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4.6 Discussion

4.6.7 Perspective

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omo se ha indicado ya, en psicoanálisis la técnica surgió de la mano de la teoría e, incluso, la pre- cedió. La famosa imagen del paciente recostado en el diván, hablando “al aire”, mientras el analista se sitúa a su cabeza guardando un respetuoso silencio, parece carecer de algún método y hasta de un fi n o, sencilla- mente, parece muy fácil de realizar (lo cual, por supues- to, ha animado el surgimiento de una gran cantidad de inexpertos —y codiciosos— “analistas silvestres”). Sin embargo, la formación de un psicoanalista es difícil y compleja. Lo común es que requiera entre cuatro y seis años después de la licenciatura o maestría (o especiali- dad en psiquiatría) en alguna de las diversas áreas de la salud (medicina, psicología, trabajo social, entre otras), en los cuales, además de seminarios teóricos, se some- ten a supervisión regular varios tratamientos de pa- cientes propios. Aparte, el candidato debe someterse él mismo a un tratamiento psicoanalítico, tres o cuatro veces a la semana, por lo menos durante el tiempo que se extiendan sus estudios.

Terapéuticamente hablando, ¿en qué se ha capaci- tado este profesional?, ¿cuál es su labor? En congruen- cia con lo postulado anteriormente acerca de la doble perspectiva desde la que se puede enfocar al psicoaná- lisis (desde la hermenéutica y los significados; y desde la mecánica y la dinámica de las fuerzas inconscientes), podemos decir que la labor del psicoanalista consiste en: a) develar el sentido oculto o el significado incons- ciente de ciertos comportamientos, manifestaciones o síntomas; b) identificando el tipo, constelación y diná- mica de las fuerzas (conflicto) que dieron origen en el pasado a tales ocultamientos y que, de hecho, aún hoy siguen sustentándolos casi sin modificación; c) todo ello por medio de una técnica que, además de reconstruir esos significados y fuerzas del pasado, intenta revivirlos o reeditarlos en la relación que se da entre el paciente y el analista (neurosis de transferencia), con la finalidad tanto de explicitarlos o exponerlos, como de resolver- los in situ, dándoles un nuevo sentido o solución. En resumen, pues, la finalidad de un psicoanálisis consiste en hacer consciente lo inconsciente, venciendo las resisten-

cias a través de la interpretación de la transferencia (cfr.

Sánchez-Escárcega y Brown, 1992b).

Aun cuando el tratamiento psicoanalítico se aplica hoy —con modificaciones o sin ellas— a casi todos los cuadros psicopatológicos (neurosis, psicosis, trastornos

fronterizos, trastornos del carácter y de la personalidad, entre otros), la técnica fue originalmente diseñada y apli- cada con éxito en el tratamiento de las neurosis. Veamos a continuación cómo entiende un psicoanalista la forma- ción de uno de estos cuadros (Coderch, 1979).

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L SÍNTOMANEURÓTICO

Una neurosis implica la existencia de un conflicto psí- quico inconsciente que se expresa a través de las dis- tintas combinaciones de signos y síntomas (ideas, an- siedades, inhibiciones, temores, conductas, emociones, pensamientos, impulsos a realizar actos que el indivi- duo no desea, amnesias, alteraciones del nivel de con- ciencia, dificultades en las relaciones interpersonales, en el ejercicio de la sexualidad, etc.) de cada cuadro particular. Incluso cuando el conflicto psíquico se ex- presa por medio de modificaciones físicas (sensaciones de ahogo, vómitos, contracturas, parálisis), no se halla alguna alteración somática en su origen. Dada la na- turaleza inconsciente de dicho conflicto, los síntomas son experimentados como inexplicables e irracionales. No obstante, esto sólo es aparente. Cuando a través de la técnica psicoanalítica puede profundizarse en el inconsciente del individuo y revivir, gracias a la trans- ferencia, sus primeras relaciones de objeto, lo que pa- recía incomprensible, irracional e inconexo se muestra claro, comprensible y vinculado con el conjunto de la personalidad.

