4.8 Research instrument development
4.8.2.5 Performance
A pesar de lo que pudiera interpretarse del anterior subapartado, el consumo mercantilizado no ha atendido nunca todas las necesidades humanas (al menos tal como en este trabajo se conceptualizaron en apartados anteriores) sino que existen una serie de necesidades que son y han venido siendo atendidas por el trabajo doméstico y de cuidados en la Familia (además de las necesidades que son atendidas cuando intervienen los servicios públicos mediante el establecimiento de diversos dispositivos, en los casos en que ni Mercado ni Familia las atienden). Se trata de trabajo que no se constituye en empleo al no ser mercantilizado, pero que sin embargo guarda una posición estratégica en el funcionamiento del metabolismo socioeconómico, y más si queremos que el mismo sea sustentable. Por un lado porque ese trabajo doméstico y de cuidados que realiza la Familia es esencial como trabajo reproductivo para el mantenimiento, sustento y recuperación de la fuerza de trabajo que desempeña empleos en el ámbito productivo; por otro, porque ese trabajo de cuidados atiende unas necesidades fundamentales desde la óptica de la sustentabilidad, como son las emocionales y afectivas. Debemos principalmente153 a la Economía Feminista la visibilización de esta temática del trabajo doméstico y de cuidados como base del entramado social, aún existiendo algunas referencias “ilustres” desde el enfoque de la división sexual del trabajo y el inicio de una “clase ociosa”: “La
diferenciación primera, de donde surgió la distinción entre una clase ociosa y otra trabajadora, es
153 Es justo mencionar que también desde la “Economía Crítica” han existido autores/as que de alguna manera han abordado esta cuestión, entre los que cabe mencionar al propio Max-Neef (1994), a Amartya Sen, fuera de nuestra fronteras, y Albert Recio (1997) y Martinez-Alier en las nuestras (además de autores/as de otras disciplinas como J. Riechmann, o Amparo Serrano). Por
la que se produce en los estadios inferiores de la barbarie entre el trabajo del hombre y de la mujer” (VEBLEN, 1974: 29).
La Economía Feminista va más allá de lo que se definió como “trabajo reproductivo” al incluir no solo ese aspecto de “mantenimiento y recuperación” de la fuerza de trabajo (el prisma mercantil o productivista del asunto), sino también un elemento central para la vida humana, como es el trabajo para atender unas necesidades básicas como las de cuidado y socialización para los aspectos emocionales y de relaciones sociales154. Ha sido básicamente esta corriente la que ha realizado esta crucial aportación y visibilización de esta problemática como dimensión de la economía política y el cambio social, precisamente porque se cumple una de sus premisas respecto a la perspectiva de género en el abordaje de diferentes temáticas, ya que históricamente han sido abrumadoramente las mujeres las que vienen desempeñando este tipo de trabajos domésticos y de cuidado. Y es que si bien desde análisis marxistas se realizaron aproximaciones por el lado del “trabajo reproductivo”, los mismos dejaban fuera esa parte significativa del “cuidado” referido a las necesidades emocionales y afectivas, fundamentales para la configuración de una vida humana sana y la atención del conjunto de necesidades humanas básicas155.
Partiendo del análisis del “trabajo reproductivo” se han venido haciendo constataciones muy relevantes del papel central del mismo en el sostén y la lógica de funcionamiento del capitalismo. Antonella Picchio, haciéndose eco de un Informe del PNUD en 1995, resalta que el trabajo no remunerado es en el mundo significativamente mayor que el trabajo remunerado156, y al comparar uno y otro y su distribución por género, incide en que es precisamente comparando la relación entre el trabajo no remunerado de las mujeres con el remunerado de los hombres como se puede apreciar la relevancia de aquel: “De esa manera es posible descubrir el papel de
soporte que juega el trabajo doméstico y de cuidados realizado por las mujeres, manteniendo a
otra parte, desde el PNUD y otras estructuras de Naciones Unidas también se ha venido abordando esta temática, como muestran diversos Informes sobre Desarrollo Humano y diversas “Encuentros Internacional sobre la Mujer”.
