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El concepto de pobreza está inmerso en numerosos debates y posicionamientos teóricos. Se trata de un concepto sumamente político que, a pesar de presentarse generalmente como técnico, objetivo y neutral, refleja determinadas concepciones sobre el mundo social e ilustra conceptos normativos sobre los derechos y el bienestar. El significado de la pobreza, además, varía en función de los contextos socio-históricos, adquiriendo diferentes especificidades en función de su marco contextual determinado. “Ser pobre” en el siglo XXI no significa lo mismo que “ser pobre” en el siglo XIX. La pobreza, a su vez, presenta rostros diferentes en diversas partes del mundo y, por tanto, es necesario contextualizar su significado a nivel territorial. También las estrategias y medidas para afrontar la pobreza han ido evolucionando históricamente y varían en función de su localización. Tal como señala Redondo (2004), “la pobreza como carencia o desigualdad, como digna o indigna, como absoluta o relativa, ligada a procesos sociales o a individuos configura un gran abanico de posiciones y debates teóricos” (Redondo, 2004: 36). La amplitud de este debate teórico muestra la complejidad para abordar el fenómeno en cuestión. En el primer capítulo de este trabajo de investigación, de hecho, ya vimos como las explicaciones de la pobreza, las soluciones establecidas frente a la misma y el propio concepto de pobreza varían en función de diferentes escuelas de pensamiento y, particularmente, en función de concepciones más amplias sobre el significado del desarrollo.

Tradicionalmente la pobreza se ha asimilado con la carencia de recursos y particularmente con la carencia de ingresos. Una persona pobre era aquella que no tenía suficientes recursos económicos para sobrevivir y/o desarrollar una vida “digna”. Del mismo modo, un país pobre era aquel que no disponía de suficientes ingresos para estimular y potenciar su desarrollo. La perspectiva económica, y en particular aquella asociada con los ingresos, ha sido dominante en la explicación de la pobreza tanto a nivel individual como nacional. Hoy en día esta perspectiva sigue ocupando un lugar predominante en la explicación, análisis y medida de la pobreza realizada tanto por gobiernos como por organismos internacionales. El BM, por ejemplo, fija una línea de la pobreza que oscila entre 1$ y 2$ al día. Es decir, una persona se considera pobre si vive en un hogar cuyo ingreso o consumo es inferior a uno o dos dólares diarios por persona. Desde este punto de vista, por tanto, el nivel de ingresos se sigue privilegiando como indicador prioritario para explicar y medir la pobreza. Según Feres y Mancero (2001b) la dificultad para medir los elementos constituyentes de la “calidad de vida” o de la “vida digna” es una de las causas que explica la tendencia a restringir el estudio de la pobreza a sus aspectos cuantificables y materiales.

A pesar de la importancia adquirida por la concepción económica de la pobreza, en las últimas décadas se han desarrollado nuevas aproximaciones al fenómeno más amplias, heterogéneas y multidimensionales. Estas “nuevas concepciones” consiguen ir más allá del mero acceso a los recursos económicos y contemplan la pobreza desde una perspectiva más cualitativa que supera la idea de carencia material.

Por una parte, destaca el enfoque de las necesidades básicas insatisfechas, desarrollado a final de los años setenta en el marco de las reflexiones impulsadas por organismos internacionales como la CEPAL o la OIT. Este enfoque define la pobreza como resultado de carencias y privaciones sobre todo en materia de bienes y servicios “básicos”, tales como la vivienda, la salud y la educación. Esta perspectiva, por tanto, se sigue centrando en la carencia de ciertos recursos materiales considerados esenciales para el bienestar, pero incluye junto con los recursos económicos otras dimensiones de tipo social. Más aún, desde esta óptica, la pobreza no se explica por la propia posesión de recursos o por el acceso a ciertos bienes o servicios, sino precisamente por la capacidad de dichos recursos, bienes y servicios para satisfacer las necesidades “básicas” de los individuos. Según este esquema, el primer paso para definir y medir la pobreza es delimitar el conjunto de necesidades que deben ser satisfechas por un hogar para que su nivel de vida se considere digno, de acuerdo con los estándares de la sociedad en que vive (Feres y Mancero, 2001a). Entre el conjunto de necesidades básicas se incluyen aquellas cuya satisfacción es imprescindible para la propia existencia humana (tal como la alimentación) y aquellas consideradas esenciales para que las personas puedan integrarse en el

entorno social (tales como la necesidad de afecto, de protección o de participación). Según este enfoque, por tanto, la delimitación concreta del conjunto de necesidades consideradas básicas dependerá de cada contexto histórico, económico y social.