Las reacciones neuróticas son la forma de responder a las tensiones internas que derivan de las relaciones in- satisfactorias con los demás, ya sea como consecuencia de un defectuoso desarrollo psíquico en los primeros años de la infancia o como resultado de las frustracio- nes y luchas presentes alrededor de los temas esenciales de la existencia humana: sexualidad, ambición, celos, envidia, etc. El factor constitucional parece facilitar el desarrollo de las tensiones que conducen a la neurosis. A pesar de ello, ni el factor constitucional ni las difi- cultades reales de la vida bastan, por sí mismas, para producir una neurosis. Es necesario que previamente a ellas exista un factor psíquico interno. Éste surge de la ansiedad que originan las pulsiones instintivas peligrosas y que el yo infantil no pudo manejar de modo adecua- do, teniendo que recurrir a todos los mecanismos de defensa posibles. Las principales fuentes de ansiedad

pulsional en la infancia emergen en las diversas etapas del desarrollo que ya han sido estudiadas: a) ansiedad

de muerte o aniquilación, correspondiente al momento

del nacimiento; b) ansiedad por la pérdida del objeto, que es la propia del primer periodo de la vida, con total impotencia por parte del niño; c) ansiedad por la pérdi-

da del amor del objeto, que pertenece al periodo en que

el niño ya reconoce a los objetos como una totalidad y experimenta la necesidad del amor y el cuidado de éstos; d) ansiedad de castración, predominante en la fase edípica, en la cual el niño teme ser agredido por los objetos convertidos en malos y vengativos a causa de sus impulsos destructivos e incestuosos, y e) ansie-

dad por el castigo del superyó (culpa), que es la ansiedad

fundamental postedípica (posedípica).

Cuando el yo fracasa en llevar a cabo su labor de síntesis e integración en los tres distintos frentes en que ésta debe efectuarse (los impulsos instintivos que pro- vienen del ello, las exigencias normativas y prohibiti- vas del superyó y las presiones de la realidad externa), aparece el conflicto neurótico, y el yo se ve forzado a elaborar algún tipo de síntoma neurótico (por lo tanto, una neurosis es una creación del yo), mediante el cual intenta proporcionar una satisfacción simbólica y sus- titutiva a las presiones instintuales, a la vez que evitar la descarga directa de ellas. Ya se ha dicho que esto se conoce como formación de compromiso y, en el caso de la neurosis, a este logro se le denomina ganancia pri-

maria del síntoma porque lo que consigue es evitar que

el yo se vea invadido de angustia al no poder lidiar de manera adecuada entre las distintas demandas a las que se ve sometido. El yo une en un solo fenómeno dos tendencias opuestas: las que buscan su descarga y las

que se oponen a ella. El sufrimiento del enfermo se ha- lla en relación con el hecho de que experimenta el sín- toma a la vez como cuerpo extraño y como parte de sí mismo: una parte del yo rechaza el síntoma; la otra, lo necesita. Asimismo, con base en lo anterior, puede de- cirse que el síntoma es un intento de autocuración por parte del yo, que, a fin de cuentas, prefiere lidiar con las consecuencias externas de la enfermedad y el sufri- miento —que, por cierto, representa una satisfacción al superyó—, que con las internas que le dieron origen. Por último, agregaremos que el yo también tiene una

ganancia secundaria cuando resuelve el nuevo conflic-

to que le representa necesitar y rechazar la enfermedad, al poder conciliar y armonizar el síntoma con el resto de la personalidad (egosintonía) o, en otras palabras, al obtener una satisfacción narcisista en el síntoma.

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A REGLAFUNDAMENTAL

La primera labor del analista estriba en crear un am- biente que permita la expresión más libre posible de las fuerzas inconscientes reprimidas. A ello contribuye, como ya se mencionó, la utilización del diván, que aísla al paciente de la mirada del analista y de cualquier otro estímulo del consultorio, pero también el hecho de que el terapeuta mantenga una actitud de neutralidad, sin emitir juicios de valor, consejos o indicaciones, y sin hacer referencia a sus propias experiencias o maneras de enfrentar determinadas situaciones. No obstante, lo que más favorece esta expresión relajada de su in- consciente es la regla fundamental del psicoanálisis. Siempre es grato recordar cómo la formulaba Freud:

Una cosa todavía, antes que usted comience. En un as- pecto su relato tiene que diferenciarse de una conver- sación ordinaria. Mientras que en ésta usted procura mantener el hilo de la trama mientras expone, y recha- za todas las ocurrencias perturbadoras y pensamientos colaterales, a fin de no irse por las ramas, como suele decirse, aquí debe proceder de otro modo. Usted ob- servará que en el curso de su relato le acudirán pen- samientos diversos que preferiría rechazar con ciertas objeciones críticas. Tendrá la tentación de decirse: esto o esto otro no viene al caso, o no tiene ninguna importancia, o es disparatado y, por ende, no hace falta decirlo. Nunca ceda usted a esa crítica; dígalo a pesar de ella, y aun justamente por haber registra- do una repugnancia a hacerlo. Más adelante, sabrá y comprenderá la razón de este precepto —el único, en verdad, a que debe obedecer—. Diga, pues, todo cuanto se le pase por la mente. Compórtese como lo

