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2. METHODOLOGY

2.4. Participants

(s.f.)

Desarrollar estrategias creativas que involucren aspectos cognitivos, emocionales, comportamentales, comunicativos y psicosociales pero ante todo desarrollar estrategias participativas e incluyentes en la comunidad educativa, que nos permitan abordar de manera articulada la dimensión individual, la dimensión colectiva, y la dimensión histórica de la memoria vivida y la memoria narrada (Girón, s.f., p. 20).

Esta necesidad permite pensar el papel de la memoria y su articulación con la pedagogía en el actual escenario del país; la implementación del acuerdo de paz logrado entre el gobierno y la guerrilla de las FARC tiene grandes implicaciones y retos para la sociedad colombiana. Desde este enfoque, la educación debe asumirse no como un instrumento procedimental sino como la base de donde emergen acciones concretas que orienten y transformen las aspiraciones sociales de un país; a través de un acercamiento a la experiencia humana, en el que se despierte la sensibilidad sobre aquello que se ha vivido, sufrido y padecido (Castro, Merchán, Ortega, & Vélez, 2015).

Desde esta perspectiva y siguiendo los postulados de Todorov (2000), la memoria es necesaria porque a través de ella se construye nuestra identidad, debido a que somos individual y colectivamente lo que hemos vivido. El buen uso de la memoria se da cuando esta sirve a los deberes de verdad y de justicia y más aún cuando va acompañada de un compromiso social en beneficio de un presente- futuro que reconozca la multiplicidad de actores, discursos y propósitos.

1.9.1 Pedagogía de la memoria

La relación entre pedagogía y memoria se convierte en una demanda política que debe hacerse realidad en las dinámicas actuales de Colombia puesto que:

Reconocer en el propio seno de la educación la coexistencia de fenómenos plurales de interpretación y de búsqueda de sentido. En cierta perspectiva, ello implica situar la memoria y las pedagogías en un contexto reflexivo que reconoce la multiplicidad de

actores, discursos y propuestas que componen este “corpus” y su devenir histórico, a la vez que, situarlo críticamente en los contextos políticos y de constituciones del saber desde los cuales emergen (Rubio, 2007, p. 2).

En este contexto es necesario dar cabida a nuevas pedagogías que vinculen a los sujetos y sus experiencias a partir de acciones educativas que permitan configurar interpretaciones críticas sobre el pasado y aproximaciones esperanzadoras frente al futuro. Dentro de estas pedagogías emergentes se inscribe la pedagogía de la memoria que da cuenta de la búsqueda de sentido del pasado en términos de participación, coherencia y transformación del entorno a través de la potencialización de reflexiones críticas y propuestas que propendan por el cambio y por la posibilidad de un país más incluyente y democrático. La pedagogía de la memoria más que una herramienta es una estrategia a la cual acudir, ya que esta permite la posibilidad de aprendernos, reconocernos y enseñarnos distintos al identificar y analizar otras formas de experiencia: deseos, esperanzas, resistencias (Castro et al., 2015).

El acto rememorativo que está implícito en la pedagogía de la memoria ofrece múltiples posibilidades para el sujeto al permitirle interrogarse y pensarse en un presente-futuro,

La pedagogía de la memoria se proyecta, como el intento de validar lo humano en lo social y por ello surge en un contexto político de significación, como contrapunto crítico del orden social, para configurar la ciudadanía memorial1 constituida por hombre y mujeres sujetos críticos que deben desde la memoria viva, desnudar el potencial ideológico de toda la estrategia totalizadora que legitime el olvido. Como es citado en (Castro et al., 2015, p. 45)

Es fundamental que la memoria se desligue de la concepción errónea que la asocia a un propósito de verificadora de verdades y se convierta en transformadora de realidades. Esto invita a reflexionar sobre el componente ético que se encuentra en el ejercicio de reconstrucción de memoria, pues más allá de relatar una situación, se hace una acción de reconocimiento que

1Se define como la forma en la que ciudadanía debe actuar y configurarse en torno a la defensa y promoción de los derechos humanos y de la democracia (Girón, s.f.).

involucra al otro como parte de mi propia historia, solo así se logra que la memoria se desligue un poco de las condiciones institucionalizadas y rígidas a las que ha estado sujeta.

La pedagogía de la memoria permite reorientar prácticas educativas de enseñanza aprendizaje del pasado reciente, asignándole a la memoria un rol definitivo en el que nuevas categorías reflexivas y críticas tengan lugar, así: es necesario recurrir a fuentes no oficiales que relaten la historia y los acontecimientos de los cuales hacen parte los individuos como sujetos históricos; es así que en los procesos educativos existe la relación entre memoria, política y educación como categorías pedagógicas(Castro et al., 2015) en tanto que quienes son parte de estos llevan consigo una carga histórica que determinan modos particulares de aprender y situarse en el mundo.

