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En el Sinaí, Dios revela Su propósito final para su pueblo elegido, por qué llevó a su pueblo sacándolo de Egipto sobre alas de águila, trayéndolos a Él mismo (ver Éxodo 19,4). Dios quiere que Su hijo primogénito, Su propio pueblo, sea “para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (ver Éxodo 19,6).

En la alianza del Sinaí, llegamos a un momento decisivo de la historia de la salvación. Recordemos lo que hemos estado diciendo a lo largo de nuestro estudio: Cuando Dios hace una alianza, Él está formando una familia, está haciendo de su pueblo familiares, Sus hijos e hijas.

Recordemos, también, que la imaginería en el Antiguo Testamento está enraizada en imágenes antiguas de la familia. En la familia antigua, los padres eran “reyes” –gobernadores,

dadores de leyes y protectores de sus familias- y “sacerdotes” guiando a la familia en la adoración y el sacrificio. El hijo “primogénito” era el heredero de la autoridad y de los roles reales y sacerdotales del padre.

Desde Adán, Dios ha estado buscando un hijo “primogénito” digno de Su llamado –para custodiar y conservar la creación, para ofrecerle sacrificios de alabanza y acción de gracias, para ser luz para todos los pueblos, para morar con Él íntimamente.

Adán fue el padre fundador, hecho señor de la creación y le fueron dadas las funciones de custodiar y mantener la creación de Dios (ver Génesis 1,26; 2,15). Noé, también, fue padre de una familia, y su familia se convirtió en el “primogénito” a través del cual Dios poblaría la tierra de nuevo después del diluvio. Dios entonces escogió a Abram, cuyo nombre significa “padre venerado”, y le cambió el nombre a  Abraham –nombre que significa “padre de una muchedumbre”.

A través de toda esta historia, sin embargo, vemos que Dios es orillado a dejar pasar a los primogénitos en varias ocasiones porque demuestran ser muy orgullosos, o muy injustos y violentos. Esto lo vemos en el caso de Caín, Ismael, Esaú, por nombrar solo tres. De hecho, entre los primogénitos del Génesis, solo la antigua línea de Sem fue fiel.

Pero Dios permaneció fiel a Su plan –y Su promesa. Con Israel, Su primogénito, Él está empezando de nuevo. Ellos serán Su familia, sus herederos reales. Ya Moisés ha indicado que los primogénitos de Israel deben ser consagrados a Dios, dedicados a Su servicio sacerdotal (ver Éxodo 13,2.15; 24,5).

Aquí en el Sinaí, Dios revela que quiere que Israel sea para la familia de naciones lo que el primogénito era en el sistema familiar antiguo –sacerdote y rey.

Dios está haciendo a Su familia una nación –pero no una nación como las otras naciones, Israel debe ser “una nación santa”, distinguida de las otras naciones, ejemplo de vida de santidad y rectitud, un instrumento por el cual Dios extiende Su salvación a todas las naciones.

Su alianza en el Sinaí, como hemos visto, estaba destinada a cumplir Su promesa de que a través de los descendientes de Abraham, Él bendeciría a todas las naciones del mundo. Entonces, Israel está siendo consagrada aquí en el Sinaí como “luz de las naciones”, dirigiéndolas en los caminos de la santidad (ver Isaías 42,6; 49,6).

Pero no hay que perder de vista el gran “si ” en todo lo que Dios está diciendo en el Sinaí: “Si  de veras escucháis Mi voz y guardáis Mi alianza, vosotros seréis Mi propiedad personal… seréis para Mí un reino de sacerdotes…" (ver Éxodo 19,5).

La alianza de Dios tiene condiciones. Para experimentar las bendiciones, Israel debe mantener  Su alianza, obedecer sus términos (que están escritos en Éxodo 20-23). Si ellos no cumplen Su alianza, ellos pueden ser “no pueblo”, su número borrado de la faz de la tierra (ver Deuteronomio 32,31; Oseas 1,9; 1 Pedro 2,10).

Hay que leer los Diez Mandamientos como una ley de alianza familiar, un código de familia. Estas leyes fueron primeramente dadas para gobernar las relaciones dentro de la creciente familia nacional de Israel –cubren cómo resolver disputas, cómo lidiar con los esclavos, cómo tratar los actos de violencia, cómo hacer una restitución de la propiedad dañada en caso de robo y cómo relacionarse con Dios y la autoridad humana.

Después de escuchar las palabras de Dios, Israel jura mantener la alianza (ver Éxodo 19,8; 24,3-7). Y Moisés construye un altar con doce pilares, simbolizando que todas las tribus de Jacob han aprobado la alianza (ver Éxodo 24,4).

Después Dios toma la sangre de los animales sacrificados y la rocía sobre la gente, llamándola “la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros” (ver Éxodo 24,8). La sangre es un símbolo de las relaciones familiares. Esto es lo que esta alianza hace –convierte a Israel en los hijos e hijas de Dios.

Jesús usa estas mismas palabras en Su última cena, pero agrega la palabra “Nueva” – diciéndonos que por Su sangre derramada en la Cruz por muchos, Dios hace una Nueva Alianza (ver Marcos 14,24; Mateo 26,28).

Este es un signo para nosotros de que lo que estamos leyendo aquí en el Éxodo “prefigura” la Nueva Alianza –es un cumplimiento parcial del plan de Dios. El cumplimiento último vendrá con Jesús.

Esta Nueva Alianza será “para muchos” (lo que significa “para todos”). En la Nueva Alianza, Jesús promete, Sus doce apóstoles se sentarán a juzgar sobre las doce tribus de Israel (ver Lucas 22,30) y tal como el altar del Sinaí fue construido sobre los pilares de las 12 tribus de Israel, la Iglesia de Jesús será fundada sobre “los doce apóstoles del Cordero” (ver Apocalipsis 21,12.14).

Todas las alianzas son selladas con una comida ritual, es por eso que Moisés y los 70 ancianos se sientan a comen en la presencia de Dios (ver Éxodo 24,9-11).

Más tarde, cuando Israel esté en el exilio como consecuencia de haber roto la alianza, los profetas recordarán esta intimidad con Dios –comer y beber en Su misma presencia –y enseñarán al pueblo a esperar el día de un nuevo banquete sagrado, cuando ellos volverán a comer en Su presencia en Su montaña santa (ver Isaías 55,1-3; Proverbios 9,1-6).

Esta esperanza, también, es cumplida con la venida de Jesús, quien habla del Padre llamando a un banquete de bodas para Su Hijo (ver Mateo 22,1-14) y describe el reino de Dios como una gran fiesta (ver Lucas 14,12-24).