Las reacciones neuróticas son la forma de responder a las tensiones internas que derivan de las relaciones insatisfactorias con los demás.

frontaciones, entre otros; cfr. Etchegoyen, 1986), la interpretación se privilegia ya que une la descripción y explicación de una conducta a un porqué histórico (cfr. Sánchez-Escárcega, 1993). A menudo, ese elemento causal se relaciona con dolor, angustia, miedo, culpa o vergüenza. El analista sabe que estos afectos se encuen- tran detrás de un elemento asociativo cuando observa ciertas incongruencias en los sentimientos, contradic- ciones en los comportamientos, actitudes defensivas, olvidos significativos, conductas que se desvían de lo que podría ser esperado, lapsus, actos fallidos, sueños, fantasías, etcétera.

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A TRANSFERENCIA

Freud decía que “nadie puede ser ajusticiado in absen-

tia o in effigie” (1912: 105). Esta famosa y afortu-

nada frase hace alusión a que, en el tratamiento psi- coanalítico, es necesario revivir el conflicto neurótico original, traerlo al presente, reeditarlo. El mejor sitio para hacerlo es la relación analista-paciente. A esto se le conoce como relación transferencial o transferencia.

Transferir, en psicoanálisis, significa que el paciente

experimenta hacia el terapeuta sentimientos y fanta- sías que en realidad corresponden a figuras de su pa- sado; por lo tanto, son incongruentes con la realidad actual, por más que al paciente le parezca que esto no es así. Por cierto, la transferencia no sólo ocurre den- tro del tratamiento, sino que se presenta por lo común en cualquier situación y con muy diferentes personas, pero es en la relación analítica donde se le fomenta y donde adquiere significado. Puede decirse que todo o casi todo en un tratamiento está encaminado a fomen- tar esa situación transferencial, para luego interpretarla y deshacerla. Así, se pretende que el paciente cambie su neurosis habitual por una neurosis de transferencia, siempre más manejable puesto que sucede dentro de los límites de la terapia. La frase “siempre más mane- jable” nos parece que debe ser matizada: en ocasiones, o más bien, con frecuencia, lo que se transfiere son sentimientos negativos, dándose lugar a una transfe-

rencia negativa, que pone en peligro la continuidad

del tratamiento y que obliga al terapeuta a intervenir con gran habilidad con el fin de reconducirla a sus causas pasadas, con los objetos originales con los que se experimentaron esos sentimientos. Se puede supo- ner que esto no siempre es posible, con la consecuencia de que el tratamiento fracasa.

haría, por ejemplo, un viajero sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino del pasillo cómo cambia el paisaje ante su vista. Por último, no olvide que ha prometido absoluta sinceri- dad, y nunca omita algo so pretexto de que por algu- na razón le resulta desagradable comunicarlo [Freud, 1913: 135-136].

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uando la regla fundamental ha vencido la direc- cionalidad del pensamiento, aquello que se ex- presa está determinado, sobre todo, por las tensiones pulsionales internas del sujeto que esperan la oportu- nidad de expresarse. Sin embargo, “decirlo todo” es más difícil de lo que parece y, con mucha frecuencia, se debe desandar un trecho del camino para descubrir que el paciente, en uno u otro punto, hizo a un lado algún pensamiento o asociación.

Por otro lado, la regla fundamental no elimina los más profundos mecanismos defensivos del yo, preci- samente aquellos que llevaron a reprimir recuerdos y experiencias, porque, tanto unos como otros, son inconscientes. Esto significa que, aun cuando un pa- ciente pudiera cumplir cabalmente con la regla funda- mental, de todos modos no tendríamos acceso directo a lo reprimido de la mente. Para ello, hace falta una

interpretación de lo que el paciente nos expresa lo más

libremente posible.

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AINTERPRETACIÓN

Fenichel (1982) advierte que el analista: a) ayuda al paciente a eliminar sus resistencias lo más posible lla- mando su atención sobre los efectos de las mismas y b) trata de deducir lo que hay detrás de sus comuni- caciones, suministrándole esa información. Sólo que esto no puede realizarse en cualquier momento, sino cuando los contenidos inconscientes están tan cerca de la conciencia que la interpretación meramente los “empuja” en el último tramo. Así que la interpretación debe tener un tempo o timing para serle presentada al paciente. De otra forma, las resistencias se incrementa- rán y no producirán el efecto emocional introspectivo deseado. Esto explica por qué el tratamiento psicoana- lítico, hasta hoy, sigue siendo un procedimiento largo y desgastante.

El psicoanálisis es la cura por la palabra, y su he- rramienta por excelencia, la interpretación. Incluso cuando el analista se valga de otros medios verbales de intervención (señalamientos, esclarecimientos, con-

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