a su vez desembocan en respuestas emocionales y conductuales particulares.
Desde muy temprano, L@s niñ@s y las niñas inmersos en un proceso continuo de socialización, van a desarrollar pensamientos, creencias y expectativas diferenciales sobre los comportamientos apropiados para mujeres y hombres, construyendo, con base en ellos, su propia identidad de género que actuará como guía en sus acciones futuras. Así la identidad genérica queda establecida en el curso de los primeros tres años de vida. Hacia los 24 meses l@s infantes son capaces de clasificar objetos ―para niñas‖ y ―para niños‖ pero no pueden aplicar rótulos genéricos a sus propias imágenes sino hasta los 30 meses; hacia los 36 meses estos rótulos son empleados ya para orientar sus preferencias (Thompson, 1975).
Hasta los siete años, es que las niñas y L@s niñ@s hacen uso de sus genitales como criterio único de diferenciación entre los géneros, antes de esa edad se guían por indicadores como
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el largo del pelo, el tipo de ropa y algunos adornos. El género incluye las formas o normas de comportamiento socialmente aceptadas para mujeres y hombres, es decir, el lazo de unión entre el/la individu@ y la organización social en la que se desarrolla. Esto denomina el rol genérico y alude al conjunto de expectativas sociales que señalan el ―deber ser‖ a l@s individu@s.
Con base en los nuevos hallazgos y relacionados con el desarrollo del concepto de género, surgieron una serie de modelos y teorías relacionadas al tema. Entre los más representativos están los que se presentan a continuación:
a) Teoría de desarrollo de los roles de género
Esta teoría sostiene que la identidad y los roles de género están marcados por los procesos de identificación con la figuras parentales y que el aprendizaje de roles diferenciados entre mujeres y varones gira alrededor de dimensiones cognitivo-afectivas. El énfasis de esta teoría en las dimensiones mencionadas del proceso de construcción del ―yo‖, permite establecer unos puntos de contacto con el interaccionismo simbólico, dicho contacto se da por el carácter evaluativo-social de la formación de los roles de género y la concepción de la identidad como producto de la construcción individual de roles (Pastor, 1991).
b) Teoría de la interacción simbólica
El punto medular de este enfoque se refiere a los símbolos de carácter físico o lingüístico que se utilizan en la interacción y los significados que la sociedad otorga a estos símbolos. Desde esta posición se entiende que las relaciones sociales están mediadas por un universo simbólico de carácter social, y por ello, su análisis debe considerar la significación variable de los símbolos empleados en la interacción y producidos en el contexto de la misma. Ahora bien, el mantenimiento de estos roles se da por la conformación de las expectativas a través del aprendizaje del significado de las características atribuidas al género, aunque estas diferencias no tengan ―fundamentación lógica alguna‖, según Pastor (1991).
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La vida social se encuentra organizada sobre acuerdos sociales en la distribución de actividades y funciones, genera conjuntos de roles adjudicados a ambos sexos, por lo tanto, bajo esta perspectiva, el origen de los roles de género es la división del trabajo. Esta teoría considera que los roles de género son importantes en lo que respecta al carácter determinante de los estereotipos del género, ya que constituyen una fuente de expectativas acerca de las características femeninas y masculinas, (Eagly, 1984 y 1987).
d) Teoría sociocognitiva
Desde esta perspectiva, los sistemas de categorización tienen una importancia decisiva en la organización de la realidad. Estos permiten la articulación significativa de información y la elaboración de marcos cognitivos que sirven de coordenadas en la relación con el mundo. Estas categorías, definidas a partir de la experiencia del sujeto y bajo la acción de las normas sociales, otorgan valores diversos a la realidad y se ligan a esquemas de comportamiento social. Una de estas categorías es la categorización por el sexo y su función, que ―universaliza‖ la distinción y división del género en dos clases (Pastor, 1991). No es la intención de la presente investigación tomar una postura con respecto a los modelos anteriormente mencionados, sino hacer un abordaje integrador de los mismos, con la finalidad de enriquecer el entendimiento sobre el tema Género; sin embargo, la teoría del Rol Social juega un papel fundamental dentro de la misma, pues una buena parte de lo que las parejas analizadas reportaron para esta investigación como factores relacionados con su insatisfacción marital, tienen que ver con la división de trabajo por género derivada de los roles sociales según su contexto.
La postura adecuada para estudiar y entender a los géneros debe ser multidimensional e incorporar mínimamente aspectos biológicos, sociales y personales y que a su vez, contemple que estos interactúan entre sí y están relacionados.
Una serie de autores como Spence (1978), Bem (1974), Block (1973), Carlsson (1981) y Constantinople (1973) plantearon la necesidad de rectificar el modelo bipolar incorporando un Modelo Dualístico, en el cual las características y rasgos de personalidad de
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masculinidad y feminidad forman dimensiones separadas que son esencialmente independientes. Bajo este modelo se incorpora la posibilidad de que existan hombres y mujeres altas en rasgos masculinos y femeninos denominad@s andrógin@s, a quienes se les considera sensibles y decidid@s a la vez, características que permiten a l@s individu@s que las poseen una mayor capacidad de maniobra y flexibilidad en el comportamiento; hombres y mujeres altas en rasgo masculinos y bajos en características femeninas, en los cuales predominan las características tradicionalmente asignadas al estereotipo masculino; hombres y mujeres que muestran rasgos típicos femeninos; y por último hombres y mujeres que muestran pocas características de personalidad asignadas socialmente a ambos géneros, a este grupo los autores lo llamaron indiferenciado.
Como se puede observar bajo este nuevo modelo, el poseer las características típicas de un género no implica la existencia o ausencia de las características típicas del género opuesto. Con lo cual se puede decir que la asignación del género tiende a la flexibilidad, por inflexibles que parezcan las posturas derivadas de las construcciones socioculturales. De aquí parte la necesidad de incluir la perspectiva psicológica para tener un mejor acercamiento a los temas que comprenden la asignación del género y su tendencia flexible desde que inicia la vida de cualquier ser humano.