Lo anterior implica que en el acto pedagógico se promuevan y construyan experiencias que aborden lo ético, social, político y estético que conduzcan a indagar sobre las relaciones de poder que median entre aquello que se vivió y la idea legitimada de la historia oficial. Es así que y siguiendo a (Castro et al., 2015) uno de los mayores desafíos de esta pedagogía de la memoria es encontrar respuesta al cuestionamiento de cómo articular la historia, los contenidos, los conocimientos y la realidad en el campo educativo acudiendo a diversas disciplinas como la antropología, sociología, filosofía, historia y, psicología: ya que estas también hacen parte de la búsqueda de respuestas sobre la relación entre el ser y el mundo.

Es necesaria y urgente una pedagogía de la memoria que no nos permita olvidar, que interpele nuestra indiferencia, que critique nuestra comodidad de naturalizar los hechos y que nos imponga la investigación de las múltiples verdades de nuestras historias, que nos invite a transformar y nos enseñe a replantearnos el proyecto de humanidad, que nos exija rigor respeto y sobre todo compromiso ético con el abordaje, estudio y enseñanza de nuestras historias recientes (Castro et al., 2015, pp. 165–166)

Los componentes básicos de la pedagogía de la memoria se enmarcan en el reconocimiento de diversas narrativas, prácticas y proyectos para trabajar temáticas como la alteridad, la interculturalidad, la violencia, la relación del saber con el poder y la interacción de

lo global con lo local (Castro et al., 2015) convirtiéndose en un elemento que responde a las demandas y transformaciones del contexto propio de las comunidades.

El ejercicio de la pedagogía de la memoria debe ser crítico y continuo de manera que los sujetos sean capaces de interrogarse sobre las razones que han contribuido a naturalizar los abusos e injusticias sociales que han configurado una sociedad del olvido. Complementariamente, es necesario que las prácticas pedagógicas que se planteen para abordar la historia reciente se lleven a cabo dentro de ambientes propicios con el fin de evitar la insensibilidad, la indiferencia y la rutinización de la barbarie. Por lo tanto, desde lo pedagógico, tal como lo afirma González en (Arias, 2016) una propuesta educativa que aborde el pasado reciente puede trabajarse teniendo en cuenta tres niveles: El conocimiento, la emoción y la acción; es decir que “Ello consisten en conocer por qué sucedieron las cosas e identificar responsables, sentir conmoción ante el dolor de los otros y, finalmente estar dispuestos a hacer algo para solucionar la situación presentada” (Arias, 2016, p. 273).

El ideal de las prácticas pedagógicas en las que se aborde el pasado violento debe propender a que los sujetos más allá de describir la realidad sean capaces de cuestionarla, activando procesos éticos que les permitan formar sus propias lecturas de los acontecimientos desde una perspectiva crítica en la que se reconozca al otro como un nosotros en tanto compartimos hechos a los que “no podemos ser ajenos si nos reconocemos como seres de la historia” (Arango, Londoño, Sanchéz, & Vera, 2015, p. 60).

1.9.2 Narrativas

Las nociones teóricas desde las cuales se entiende el concepto de narrativas están sustentadas en la idea de que estas juegan un papel importante a la hora de comprender los fenómenos sociales; así, los individuos que narran construyen y estructuran realidades que posibilitan, en algunos casos, la transgresión de elementos consolidados y hegemónicos, frente a por ejemplo, las versiones sobre hechos traumáticos y a explicaciones de las causas que los desencadenaron. Desde este sentido, la narrativa se entiende como “la forma en que los sujetos dan sentido a la experiencia”(Arango et al., 2015, p. 28); es así que “narrar es un acto

interpretativo que hace del relato una versión de una vida o de una comunidad cultural”(Siciliani, 2014, p. 37).

El relato es la materialización del pensamiento narrativo y producto de la capacidad de narrar que se considera inherente al ser humano; sus elementos lingüísticos permiten caracterizar aspectos como “quién le hizo qué a qué otro, con qué objetivo, con qué resultado, en qué situación, en qué sucesión temporal y con qué medios”(Bruner, 2003, p. 56). Estos elementos constitutivos del acto de narrar están acompañados de “acontecimientos humanos que se desarrollan en el tiempo; están hechos de situaciones humanas que terminan por modelar nuestra percepción del mundo y que su vez dependen de las creencias que tengamos de la realidad”(Siciliani, 2014, p. 35). Es decir que narrar no es una acto individual alejado de las experiencias colectivas del otro sino que es una acción del yo que verbaliza la concepción del mundo y está mediada por la cultura (Siciliani, 2014, p. 35).

