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7. Capabilities on Mars needed to select, acquire, and preserve the samples

7.2 The Pasteur payload

La alianza Davídica es el evento culminante en la historia de salvación del Antiguo Testamento. Por supuesto, el cumplimiento del plan de Dios aguarda la venida de Jesús y el establecimiento del Reino de Dios, la Iglesia Católica.

Pero podemos detectar en el Reino Davídico, especialmente conforme toma forma bajo el reino del hijo de David, el Rey Salomón, las cualidades y el carácter que Dios se propone para Su familia en la tierra –una intención que solo será finalmente realizada en la Iglesia Católica. La monarquía de Salomón es una monarquía regida por el hijo de Dios (ver Salmos 2,7), quien es sacerdote y rey (ver Salmos 110,1.4). A la mano derecha del Rey está su madre, la Reina,

quien intercede por el pueblo ante el rey y es su confiable consejera (ver 1 Reyes 3,19-20; Proverbios 31).

Los asuntos del día a día del reino son administrados por un primer ministro, llamado “visir” real, el “mayordomo” o “señor del palacio”. Él es considerado “un padre para los habitantes” del Reino (ver 1 Reyes 16,9; 18,3; 2 Reyes 15,5; 18,18.37; 19,2; Isaías 22,2).

El Reino Davídico es un imperio internacional, un reino mundial, extendiéndose hasta los confines de la tierra y abrazando a todas las naciones y pueblos (ver Salmos 2,8; 72,8.11).

Como eco a la promesa de Dios hecha a Abraham y sus descendientes, las Escrituras nos dicen que a través del Rey Davídico y su Reino “serán benditas todas las tribus de la tierra; todas las naciones lo proclamarán dichoso” (ver Salmos 72,17).

El Reino, con su capital Sión, Jerusalén, se convertirá en madre de todas las naciones, “Este hombre y aquél, han nacido en ella” (ver Salmos 87,5), todos hecho hijos e hijas de Dios en una familia mundial.

Es un Reino que rige, no por poder militar, sino a través de la liturgia y la oración, sabiduría y ley. La liturgia y adoración del reino está moldeada por la eterna presencia de Dios en el Arca en el Templo de Jerusalén.

Salomón construyó el Templo en el Monte Moriá (ver 2 Crónicas 3,1). Recordemos que el Monte Moriá fue a donde Abraham fue enviado a sacrificar a su hijo amado, Isaac (ver Génesis 22,2). Es muy interesante que estos son los únicos dos lugares en la Biblia donde se menciona el Monte Moriá, y el Calvario, donde Jesús es crucificado, es una de las colinas en la cordillera de Moriá.

El Templo, en la cumbre de la montaña santa de Sión, es la “morada… [del] Dios de dioses” (ver Salmos 84,2.8; 1 Reyes 8,27-30). En Su trono, el cielo y la tierra se juntan (ver Salmos 78,68-69).

Otra característica del Reino es el “sacerdocio eterno” que Dios promete a Pijás, el nieto de Aarón (ver Números 25,10-13). Salomón restableció el sacerdocio haciendo a Sadoq sumo sacerdote y a sus hijos “oficiales del lugar santo y oficiales de la divina presencia” (ver 1 Reyes 2,35).

El Templo debía ser más que un trono para el pueblo elegido de Israel. Debía ser una casa de oración para todos los pueblos. Esto fue lo que Salomón pidió en oración –que “todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre y te teman como tu pueblo Israel” (ver 1 Reyes 8,41- 43).

Una nueva forma de adoración caracteriza al Templo de Salomón y al Reino Davídico.

La oración en el Reino se convierte en un encuentro personal con el Dios viviente: “Envía tu luz y tu verdad; que ellos me guíen y me conduzcan a tu monte santo, a tus moradas; Y me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo, y te alabaré con la cítara, ¡oh, Dios mío! ¿Por qué te abates, alma mía? ¿Por qué te me turbas? Espera en Dios, que aún podré alabarlo, salvación de mi rostro y Dios mío” (ver Salmos 43,3-5).

La liturgia de Moisés y el Sinaí requerían sacrificios y ofrendas de animales por los pecados del pueblo. En la liturgia de Sión, el pueblo trae “un sacrificio de acción de gracias”, conocido en hebreo como todah, traducido al griego como eucaristía (ver 1 Crónicas 16,4.7-37).

La Pascua, la fiesta que caracterizaba la liturgia del Sinaí, recordaba los hechos salvíficos de Dios en el Éxodo. El todah, también, es una celebración de remembranza, que a menudo involucra la ofrenda de pan sin levadura y vino. Es una oración en la cual el creyente proclama las acciones salvadoras de Dios, da gracias por la salvación de Dios, y se jura a sí mismo a una vida de alabanza y sacrificio personal.

Ecos del todah se pueden escuchar a lo largo del libro de los Salmos, las oraciones y cantos reales del Reino Davídico. Por ejemplo, en el Salmo 116: “Ha guardado mi alma de la muerte… Sacrificio te ofreceré de acción de gracias… Cumpliré mis votos a Yahveh…” (ver Salmos 116,8.17-18; 50,13-15; 40,1-12; 51,17).

En los sacrificios de acción de gracias del reino Davídico, vemos la dimensión real de la adoración –la manera en que Dios quería que los hombres y mujeres lo sirvieran desde el principio. No en degradación y servidumbre, no con sangre de animales, sino con todo su corazón, toda su vida hecha sacrificio de alabanza y agradecimiento, toda su vida ofrecida a la voluntad y el corazón de Dios.

“Pues no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (ver Salmos 51,18-19).

“Ni sacrificio ni oblación querías, pero el oído me has abierto; no pedías holocaustos ni víctimas, dije entonces: Heme aquí, que vengo. Se me ha prescrito en el rollo del libro, hacer tu voluntad. Oh Dios mío, en tu ley me complazco en el fondo de mi ser” (ver Salmos 40,7-9).