154 Sobre este interesante debate conceptual es muy esclaredora y rica la aportación de la economista Cristina Carrasco (2013). 155 Hay que recordar aquí la conceptualización y clasificación de necesidades que en apartados anteriores se asumió. La procedente de Doyal y Gough (1994) en referencia a que “Salud y Autonomía Personal” son las necesidades básicas humanas; y la procedente de Max-Neef y Elizalde (1994) acerca de la Matriz de Necesidades Humanas que incorpora el “Ser” como una de las cuatro categorías existenciales (junto a “Tener, Hacer y Estar”), y la “Subsistencia”, la “Protección”, el “Afecto” y el “Entendimiento” como parte de las nueve categorías axiológicas de la referida Matriz. (Ver apartado II.2.2 de este capítulo). 156 Para el caso de España Carrasco (2013: 45) indica que la situación es similar, según refleja la Encuesta de Empleo del Tiempo (EET) del INE para 2009/2010: “…el tiempo medio social dedicado diariamente a trabajo de mercado considerando toda
la población de 10 y más años es de 2 horas 27 minutos y el dedicado a trabajo doméstico y de cuidados es de 2 horas 44 minutos. Esta última información permite observar que para vivir en las condiciones que está viviendo la sociedad española, por persona y día se está dedicando más tiempo al trabajo realizado en los hogares que al trabajo de mercado…”. La propia autora
señala que incluso las horas del trabajo en los hogares suelen estar mal contabilizadas a la baja, con lo que probablemente solventadas las deficiencias metodológicas esa distancia con respecto al trabajo de mercado sería mayor. Por otro lado, como era esperable, el reparto de ese trabajo doméstico y de cuidados es desigual, siendo que la mujer dedica el doble de tiempo al mismo.
los hombres dentro del mercado de trabajo. Esa función precisa de un volumen considerable de trabajo necesario para poner a los hombres en condiciones de trabajar y afrontar las horas, la intensidad, las ansiedades y la tensión física del trabajo remunerado… En este sentido, para ser efectivas, las políticas de igualdad de oportunidades habrían de promover un cambio en las relaciones y en las reglas fundamentales que estructuran el mercado de trabajo, en términos de horarios, lugares, salarios, estrés y seguridad: lo que significa un cambio en la propia estructura del sistema capitalista” (PICCHIO, 2005: 26). Con este enfoque, este grupo de autoras busca
señalar que la “reproducción social” conlleva también esta dimensión afectiva y emocional reclamada por el Feminismo. Es más, este enfoque que integra el nivel macro y el nivel micro del proceso económico, mantiene Picchio que permite visualizar la importancia de la reproducción social de la vida cotidiana respecto al sistema económico, así como los impactos de la configuración de éste en dicha vida cotidiana: “Si la normalidad presenta problemas de
sostenibilidad social, es precisamente en las vidas de los individuos donde se descargan esas tensiones profundas; la gente es llevada a niveles de emergencia y vulnerabilidad permanentes, que tienen efectos desgarradores sobre las relaciones personales íntimas” (PICCHIO, 2005: 31).
El planteamiento que se hace desde la Economía Feminista es que se requiere un cambio de paradigma para asumir la verdadera naturaleza e implicaciones del trabajo doméstico y de cuidados más allá de la mera “reproducción social”, o bien entender ésta desde un plano de mayor complejidad, que englobe no solo ciertas tareas de “mantenimiento” (limpieza, cocina, cuidados personales de personas dependientes, incluso socialización de los menores…) sino también las vinculadas a necesidades humanas básicas:
“Los bienes y servicios producidos desde el ámbito doméstico, por una parte,
incrementan la renta nacional, cuestión que la Economía nunca ha considerado… Pero por otra parte, el trabajo realizado desde los hogares proporciona aspectos emocionales, de socialización, de cuidado en la salud, en la vejez, etc., muchos de ellos imposibles de ser adquiridos en el mercado. Lo cual implica algo que va mucho más allá de la mera existencia biológica: la reproducción como personas humanas y sociables… el trabajo y la gestión realizada desde los hogares reproduce y cuida a toda la población y, en particular, reproduce la fuerza de trabajo diaria y generacional necesaria para la subsistencia del sistema de producción capitalista. Dicho sistema económico no tiene capacidad de reproducir la fuerza de trabajo bajo sus propias relaciones de producción… El sistema capitalista no podría subsistir sin el trabajo doméstico y de cuidados, depende de él para el mantenimiento de la población y la reproducción de la necesaria fuerza de trabajo… Por tanto, se puede fácilmente concluir que parte del beneficio de la empresa privada proviene de la utilización de la unidad doméstica… El capitalismo se construye así sobre una inmensa masa de trabajo no asalariado ni basado en relaciones contractuales, que hace posible la acumulación de capital” (CARRASCO, 2013: 44-45).
Es más, continua esta autora indicando que este modelo capitalista es estructuralmente incapaz de generar una igualdad en el acceso al empleo de las mujeres (lo que evidentemente hace que desde la perspectiva de esta Tesis lo hace “no sustentable”): “La responsabilidad de las mujeres
en el trabajo doméstico y de cuidados, que les impide trabajar en las mismas condiciones que los hombres en el mercado, resulta en menores salarios y menores pensiones en la vejez. Pero el modelo masculino de trabajo en el mercado no es generalizable ya que implica libertad de tiempos y acciones, lo cual no es compatible –ni conciliable- con responsabilidad sobre el cuidado de personas… En consecuencia, una posible <<igualdad>> sólo podrá realizarse con un cambio de modelo, pero no intentando integrar a las mujeres al modelo masculino de empleo”
(CARRASCO, 2013: 46).