Por otra parte, destaca el enfoque de capacidades desarrollado por Amartya Sen (1981; 1983; 1984; 1992). Desde esta perspectiva, la pobreza no se puede entender únicamente como la carencia de determinados recursos ni tampoco como la satisfacción de ciertas necesidades. El nivel de vida de un individuo, según Sen, no está determinado por los bienes que posea ni por la utilidad que experimente con la posesión de los mismos. El nivel de vida, en cambio, está determinado por sus capacidades, esto es, por la posibilidad del individuo de llevar a cabo el tipo de vida que considera valiosa e incrementar sus posibilidades reales de elección. Tal como afirma el autor, si bien los objetos “proveen la base para una contribución al estándar de vida, no son en sí mismos una parte constituyente de este estándar” (Sen, 1984: 334). Bajo este enfoque, la pobreza se define en relación a las capacidades de los individuos y hogares para satisfacer un conjunto de funcionamientos valiosos94 y se asocia, específicamente, con la libertad para desarrollar dichas capacidades. En este marco, “la novedad de la perspectiva de las capacidades se basa justamente en que el acento no se pone en lo que se carece (necesidades) sino en las posibilidades para ser o hacer (capacidades)” (Varela, 2007: 8)95.

El enfoque de las capacidades y las críticas asociadas a la concepción de la pobreza como bienestar material, han contribuido a la inclusión de nuevas dimensiones para abordar el fenómeno de la pobreza. Entre ellas destacan las siguientes: la vulnerabilidad, la falta de control de los procesos y recursos y los procesos de exclusión social. Estas tres dimensiones no caracterizan exclusivamente a los individuos y colectivos pobres y, por tanto, no son en sí mismas sinónimos de pobreza. La vulnerabilidad, la falta de control y poder y la exclusión son fenómenos que pueden ser transversales al conjunto de la sociedad, afectado de diferentes maneras y en diferentes grados a diversos grupos sociales. Por otra parte, se trata de conceptos más dinámicos que el propio concepto de pobreza, ya que precisamente pretenden mostrar no sólo condiciones presentes sino fundamentalmente potencialidades futuras. Dichos conceptos no sólo muestran un estado, sino que indican un proceso. A pesar de las diferencias entre el concepto de pobreza y los conceptos de vulnerabilidad, falta de control y exclusión, éstos se han

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Los funcionamientos comprenden todo aquello que las personas son capaces de hacer o ser y pueden variar desde los más elementales, como gozar de una buena alimentación, poder evitar la enfermedad y la muerte prematura, hasta logros más complejos y refinados como el poder respetarse a sí mismo, el poder tomar parte en la vida de la comunidad y así sucesivamente (Sen, 1992: 17).

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En cualquier caso, es importante resaltar que el enfoque de las capacidades de Sen ha sido criticado por priorizar una visión individualista de la pobreza y por promover soluciones de carácter asistencial frente a la misma. Es en base a esta visión que, en los últimos años, el BM ha adoptado el concepto de capacidades para orientar el diseño y la planificación de las políticas de lucha contra la pobreza.

aplicado al ámbito de estudio de la pobreza, con la intención de ampliar tanto el significado del concepto como la comprensión de los procesos que conlleva. Tal como señala Carlos Filgueira (Filgueira, 2001a), estos conceptos se pueden entender como una tercera generación en el análisis de la pobreza. Su característica común es que consiguen abrir “la caja negra” que encierra los recursos de los hogares y las estrategias que éstos utilizan (Katzman y Filgueira, 1999: 8).