Desde una perspectiva educativa conviene cuestionarse sobre ¿Cuál es la contribución de las narrativas en el contexto escolar cuando se reflexiona sobre episodios violentos de la historia reciente?. Las narrativas acompañadas de los ejercicios de reconstrucción de memoria posibilitan organizar temporalmente los hechos del pasado acudiendo no solo a fuentes oficiales sino también a multiplicidad de formas discursivas que enriquecen y potencializan el quehacer pedagógico. Las narrativas en relación con la memoria contribuyen a la configuración de sujetos históricos capaces de establecer vínculos entre el pasado y el presente, es decir, reflexionar sobre las causas, las consecuencias y las relaciones de acontecimientos, por ejemplo, asociados a la violencia armada, ocurridos en el contexto local, regional y nacional.

Además, las narrativas producto de la denuncia y la reflexión de la realidad social en relación con manifestaciones de violencia armada potencian en los sujetos la comprensión de estos acontecimientos y les proporcionan herramientas para la construcción de una conciencia histórica. De este modo, se hace necesario acudir a la pedagogía de la memoria como una estrategia que facilita el tratamiento de los hechos asociados a la violencia armada a través de las narrativas en el campo educativo.

Una pedagogía de la memoria es una pedagogía que da cabida al testimonio y al relato como formas narrativas a partir de las cuales los sujetos se reconocen en el otro dando lugar a expresiones éticas y estéticas que están ligadas a las experiencias y a la realidad (Castro et al., 2015). La mirada al pasado y la resignificación de experiencias sobre hechos violentos ofrecen la posibilidad de pensar la pedagogía de la memoria como garante de narrativas de situaciones traumáticas, que permiten identificar procesos que den cabida al dolor del pasado en el presente, estableciendo nuevas miradas y reconfigurando el futuro, haciendo de la memoria un dispositivo valido para la crítica, en la cual la proyección abra la puerta a la reparación y al derecho de existencia (Castro et al., 2015).

Las narrativas son un medio comunicativo del pasado en el presente, una posibilidad para reconocer el saber de otros, para comprender un devenir histórico que permita la construcción de una identidad. Los procesos de reflexión sobre lo ocurrido permiten formas de deconstrucción de estructuras de representación dadas desde la oficialidad y promueven la reconstrucción de nuevas realidades con otras perspectivas.

Trabajar las narrativas desde una perspectiva crítica implica reconocer en ellas contenidos y símbolos que han sido perpetuados desde la oficialidad a partir de por ejemplo, currículos impuestos que desconocen la variedad de fenómenos y significados que excluyen las voces de quienes tienen otros modos de entender y contar una verdad tan válida como la que se pregona como verdad absoluta y se impone a través de la institucionalidad; entender las narrativas como relatos plurales significa que

La escuela, las organizaciones comunitarias, los territorios rurales entre otros, se constituyen en lugares de memoria y cobran una importancia relevante las múltiples fuentes de recordar como el testimonio directo, la evocación de las víctimas, la fuente escrita primaria , las distintas formas de consignación y narrativa general (estética, periodística, disciplinar), queriendo de manera múltiple general recordar, reconocer y articular la presencia, materialización y connotación de esas voces silenciadas por las historias oficiales (Castro et al., 2015, p. 41).

Las narrativas son elementos propios de la pedagogía de la memoria ya que reconocen la multiplicidad de espacios y formatos desde los cuales emergen o se manifiestan; asimismo, permiten que los sujetos como individuos históricos y temporales asuman su experiencia desde la comprensión de su propio pasado, demandando un proyecto de inclusión en el que la diversidad sea el soporte de la convivencia, haciendo de las consideraciones éticas y morales un punto de partida para leer otras posibles realidades, espacios y verdades.

El testimonio posibilita recuperar la ausencia del momento pasado o de la realidad perdida, junto con sus protagonistas, que al haber visto, vivido, sentido, se convierten en trasmisores de realidades ocultas, pues al estar narrando están viendo su presente a pesar de que los acontecimientos ya hayan pasado(Castro et al., 2015, p. 42)

Las narrativas están basadas en la experiencia individual sin desconocer su articulación con formas de socialización en las que el sujeto está inserto y a partir de las cuales las personas crean y recrean imágenes de sí mismos y del mundo; el carácter colectivo de las narrativas está dado por los marcos sociales desde los cuales el sujeto se configura como participe de los fenómenos y contextos sociales en los cuales se desarrolla su cotidianidad.