La aportación reseñada sobre el trabajo doméstico y de cuidados por tanto va más allá del reclamo de una contabilización monetaria de las aportaciones del trabajo reproductivo, y nos remite a una cuestión crucial de la Sustentabilidad. Estas aportaciones se pueden interpretar (como venimos apuntando en este subapartado y en el que previamente se dedicó al concepto de “autolimitación”) como argumentos respecto a que no es posible un Desarrollo Territorial Sustentable “sólo” con un modelo de consumo “autolimitado” que respete los límites biofísicos del planeta (en la línea que antes ha sido expuesta), sino que se requiere también que se haga un análisis y modificación –hacia la equidad- de la atención de las necesidades humanas no mercantilizadas del metabolismo socioeconómico, y por tanto también un cambio de la organización de “todo” el trabajo y no sólo del contabilizado como “productivo” (el empleo):
“Los estándares de vida se entienden como un proceso dinámico de satisfacción de
necesidades en continua adaptación de las identidades individuales y las relaciones sociales… Proceso que, además de la satisfacción de las necesidades biológicas y sociales, incorpora como aspecto central, la satisfacción de las necesidades emocionales y afectivas… Desde esta perspectiva, el desarrollo de estándares de vida es un proceso que debe ser continuamente reconstruido, que requiere de recursos materiales pero también de contextos y relaciones de cuidado y afecto, proporcionadas éstas en gran medida por el trabajo no remunerado realizado en los hogares. La dimensión política de los estándares de vida se manifiesta entonces en función de la forma en que la sociedad organice y determine para el acceso a los recursos y la distribución de la riqueza entre los distintos grupos sociales y entre mujeres y hombres”
(CARRASCO, et al., 2005: 8).
Desde esta perspectiva, también se incide en resaltar que los valores y prácticas del capitalismo predominante suponen una hegemonía del “individualismo patriarcal competitivo y depredador”, y se han convertido en un auténtico modelo “civilizatorio” nocivo. Salir de esas prácticas supone, según diversas autoras, asumir la tarea de propiciar un cambio integral (no solo ajustes técnicos), un cambio en el modelo de civilización, que debe partir de asumir una “ética del
cuidado” y la colaboración, y la consiguiente erradicación del patriarcalismo competitivo y depredador; nuevas prácticas con respecto a la naturaleza y el resto de seres vivos –humanidad incluida-, surgidas de relaciones de respeto y afecto. Practicas que, según autoras vinculadas a la denominada corriente feminista “esencialista” o “de la diferencia” (SHIVA y MIES, 1998), las mujeres de las clases populares, especialmente las del Sur del planeta, han venido asumiendo tradicionalmente en sus culturas. Por eso Riechmann nos plantea que dada la crisis ecológica en la que nos encontramos “…el trabajo reproductivo (reproducción de los ecosistemas,
reproducción social global, trabajo reproductivo doméstico) tiene y tendrá mucha más importancia que el productivo. Preservar lo que hay tendrá en muchos casos más importancia que crear lo que no hay… El trabajo de cuidado y asistencia representa un punto de intersección entre lo social, lo económico y lo ecológico…”(2004:165).
Así pues, a la luz de estas importantes aportaciones, comprobamos que el modelo productivo y de consumo existente en el “globalismo capitalista” no sólo supera los límites biofísicos y genera desigualdad y carencia estructuralmente, sino que además es inviable sin la explotación de la mujer que subyace bajo el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Y también comprobamos que para atender las necesidades humanas básicas en su complejidad se debe analizar y modificar la organización del trabajo no mercantilizado doméstico y de cuidados, para erradicar la explotación de las mujeres (explotadas doblemente en su dimensión como trabajadoras en el ámbito productivo y trabajadoras en el ámbito familiar). Y de aquí que la propuesta de esta Tesis es que un Desarrollo Territorial Sustentable requiere un reparto de “todo el trabajo”, tanto en un sentido cuantitativo por la reducción de horas de trabajo que conllevará un modelo de consumo “autolimitado” (buscando así la igualdad de acceso a rentas y al derecho al trabajo), como en un sentido cualitativo por la necesaria igualdad en el reparto del trabajo doméstico y de cuidados entre varones y mujeres. En este sentido van buena parte de las aportaciones de la Economía Feminista157, pero también las de otras escuelas y líneas de pensamiento en diferentes disciplinas y movimientos sociales (destacaríamos aquí como ejemplo, autores como Recio y Riechmann).
157 “La economía feminista está proponiendo otra manera de mirar el mundo, otra forma de relación con el mundo, donde la
economía se piense y se realice para las personas. Esta propuesta representa un cambio radical, ya que exige: una reorganización de los tiempos y los trabajos (mercantil y de cuidados), cambios en la vida cotidiana, una nueva estructura de consumo y de producción y, por supuesto, un cambio de valores” (CARRASCO, 2013: 51).