Desde la óptica de la vulnerabilidad se ha pretendido mostrar como los individuos y los colectivos pobres tienden a ser, precisamente, los que enfrentan mayores riesgos de inseguridad, indefensión y fragilidad tanto de tipo económico como social (Chambers, 1989; Morduch, 1994; CEPAL, 1999; Pizarro, 1999; WorldBank, 2001b; etc.). En este sentido, el concepto de vulnerabilidad alude a situaciones de debilidad, de precariedad en la inserción laboral, de fragilidad en los vínculos relacionales, etc. Situaciones en las que se encuentran, en mayor o menor medida, diversos grupos sociales pero que afectan especialmente a los colectivos e individuos pobres. De este modo, la vulnerabilidad puede ser definida como “una condición social de riesgo, de dificultad, que inhabilita e invalida, de manera inmediata o en el futuro, a los grupos afectados en la satisfacción de su bienestar” (Perona y Rocchi, 2001: 4). Tal como señala Chambers (1989), el enfoque de vulnerabilidad permite adoptar una visión integral de las condiciones de vida de los sectores pobres y al mismo tiempo permite contemplar la disponibilidad de recursos y estrategias de los propios individuos y familias para enfrentar dichas condiciones y los riesgos que conllevan. Dentro del enfoque que aborda las relaciones entre pobreza y vulnerabilidad pueden identificarse dos grandes posicionamientos teóricos: por una parte, hay un conjunto de autores que tienden a enfatizar las características individuales de los pobres como factor de vulnerabilidad (Moser, 1997, 1998; WorldBank, 2001b; etc.). Desde este punto de vista, es la falta de activos y recursos de los sectores pobres lo que explica su situación de fragilidad frente a los riesgos. Por otra parte, hay un conjunto de autores que resalta la existencia de factores estructurales para explicar los factores de vulnerabilidad (Filgueira y Katzman, 1998; Katzman y Filgueira, 1999; Pizarro, 1999; Filgueira, 2001a; etc.). Desde este punto de vista, los recursos de los hogares no se pueden analizar con independencia de la estructura de oportunidades a la que tienen acceso. Por tanto, las desigualdades estructurales entre grupos sociales son un factor determinante para entender la mayor vulnerabilidad que padecen los colectivos pobres El concepto de vulnerabilidad que se adopta en esta investigación se vincula con los factores de cuño estructural.

Desde la óptica del control se enfatiza la capacidad y el poder de individuos y grupos sociales para influenciar en los procesos que afectan a sus vidas. La falta de poder y control disminuye la capacidad de influencia en la organización comunitaria, en los gobiernos y en las instituciones

locales, nacionales e internacionales. A su vez, limita la capacidad de intervención en los procesos que conforman la asignación de recursos, la definición de políticas y el establecimiento de normas sociales (Varela, 2007). Como se ha comentado anteriormente, la capacidad de poder y control no es una característica única o excluyente de los individuos y colectivos pobres. No se puede negar, sin embargo, que las clases medias, dada su mayor disposición de recursos (materiales, relacionales, informacionales, etc.) tienen más opciones para incidir en los procesos políticos, presentando una mayor capacidad de presión sobre los gobiernos y sobre el tipo de políticas aplicadas. La dimensión de la pobreza asociada con los conceptos de poder y control está estrechamente relacionada con los conceptos de empoderamiento (empowerment) y participación. Batliwala (1993) define el empoderamiento a partir de dos aspectos centrales: el control sobre los recursos (físicos, humanos, intelectuales, financieros, etc.) y el control sobre la ideología (creencias, valores y actitudes). Desde este punto de vista, poder significa control y, por tanto, empoderamiento se refiere al proceso de ganar control. Bajo este enfoque, la pobreza se asocia con la falta de control de individuos y grupos sociales respecto a los recursos materiales y simbólicos necesarios para alterar sus condiciones de existencia.

De nuevo, la forma de abordar la relación entre empoderamiento, participación y pobreza difiere según los posicionamientos teóricos. Por una parte, se configura una corriente de pensamiento que define el empoderamiento desde un punto de vista esencialmente individual (WorldBank, 2001b; Narayan, 2002; WorldBank, 2002; etc.). Desde este punto de vista, la pobreza se asocia con la falta de capacidad de los individuos para participar en las instituciones políticas y sociales y, por tanto, las propuestas de solución pasan por aumentar la autonomía y autosuficencia de los individuos para acceder a los servicios o al empleo o para poder participar en la toma de decisiones. Por otra parte, se define una corriente teórica que aborda el empoderamiento desde una óptica eminentemente colectiva (PNUD, 1995; Rowlands, 1997; Kabeer, 1999; UNICEF, 2001; etc.). Desde esta óptica, la falta de control y poder de los individuos pobres no se puede entender al margen de las estructuras sociales existentes y, por tanto, las soluciones a la pobreza no sólo pasan por aumentar los niveles de autonomía y confianza individual, sino también los niveles de conciencia respecto a las situaciones de injusticia, pobreza y desigualdad. El concepto de falta de empoderamiento que se utiliza en esta investigación se asocia de nuevo con factores de índole estructural.

Finalmente, desde la óptica de la exclusión se pretende reflejar un proceso por el cual determinados individuos y grupos sociales “quedan al margen” de las dinámicas sociales, económicas y políticas del conjunto de la sociedad. Es decir, la idea de exclusión, a diferencia de la idea de pobreza, no sólo denota una situación de privación (sea de recursos, capacidades o

poder) sino que sobre todo indica una situación de marginalidad que coloca al individuo fuera de los canales y espacios “normales” y “legítimos” de producción y reproducción social (Filgueira, 2001a: 13). En palabras de Robert Castel (1997) la exclusión social denota “la presencia, se diría cada vez más insistente, de individuos ubicados en situación de flotación en la estructura social (..:) siluetas inseguras, en los márgenes del trabajo y en los límites de las formas de intercambio socialmente consagradas (Castel, 1997: 15). En este sentido, Filgueira (2001a) utiliza el concepto de “desafiliación institucional” para reflejar una situación de ruptura con la estructura social96. Una disolución de los “puentes” que conectan con las principales esferas de dónde provienen los recursos.

La exclusión social, por tanto, puede ser entendida como “una acumulación de procesos confluyentes con rupturas sucesivas que, arrancando del corazón de la economía, la política y la sociedad, van alejando e inferiorizando a personas, grupos, comunidades y territorios con respecto a los centros de poder, los recursos y los valores dominantes” (Estivill, 2003: 19-20). Se trata de una ruptura de los lazos entre el individuo y su sociedad de pertenencia. Un proceso de acumulación de desventajas que va minando la relación individuo-sociedad (Gore, 1995; Saraví, 2005). Katzman (1989) introduce el concepto de “pobreza marginal” para mostrar este proceso de ruptura, exclusión y marginalidad. “Esta nueva marginalidad corresponde a hogares y personas que parecen no tener un lugar en el nuevo modelo de desarrollo, son personas a las cuales el crecimiento económico parece no alcanzarles, son el núcleo duro de la pobreza” (Filgueira y Katzman, 1998: 5)97. En definitiva, una de las principales virtudes del concepto de exclusión, asociado al análisis de la pobreza, es que permite localizar a los individuos y a los colectivos pobres dentro de la estructura social, poniendo de manifiesto las brechas que los separan de otros colectivos sociales (Katzman, 2001).

Los diversos enfoques y conceptos utilizados para definir y analizar la pobreza no deben entenderse como mutuamente excluyentes. Al contrario, la propuesta de conceptualización de la pobreza que presentamos en esta investigación se basa precisamente en la combinación de los diversos enfoques presentados. El objetivo de esta articulación se orienta fundamentalmente a reflejar la heterogeneidad existente entre los individuos y colectivos pobres. Es decir, se trata de

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De hecho, Castel (1997), uno de los autores europeos que ha aportado más elementos para el análisis de los procesos de exclusión social, prefiere utilizar el término de desafiliación al de exclusión. Según el autor, dicho término permite reflejar de forma más precisa los procesos, las dinámicas y las relaciones sociales que rodean a las “zonas de cohesión social”.

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Los autores defienden el uso del concepto de marginalidad para el contexto latinoamericano como sinónimo del concepto de exclusión utilizado principalmente en Europa y Estados Unidos. Este concepto, de hecho, emergió en América Latina en los años cincuenta para designar principalmente a los habitantes de las favelas. Ver Nun et.al. (1968) para una propuesta de delimitación y concreción del concepto de marginalidad.

hacer operativo un enfoque multidimensional que permita contemplar las diferentes expresiones y manifestaciones de la pobreza. Dicho enfoque es imprescindible para poder realizar un análisis preciso y sistemático de los efectos de la pobreza sobre la educación. Un análisis que consiga ir más allá de la carencia material y contemple de forma paralela las diferentes dimensiones de la pobreza y su reflejo sobre la esfera educativa. Coincidiendo plenamente con la CEPAL (2006c), consideramos que:

“Vivir en la pobreza no consiste únicamente en no contar con los ingresos necesarios para tener acceso al consumo de bienes y servicios imprescindibles para cubrir las necesidades básicas; ser pobre es también padecer la exclusión social, que impide una participación plena en la sociedad y merma la exigibilidad de los derechos. Por lo tanto, la pobreza adquiere un carácter multidimensional en términos de sus causas, consecuencias y manifestaciones” (CEPAL, 2006c: 150).

El concepto de pobreza que utilizamos, por tanto, se basa en la articulación entre las seis dimensiones definidas hasta el momento. La presencia de cada dimensión, la forma que adopta y la fuerza de cada una de ellas, indicará diferentes situaciones de pobreza y, para el caso que nos ocupa, diferentes repercusiones educativas98.

Tabla 3. Dimensiones de la pobreza Carencia material (Acceso y posesión de recursos)

Necesidades Básicas Insatisfechas (subsistencia, protección, afecto, etc.) Limitación de capacidades

Vulnerabilidad

Falta de control, poder y participación Exclusión social

Fuente: elaboración propia

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